Pedro Renato Rogue

Francisco Javier Fernández ChentoPedro Renato RogueLeave a Comment

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Author: Francisco Ruiz Barbacil, C.M. .
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Pedro Renato Rogue nace en Vannes el l 1 de junio de 1758, se ordena el 12 de septiembre de 1782 y se dedica tanto a la formación del clero como al ministerio parroquial, pese a las amenazas de la revolución. Es decapitado el 3 de marzo de 1796 y beatificado el 10 de mayo de 1934.

La Iglesia en Francia en el siglo XVIII

Dice el gran historiador Daniel Rops que, para entender bien lo que era la Francia del siglo XVIII, y cuán sólidas eran aun sus raíces cristianas, habría que evocar detalladamente esa piedad popular tan humilde de corazón, tan insensible a los argumentos de los filósofos, de la que nos dan cuenta los documentos de la época.

Algunas regiones que más se vieron beneficiadas por la acción de los grandes misioneros del siglo XVII: San Vicente de Paúl, San Juan Eudes, San Griñon de Montfort, San Pedro Fourier, etc., mantuvieron la fe cual un muro inexpugnable.

Retif de lá Bretonne en su «Vie de mon Pere», describe cómo se conservaba en una familia campesina, la práctica profunda de la religión cristiana: No se limitaba a la asistencia a Misa los domingos y fiestas de guardar y al cumplimiento de la confesión y comunión por Pascua Florida; cada tarde, después de cenar, el padre de familia hacia la lectura de la Biblia, interrumpiéndose de vez en cuando para hacer breves comentarios. Seguía a la lectura la oración en común. Después los niños recitaban una página del catecismo diocesano y todos iban a acostarse en silencio, puesto que estaban prohibidos los juegos y risas después de la oración. San Vicente de Paúl recordará a los suyos, después del rezo de Completas y del tema de la Oración para el día siguiente, el Gran Silencio, para estar en las cosas de Dios y prepararse por ese recogimiento a la oración de la mañana. Así será el Señor el primero con quien hablemos.

Dos grandes servicios se mantenían casi totalmente en manos de la Iglesia -aunque la tendencia era ya a alejarlos de su influencia-: El primero era la beneficencia pública y el segundo la enseñanza. A finales del siglo XVIII van apareciendo las «sociedades filantrópicas» para acabar con la idea misma de la caridad cristiana, pero no dejan de ser pequeños balbuceos. Prácticamente toda la labor de asistencia social estaba en manos de las Ordenes y Congregaciones Religiosas, que con gran generosidad se entregaban a esa labor. Cabe destacar a los Hermanos de San Juan de Dios, Camilos, Lazaristas, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Agustinas y otras. Cuidar de los enfermos era considerado en los ambientes más elegantes como un simple deber para las jóvenes educadas cristianamente. Así Mme. Elisabeth, la santa hermana de Luis XVI, hará verdaderos estudios de enfermería para atender debidamente a los enfermos.

Desde el siglo XVII se lleva a cabo en la Iglesia de Francia un gran esfuerzo para desarrollar la enseñanza como un medio para formar verdaderos católicos. Numerosos Obispos habían cuidado de que cada parroquia tuviera su escuela parroquial. Desde San Juan Bautista de la Salle las «Pequeñas Escuelas» de los Hermanos se multiplicaron por doquier.

Para las jóvenes se abrieron múltiples Institutos de enseñanza primaria. Recordemos los esfuerzos de Santa Luisa de Marillac, que continuaron las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Hijas de la Sabiduría de San Griñon de Monfort y otras.

Los colegios de segunda enseñanza eran también numerosos. Citamos los de los jesuitas, oratorianos y del clero secular. Cuando fue suprimida la Compañía de Jesús, los obispos. se preocuparon de reemplazar a los maestros desaparecidos, para no cerrar los colegios.

La vida universitaria también estaba en manos de la Iglesia. La Sorbona se erguía aun como guardiana de la fe. Todavía en 1789 la mitad de los maestros eran sacerdotes. Incluso quienes combatieron a la Iglesia, como Robespierre, rindieron homenaje a sus antiguos maestros.

Francia podemos decir que era católica. Las comunidades parroquiales gozaban de gran vitalidad. Los laicos participaban ampliamente en todas sus actividades. Había mayordomos, que no sólo administraban los bienes temporales de cada iglesia, sino que ellos eran los encargados de escoger al predicador » de Adviento, de Cuaresma y de organizar las fiestas y las procesiones.

El párroco, como buen pastor, conocía a sus ovejas y las reprendía y orientaba cuando era necesario. En la Francia de este tiempo anterior a la revolución, nació el beato Pedro Renato Rogue.

Primeros años

En la Bretaña francesa hay una ciudad que se llama Vannes. Allí vivía, entre unos doce mil habitantes, un matrimonio formado por Claudio Renato Rogue y Francisca Loiseau. Eran pequeños comerciantes y el Sr. Claudio tenía que viajar para conseguir mercancías. Era peletero y sombrerero. En una de esas idas y venidas, el 11 de Junio de 1758 vino a este mundo un niño, a quien se le llamó Pierre René Rogue. Este no conoció a su padre, quien murió en uno de esos viajes.

Su madre crió a Pierre-René en el pleno sentido de la palabra. Fue su único hijo, a quien bautizó el mismo día de su nacimiento. La Sra. Francisca educó a su hijo en la vida cristiana, infundiéndole sólidos valores que éste supo asimilar. La ausencia del padre fue llenada con la presencia de su madre, quien fue para él las dos cosas: padre y madre. Confió su instrucción a los Padres Jesuitas del colegio Saint Yves. Y cuando fue suprimida la Compañía de Jesús, este colegio pasó a la dirección de sacerdotes del clero diocesano.

Ahí, pues, cursó Pierre-René las humanidades. Tenía diez y siete años. ¿Cuál sería su vocación? se preguntaba a sí mismo. No gozaba de muy buena salud. Era bajito de estatura. ¿Le admitirían en el Seminario? Después de un año de pensarlo, meditarlo y discernirlo en casa de los parientes de su madre en Bourges, decidió llamar a las puertas del seminario de su ciudad natal, que estaba regentado por los Padres Vicentinos desde el ano 1702.

El seminario, diríamos hoy,, era abierto; es decir, vivía en su casa e iba a tomar las clases en él. Así duró cuatro años. Pero en los dos últimos de Teología y Sagrada Escritura residió en el seminario, donde maduró su entrega total a Dios para servirle en la Iglesia como ministro suyo.

En la parroquia de Nuestra Señora de Mené, que estaba al lado del seminario, nuestro joven seminarista Pierre-René recibió las Ordenes de manos del Sr. Obispo de la diócesis, Mons, Sebastián Miguel Amelot. Primero fue la tonsura el quince de Marzo de 1777; las Ordenes menores el veinte de Marzo de 1779; el Subdiaconado el veintitrés de Septiembre de 1780, el Diaconado el veintidós de Septiembre de 1781, y por último, el Presbiterado el veintiuno de Septiembre; del año 1782. En cada una de estas fechas, Pierre-René se afianzaba en ser totalmente para Jesucristo Sacerdote y Víctima.

Su primer destino no fue una parroquia, como solía ser para la mayoría de los neo-sacerdotes, sino una casa de retiro para mujeres. El Sr. Obispo le encomienda esta capellanía, desde donde tiene la oportunidad de convertirse en director espiritual de muchas personas. En este tiempo es cuando Pierre René va descubriendo el llamado del Señor para entrar en la Congregación de la Misión. Sin duda alguna se vería motivado por la vida ejemplar de aquellos Padres, que fueron sus maestros en el seminario. Los ejemplos arrastran, y así fue madurando su vocación vicentina, para continuar la misión de Jesucristo, evangelizador de los pobres y formador de los que habrían de evangelizar a los pobres.

¿Qué pensamientos darían vueltas en su mente? El vivía feliz ejerciendo su ministerio sacerdotal cerca de su madre, sus amigos y conocidos en su ciudad natal. Si seguía la voz del Señor, que le llamaba a otro género de vida, tendría que dejar muchas gentes y cosas y lugares queridos desde la infancia. Vendría a su recuerdo la frase de Jesús: «Si alguno viene a mí y no me prefiere a su padre, a su madre, a su esposa e hijos, a sus hermanos y hermanas y además a sí mismo, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26). Así que calculó el costo de seguir a Cristo, evangelizador de los pobres en la Congregación de la Misión, y con la ayuda de Dios y la bendición de su madre, emprendió el viaje a París, para ingresar en el Seminario Interno de San Lázaro; aquel enorme caserón donde vivió muchos años San Vicente de Paúl.

Llegó a mediados de Octubre de 1786 y fue admitido en la Congregación el día veinticinco de ese mismo mes. Como ya era sacerdote y se había formado con los Padres de la Misión, ya conocía sin duda mucho de su espíritu y las exigencias de vida en la Congregación. Por eso, el Superior General decidió, ante la necesidad apremiante de un profesor de teología dogmática en el seminario mayor de Vannes, enviarle allá, para que al mismo tiempo que realizaba su Seminario Interno, diera clases. Así que al comenzar el año de 1787, vemos al P. Pierre-René en el seminario de su tierra natal. ¡Qué alegría ver de nuevo a su madre y a tantas personas con las que ha vivido anteriormente! La obediencia le ha llevado a esta situación. Podríamos imaginar que Dios le concedía los gozos y las sabrosuras espirituales de los principiantes en el camino de la perfección, para después pedirle cosas más exigentes.

A todo esto, ¿qué personalidad tenía nuestro P. Pierre René? Un contemporáneo lo describe así: El cielo lo había dotado de una fisonomía feliz, reflejo de la inocencia y de la santidad. Tenía una voz encantadora, que invitaba a escucharlo en las celebraciones realizadas en la capilla del seminario. Su espíritu, naturalmente alegre y comedido, testimoniaba la paz de una buena conciencia. La bondad, reflejada en su frente, era el fondo de su alma. Su carácter dulce y afable contribuyó mucho a la estima de sus alumnos y de los habitantes de la ciudad. En el seminario todos lo amaban y, en la ciudad, un gran número de personas piadosas le honraban con su confianza. Dedicaba con agrado sus momentos libres al confesonario. Los ancianos recuerdan todavía con qué prudencia y sabiduría conducía a las almas que se ponían bajó su dirección.

El veintiséis de Octubre de 1788 emite los votos en la Congregación de la Misión.

La hora de la prueba

Mientras el P. Rogue ejercía con toda dedicación el ministerio sacerdotal como Vicario de la parroquia Nuestra Seflora de Mené y daba sus clases de teología dogmática, el doce de Julio de 1790 la Asamblea Constituyente votaba en París la Constitución Civil del Clero, ratificada el 24 de Agosto de ese mismo año por el rey Luis XVI.

Los sacerdotes de Vannes la estudiaron, y llegaron a la siguiente conclusión: El Estado no tiene derecho a modificar la constitución de la Iglesia. Si aceptamos esta ley del 12 de Julio, la Iglesia de Francia conocerá la misma situación que la de Inglaterra: el Papa ya no será nuestra cabeza; será el Rey quien regirá la Iglesia, nuestra Iglesia dejará de ser católica y será nacional. Por tanto debemos seguir a la Iglesia y no aceptar separarnos jamás de ella.

El 27 de Noviembre de 1790 la Constituyente urge a todo eclesiástico bajo pena de perder su nombramiento, a prestar juramento a la Constitución Civil del Clero.

¿Qué hace el Sr. Obispo, Mons Amelot?. Se niega a jurar la Constitución. Como consecuencia es expulsado por las autoridades municipales y su palacio es saqueado. El Superior del Seminario Mayor, a cuya comunidad pertenece el P. Rogue, también se niega a jurar, por lo que los bienes del seminario son confiscados. Los seminaristas se vieron en la necesidad de marcharse a sus casas. La comunidad vicentina se dispersó. Hubo manifestaciones populares pidiendo que se quedasen el Obispo y sus sacerdotes. Pero la Asamblea ciudadana eligió a un nuevo obispo, que no fue aceptado por el pueblo fiel. El P. Rogue se refugió en la casa de su madre, donde por un tiempo vivió en paz al principio, beneficiándose de cierta tolerancia con los sacerdotes no juramentados

A la Asamblea Constituyente dio paso la Asamblea Legislativa. Esta aprobó el 6 de Abril de 1792 la supresión de las Congregaciones Religiosas, y el 27 de Mayo la deportación a todos los sacerdotes que no prestasen el juramento. Entraron en un callejón sin salida: o salir de Francia (lo que hizo un buen número de sacerdotes y obispos, que partieron especialmente a España y a Inglaterra), o permanecer en su país considerándolos la ley como enemigos de la nación.

Nuestro P. Rogue eligió quedarse por fidelidad a su vocación y a su pueblo. «El buen pastor no abandona a sus ovejas». Ellas, quedaban expuestas a grandes peligros. El salía a cuidarlas de noche. Cambiaba de casa frecuentemente. Algunos magistrados de la ciudad, amigos y conocidos desde niños, cerraban los ojos para no ver a este sacerdote colocado en situación ilegal. En las casas amigas se reunían los fieles y él les celebraba la Eucaristía y los demás sacramentos. Atendía a los enfermos y ayudaba a los seminaristas que acudían a él.

En Julio de 1794 cae Robespierre y se abre un período de tolerancia hacia los sacerdotes no juramentados. El P.Pierre-René atiende libremente a los emigrados y prisioneros, continúa celebrando ahora públicamente en las casas de los fieles, pues los templos quedaron convertidos en oficinas de la municipalidad o están regidas por sacerdotes juramentados. Pero no duró mucho tiempo la bonanza. La Convención impone el 29 de Septiembre de 1795 un nuevo juramento a todos los ciudadanos, y al mes siguiente, renueva las penas de encarcelamiento, deportación y muerte para todos los sacerdotes, que se resistan a prestar el juramento. De nuevo la Iglesia padece la persecución, y la vida de nuestro P. Rogue vuelve a la oscuridad de las catacumbas: Tiene que ejercer su ministerio sacerdotal ocultamente.

Encarcelamiento y condena

En los tiempos de revolución se enardecen los ánimos y salen de sus madrigueras los lobos feroces, amargados por quién sabe cuántos sinsabores, para hacer justicia a todos los inconformes del Antiguo Régimen. Así surgió la hostilidad de un tal Le Meut, secretario del club de «Amigos de la Constitución», quien a toda costa deseaba capturar a nuestro P. Rogue. La figura de Judas el traidor está presente en muchas historias de persecución religiosa. Este Sr. Le Meut no era un desconocido para la familia del P. Rogue, pues había recibido ayuda de la Sra. Rogue, cuando su esposa e hija de Le Meut estaban en una gran necesidad.

Era de noche, cuando el P. Pierre-René Rogue, acompañado del Sr. Guillanton, salió el día 24 de Diciembre del año 1795, a repartir la Sagrada Eucaristía. Esa noche la conocemos como Nochebuena, y al final, así resultó para nuestro beato. El P. Rogue nota que le siguen dos «patriotas» y pide al compañero que se aleje para que no le agarren. El es aprehendido y conducido a la oficina departamental. El Sr. Le Meut, complacido por su victoria al lograr capturar al P. Rogue, grita ante la turba: «Ciudadanos, en sus manos entregamos a este curita, guárdenlo».

A pesar de que el momento es difícil, surgieron en beneficio del P. Rogue «nicodemos» que trataron de que escapara. Eran magistrados que habían sido condiscípulos del P. Rogue o discípulos suyos. Pero él no quiso escapar diciéndoles: «No puedo hacerlo sin comprometerles, porque estoy aquí bajo su responsabilidad». Lo que sí pidió y le fue concedido es consumir las hostias consagradas, retirado de rodillas. Después llegaron los guardias que lo condujeron a la cárcel. Allí, ¡oh sorpresa!, encuentra a muchos sacerdotes conocidos y amigos. La presencia del pequeño P. Rogue es para todos como el mejor regalo de Navidad.

Cuando al día siguiente, se divulga la noticia del encarcelamiento del P. Rogue, la tristeza se esparce como la niebla sobre la ciudad. Una persona ofrece dinero al carcelero para que deje salir al Padre, pero éste no acepta para evitar posibles represalias. Desde ahí escribe a su madre una carta:

«Señora: Acepte mi agradecimiento por el pasado. Salude a toda la corte celeste (el grupo de personas que esperaban para la celebración de la Eucaristía). Estoy bien convencido de la parte que han tomado en mi pequeño accidente, según el lenguaje del mundo. Mis saludos también al señor de las palomas. Deseo que la salud de todos Vds. sea cada vez mejor; la mía, gracias a Dios, es perfecta. Hasta que nos veamos, si Dios lo permite; por lo menos nos veremos en el camino hacia la plaza mayor, si yo parto. A Vd y a todos los que vea les daré de todo corazón mi última y afectuosa bendición, al menos de deseo, pero no soy digno (de morir). Sea lo que sea, si llega la ocasión, desearía ver a todos mis amigos, al menos al pasar. Cúidese, sea prudente, lo mismo que los demás, y créame, en la vida y más allá de la vida, su muy obediente y humilde servidor «.

Desde la cárcel el P. Rogue se dedica a la oración y al servicio de los demás. Ya no puede celebrar la Eucaristía, pero en la meditación y contemplación de los sagrados misterios él mismo se va preparando para ser la hostia viva, que se ofrece al Señor en unión de Jesucristo. El hombre interior se va desarrollando más y más en él. No ha perdido su natural alegría, y esto le ayuda para sembrar a su alrededor tranquilidad, esperanza y paciencia ante los sufrimientos. Afuera sus amistades están angustiadas, y él les envía pequeñas notas de consuelo.

A medida que pasan los días, y al darse cuenta que la revolución ataca en serio, se va encendiendo en él el deseo del martirio. San Vicente de Paúl dice que el misionero debe estar siempre preparado para este trance.

En las horas monótonas de la prisión, el P. Rogue hilvana sus pensamientos y escribe estas estrofas:

Mi suerte es encantadora,
mi alma está feliz.
Gozo en este momento
de una alegría infinita.
Que en mí todo publique
las bondades del Señor.
Mi miseria ha terminado,
estoy tocando mi felicidad.

He servido a mi Dios, mi Rey,
imitando su celo;
he conservado la fe,
por ella voy a morir.

¡Qué hermosa es esta muerte
y digna de un corazón grande!

Ora, pueblo fiel,
para que yo sea vencedor.

A todos aquellos a quienes
mi suerte afecta e interesa,
lejos de llorar mi muerte,
estremézcanse de alegría;
vuelvan su ternura
hacia mis perseguidores;
soliciten sin cesar
el fin de sus errores.

No son hijos de la luz porque no escuchan al Sucesor de Pedro.
Pero, puesto que son nuestros hermanos,
amémoslos mucho siempre; no opongamos a su guerra
más que dulzura y amor.

Rey de los cielos,
Dios, lleno de clemencia, dígnate fijar tus ojos
sobre los dolores de Francia.
Pueda mi penitencia, igual a sus crímenes,
desarmar su venganza
y rendirla para siempre,

Las autoridades de París se vuelven cada vez más insistentes y dan órdenes para que las autoridades departamentales juzguen, condenen y ejecuten a la brevedad posible a los sacerdotes refractarios. El P. Rogue es llevado ante el tribunal el 2 de marzo de 1796. Sale de cárcel y, ¿a dónde le llevan para ser juzgado?. Al mismo lugar donde en un principio ejerció su ministerio sacerdotal. El tribunal estaba en la que fuera casa de Retiro de Mujeres. Presenciaron el juicio su madre y algunas personas amigas. No hubo mucho que argüir. La sentencia se dictó clara y sonora: Condenado a muerte El P. Rogue, al instante se arrodilló y exclamó: «Te doy gracias, Dios mío, por haberme juzgado digno de morir por la fe y de escuchar mi sentencia de muerte en un lugar donde tantas veces he predicado tu palabra y ejercido las funciones del sagrado ministerio».

Dios le concedió al P. Pierre-René Rogue la gracia de la vocación al martirio. A lo largo de la vida de las personas, Él las va conduciendo a participar de su felicidad, que es lo mismo que decir de su santidad, por caminos nuevos. Seguramente que a nuestro buen P. Rogue, cuando fue ordenado de sacerdote, no le pasó por la cabeza la posibilidad tan cercana de morir cruentamente como mártir de la fe.

En circunstancias normales a uno no se le ocurre, a no ser ese otro martirio de la fidelidad a las obligaciones contraidas como cristiano en el ejercicio de la vida ordinaria. El P. Rogue estaba tranquilo en su vida de sacerdote diocesano y, en un momento dado, Dios le llamó para ser su misionero en la Congregación de la Misión. Ahora estaba desarrollando su ministerio donde la obediencia le había colocado, de formador del clero y vicario parroquial, y Dios le vuelve a llamar para que sea testigo suyo y dé ejemplo máximo de amor y fidelidad a la Iglesia en el martirio.

El poco tiempo que le resta de vida, el P. Rogue lo dedica a despedirse de su madre, de sus hermanos sacerdotes, que están en prisión, a la oración y a fortalecer a otro sacerdote que también está sentenciado a muerte como 61. A su madre la dice que se una a su sacrificio, que los va a separar físicamente, pero que les unirá un día en la vida verdadera. El P. Rogue, siempre tan detallista con su madre, le expresa su profunda gratitud por su amor y, dando muestras de su amor universal como Jesús nos enseña -amen a sus enemigos, hagan el bien a quien les odia y castiga-, le recuerda a su madre que continúe ayudando a la familia del que le entregó, Le Meut. También tuvo tiempo para escribir a sus amigos sacerdotes :

«Dios me ha concedido la misma gracia que a nuestro amigo Le Manour. Me encomiendo a sus oraciones. Debo añadir a la cruz que el Señor me ha hecho el honor de cargar, la cruz de no poder abrazarlos por última vez. Dios me ha procurado también la cruz de ver en el tribunal a mi pobre madre, que ha sido llevada allí como una mujer de dolores, pero con sentimientos de religión; rueguen por ella, se lo suplico Parece que la expedición se hará sobre las diez. Amémonos siempre en el tiempo y en la eternidad».

El. P. Pierre-René Rogue junto con su compañero es conducido a la plaza del mercado de la ciudad. Son las tres de la tarde del tres de Marzo del año 1796. Durante el trayecto se despide de personas y lugares queridos. Los bendice de corazón,

Ya está todo preparado para la ejecución. Hay mucha gente entre mirones, espectadores y dolientes. No podía faltar Le Meut, para contemplar algo que había querido desde hacia tiempo. Al advertir su presencia, el P. Rogue le mira y le dice: «Hijo, no tengo nada, no tengo más que este reloj; te lo doy». El verdugo también reconoce al Padre; se detiene un momento. El P.Rogue le anima: «Amigo, cumple con tu deber». Y elevando como Jesús sus ojos al cielo, ora: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu» . La guillotina cortó su cabeza.

En cuanto pudieron, muchos de los presentes fueron a llevarse un recuerdo de las ropas de nuestro mártir. Los más se acercaron a mojar un pañuelo en la sangre derramada del que ya tenían por santo. Ese mismo día él y su compañero de martirio fueron sepultados en el cementerio de Boismoreau. Fue su madre, quien posteriormente preguntó por el lugar de la sepultura de su hijo y colocó una cruz. En 1856 el canónigo Guesdon hizo levantar un monumento sobre su tumba, construido por suscripción popular, en el que puso esta inscripción:

Aquí reposa el cuerpo de Pedro Renato Rogue,
sacerdote de la Misión,
profesor del seminario mayor.

Nacido en Vannes el 11 de Junio de 1758,
muerto el 3 de Marzo de 1796, mártir de la fe.
Desde su juventud
volvió su corazón hacia el Señor.

En un tiempo de pecados,
afianzó a sus hermanos en la piedad.
Rehusó violar la santa Ley de Dios
y fue inmolado.

Testigo de la fe

Ante todo, el mártir cristiano es una persona de fe en Jesucristo. Esa fe la ido amacízando a lo largo de su vida, larga o corta, en la oración, en la vida sacramental, en la reflexión personal, en la contemplación y escucha de la Palabra de Dios, y en la asimilación de la voluntad de Dios en los acontecimientos de la vida. Todo lo permite Dios para bien de los que le aman. Lo importante es saber sacar bien del mismo mal. Porque no existe nada totalmente malo. El mismo hecho de existir ya es bueno, porque Dios es bueno.

El beato Rogue tuvo una vida breve sobre este mundo. No llegó a los cuarenta años. Sin embargo aprendió la sabiduría de la vida que Jesús nos enseña. Aprendió a escuchar a Dios en la Iglesia, en las personas, en los acontecimientos y en el interior de su propia conciencia. Así pudo darle respuesta en cada circunstancia de su vida. No se sintió solo, porque sabia que el Señor siempre estaba a su lado para defenderlo y guiarlo.

El Obispo de Vannes, Mons. Alcime Gouraud, y el Superior General de la Congregación de la Misión, P.Antonio Fiat, encomendaron a una comisión la iniciación del proceso de beatificación del P. Pedro Renato Rogue en el año 1908.

El Papa Pío XI, el 10 de Mayo de 1934, en la Basilica de San Pedro, mandó inscribir a Pedro Renato Rogue en el número de los beatos.

¿Qué podemos aprender del beato Rogue?

Ante todo su fidelidad. Jesús nos ha dicho: El que sea fiel en las cosas pequeñas será fiel en las cosas grandes (Luc. 16,10). Y Jesús es el testigo fiel por antonomasia (Jn 3,11).

A veces nos podemos enredar con la palabra fidelidad, pero mejor que perder el hilo de la madeja, podemos jugar con ella: Fidelidad tiene que ver con la fe, con la exactitud, con la verdad, con la perseverancia, con el cumplimiento del deber y con la realización de la misión encomendada..

El cristiano fiel es un hombre bien plantado, de cimientos seguros. Sabe de quién se fia. Está cimentado sobre la Roca Firme de Jesucristo. El joven Pierre-René Rogue experimentó la formación sólida en la verdadera fe y la vida cristiana que su madre le había dado, no tanto con palabras, sino con sus ejemplos. Ella no sabia lo que hoy dice la Iglesia que «la misión educativa de la familia cristiana es un verdadero ministerio, por medio del cual se transmite e irradia el evangelio, hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. Mediante el testimonio de su vida los padres son los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con ellos a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo-Eucarístico y Eclesial de Cristo, mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente padres, es decir, engendradores, no sólo de la vida corporal, sino también de aquella que brota de la Cruz y Resurrección de Cristo» (F.C. n. 39).

El cristiano fiel es un hombre ante todo de fe en Nuestro Señor Jesucristo. Cree en Jesús y en todo lo que El enseña. La fe en El se va metiendo en los entresijos de su persona: en sus pensamientos, en sus juicios, en sus criterios, en su manera de ver y de reaccionar ante las personas y los sucesos de la realidad, en su manera de presentarse, en su ser y actuar. Así le pasó a nuestro Pierre-René. Desde niño y de joven y de hombre hecho y derecho, aunque bajito de estatura, la verdadera fe, enseñada y transmitida por la Iglesia, se va introduciendo en él a medida que la practica y a su vez la enseña, como maestro de teología dogmática.

El cristiano fiel es un hombre que se va configurando con Nuestro Señor Jesucristo, es decir, se va amoldando a El, se esfuerza por parecerse a El, por imitarle y por adherirse a El, no con sus propias fuerzas solamente, sino impulsado por la gracia del Espíritu Santo. En su formación humana, Pierre-René fue creciendo en las actitudes permanentes, que le asemejan a Jesús, el hombre perfecto. No sólo para una justa y necesaria maduración de sí mismo, sino también en orden a su ministerio, el joven seminarista y el sacerdote cultivaba las cualidades humanas necesarias para la formación de su personalidad equilibrada, sólida y libre, capaz de llevar el peso de las responsabilidades pastorales, que le fueron encomendando. Como formador y director espiritual aprendió a ser capaz de conocer en profundidad el alma humana, a intuir sus dificultades y problemas, a facilitar el encuentro y el diálogo, a expresar juicios serenos y objetivos.

Su fidelidad a la Iglesia de Jesucristo. ¿Por qué matan a este hombre bueno, alegre, pródigo en excelentes obras, leal con todos, buen compañero, maestro de muchos y fiel sacerdote? Porque los tiempos que corren son de revolución y llevan consigo, como un torrente, ideas, pasiones, fuerzas extremistas, y unas caen y otras se levantan. La religión católica fue vista con malos ojos y sus representantes estaban condenados por las nuevas leyes a caer. La revolución pretendía combatir todo lo que a su juicio iba contra la libertad, la justicia, la igualdad y la fraternidad de los hombres. Miró a la Iglesia de Roma y se dijo: ésta es la causante de muchos de estos males. Y promulgó una ley de forma que la Iglesia de Francia se constituyera en Iglesia autónoma e independiente del Papa de Roma. Exigió a los clérigos que juraran por la nueva ley, que destruía, con ese invento, la Iglesia de Cristo, fundada sobre Pedro. El P. Pedro Renato Rogue muere por ser fiel a la verdadera Iglesia de Jesucristo reconociendo que amándola cual es, con sus virtudes y sus defectos, propios de sus miembros, ama a Cristo y es fiel a Cristo.

«Hay que obedecer a Dios ante que a los hombres» (11ech. 4,19). Su obediencia a la fe cristiana íntegra le hizo justo, y por el don del martirio, creció como una palmera y se alzó como un cedro del Líbano, para que, contemplando nosotros su testimonio, nos animemos con el ejemplo de su vida y muerte a seguir sus huellas, para alcanzar, como él, la corona inmortal de la gloria.


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