«Si es que no me ve en unos días, es que me han matado o estoy en la cárcel.»
Así hablaba el P. García Pedro a su tía Sor Pilar, el 25 de- julio de 1936, al participarla que, teniendo que marcharse de su amada casa de la calle de García de Paredes, se iba a vivir en una pensión.
Era la «Pensión Mejicana», en el piso cuarto derecha del número 28 de la Carrera de San Jerónimo. Lo acompañó el P. Morquillas. En ella se hospedaban igualmente el P. Celestino Moso, paúl, dos Hermanos maristas, un Padre y un Hermano pasionistas y un Padre dominico. El P. Moso cambió de posada a los dos o tres días.
En la noche del día 28, cuando se disponían a cenar, ce presentó en la pensión un grupo de policías y milicianos. Fue ron momentos de alarma y de temor. Los sacerdotes no ocultaron su carácter. El P. García dijo que era Misionero. Tomada nota de las respectivas documentaciones y declaraciones, los policías y milicianos se fueron y los huéspedes cenaron tranquilamente.
Pero al día siguiente se presentaron algunos milicianos de aquellos con otros nuevos diciendo: «¡Hala! Que salgan los Curas! Parecía que iban a quedar libres los religiosos que no eran sacerdotes; pero un miliciano añadió por su cuenta: «Y tú, y tú, y tú…»
Poco después se hallaban todos en los calabozos de la Comisaría del Congreso. Menos mal. Lo corriente en aquellos días era el «paseo». Allí pasaron la noche, y a las diez de la siguiente mañana fueron trasladados a la Dirección General de Seguridad. En dicha lugar les hicieron la ficha, con huellas dactilares incluso.
Y cuenta un Padre agustino:
«Cuando, al entrar los del Escorial en los sótanos de la Dirección, vimos a un tío gordo y alto con el Rosario en la mano, diciendo en voz alta: «¡A rezar el Rosario; que con éste venceremos!» Le tomamos por un espía. Era sobrado extraña su actitud en medio de tanto general abatimieno. Mas, en seguida, al saber que éramos agustinos, se manifestó él como paúl. Y, la verdad, fue mucho lo que nos alentó el P. Pedro.»
El día 6 de agosto fue conducido el P. García, con otros compañeros de la «Pensión Mejicana», entre ellos el P. Morquillas, a la cárcel de San Antón. También fueron trasiadados a ella en el mismo día los frailes del Escorial. Entre los seglares allí encarcelados, el más famoso, el célebre comediógrafo D. Pedro Muñoz Seca. Paúles, por entonces, no había ningún otro. Más tarde, a mediados de noviembre, al evacuar la Cárcel Modelo, fueron trasladados a esta de San Antón los Hermanos Pato, Yruretagoyena y José García.
Como esta cárcel tenía tan mala fama fuera, el P. García y el P. Morquillas no tuvieron, el consuelo de las visitas de sus hermanos o hermanas de Congregación, que alguna que otra vez los que gozaban de libertad pudieron proporcionar a los de otras cárceles.
Allá por el mes de septiembre, el P. Fuente, tras vacilaciones y con gran temor, se atrevió a acercarse a la cárcel a preguntar por ellos. Los milicianos que estaban a la puerta se limitaron a darle un papelito con el número del teléfono al que debían llamar pidiendo informes. Respondieron, en efecto, que sí que estaban en la cárcel. Era la primera noticia que se tenía después del 7 de agosto, en que habían escrito a la pensión pidiendo les enviaran las maletas, que según manifestó el dueño les fueron entregadas, y se deja entender porque supervivientes de los con ellos encarcelados dicen que no andaban mal de ropa interior.
La noticia telefónica, aunque tan precaria y carente de seguridad y certeza, llenó de alegría a los que por ellos nos interesábamos. Se trató de proveerles de ropa por si la habían menester, y, sobre todo, para darles’ la impresión de que no se les echaba en olvido, cosa que servía, testigo la experiencia, de tanto consuelo a los encarcelados. Y no teniendo valor el P. Fuente para volver a la cárcel con el afilio, por encargo suyo, sabiendo a cuanto se exponían, lleváronles la ropa Sor Florencia Alfaro y Sor María Rodríguez. Mas no pudieron hacer otra cosa que dejarla a nombre de ellos en la puerta de la cárcel. ¿La recibirían? Aunque así fuera, hasta el Cielo no habrán sabido quién se la enviaba. Tal vez sospecharan que de la pensión.
Ponernos estos detalles para que se comprenda el miedo que infundía la cárcel de San Antón, donde el P. Pedro estuvo encerrado.
El no parece tuviera tanto pánico. Continuó, por lo que nos cuentan, siendo el P. Pedro de siempre: platicaba sobre las Misiones de la India; hablaba en voz alta, sin reparo; disputaba con calor y sin dar lugar a réplicas. Un día le advirtieron de la posibilidad de, que le oyeran espías, y él dijo, incontinenti: «¡Bobadas! No hay que hacer caso. ¡Que me oigan!»
De esta cárcel se contaban fuera cosas espantosas: que si «paseos», que si asesinatos en los patios de la cárcel, etc. Todo ello bulas, por lo visto, en su mayoría. Lo que sí es cierto, dice un superviviente, agustino, compañero cercano del P. Pedro García, es que una noche se temió un asalto a la cárcel. Los milicianos que estaban de guardianes en las galerías se habían ausentado, y ello daba más pábulo a la especie. Se oían tiros por los alrededores. El pánico que prendió en el ánimo de los presos se deja entender. El P. Pedro García, en cambio, animoso corno siempre, arrancó no sé de dónde una barra de hierro y con ella en la mano se plantó detrás de una puerta, diciendo: «A mí me matarán, pero antes…» Al fin, no ocurrió nada, gracias a Dios, en aquella noche histórica.
En los últimos días de noviembre, en ésta, como en las demás cárceles, se constituyeron algo así como tribunales para juzgar sumariamente a los reclusos y descongestionar las prisiones, incapaces absolutamente de contener tanta gente.
Al comparecer el P. Pedro para prestar declaración (él mismo lo contaba después, con gracia), como tenía la boca mala, apenas si podía hablar, y al decir él que era Misionero, creyendo los jueces que le era habitual aquel modo de hablar premioso y oscuro, le preguntaron:
¿Eres lego?
No, Misionero.
Y eso ¿qué es?
Y, sin aguardar respuesta, le dieron por juzgado.
En las Salesas obra una ficha que dice: «Puesto en libertad. 29 de noviembre.» También al Misionero le había correspondido la libertad definitiva.
En tres «sacas» sucesivas habían tratado de incluirle, entre ellas las famosas del día 29 y 30 de noviembre. Pero el Padre Pedro se escondió y no pudieron dar con él, y así se libró por dos veces de la muerte.
Pero estaba de Dios que había de morir y no se les pasó por alto a los infames responsables.
El día 3 de diciembre, por la tarde, un oficial de Prisiones clamó en la sala:
—¿Pedro García Martín?
—Servidor, respondió, al momento, el aludido.
El oficial registró el nombre en la lista que llevaba en la mano y se fue.
A las cuatro de la mañana siguiente, 4 de diciembre de 1936, un miliciano se acercó al lugar donde dormía el Padre Pedro, diciendo que se vistiera, que iba a salir. El Padre no se hizo ilusiones. Presa de terror, triste y abatido, decía:
—»¡Dios mío, Dios mío! ¡Me matan! ¡Jesús, Jesús!»
Se confesó con un padre agustino, que estaba cerca de él (ordinariamente se confesaba con el Sr. Estévez, de la perroquia de Santa Bárbara). Repartió la ropa y algo de comida que tenía, entre los compañeros y… pasó el rastrillo.
Un coche pequeño esperaba a la puerta de la cárcel. Hicieran montar en él al P. Pedro y a otros dos o tres presos más y… se ignora en absoluto el lugar donde los inmolaron.
Así murió en Madrid el P. Pedro Pascual García Martín, destrozado por las bestias humanas de la España sovietizada, siendo así que lo habían respetado tigres y los osos de la India.
Porque el P. Pedro García había estado de Misionero en la India (Golfo de Bengala, Misión de Cuttack), desde 1923 a 1933. Y todo su empeño era volver a aquellas tierras. Por eso, opportune et importune, hablaba de las Misiones, y las Misiones para él era la Misión encomendada a los Paúles en la India inglesa.
Y, pues mencionamos este destino, completemos las notas respecto al particular.
Era natural de Monteagudo (Teruel). Nació el 12 de junio de 1892. Entró en la Congregación el 26 de octubre de J908.
Ordenado el año 1917, fue destinado al Colegio de Segunda Enseñanza de Alcorisa y el año 1920 pasó al de Murguía. .Durante el curso 1921-1922 dio Misiones en la diócesis de Astorga, dejando muy buena opinión en los pueblos misionados, por su espíritu de mortificación y amor al trabajo, amén de que no era un predicador bufo, sino que tenía en sus pláticas o sermones mucha doctrina y la exponía con fuego y sentimiento.
En el Colegio de Alcorisa, donde, como se acaba de apuntar, fue profesor, había sido discípulo y aventajado; siempre sacaba matrícula; era uno de los más listos.
La vocación le dio tan fuerte que se escapó de casa, cierto día, en vista de que no le dejaban entrar. Diéronle alcance en el camino sus parientes; mas como, por una parte, ellos eran todos buenísimos, y, por otra, le vieron tan decidido otorgáronle el ansiado permiso.
A propósito de la familia, y para que no se interprete mal la prueba a que sometieron su vocación religiosa, digamos que era una de esas familias de rancio abolengo cristiano. Para probarlo brevemente, baste saber que a más de tener una tía paterna Hija de la Caridad, dos hermanos murieron en la inmortal Cruzada como unos verdaderos héroes, y su padre, ochentón, cautivo en la toma por los rojos de Teruel, fue desterrado a tierras de Castellón, sin amparo ni cobijo. Al morir, de muerte natural, pero motivada por tanta desgracia, en 1939, le fue concedida la laureada, y sus honras fúnebres revistieron carácter de apoteosis. La Patria agradecida, le premiaba.
Como notas características del P. Pedro García se pueden dar las siguientes: Era el eterno disputador, no conocía el miedo v era hasta el «summum» partidario y propagandista de El Siglo Futuro. Tenía un amor grande a la Congregación y profesaba asimismo una ardiente devoción al Sagrado Corazón de Jesús, gustando de ir en peregrinación al Cerro de los Angeles; en él frecuentemente predicaba los Retiros a los obreros de la Compañía de San José, a los cuales comunicaba no pequeña parte del ardor piadoso que en su pecho ardía, siendo, por tanto, uno de los mejores instrumentos de que se valió el Dios de los Fuertes para forjar el heroísmo con que algunos de ellos, singularmente Justo Dorado, supieron morir, sellando con su sangre su fe y su amor a Cristo.







