El Papa y los Obispos

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Simplificando su pensamiento, sin por eso deformarlo, puede decirse que es plenamente sumiso al Papa, pero que desconfía de Roma. Y desconfía en primer lugar del supe­rior, emprendedor en demasía, que ha nombrado en Roma y el cual le urge a que establezca allí la sede del superior General de su pequeña Compañía; no resulta conveniente esa urgencia: «En Roma, los espíritus son pacientes, observadores de la forma en que se conducen los hombres. Estáis en un lugar en el que hace falta una maravillosa reser­va y circunspección. Siempre oí decir que los italianos son la gente más mirada del mundo y que más des­confía de las personas que se apresuran. La reserva, la paciencia y la dulzura lo alcanzan todo entre ellos y con el tiempo; y como saben que nosotros los franceses vamos demasiado de prisa, nos dejan largo tiempo en tierra, sin establecer contacto con nosotros».

Después de sustituir a aquel superior, pone a su sucesor en guardia contra unas habilidades demasiado humanas, enderezadas a situarse bien en la curia: «El espíritu humano os dirá que en Roma no es como en otras partes, que ahí es preciso insinuarse, que hace falta hacerse valer, autorizarse, que hay que actuar hu­manamente con los humanos y servirse con ellos de medios humanos. Pero no lo creáis, Señor; todas esas máximas engañan, cuando se trata de una Compañía que Nuestro Señor se ha suscitado, a la que anima él con sus máximas y que pretende obrar según su espí­ritu. Lo que os digo parece paradójico; estad seguro, Señor, de que os lo hará ver la experiencia».

Aunque desconfía, cree sin embargo el santo en la posi­bilidad y hasta en la necesidad de un tipo muy diferente de comportamiento, el único que conviene a la Iglesia de Jesu­cristo. Y aquí no habla solamente de oídas. El mismo fue a Roma dos veces en los primeros años de su sacerdocio, y evoca de grado su recuerdo conmovido: «Heos ahí, pues, llegado por fin a Roma, escribe al sacerdote por él enviado en 1631 para que consiga el reconocimiento de su Instituto. Roma, donde está la cabeza visible de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de san Pedro y de san Pablo y de tantos otros mártires y santos personajes, que en otro tiempo die­ron su sangre y consagraron toda su vida a Jesucristo. Esta consideración me conmovió de tal modo cuando estuve en Roma hace treinta años, que, aunque estaba cargado de pecados, no dejé de enternecerme, hasta llorar, me parece».

Y recuerda varias veces que aquella fue para él la oca­sión de ver al Papa entonces reinante, Clemente VIII.

En sus conferencias se manifiesta de manera muy fami­liar la confianza que el. Señor Vicente tiene en el Papa: «Veis, es el Papa, es un santo varón».

Concede sobre todo una gran importancia a su responsa­bilidad doctrinal; pero para que ésta pueda expresarse con conocimiento de causa, vela por la información, con objeto de que sea justa la que llegue hasta el Soberano Pontífice, cuya buena fe está expuesta a denuncias calumniosas. De creer a estas últimas, la mayoría de los obispos franceses compartiría «los nuevos sentimientos» de una doctrina aven­turada. «Importa hacer ver que esos son muy pocos», escribe el Señor Vicente a los obispos; y obtiene la firma de ochenta y cinco de ellos para pedir al Papa la condenación del jan­senismo. Desea que el soberano Pastor se exprese a tiempo con claridad; no hacerlo es «dar tiempo a que los autores de doctrinas perniciosas esparzan su veneno»; y es también quitar el mérito de la obediencia a varias personas de condición y de gran piedad «que no ansían sino saber la verdad: en espera del re­sultado de este ansia, siguen estando de buena fe en es­te partido, que por este medio engrosan y fortifican, habiéndosele adherido por la apariencia de bien y de reforma que predica, que es la piel de oveja de que siempre se cubrieron los verdaderos lobos para abusar de las almas y seducirlas».

El Papa es, además de guardián de la doctrina, el primer responsable de la misión universal de la Iglesia; él solo tiene el poder de enviar por toda la tierra. Y ese es el motivo por el que el Señor Vicente recomienda la obediencia que le es debida: «¿A quién debemos obediencia? La Regla comienza por nuestro santo padre el Papa; es el padre común de todos los cristianos, la cabeza visible de la Iglesia, el vicario de Jesucristo, el sucesor de san Pedro; a él debemos obediencia nosotros que estamos en el mun­do para instruir a los pueblos sobre la obediencia que han de mostrar ellos lo mismo que nosotros por ese pastor universal de nuestras almas. Nos corresponde darles ejemplo. A él es, en la persona del santo, a quien Nuestro Señor dice: Pedro, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas, a quien este mismo Salvador dio las llaves de su Iglesia. Es como otra especie de hom­bre, hasta tal punto está por encima de los demás. De­bemos pues, mirarle en Nuestro Señor, y a Nuestro Señor en él».

La obediencia aquí apuntada, lo es esencialmente en una perspectiva misionera, pues «únicamente Su Santidad tiene en la tierra poder para enviar a todos los eclesiásticos por todo el mundo para gloria de Dios y salvación de las almas».

En lo concerniente a los sacerdotes de la Misión, el fun­dador desea sin embargo, que «Su Santidad tenga a bien que la dirección y disciplina de los enviados recaigan sobre el superior General»; pero eso no es con el fin de sustraerlos a la obediencia, pues «esos enviados serán, sin embargo, respecto a Su Santi­dad como los servidores del Evangelio respecto a su señor, de suerte que al decirles: id allá, estén obligados a ir; venid acá, vengan; haced esto, estén obligados a hacerlo».

El santo ha recordado la obediencia debida al Papa; luego añade: «Debemos obediencia a nuestros señores los obispos. Ellos comparten, según algunos, la autoridad del Papa; según otros, reciben ésta del mismo Jesucristo. Dejé­moslo».

No es propio de él discutir tal punto de doctrina, que el Vaticano H esclarecerá. Le basta con reconocer que tam­bién a los obispos es debida la obediencia del servidor del Evangelio a su señor: «Nosotros los sacerdotes les prometimos obediencia cuando recibimos el sacerdocio. Y no solamente a ellos y a sus sucesores, sino también a los prelados de las diócesis donde tengamos que vivir y trabajar. Les esta­mos sujetos y dependemos de ellos en lo tocante a las misiones, predicación, catequesis, penitencia y adminis­tración de los sacramentos, aunque, como un favor, hayan dejado a la Compañía los reglamentos y orde­nanzas que regulan su disciplina interna. Les debemos obediencia como a Dios. Ruego a quienes se envíe a las diócesis procedan de esta manera y les obedezcan exactamente».

Esta obediencia no se impone solamente a los sacerdo­tes que llevan a cabo su misión; vale para todos y para todas. Ya en 1631, en una época en que aún no había fun­dado las Hijas de la Caridad, el Señor Vicente, que se entera de cierta caritativa empresa de Luisa de Marillac en Cham­paña, le recomienda tenga al obispo al corriente.

«Me parece haríais bien yéndole a ver y diciéndole con toda sencillez y buena fe, por qué os rogó el R. P. de Gondy os tomarais la molestia de ir a Champaña, y lo que hacéis; y mostraos presta a cortar lo que no le agrade en vuestro proceder y a dejarlo todo, si así lo desea; en eso está el espíritu de Dios. No encuentro bendición más que en eso. El obispo de Chálons es un santo varón. Debéis mirarle como al intérprete de la voluntad de Dios en la situación dada. Si juzga que de­béis cambiar algo en vuestro modo de obrar, hacedlo puntualmente, por favor. Si juzga que debéis regresar, regresad tranquila y alegremente, pues haréis la volun­tad de Dios».

A decir verdad, no todos los obispos eran, por este tiem­po, «santos varones», como el obispo de Chálons. Era el tiempo de los beneficios, cuyo sistema terminaba en nom­bramientos sorprendentes a veces; en una época en que dis­ponía de los beneficios el poder real, era grande el riesgo de ver nombrado al mayor adulador, y. no al más capacitado. El Señor Vicente contribuyó más que nadie a remediar en Francia esta situación tan abusiva. Sabía que preparaba bue­nos obispos cuando trabajaba en la formación de sacerdo­tes santos, primero en las reuniones semanales para los que ya eran sacerdotes, luego en los seminarios.

De otro lado, muy pronto está en situación de vigilar a quien ponga al frente de las diócesis, no a sacerdotes indignos, sino a pastores cuyo celo apostólico ha habido ocasión de valorar. Antes de morir, el rey Luis XIII hace que lo consulte para saber a quién ha de poner al frente de las diócesis sin pastor, y se maravilla de su juicio: «Señor Vicente si yo recobrase la salud, los obispos pasarían tres años junto a vos». Muy pronto le nombra la reina regente miembro del Consejo de Conciencia, y en adelante el consejo del Señor Vicente prepondera en la elección de los obispos de Francia, y sólo el mérito verdadero cuenta a sus ojos como a los Ojos de Dios.

Mantiene además una importante correspondencia con un buen número de obispos, a los que no cesa de recordar las exigencias de su cargo, la primera de las cuales es la santidad; cree en efecto «que un sacerdote ha de ser más perfecto que un reli­gioso como tal, y mucho más un obispo».

Escribe a uno de ellos: «¡Oh, lo rico que es el obispo y la admiración que despierta, no sólo en cuantos le ven, sino en cuantos oyen hablar del tesoro de sus virtudes! Es un hecho bien grande, que el mismo mundo declara como más estimable la santa pobreza de un obispo que conforma su vida a la de Nuestro Señor, obispo de obispos, que las riquezas, el lujo y la pompa de un obispo que po­see muchos bienes».

Hay que decir que su corresponsal le había escrito acer­ca de la dificultad de cumplir con su cometido en su diócesis (Boulogne y Saint-Omer), «dada la baja renta», y que hacía al mismo tiempo el recorrido de la visita pastoral «con un séquito de seis personas a caballo»: «eso extraña y causa admiración en todos», le escribe el santo y añade: «Lo que digo, Monseñor, no impedirá que aproveche la ocasión de exponer vuestras necesidades llegado el momento».

La diócesis era ciertamente muy pobre, y los forajidos la devastaban a menudo. «Me postro en espíritu a vuestros sagrados pies y pido vuestra santa bendición, yo, que soy en el amor de Nuestro Señor, Monseñor, vuestro muy humilde y obe­diente servidor».

Respetuoso en la forma, firme en el fondo, el Señor Vi­cente reconoce, pues, le responsabilidad de primer orden que los obispos tienen en la misión de la Iglesia. Es lo que escri­be en 1639 a santa Juana de Chantal: «Vivimos en el espíritu de los servidores del Evangelio en relación con nuestros señores los obispos, y si nos dicen: Id allá, vamos; venid acá, venimos; haced esto, lo hacemos».

Hasta acaricia, además de los tres votos de pobreza, cas­tidad y obediencia, y el cuarto, que la mayoría de los miem­bros de su Congregación ha hecho, de dedicarse a la existencia del pobre pueblo, «un quinto voto, que es el de obedecer a nuestros se­ñores los obispos en las diócesis en las que estamos establecidos».

Como Superior General, se reserva naturalmente «la disciplina doméstica de la Congregación». Por lo demás, vigila­ para que los obispos no empleen indistintamente a los sacerdotes de la Misión en tareas que no son de su vocación; y si admite excepciones en este cam­po, por lo menos un punto en el que se mostrará inflexible con los obispos: la cuestión de las finanzas…

El obispo de Tréguier deseaba ver a los sacerdotes de la Misión ejerciendo el ministerio en su ciudad episcopal.

«Los habitantes de las ciudades no carecen ordinaria­mente de socorro espiritual», le responde el santo; y, tras haber oído el parecer de su confesor, invoca el respeto a las Reglas: «Por eso, Monseñor, os suplicamos muy humildemen­te, no permitáis que nuestros misioneros den este mal ejemplo a sus cohermanos; pues, dada la propensión que muchos tienen a trabajar en la ciudad, y más por los ricos que por los pobres, sería de temer, si llegaran a acostumbrarse a ello, que no quisieran ya volver al campo en busca de la oveja perdida, y que se hiciesen así inútiles a la Iglesia de Dios e incapaces de obedecer a los señores prelados».

Recuerda esas mismas Reglas, aunque algo más flexible­mente, al cardenal arzobispo de Génova, que pedía a los sacerdotes de la Misión, dieran retiros en las comunidades de religiosas. El Señor Vicente admite esta excepción, pero desea que no se renueve: “En respuesta a vuestra carta del 13, escribe al supe­rior de la comunidad, os diré que hay que obedecer al Señor Cardenal en cuanto a los ejercicios espirituales de las casas de muchachas en las que desea trabajéis, aunque tenemos por máxima y costumbre alejar de la Compañía todo ministerio entre muchachas, a causa del escaso bien que en él puede hacerse y de los lazos que se traban, por lo menos en Francia. En caso de que Su Eminencia os mande hacer lo mismo en otros monasterios, me preguntáis qué le diréis. Respondo que procuréis prevenirle, informándole de nuestra Re­gla y de nuestra práctica, cuando encontréis ocasión favorable para ello. Y si, después de eso, desea que paséis por encima de ello, habrá que hacerlo».

El santo había añadido: «pues debemos antes seguir su mandato que nuestra resolución»,

pero raspó estas últimas palabras.

Un punto hay, en el que siempre siguió su resolución, y es el concerniente a su independencia financiera. La his­toria del priorato de San Lázaro manifiesta, desde su origen, una determinación que nunca será desmentida. La Congre­gación de la Misión se había fundado en 1625, y en 1626 era aprobada por el arzobispo de París; habíase establecido entonces en el colegio des Bons-Enfants, al que se retiró el Señor Vicente cuando dejó la familia de los Gondi. El prio­rato de San Lázaro era entonces un beneficio que gozaba de frutos, derechos, rentas y emolumentos; habíase fundado para que sirviese de leprosería, pero no había leprosos ya; y más que nada, Adrien Le Bon, canónigo regular de San Agustín, vivía en tirantez con sus religiosos. Buscaba él algún otro beneficio con el que canjear su priorato. Así es co­mo. en 1630, tiene la idea de ofrecérselo al Señor Vicente, para que instale a su Congregación. De ahí provendrá el nombre de Lazarista. Según su costumbre, el santo se guar­dará bien de precipitarse en esta oferta tan ventajosa. El buen prior se extraña: «Pero ¡cómo, Señor, tembláis!».

«Cierto, Señor, me espanta vuestra propuesta; y me pa­rece tan por encima de nosotros, que no osaría pensar en ella. Nosotros somos pobres sacerdotes que vivimos en la sencillez, sin más designio que el de servir a la pobre gente del campo».

Harán falta casi dos años para triunfar sobre sus obje­ciones y llegar, en enero de 1632, a la anexión de San Lá­zaro a la Misión, que aprobará el arzobispo de París y con­firmará el rey por carta patente. En ésta última, Luis, rey por la gracia de Dios de Francia y de Navarra, sabedor de que el priorato de San Lázaro se fundó para acoger y cuidar a los pobres leprosos, y viendo dicha enfermedad aplacada, de modo que no habría al presente leproso alguno en dicho priorato, juzga no poder satisfacer las intenciones del fun­dador más dignamente que transfiriendo lo destinado al cui­dado de los cuerpos manchados de lepra a la curación de la lepra del pecado. Puesto que los sacerdotes de la congrega­ción de la Misión tienen por única preocupación aplicarse gratuitamente a la instrucción del pobre pueblo, añade el real texto, en ejecución del convenio acordado por el prior de San Lázaro y sus religiosos con dichos sacerdotes con be­neplácito nuestro, una transacción especial efectúa la dimi­sión de dicho priorato, leprosería o administración de San Lázaro, frutos, rentas y emolumentos de los mismos, para que queden unidos, anexos e incorporados a perpetuidad a dicha congregación.

El Señor Le Bon, prior de San Lázaro, rendía cuentas al arzobispo. El Señor Vicente, en cambio, se niega a ello rotundamente: «Cuando entramos, nos condujo allá el Señor Arzobis­po de París y quiso obligarnos a rendirle cuentas, co­mo hacían los antiguos religiosos; pero le dije que pre­feríamos volvernos; y por mucho que se me dijo, Dios me dio la gracia de mantenerme firme».

Invoca este precedente cada vez que, con ocasión de una nueva fundación, el obispo de un lugar se preocupa a causa de la financiación. Se lo recuerda todavía, en una de sus postreras cartas, el 17 de septiembre de 1660, al obispo de Narbona: «Parece que Vuestra Grandeza nos quiere obligar a rendir cuentas de lo temporal, que es algo con lo que ningún prelado nos ha comprometido, ni dentro ni fue­ra del reino en que estamos establecidos; ni siquiera la casa de San Lázaro quisimos aceptar con esa carga, aun cuando el lugar fuese muy ventajoso para nuestra congregación. Y como el Señor Arzobispo nos urgiese a aceptarla con esa condición, dijímosle que antes sal­dríamos que quedarnos allí con esa obligación; y él tuvo a bien exhimirnos de ella, para conservarnos, pues sin eso nos hubiésemos retirado».

Es difícil ser más claro: Si insistís, marchamos. ¿Por qué una actitud tan inflexible? El Señor Vicente no era hombre de dinero. No cesa de repetir a los sacerdotes de la Misión, que viven del trabajo de la pobre gente, expuesta a las in­clemencias del tiempo, al ardor del sol, a la lluvia: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de la pobre gente. Debiéramos siempre pensar, cuando va­mos al refectorio: ¿He ganado el alimento que voy a tomar? Yo tengo con frecuencia este pensamiento, que me pone en confusión: Miserable, ¿has ganado el pan que vas a comer, este pan que te llega del trabajo de los pobres?».

A las Hijas de la Caridad, que reciben a veces algún donativo, les recuerda que no deben guardar para sí propias ni siquiera un ochavo: «¡A quiénes se lo quitáis, cuando os guardáis algo de lo que se os pone en las manos? A los pobres. ¡Oh Salvador! ¡A los pobres! Robáis al mismo Dios. ¡Cómo! ¡Tomar lo destinado a la pobre gente, que no tiene más que lo que se le da, vosotras, que debéis ser sus ma­dres y proveedoras! ¡He ahí algo peor que el pecado mortal, más allá de lo que manda el voto! Es un sa­crilegio, pues ese bien pertenece al buen Dios y él es quien ha inspirado darlo a los pobres. Se os confía para que lo distribuyáis, y sois tan desgraciadas, ¡que os lo apropiáis! ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es eso? ¡Oh! ¡Qué desgracia! ¡Oh! ¡La miserable que haga eso!».

No, no es para cometer «algo peor que un pecado mor­tal», no es para reservarse las ventajas de un beneficio, por lo que el Señor Vicente se niega a rendir cuentas a los obispos, a quienes de otro lado da pruebas de respeto y obediencia. ¿Por qué, entonces? Las razones que da parecen poco convincentes: «Mi razón, dice a propósito de San Lázaro, era que, como andamos misionando de un lado para otro, es casi imposible anotar detalladamente los diversos gas­tos que hacemos; y con esa dificultad, para sacar una cuenta, haría falta contar gastos que no habríamos he­cho, en lugar de los verdaderos, cuya consignación ha­bríamos omitido; cosa que no podría hacerse sin peli­gro de pecar».

Esta objeción procede de una laudable ansia de honra­dez: las cuentas deben ser exactas; si no, ¡vale más no ha­cerlas! En realidad, su reserva proviene de cierta desconfian­za, puede que justificada por alguna experiencia. Sabe bien que el concilio de Trento ha recomendado se presenten anualmente las cuentas del seminario al obispo ante dos canónigos y otros dos sacerdotes. No por eso deja de escri­bir al superior de su residencia de Roma: «Hay algo que tiene enojosas consecuencias y es la obli­gación de rendir cuentas al señor obispo y a todo el cabildo, aunque ello parece razonable. Ya no quisimos el trato de San Lázaro más que a condición de que se nos dispensara de rendir cuentas al Señor Arzobispo, que era lo acostumbrado. ¡Oh! las enojosas consecuen­cias que eso trae, aunque ello no tenga remedio, ha­biéndolo ordenado así el concilio».

Pienso yo, no obstante, que el argumento decisivo era, en definitiva, que el Señor Vicente quería ser su propio dueño, por juzgarlo así necesario al buen éxito de las obras que había emprendido. A eso estaba acostumbrado y así le iba bien. Y además estaba hecho de esa forma. No pretendía por eso ser un modelo en todo. Muy al contrario, cuando en una de sus últimas pláticas, después que ha hablado de la obediencia debida al Papa y a los obispos, y recordado a los sacerdotes de la Misión, no emprendan nada en las parro­quias sin el consentimiento de los párrocos, aborda la obe­diencia que «con prontitud, alegría y perseverancia» se debe al superior General, se humilla hasta el exceso: «Queda la obediencia al superior. ¡Oh miserable!, ¡obe­decer a un desobediente, para con Dios, para con la santa Iglesia, para con mi padre y mi madre en la infancia! ¡Y toda mi vida apenas ha sido más que des­obediencia! ¡Ay! Señores, ¿a quién prestáis obediencia? A uno que, como esos escribas y fariseos de los que acabo de hablaros, está lleno de vicios y de pecados. Pero eso es lo que hará meritoria vuestra obediencia».

Cierto, sabe que no es perfecto; nada obsta sin embargo, a que prestándole obediencia «en todo aquello en lo que no se vea pecado», se pondrá uno en estado de hacer lo que Dios manda.

 

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