Padre Nuestro (VIII) Perdona nuestras ofensas

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden

ESTA PETICIÓN del padrenuestro es la más prolija y minuciosamente explicada por Agustín. No me aven­turo si digo que en ella se encuentra una de las claves personales del obispo de Hipona, ya que por ella des­filan las múltiples facetas del hombre-Agustín: Concien­cia de pecado y experiencia de la gracia, universali­dad del pecado, intervención del Médico divino, el examen de conciencia como pacto con Dios, efecto reconciliador de la limosna, autocrítica de sí mismo, honradez intelectual y crítica de amigos, enemigos y de herejes. Entrar a fondo en el tema de la gracia y su diálogo con los pelagianos y semipelagianos exigiría toda una monografía que, por ahora, posponemos.

  1. Conciencia de pecado y experiencia de la gracia

El obispo de Hipona es un hombre que tiene concien­cia y experiencia de la acción del pecado y de la gra­cia en su persona. Sabe que ha pecado mucho, que se le ha perdonado más, y está agradecido por ello al Dios de las misericordias. En muchos pasajes de sus obras tiene conciencia de hijo pródigo. San Agustín ha sido un bravo pecador y un bravo santo. Hombre, cuando pecador e, igualmente hombre, cuando santo, sin con­cesiones ni medianías.

Precisamente, una de las características de la religión revelada es la adquisición de la conciencia de pe­cado, como límite, y la redención de toda angustia por el perdón de los pecados.

En contraposición del pensamiento pelagiano, Agustín dirá que todos somos pecadores, pero que no por eso deja la Iglesia de ser la esposa de Cristo.

El acercamiento a la Escritura ha producido en Agustín un doble impacto que jamás podrá olvidar: la inocencia de la palabra de Dios, que lo convence de pecado, y la autoridad incontrastable de Cristo, que disipa la nostalgia por filósofos como Pitágoras, Platón o Aristóteles.

Cuando afirmamos que Agustín tiene conciencia de pecado, hay que entenderlo tal como lo explica él mis­mo. Esto es, una vez que el hombre ha sido regenera­do por las aguas bautismales, el creyente tiene la ne­cesidad de borrar los pecados pequeños con la esponja de la oración, ya que la oración no tiene fuerza para limpiar los pecados que matan de golpes.

La conciencia de hijo pródigo, indudable en Agustín, no es tanto producto de un arrepentimiento masoquista cuanto de experiencia de fealdad. Después de haberse contemplado en el espejo de Dios, lo mismo que el hijo de la parábola de Lucas en su padre, Agustín se siente anonadado en su encuentro con Dios, pero no duda en aceptar el perdón, precisamente porque el amor del Pa­dre le ayuda a superarse. Agustín tiene el coraje de de­cir que de haberle ido bien sin Dios, quizá no hubiera vuelto a él. Pero, ¿de qué lugar no hace volver Dios a los fugitivos? Más aún. Por mucho que nos alejemos de Dios, allí está él, averiguando nuestros caminos.

Siempre a la búsqueda de la verdadera raíz de su desvarío, Agustín hace pie y culpa a su orgullo. Quiso buscar a Dios por sus propias fuerzas en la Escritura, y esta fue la causa de su caída. Sus feligreses son mu­cho más felices que él. Como no ha olvidado tan tre­menda lección, educará a su comunidad en una fe pura y sana: «Yo, en cambio, ¡pobre de mí!, teniéndome por idóneo para volar, salí del nido y antes de tender las alas di conmigo en el suelo. Mas el bondadoso Señor, porque no me pisaran y mataran los transeúntes, me alzó y volvió al nido».

Este dar «conmigo en el suelo» tiene mucha impor­tancia en la teología agustiniana. Se suele decir que Agustín, precisamente por refutar las propias fuerzas exhibidas por Pelagio, reduce a cero la autonomía hu­mana. Más bien habrá que decir que Agustín, precisa­mente por tener conciencia de sus fuerzas, advierte que no son suficientes y, en consecuencia, exalta la inter­vención de Dios: «La noche se me convirtió en luz, puesto que desconfié de poder pasar tanto mar duran­te la noche, y de superar tanto camino, y de llegar has­ta el término perseverando hasta el fin; mas esto lo conseguí gracias a Aquel que me buscó habiendo hui­do yo, que hirió mi espalda con el azote del castigo, que llamándome me apartó de la muerte, que me ilu­minó la noche».

  1. Universalidad del pecado

Agustín es un retórico por formación, de figuras plás­ticas como estilista, y de ideas universales como pen­sador de los grandes misterios cristianos. En las Confe­siones verá su éxodo hacia Dios, que lo dirige a la libertad, a pesar de su resistencia. La Escritura, espe­cialmente Pablo, lo descubre pecador, pecadora a la Iglesia peregrina, y sumergido en pecado el mundo pa­gano del que ha formado parte.

Como todos los días pecamos, todos los días hemos de pedir perdón. Si no desaguamos nuestra sentina, puede perecer la nave. Que nadie piense, pues, que los obispos somos pecadores, no porque el Bautismo no haya perdonado todo, sino porque diariamente ne­cesitamos del perdón. Además, los Apóstoles no reci­taban el padrenuestro para los otros, sino para sí mis­mos. Nadie, en consecuencia, está dispensado de recitar la oración del perdón en esta vida: Catecúmenos, prelados y pueblo, por la sencilla razón de que, aún reconociendo el dominio y sumisión de las almas justas a Dios, todavía no se dominan las pasiones, y mientras se lucha no hay paz perfecta. He ahí la ra­zón de esta oración y la petición de perdón, porque somos pecadores, no para seguir pecando porque se recita. La misma Iglesia peregrina, formada por los que diariamente piden perdón, necesita orar para pe­dir perdón. El perdón es el agua que lava las manchas del cuerpo de la Iglesia, y Jesús quien estira sus arru­gas en el tendal de la Cruz. Por otra parte, y pensan­do en Pelagio, el que no tiene arrugas, ¿qué hace en esta Iglesia que pide perdón todos los días? El no confesar las culpas no significa no tenerlas, sino impedir la remisión.

  1. La intervención del médico divino

En la noche del pecado es donde Cristo hace su apari­ción para eliminar nuestras arrugas por medio de sus medicinas, y salvar al pueblo de sus pecados. Jesús, y nadie más que él, puede poner orden en nuestro desconcierto, buscando lo perdido, absolviendo al necesitado, y dando su vida por los demás. La potes­tad de perdonar la concede a su Iglesia, juntamente con la obligación de anunciar el Evangelio del perdón. Por eso, toda la predicación apostólica transcurre en estos términos: Cristo murió por los pecados; arrepentíos, porque Jesucristo ha venido para salvar a los pecadores. En consecuencia, el arrepentimiento y la reconciliación obran la regeneración, la nueva criatura. Cierto que la humanidad puede decir: «Yo caí en cama antes que el médico se acercara a mí». Sin duda, responde Agustín, que Jesús vino después de nuestra caída, pero fue así porque nosotros caímos primero.

  1. El examen de conciencia como pacto con Dios

Quien desee relacionarse profundamente con Dios o te­ner, al menos, buenas relaciones con él no puede pres­cindir del examen de conciencia. Si no podemos ser sa­bios ni santos mientras no nos adecuamos a la realidad; si el realismo de buena clase es tan necesario para la vida, dedúcese que es igualmente necesario para cami­nar por nosotros mismos y examinar las relaciones con Dios y con los demás. La oración del padrenuestro nos manda escudriñar cada día nuestra conciencia y pedir perdón para no caer en lo profundo. El examen de con­ciencia enseña que el plomo aplasta y que la mucha are­na aplasta igualmente, si descuidamos la vigilancia. El examen de conciencia no se hace con fines masoquísticos ni fariseos, pero tampoco para vivir avergonzados ante Dios. Los cristianos, dice Agustín, fueron causa de bur­la en algún tiempo, pero hoy son muchos los que no se avergüenzan de golpearse el pecho, ya que sólo los en­greídos caerán en el combate.

El examen de conciencia no debe constituir trauma alguno para el cristiano, pues sabe muy bien que la petición del perdón cura las heridas, a condición de hacer con obras lo que pedimos con palabras.

La orientación hacia el afuera de nosotros esquiva toda egolatría y falsa autojustificación ante Dios, pues así como la palabra no es plena mientras no la fajamos en sonidos, tampoco el perdón es auténtico mien­tras no perdonamos con obras.

El examen de conciencia es, pues, una mirada al in­terior del nosotros. Al mismo tiempo que nos reencon­tramos en el interior, nos encontramos con la mirada de Dios que ojea en lo más secreto. Su mirada provo­ca el beneficio de las lágrimas. Al igual que Pedro, se­guimos pecando mientras no nos mira el Señor.

En este encuentro, pedimos a Dios perdón de los pecados y su asistencia para no caer en el futuro, pues aunque la fe cristiana nos asegura que el bautismo borró el pecado de origen, también nos asegura que el hombre quedó herido, por más que nuestra flaqueza no puede dañarnos mientras no consintamos en el movimiento desordenado38. Debido a esta flaqueza, el creyente sabe muy bien que los pecados no cometidos ya son un perdón de Dios.

El examen de conciencia retorna al creyente a su ver­dadero ser, dentro del misterio de la salvación. Nos devuelve la conciencia de naturaleza caída y elevada, al tiempo que nos capacita para ver que dicha eleva­ción es imposible sin la asistencia de Dios y la vigilan­cia por nuestra parte.

El examen de conciencia y la petición de perdón en­cierran la idea de pacto. Decimos a Dios que nos per­done como nosotros perdonamos. Ponemos nuestro perdón como testigo delante de Dios para obtener el nuestro. San Agustín concede importancia extraordina­ria a esta petición porque en ninguna otra oramos a Dios en términos de pacto». Si el hombre agustiniano aparece un tanto aplastado ante Dios, la comprensión del perdónanos en términos de pacto lo sitúa en su lugar verdadero. No igual a Dios, ni mucho menos, pero relacionado con él por el pacto del perdón.

Para que este pacto funcione, hemos de recordar el bautismo, sacramento por el que Dios nos ha perdo­nado todo, en orden a emplear la misma medida con el hermano.

Finalmente, siempre que oremos esta petición, la he­mos de hacer con una gran sinceridad, pues, de lo con­trario, el padrenuestro se volverá contra nosotros. ¿Adónde irás si mientes en las preces? Al emperador y al juez se puede engañar, pero no a Dios. Por eso, al celebrar la eucaristía hemos de pensar en cómo he­mos perdonado, porque a Dios se puede mentir, pero no engañar. Él nos conoce por dentro y nos condena o corona. En consecuencia: «No hay por dónde saltarse este versillo si no se cumple al dedillo. No borres nada para que no seas borrado tú. Perdona y da. Apunta­lad la vida temporal del pobre, sostened su vida ac­tual, y por esta pequeña semilla terrena recogeréis la mies de la vida eterna».

  1. Efecto reconciliador de la limosna

El texto citado nos introduce en el efecto reconciliador de la limosna, que no tiene nada de anestesiante, sino que sirve de preámbulo para obtener el perdón de Dios. Con este planteamiento, Agustín sale al paso de los que afirman que la limosna resarce todos los pecados por grandes que sean. La limosna intercede por nosotros ante Dios, pero carece de fuerza para perdonarnos aquellos pecados que nos impiden recibir la Eucaristía.

Cuando Agustín habla del perdón de las deudas, entiende, principalmente, la deuda del pecado, pero sin olvidar por eso las deudas económicas.

En este asunto, en el que anda de por medio la ban­ca, y en el que Agustín despliega su pizca de humor, aconseja que perdonemos sin recurrir al pleito, pues el que no paga las deudas económicas puede que se apo­ye en la carencia de dinero o en la avaricia. En el pri­mer caso, se carece de bienes, y se ha de ser sumamente comprensivos y liberales. En el segundo, se ca­rece de voluntad, y también hay que proceder cristianamente. Ahora bien, en caso de avaricia, y aquí entra el humor realista de Agustín, si buenamente se le puede sacar el dinero al avaro, es al deudor al que se le hace una obra de caridad, pues no carece de bie­nes para la restitución.

  1. Autocrítica de sí mismo

La conciencia de pecado, experiencia del perdón y vi­vencia de la gracia hacen que Agustín repase en su examen de conciencia: su persona, amistades y enemis­tades, su condición de teólogo, así como su faceta de educador de la comunidad cristiana.

Como intelectual que es, Agustín ama la ciencia, pero aún aprecia más el conocimiento de sí mismo. Es obispo, pero sabe muy bien que «La cizaña se en­zarza en las sillas episcopales. ¡Ojalá no sea yo ciza­ña!». Preside la mesa de la Palabra: «Pero espiritualmente estoy debajo de vuestros pies, precisamente por la conciencia de responsabilidad. Corrige los defec­tos de sus parroquianos, pero «Nos no nos tenemos por tan sanos que no tengamos que golpear nuestro pecho». Por su condición de anciano, sabe que debie­ra ser un modelo de identidad, pero su experiencia le dice que «aunque envejecido en la pelea de las pasio­nes, que nadie piense que han cesado de turbar la quie­ta senectud». Como investigador cristiano y exposi­tor de la verdad, he aquí su regla de oro: «Todo lo que hallares verdadero, consérvalo y atribúyelo a la Iglesia católica; lo falso deséchalo, y perdóname a mí, que soy hombre; lo dudoso admítelo hasta que la ra­zón te aconseje o la autoridad te obligue a rechazarlo o retenerlo como verdad o como cosa que siempre se debe creer. Atiende, pues, a los razonamientos, que vie­nen con diligencia o piedad, según te sea posible; pues a tales ayuda Dios».

De acuerdo con esta regla de oro, Agustín no tiene inconveniente en preguntar a Jerónimo, por ejemplo, cualquier cosa que ignora o no sabe solucionar por sí mismo, sobre todo en el campo de la Escritura. La co­rrespondencia entre estos dos grandes de la santidad y de la ciencia de aquellos tiempos no sólo es instruc­tiva, sino incluso pintoresca. El estilo literario de Agustín es sobrio, lapidario. El de Jerónimo es más rico, elegante y tempestuoso. Agustín es más sereno y clásico en la recta inteligencia del concepto «clásico». Humanamente hablando, Jerónimo tiene mejor prepa­ración intelectual que Agustín. Además de escriturista, domina a perfección varios idiomas. Jerónimo es un hombre que se impone por sus muchos valores, pero, sobre todo, por su temperamento volcánico. Yo diría, después de haber leído su correspondencia con Agustín, así como con otros personajes de su tiempo, que Jerónimo no llegó a domesticar el delfín de su co­razón. Sus invectivas son fieras. Agustín tuvo que so­portarlas con una paciencia diplomática y cristiana, no exenta de astucia. Agustín, ese Agustín que, por un malentendido laudatorio, nos ha sido pintado como un león cazaherejes, resulta un corderillo frente al león de Belén, quien no respetó ni los huesos de cuantos catalogó de herejes, sobre todo a Orígenes y sus segui­dores. En lo que ambos resultan hermanos gemelos es en el corazón. Pero aun en esto existe una notoria di­ferencia. Agustín ha logrado domesticar su corazón para amar sin herir. Jerónimo, por el contrario, se ha retirado a la soledad para domesticarse y estudiar. Lo segundo lo consigue hasta el punto de perder la vista. ¿Domesticó su corazón? Los exabruptos epistolares afir­man lo contrario.

  1. Honradez intelectual

Después del careo entre esos dos gigantes, no para enfrentarlos, sino para amarlos, digamos algo de la honradez intelectual de Agustín.

El Dios Uno y Trino constituye el gran misterio del cristianismo y Agustín ha tenido el coraje de escribir un profundo y precioso libro. Sin embargo, reconoce que si alguien no lo juzga atinado, que pruebe su sen­tencia e impugne la suya, si puede. Si se lo notifican en vida, le darán una gran alegría. Si no se lo pueden comunicar personalmente, siempre estará agradecido en nombre de aquellos a quienes se les haya hecho ver los errores de Agustín. Como fino intelectual, añade que seguirá investigando cuanto pueda. Si está en el error, Dios se lo dará a conocer bien por secretas amo­nestaciones, ya por medio de su palabra revelada, ya por medio de coloquios con sus hermanos de comuni­dad. Pero que si alguien no entiende lo que él ha ex­puesto con tanta agudeza e ingenio, que estudie más y que no lo ultraje con lamentos.

Como intelectual creyente para cristianos, se com­place en la exposición de sus investigaciones, sin mie­do a los insultos de sus enemigos, pues está decidido a adoctrinar a los amigos que yerran. Por eso, ruega a su lectorado que le escuche con paciencia, pues quiere enseñar. En este momento, como en otros muchos, Agustín abre su corazón, debido, sin duda, a los sin­sabores que le causa la crítica, y se deja decir que más le hubiera gustado pasarse la vida leyendo que escri-biendo. De todos modos, y aquí suelta otra limita­ción, que no fue tan grande, a pesar de que no domi­na el griego», se ha propuesto la meta de que sus obras sean, ante todo, provechosas para él, así como para doctos e indoctos.

No es este el momento para hablar de los conoci­mientos que Agustín tuvo del griego. De todos mo­dos, lo estudia, como segundo idioma, desde niño, aun­que sin gusto, por aquello de que un idioma vivo no se debe aprender de un modo fosilizado. Seguro que no lo domina como el latín, pero de esto no se conclu­ye que lo ignorara. La crítica le atribuye la traducción de los Salmos, del griego al latín, texto que utiliza para los comentarios que hace en las Enarraciones. El lector de la obra de Agustín sabe muy bien que podría ha­cerse un buen ensayo con la resonancia del griego en las obras del catequista de Hipona.

Agustín, como puede comprender el lector, está dia­logando con Jerónimo. De ahí que, no sin guasa, le diga: Si «me envías discípulos para que les enseñe lo que yo no aprendí, enséñame lo que les he de decir», pues, aunque viejo, nunca es tarde para aprender. Cier­to que al anciano le va mejor enseñar, pero, mejor que ignorar, le conviene aprender lo que ha de enseñar, por encima de descuidos estilísticos».

Agustín anhela para sus obras un «piadoso» y «crítico imparcial», antes que lectores «incondicionales», pero tampoco desea «críticos pagados de sí mismos».

Respecto a la verdad, si se halla en sus tratados, sabe que no es patrimonio suyo, sino del lector y de él, ya que el lector la hace suya en la medida en que la comprende. Más aún. Si el lector descubre algún error, de Agustín es, pero, al evitarlo, el lector hace que no sea ni suyo ni de Agustín70. En fin, que no quie­re que sus libros sean leídos como si fueran las Escri-turas71, pero sí a la luz de ellas, sin «animosidad» y con recta razón.

  1. El sabio cristiano

De su trato con Dios, Agustín ha aprendido otra cien­cia superior a la libresca, y no desea sino despojarse de la torpeza que le impide ser sabio de verdad. Inte­lectual y afectivamente, ha gustado del más allá, pero sabe que es un peregrino y que, por tanto, debe disci­plinar la vehemencia por llegar a la otra orilla: «El que, movido por el fervor del Espíritu Santo, despertó ya en el Señor, y en su amor conoce la propia vileza, y, suspirando por la proximidad de Dios, experimenta su impotencia, e iluminado por el esplendor divino entra en sí y se encuentra a sí mismo, este estará cierto de que su indigencia no puede atemperarse a la pureza de Dios. Por eso le son dulces las lágrimas y ruega al Señor que se apiade una y otra vez de él, hasta despo­jarse de la miseria total; e implora y suplica con plena confianza, recibido ya el don gratuito de salud de ma­nos del único salvador e iluminador del hombre. Al que contrito ora así, no le infla la ciencia, porque edi­fica el amor. Antepone la ciencia a la ciencia; prefiere sondear su propia vileza a conocer las murallas del mundo, los cimientos de la tierra y la excelsitud de los cielos. Con la ciencia crece el dolor, nostalgia de su peregrinación, y aumentan los anhelos por arribar a la patria feliz de su Dios y hacedor».

Al igual que Pablo, pero más sobrio en la expre­sión, Agustín sabe que su presencia es necesaria en la comunidad. Por experiencia, lo mismo que el Apóstol, conoce lo que ha sido sin Dios. De ahí que su expe­riencia lo aproxime tanto al corazón de los sin Dios como al de los creyentes, siempre necesitados de una continua reeducación: «Señor y Dios mío, si sollozo en medio del humano linaje y en el seno de la familia de tu Cristo, entre tus pobres, concédeme saciar con tu pan a los hombres que no sienten hambre y sed de justicia, sino que ahítos abundan. Hartos están de sus ficciones, no de tu verdad, que rechazan y evitan para caer en su vanidad. Yo lo he experimentado; conozco la muchedumbre de fábulas que es capaz de alumbrar el corazón del hombre; y ¿qué es mi corazón, sino un corazón humano?

  1. Agustín ante sus amigos y enemigos

La intervención del Dios de las misericordias ha en­gendrado un Agustín nuevo, amable y pacífico. Si aña­do «tranquilo», quisiera explicarme bien. Me gusta comparar al padre africano con el Pensador de Rodin, todo fuerza y dinamismo, pero reflexivo y dominando el amazonas de su pensamiento. Sin duda alguna, el saberse tan perdonado por Dios ha hecho de Agustín un pobre-rico que se palpa, sobre todo, en su trato con amigos y enemigos.

Los amigos lo aman. Los enemigos lo cubren de in­sultos. Los amigos lo elogian tanto que, a veces, no sabe qué hacer con esos elogios, y, automáticamente, tiende a desmentirlos con cariño. No es que le disguste ser amado y elogiado, sino que se ruboriza. Su amigo

Nebridio, por ejemplo, le escribe: «Me gustan tus cartas como mis propios ojos… envíame cuanto de bueno y santo te venga a las mientes». Otro amigo, Severo, lo califica de «abeja de Dios» y otras lindezas. Descono­cemos la relación de Agustín con Severo, pero se siente tan embarazado que no puede menos de replicarle: «Quien siente lo que dice, habla fielmente aunque no diga la verdad. Por el contrario, quien no cree lo que dice, habla infielmente aunque diga la verdad. Ahora bien, yo estoy seguro de que me atribuyes esas cosas que escribiste. Pero, como yo no las reconozco en mí, pudiste decir de mí fielmente cosas no verdaderas».

Las cartas de Agustín y de otros escritores eclesiás­ticos de la antigüedad son un buen índice de la cor­dialidad existente entre aquellos cristianos. Algunas ve­ces nos resultan un poco exageradas, pero se ve que aquellos hombres eran así: efusivos, cordiales y natu­rales. De todos modos, es el mismo Agustín el que cen­sura severamente a los amigos, pues no quiere que el amor los ciegue tanto que lleguen a pensar que el obis­po de Hipona es poco menos que infalible: «No me agrada que aquellos a quienes amo me tengan por tal cual no soy. Eso quiere decir que no me aman a mí, sino a otro bajo mi nombre, si aman no lo que soy, sino lo que no soy».

El gran Jerónimo tampoco le escatima elogios. Mira, le dice: «Eres celebrado en todo el mundo. Los católi­cos te veneran como a un nuevo fundador de la fe y, lo que es signo de mayor gloria, todos los herejes te detestan».

¿Cómo sonaría en los oídos de Agustín eso de «nuevo fundador de la fe»? Creo que Agustín no contesta. De todos modos, aquello de las «abejas» se queda en animalitos de terciopelo frente al elogio de Jerónimo. Lo cierto es que, en la misma carta, dice Jerónimo que también los herejes lo odian a él tanto como a Agustín, lo cual quiere decir, no sin cierta malicia, que el exé­geta condivide con Agustín eso de «conocido», «odia­do» y cuasi «nuevo fundador de la fe», y ahorra a Agustín la contestación.

Los enemigos de Agustín, más que personales, son los enemigos de la Iglesia y, en consecuencia, de su defensor. En las numerosas obras de Agustín, tan car­gadas de autobiografía, sí que advertimos encuentros con los otros, pero no enemistades personales. Cuan­do el santo advierte que ha podido ofender, se adelan­ta y perdona. En carta a Fortunaciano le pide que, en su nombre, visite a un hermano un poco resentido con­tra él. Tuvo que corregirle algunos errores dogmáticos, como que Dios es corpóreo y visible, pero esto no le remuerde a Agustín, sino el tono un tanto áspero de la corrección». Por la carta a Fortunaciano sabemos que rogó al hereje que acudiera a su casa para hablar con él, pero que no accedió. Y si Agustín no va personal­mente al encuentro del hermano ofendido, a su ciu­dad, es por no dar un espectáculo de risa a los extra­ños, de dolor a los nuestros y de vergüenza para nosotros. Confía que Fortunaciano desempeñará fiel­mente la embajada.

Veamos ahora cómo se desenvuelve la actitud de Agustín frente a sus enemigos y los herejes de su tiempo.

En primer lugar, y para curarse en salud, adelanta que quien pide perdón ya no es enemigo, pues aun­que esto no equivalga a amarlo, ya es un progreso per­donarlo. Pero Agustín no se contenta con diplomacias, sino que personaliza el asunto, porque el más fiero enemigo no puede causarnos tanto daño como el que nos hacernos a nosotros mismos no amándolo. Saulo fue enemigo de la Iglesia, pero los fieles oraban por él y, de enemigo, pasó a fiel y gran apóstol. Por otra par­te, si el enemigo muere, se cancela la enemistad, pero también la posibilidad de haberlo ganado como amigo. En consecuencia, hay que perdonar a los enemi­gos como lo hicieron Jesús y Esteban, pero sin pen­sar que esta política sólo es posible a los grandes próceres. ¿Acaso son de esta calidad todos cuantos co­mulgan el Cuerpo del Señor? ¿O es que la grey de Cris­to hay que reducirla a los próceres? ¿Habrá que dejar la oración si no se ama al enemigo? De ninguna ma­nera. Hay que orar para alcanzar ese amo».

De la misma manera que el padre azota a su hijo, pero no lo odia, así ha de examinarse el corazón del enemigo, aunque pida perdón ficticiamente, no sea que salga él perdonado y nosotros condenados.

Su relación con los herejes transcurre a dos niveles bien discernidos por el santo: Aquellos que le atacan personalmente, y aquellos que tratan de romper la uni­dad de la Iglesia. A los primeros responde con magna­nimidad. Hablen de mí lo que quieran, que no me eno­jaré. Saben muchas cosas de mí, pero más son las que ignoran. No tengo por qué ocultar mi vida pasada, pues alabo a Dios por lo mucho que me ha perdonado. Todo esto porque los herejes no hacen más que vituperar lo que Agustín hace tiempo que ha condenado en él. De todos modos, Agustín encaja muy bien esos ataques per­sonales, pero ruega a los herejes que no confundan la Iglesia católica con los límites de su persona.

A pesar de trato tan correcto, los herejes no cesan de insultarlo. Le echan en cara que anda a la caza de algún motín para perderlos, y que se aprovecha del favor del Imperio para perseguirlos y vengarse de ellos. A este respecto, es curiosa la correspondencia que man­tiene con Pascencio. Se ha citado con este hereje para mantener un debate público, pero Pascencio no com­parece por el temor de que Agustín lo calumnie. Con una gran gentileza, Agustín le remite por escrito la con­fesión de su fe. La respuesta de Pascencio no se hace esperar. Después de elogiar y ensalzar al obispo de Hipona, le invita a que abjure de su fe católica y se pase a ellos, porque ¿está seguro, vuestra excelencia… que edifica?.

Es claro que los herejes se sienten acomplejados no tanto por el favor imperial que goza la Iglesia católi­ca, cuanto por la agudeza intelectual de su defensor.

A los oídos de Agustín ha llegado la noticia de que un pobre cristiano no ha sabido responder a un maniqueo que también las moscas son criaturas de Dios. Envalentonado por su sagacidad, el maniqueo ha hecho confesar al cristiano que ni el mismo hombre es hechura de Dios. ¡Valiente conquista!, replica Agustín. Así como las moscas se utilizan para cazar pájaros, el maniqueo ha empleado las moscas del diablo para ca­zar a un pobre cristiano.

Agustín no se cansa de aconsejar a sus feligreses que cuando no sepan qué responder a un hereje, que se lo remitan a él, pero que no pierdan el tiempo dis­putando, porque es mejor orar por ellos y por los fie-les96. Además, los herejes celebran los mismos sacra­mentos que la Iglesia, aunque no estén en comunión con ella. Por otra parte, el problema de los herejes está zanjado por la autoridad de los concilios y por la Sede Apostólica: «Hermanos míos, compadeceros de ellos como me compadezco yo. Doquiera que los halláreis, no los ocultéis por un sentimiento de per­versa misericordia; recalco lo dicho: doquiera que los halléis, no los ocultéis. Responded a los contradictores, y a los obstinados traedlos a Nos. Porque ya van man­dadas sobre este particular a la Sede Apostólica las Actas de los concilios; también vinieron de allá con­testadas. El asunto está concluido; plegue a Dios con­cluya pronto el error. Les aconsejamos abrir los ojos; para su instrucción son estas enseñanzas; roguemos que se conviertan».

El nivel de fe y de inteligencia de Agustín toca el techo cuando aborda el problema de las herejías. Dios permite tantas herejías en la Iglesia para que salgamos de la infancia que nos es común con los brutos. Las herejías son un estímulo para enseñar la verdad. En la Iglesia católica hay muchas personas que duermen y son despertadas por los herejes. De todos modos, las herejías sirven para agudizar la inteligencia de nues­tra fe.

Luis Nos

San Pablo

 

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