Siempre fue igual: serio, formal, austero, trabajador, observante.
Hijo de Santiago y Gregoria, nació en Bracheta (Navarra), el 29 de abril de 1877.
Hizo el noviciado para Hermano de la Misión, en Madrid, bajo la dirección del santo P. Arana, y pronunció los santos Votos el 19 de julio, festividad de San Vicente, de 1901.
Su primer destino en la Congregación fue la misma Casa Central de Madrid, empleándose principalmente, durante cuatro años, en el oficio de albañil, en calidad de peón.
Diecisiete años transcurridos en la casa de labor de Valdemoro dicen mucho de su amor y aplicación al trabajo. En este tiempo, fue a Misiones tres cursos.
En 1922, fue destinado a la casa de Cuenca, que se acababa de fundar. En ella estuvo hasta 1929, cuidando de la vaquería y haciendo la compra diaria para el servicio de la comunidad.
En dicho año 1929 pasó a Hortaleza. En varias ocasiones, de aquellos episódicos tiempos de la República, se puso de manifiesto el ardor de su carácter. No era él de los que se acobardaban fácilmente, y por bravo era tenido entre la gentecilla socialera del pueblo. Manejaba regularmente la pistola. Cierto día llegó a retar a todo un grupo de insolentes, que… no se atrevieron con él.
Y llegaron los días nefandos.
Escribe a este respecto el P. Muruzábal:
«Amaneció el día 20 de julio. Yo celebré en la capilla del Noviciado. La Misa la oyeron los Hermanos Gelabert y Armendáriz. Este, apenas terminada, se salió por la puerta baja de la huerta, para que nadie lo notara, dirigiéndose por el Colegio de Huérfanos, o sea, por la finca conocida por el nombre de «El Quinto», a la carretera de Canillas. Si hubiera salido por la puerta principal, le hubieran detenido los milicianos de Hortaleza, que hacían guardia en el transmisor de la luz, y le hubieran hecho volver a casa y se hubiera evitado el susto que se llevó; aunque así pudo enterarse de lo mal que estaba el asunto.
Como digo, saliendo por la puerta baja de la huerta, pudo despistar a los milicianos de Hortaleza y llegar a la carretera de Canillas, donde estaba formado un Comité. Se le pidió la filiación y el objeto de su viaje que, según les dijo, era para arreglar la compra de una vaca cerca del Puente de Toledo. Como algunos del Comité le conocían como Hermano de los frailes de Hortaleza, mandó el Presidente que le condujeran a dicho pueblo, para que el Comité allí constituido le juzgara.
Vuelta al coche en dirección a Hortaleza. Al llegar donde le habían detenido la primera vez, le mandaron bajar del coche y le presentaron de nuevo al Comité. Al entrar, quedó sorprendido al ver a los Hermanos Trachiner y Cecilia, los dos de oficio carpintero, muy buenos Hermanos: el primero, profesó hacía cuatro meses, y el segundo, novicio. Le preguntaron si les conocía; dio sus nombres, diciendo que eran de casa. El Presidente ordenó que condujeran al Hermano Armendáriz al Comité de Hortaleza, según lo habían dispuesto en Ventas, quedándose los dos Hermanos muy tristes, al parecer y sentados en el banquillo.
Conducido el Hermano Armendáriz a Hortaleza, no hicieron con él otra cosa que tenerle detenido hasta las once de la mañana, hora en que llamaron al Sr. Superior para otro asunto, y, al volver a casa, le dijeron que se llevara al Hermano Armendáriz y que nadie saliéramos de casa, lamentándose de que se hubiera salido, despistándoles a ellos.
En adelante, el Hermano Armendáriz corrió la suerte de la Comunidad, hasta el día 16 de noviembre del mismo ario 1936, en que fue trasladado de la Cárcel Modelo a la de Porlier y a últimos de este mes, puesto en libertad.
Consiguió hospedaje en casa de unos conocidos; mas en uno de esos días en que no se sabe qué hacer ni qué dirección tomar, y se toma de ordinario la peor, se le ocurrió ir a ver a cierto muchacho de Hortaleza, llamado Ricardo, que estaba de soldado en uno de los cuarteles de la capital. Y en ello estuvo su perdición, porque en aquel mismo cuartel había otro individuo del pueblo, pájaro de cuenta, que le conoció y delató. Le dieron en seguida el «paseito» y…
Ni un dato más se ha podido recoger de su muerte y del lugar donde espera la resurrección su cuerpo mutilado. La justicia no logró que confesaran los delincuentes.
¡Descanse en paz el bueno y ejemplar Hermano Pedro Armendáriz, y que Dios haya perdonado a los que le adelantaron la entrada en el Cielo!







