La substancia del misterio de la encarnación
Para Bérulle, la encarnación es el más alto de los misterios, pero, al mismo tiempo, el más humilde, al ser un «anonadamiento» incomprensible de la persona del Verbo: «El, que era de condición divina no se reputó ser igual a Dios, antes bien se anonadó, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2, 6-7).
«Se anonadó». Esta «kenosis» del Verbo constituye la sustancia de la encarnación. Bérulle considera la encarnación de dos maneras diversas: Una, a partir del término divino, del misterio de la voluntad divina que la decreta. En esta perspectiva presenta la substancia del misterio de la encarnación en referencia al misterio trinitario. El anonadamiento del Verbo, que para «deificar al hombre se hace hombre», le fascina. Al mismo tiempo se constituye en fuente de su doctrina espiritual y le proporciona uno de los temas de sus grandes reflexiones.
La dispensación del misterio de la encarnación
La otra manera de considerar el misterio de la encarnación la centra Bérulle en el Verbo encarnado, el Verbo hecho hombre. En esta perspectiva considera la relación de las dos naturalezas de Cristo a partir del término humano. Señalemos que Bérulle aborda esta relación bajo dos aspectos. Uno consiste en declarar que la naturaleza humana de Jesús está privada de subsistencia o persona propia. El otro aspecto consiste en afirmar que la naturaleza humana de Jesús subsiste en la persona del Verbo.
La consideración de la naturaleza humana de Jesús conduce a Bérulle a tratar de las modalidades históricas de la encarnación. Modalidades que se constituyen por los diversos «estados» y «misterios». Estados en los que Cristo, «al querer santificar» «todos los estados humanos», ha «asumido el vestido y el estado de servidor como» había «asumido su naturaleza». «Misterios» en los que descubre con insistencia las humillaciones de Cristo en la infancia, en la tentación del desierto, en la pasión, en la «privación de la gloria debida» a su humanidad.
El anonadamiento del Verbo encarnado aparece más claramente todavía cuando Bérulle, de manera muy característica, lo hace coincidir en Jesús con la privación de subsistencia o persona humana. Esta privación de subsistencia o de persona humana en Jesús es invocada por el fundador del Oratorio y por el superior de las Carmelitas como modelo de toda abnegación cristiana y, sobre todo, como fundamento del voto de servidumbre perpetua a Jesús en 1615. Al mismo tiempo despierta en él un sentimiento de veneración, de amor, de imitación y le permite introducir en el marco neo-testamentario la idea de anonadamiento heredada de los renano-flamencos.
La consideración de la naturaleza humana de Cristo subsistente en el Verbo conduce a Bérulle a la idea de la subsistencia del cristiano en Jesús: «Como la humanidad de Jesús no tiene ser, vida y subsistencia más que en la divinidad, así nosotros no debemos tener vida y subsistencia más que en su humanidad y en su divinidad». Esta «subsistencia» tiene en él «grandes resonancias metafísicas», que le permiten en un perfecto paralelismo hacer coincidir la «vuelta a Dios» de la «mística de las esencias» con las reflexiones espirituales de la Encarnación: «Dios es la sustancia de la criatura, el Verbo la de la santa humanidad de Cristo, que tiene por su parte una función análoga referente a los miembros del cuerpo místico y les permite volver a encontrar su relación ontológica primitiva al Creador». De esta manera Cristo en su humanidad es medio y de ninguna manera obstáculo, para llegar a la divinidad. Más aún, es el «medio que contiene y cerca el fin», «el Sol», al que no se puede mirar sin quedar deslumbrados, «la vida, a la que tenemos que tender, el camino por el que tenemos que ir”. El «establecimiento de Jesús» es el fundamento del ser y de la dignidad del cristiano, que subsiste espiritualmente en Cristo.
La contemplación de la humanidad de Jesús dependiente y subsistente en la persona divina proporciona sobre todo a Bérulle «el estado ejemplar y arquetipo» de la total sumisión a Dios, a la que aspira desde su juventud. Las «grandes resonancias metafísicas» de la vuelta a Dios se cambian entonces en las consignas de renunciar a toda voluntad propia, de ofrecerse a Cristo en oblación de amor y de adoración, depender de él, subsistir en él para vivir y obrar en él: «No es suficiente que el hombre esté subordinado, debe estar desapropiado, anonadado y apropiado a Jesús, subsistente en Jesús… viviendo en Jesús, fructificando en Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5)».
«La vida del hombre es humillarse y anonadarse, referirse a Dios, unirse a Jesús, vivir y obrar en Jesús. Dios es el fin de los fines, Jesús es el medio de los medios y el medio que contiene y cerca el fin».
«¡Oh Jesús, que os conozca y me conozca! Me conozco y considero como un ser emanado, dependiente, referido, y referido a vos, a quien adoro como principio de mi ser y de todo ser, a quien busco como mi fin y fin supremo y eterno de todas las cosas. Me establezco en vos como en el fondo de mi ser, que no tiene ser y subsistencia más que en vos».
«Durante el caminar de mi ser, desde su principio hasta su fin y en la misma eternidad de su fin, veo a este ser mío subsistente no en él y por él, sino en vos y por vos, que sois su subsistencia, como sois su origen y su fin. Quiero, pues, conformarme a mi estado y condición; quiero apoyarme en vos y unirme inseparablemente a vos, que sois mi apoyo, mi fuerza y mi refugio, ya que sin vos no soy nada y fuera de vos no puedo existir. Me entrego, pues, a vos como a mi refugio; me apoyo en vos como en mi subsistencia; me hago dependiente de vos y de vuestro querer, porque sois mi conducta y mi fuerza. Y os ofrezco, según vuestra palabra, este sacrificio de justicia; os rindo el tributo de mi ser y de mi vida, de mi dependencia y servidumbre, adorando vuestras grandezas, poderes, cualidades y perfecciones por mis imperfecciones, debilidades y mi nada».
«Me refiero a vos y a vuestra alabanza no solo en vuestra persona, sino también en vuestras obras y os ofrezco todos los momentos y movimientos de mi ser y el último momento de mi vida, queriendo expirar en vos».
Semejante aspiración de sumisión total del hombre a Dios en Jesucristo es posible, porque la Encarnación es un misterio «que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios; un misterio que separa al hombre del pecado por la gracia y de él mismo por una gracia secreta, suprema y propia de este misterio». Por eso «se requiere separarse de sí mismo y de todo lo que nos hace subsistente en nosotros mismos, en Adán, y no en Jesús, que es nuestro Adán y nuestro todo».
Jesucristo, adorador perfecto que ama perfectamente al Padre
A la mirada de Bérulle la encarnación en su «substancia» y en su «dispensación» es un misterio de «abnegación» y de «amor». No obstante la distancia existente entre el ser in-creado y la criatura, «Dios sobrepasa todos los obstáculos y distancias infinitas por amor infinito» para unirse con el hombre. Este misterio de «abnegación y de «amor» hace de Jesucristo el adorador perfecto que ama perfectamente al Padre por sus «actos» y por sus «estados». Adorar, equivale para Bérulle a «reconocer el principio de donde se tiene el ser» y a entrar en el dinamismo esencial de la criatura, que la orienta a Dios, «principio incomprensible» o «deidad fontal del Padre» de donde ha salido. La realización de este reconocimiento y de este dinamismo transforman al ser creado en puro acto de adoración y de amor. Gracias a la unión hipostática, Jesucristo realiza esta donación amorosa, al apreciar perfectamente la grandeza divina y al poseer la dignidad infinita necesaria a la perfección del homenaje religioso: «Jesucristo nuestro Señor, como tiene doble naturaleza, tiene también doble mirada hacia Dios. Hacia Dios como Padre suyo en su divinidad, hacia Dios en su humanidad, de la que el Padre es Dios, como es Dios de toda criatura».
De esta manera tenemos al tiempo «un Dios infinitamente adorable y un adorador infinito», capaz no sólo de realizar esta adoración amorosa, sino de definirla de manera «ejemplar» y «sobreeminente»: «Desde toda la eternidad existía un Dios infinitamente adorable, pero no existía todavía un adorador infinito; existía un Dios, digno de ser infinitamente amado y servido, pero no había ningún hombre ni servidor infinito, capaz de realizar un servicio y un amor infinitos. Vos sois ahora, ¡oh Jesús!, este adorador, este hombre, este servidor infinito… para satisfacer plenamente a este deber y para rendir este homenaje divino. Vos sois este hombre que ama, adora y sirve a la majestad suprema como es digna de ser amada, servida, honrada. Y como hay un Dios digno de ser adorado, servido y amado, hay también en vos, mi señor Jesús, un Dios que le adora, le ama y le sirve por toda la eternidad en la naturaleza que ha sido unida a vuestra persona en la plenitud de los tiempos… ¡Oh grandeza del misterio de la encarnación que establece un estado y una dignidad infinita en el ser creado!.
Esta adoración y este amor brotan naturalmente en Jesús e invaden desde el primer momento espontáneamente su pensamiento: «Este hombre, que se llama Jesús, siendo Dios por este misterio (de la encarnación) y viendo por la luz de la gloria… que era Dios, no hay duda de que su primer deber y su primera, operación en esta visión y vida bienaventurada ha sido adorar por su naturaleza humana a la unidad suprema de la esencia divina. Y siguiendo el orden de los orígenes y emanaciones eternas, en el que es el Hijo único de Dios, y el segundo después del Padre, se ha aplicado inmediatamente a admirar y a adorar el poder de su Padre al engendrarle, su propio nacimiento, su subsistencia, su filiación única y eterna en el seno de su Padre. Y puesto que la primera operación de Jesús en su divinidad es la producción del Espíritu santo, de quien es, con el Padre, el principio, siguiendo el mismo orden de las operaciones divinas, ha visto y adorado también en el mismo instante esta emanación divina, este espíritu eterno, este amor personal, del cual es la fuente y el origen de la divinidad…
Jesucristo, origen y principio del cristiano
Bérulle hace referencia con complacencia incansable al tema paulino de la segunda creación: «Somos creados en Cristo Jesús» (Ef 2, 10). Para él, el «Padre es el principio de las obras de la naturaleza», del ser de la criatura y Jesucristo es el principio, el origen del cristiano, nueva criatura.
A través de la referencia al tema de los dos principios, Bérulle expresa con claridad y profundidad que la vida cristiana es una nueva creación. Abordar la vida espiritual bajo este aspecto, le lleva a afirmar la novedad radical de la obra de Cristo en relación a la creación, hasta llegar a afirmar de éste que es principio y Padre: «El es nuestro Padre y nuestro principio en cuanto a la gracia y, partiendo de esto, en cuanto a nuestra naturaleza, ya que somos una nueva criatura que recibe un nuevo ser y una nueva naturaleza… por vía de creación, que es una acción por la que se reciben no las cosas adyacentes al ser y a la naturaleza sino la naturaleza y el mismo ser. San Pablo llama a nuestra santificación, creación, y afirma que «somos creados en Cristo Jesús» (Ef 2, 10)».
La creación en Cristo nos reconcilia con nuestra condición de criatura. En Jesús volvemos a recuperar nuestra capacidad de adoración y de amor, perdida por el pecado. Más aún: «el derecho a ser», que «hemos perdido», «se otorga a Jesucristo, cuando Dios le da la naturaleza humana y le hace jefe de la misma». Solamente «en él se nos devuelve» este derecho perdido. Y ello en razón de la «plenitud de la divinidad que le habita» y «le hace ser una capacidad de las almas, del mismo modo que Dios es una capacidad de sus criaturas». La consecuencia es clara: «sólo tenemos derecho a ser en Jesucristo, por él y para él». Fuera de Jesucristo, nuestro ser, en su estado actual, es «un ser fallido e imperfecto, un vacío que tiene necesidad de ser colmado». La razón estriba en que Cristo «nuestro jefe, ejerce en nosotros una influencia continua de ser, de vida y de gracia». Ser, vida y gracia deificadora que nos establecen «en el ser espiritual que es la verdadera existencia». Sólo «Jesús es la terminación de nuestro ser, que subsiste en él y solamente tiene su perfección en él». Por eso «debemos mirar a Jesús como nuestra terminación, puesto que lo es y lo quiere ser, de la misma manera que el Verbo es la terminación de la naturaleza humana que subsiste en él». La «incorporación» en Cristo «como parte de él mismo», la teología del cuerpo místico se constituye así en la clave de la bóveda de la síntesis berulliana: «O no sois más que pura nada ante Dios, o sois miembros de Jesucristo, incorporados a él por su gracia, vivificados en él por su Espíritu y no siendo más que uno con él en honor de la unidad sagrada que tiene con su Padre».
Para llegar a realizar en nosotros el ser «hijos de Dios y miembros de Jesucristo», para «estar y vivir en Jesucristo»,
tenemos que entrar en el misterio de la encarnación. Misterio que despoja a la naturaleza humana de Jesús de la finitud de su propia «subsistencia o persona humana» y lleva a los hombres al «anonadamiento» de ellos mismos: «En el misterio de la encarnación hay una especie de anonadamiento de la naturaleza humana, que está despojada de su propia subsistencia o persona humana para ser establecida en la persona del Verbo. De la misma manera en la gracia, que mana de esta encarnación adorable como de una fuente viva, hay una especie de anonadamiento en nosotros mismos y de establecimiento en Jesús».
Esta gracia de incorporación, de «establecimiento en Jesús» exige un «renunciamiento» espiritual que «alcanza al fondo de nuestro ser» hasta llegar a «la pérdida de nosotros mismos»: «Feliz renunciamiento que, al hacernos perder lo que estaba perdido en nosotros, nos hace poseer lo que subsiste y vive eternamente en Jesús, y perdiéndonos nosotros mismos poseemos a Jesús y Jesús es más que nosotros». Miembros de Cristo, «no debemos obrar más que por el espíritu de Jesús». Para conseguirlo, «debemos desposeernos no de nuestro espíritu, sino de toda adherencia a nuestro espíritu, de toda propiedad, para ser poseídos por el Espíritu de Dios». Ser miembros del cuerpo místico, equivale a recibir el espíritu de Jesús, vida eterna. «Estas cosas, exclama Bérulle, maravillan: …la santidad divina nos separa de nosotros, nos incorpora a Jesús, nos eleva hasta el trono de Dios, que es la vida y lo propio de Dios». Por la «incorporación» a Cristo, la «adherencia» a él, la «subsistencia» en él podemos participar de la vida de Dios… llegar a la unión con él.
El retorno a Dios
Principio universal de toda criatura, Dios es también el fin de los fines. Todo lo que emana de él, debe, de alguna manera, retornar a él: «Como Dios es el primer principio, es también el fin último de todas las cosas. En esta calidad es menester que tendamos a él en el estado de nuestra vida y en todas nuestras acciones. Como principio, tenemos que adorarle y depender de su conducta y providencia; como fin último, tenemos que amarle y tenerle por fin de nuestra vida y de nuestras obras».
La vuelta de la criatura a Dios se realiza eminentemente en Jesús, al ser el adorador y el amador perfecto del Padre. A través de su naturaleza humana, Jesús, «por los diversos grados y condiciones de su ser, recapitula» en él «todas las criaturas». En razón de su persona divina, «hay una relación continua de todo lo que es en orden a su Padre y su ser y su vida consisten en esta relación. Incluso, hablando con propiedad, su vida no es más que una vida sustancial y personalmente relativa de lo que él es en relación a su principio único». De ahí que todo en Cristo es movimiento hacia el Padre: «El mismo universo, que ha salido de Dios, retorna a Dios, al ser reunido con y unido a Dios… por este misterio divino» (de la encarnación). Más aún, al haber descendido hasta la criatura en la persona del Verbo, Dios refiere y vuelve toda criatura a él en la naturaleza humana del Verbo encarnado:
Al contemplar estos altos misterios, vemos cómo el Hijo único de Dios, al recibir de su Padre su propia esencia, quiere con su Padre con un querer necesario comunicarla al Espíritu santo… En la plenitud de los tiempos, quiere todavía con un querer libre y digno de un agradecimiento infinito dar su esencia a una criatura y unirse a su criatura por su propia substancia y subsistencia. Jesús, avanzando en las vías de su amor y de su bondad y viéndose llevar en él mismo la comunicación inefable de la divinidad a nuestra humanidad, quiere llevar esta humanidad unida a su divinidad en nuestros corazones y en nuestros cuerpos para santificarlos en él y unirnos a él. Jesús, uniéndose así a nosotros, nos une a su humanidad, y por su humanidad a su divinidad y por él al Padre.
He aquí el comienzo y el progreso, la salida y la vuelta del viaje del Verbo eterno, que sale del seno de su Padre y desciende de lo más alto de los cielos para anonadarse en la tierra y unirse a nuestra humanidad. He aquí el estado y el fin del misterio de la Encarnación… También vemos que el Verbo encarnado toca la tierra y la santifica por su humanidad, toca el cielo y lo glorifica por su divinidad.
Porque somos de Cristo y Cristo de Dios, podemos, en definitiva, participar de la vida de Dios, retornar a Dios, unirnos a Dios:
Existe un hombre, hombre de la misma condición que nosotros… que es relación sustancial y personal a Dios, a quien mira y ama como a su Padre, a quien contempla y adora como a su Dios… y a todos los que el Padre ha elegido y hecho suyos antes de todos los siglos y a los cuales ha dado en la plenitud de los tiempos a su Hijo encarnado… y a quienes el Hijo atrae todos los días a la unidad de su persona divina, uniéndoles a su humanidad deificada y haciéndoles sus miembros. Todos estos, digo, tienen el honor de entrar en la relación divina y adorable del Hijo único con su Padre. Su relación les hace retornar a todos a este principio incomprensible del que procede todo ser creado e increado y les devuelve a quien es el Padre y Dios de ellos.
De esta manera toda la creación, que emana de Dios a través de su Verbo creador, vuelve a él a través del Verbo encarnado.
El hombre solo puede entrar en este movimiento de retorno a Dios, solo puede unirse a él, cuando «se adhiere a Jesucristo», vida y fuente de vida, «medio de los medios»; cuando se conforma a los «estados» y «misterios» de Cristo. Estos «estados» y «misterios», son para nosotros, en las mismas condiciones, fuente de vida:
Todos estos estados y misterios son deificados y, por tanto, tienen una dignidad divina, una potencia suprema, una operación santa y son realizados para la gloria de Dios y para nuestra propia utilidad… El designio de Dios es que estos estados sean honrados, por apropiados y aplicados a nuestras almas. Y como él reparte sus dones y sus gradas, también reparte sus estados y misterios entre los hombres.
Adherirse a Cristo, conformarse a los «estados» y «misterios» de Cristo, requiere el anonadamiento, la abnegación del hombre. Cristo se humilló, se anonadó por nosotros. La vida cristiana consiste en seguirle en este camino de abnegación, de anonadamiento. Para que el cristiano esté incorporado a Cristo, tiene que aceptar libremente ser «esclavo» de este Cristo y consentir a su «nada»:
Así como el Hijo eterno de Dios en su naturaleza humana no tiene persona humana, es decir, no tiene yo humano sustancial y personalmente, así también el hijo adoptivo de Dios, conducido por su gracia, no debe moral y espiritualmente (hablando) tenerla. Honro, pues, esta privación que la humanidad de Jesús tienen de su propia subsistencia… Renuncio a todo poder, autoridad y libertad que tengo de disponer de mí… dimito totalmente de ella entre las manos de Jesús… para realizar todo querer y poder (que tiene) sobre mí. Más aún, quiero que no haya nada de mí mismo en mí; quiero poder decir de acuerdo con San Pablo: ‘vivo, pero ya no yo, sino Jesucristo vive en mí’ (Gál 2, 20). Y de acuerdo con la razón profunda de san Agustín, quiero que el espíritu de Jesucristo sea el espíritu de mi espíritu y la vida de mi vida. Y así como el Hijo de Dios, por derecho de subsistencia, está en posesión de la naturaleza humana, a la que ha unido a su persona, así también quiero que, por derecho de un poder especial y particular, Jesús se digne entrar en posesión de mi espíritu, de mi estado y de mi vida y que sólo sea una desnuda capacidad y un puro vacío de mí mismo,
Lo que Bérulle pretende, en definitiva, a través del voluntarismo, es hacer vivir al hombre en un estado consciente y constante de religión, es decir, de sumisión total a Dios para llegar a la unión con él. Sumisión y unión a las que el hombre solo tiene acceso «adhiriéndose» a Cristo, «subsistiendo» en él, «incorporándose» a él, «viviendo» en y de su «espíritu». Por ello el voluntarismo, originariamente teocéntrico, se transforma en él en un voluntarismo cristocéntrico. Este último voluntarismo le permite de manera menos formal, pero más real que el primero, renunciar a toda voluntad propia —hasta llegar al anonadamiento del yo—, ofrecerse a Cristo en oblación de adoración y de amor al Padre para establecerse en unión con él.
El fundador del Oratorio, el superior de las Carmelitas proclama: Todas las gracias, que Dios distribuye en la tierra, se conceden para obrar mejor. La tierra no es lugar de fruición, sino lugar de operación. El consuelo y la fruición, que Dios otorga alguna vez al alma, no son para instalarse en ellos… sino para trabajar después mejor. En el cielo tenemos toda una eternidad para gozar; pero el poco tiempo que tenemos de estar es la tierra, es para obrar… sin embargo buscamos la fruición.
Los documentos históricos prueban ampliamente la actividad diplomática, política, religiosa de este espiritual y tanto su obra literaria como su correspondencia hacen constatar las vías del «rigor», de la «abnegación» en el caminar del ser humano hacia Dios en esta tierra. No obstante, en la doctrina, en el método, en la práctica de Bérulle, referentes a descubrir, realizar y unirse a la voluntad de Dios, se habla de «aplicaciones», «adherencias», «oblaciones», «miradas», «purezas de intención», es decir, actitudes, tendencias, movimientos, actos interiores orientados a una «religión interior». La acción concreta, el quehacer cotidiano, las obras de gran relevancia socio-político-religiosa o de gran intimidad personal, como «lugar» de búsqueda y de realización de la voluntad de Dios, de encuentro y unión con Dios, no tienen cabida en la perspectiva espiritual de este genial y original teorizante de la «mística de las esencias», de la «religión del Verbo encarnado».






