Padre Nuestro (VII) Danos nuestro pan de cada día

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Danos hoy nuestro pan de cada día

LOS TRADUCTORES de la «Biblia de Jerusalén» ase­guran que «los Padres aplican este texto al pan eucarístico» de modo reduccionista. Si san Agustín es un padre de la Iglesia, quizá hubiera que modificar la nota correspondiente al versículo de Mateo, ya que el padre africano enseña en sus comentarios al padrenues­tro a pedir el pan del cuerpo, el pan visible del Sacra­mento, y el pan invisible de la Palabra. No cabe duda que enfatiza sobre el pan eucarístico, pero no olvida que hay que pedir a Dios las cosas necesarias para la vida del cuerpo.

En las peticiones de la segunda parte del padrenues­tro nos centramos más en las necesidades del ser hu­mano. Después de la alabanza y adoración, pasamos a la petición. En una palabra, profundizamos en la otra cara de la moneda, en el hombre. Esta segunda peti­ción, en consecuencia, es más antropológica.

En el transcurso de estas peticiones emplearemos la misma metodología que en las anteriores. Partiremos de los textos que hablan directamente del padrenuestro, pero también aprovecharemos los textos paralelos.

  1. Síntesis de los tres panes

En esta petición, Agustín tiene muy en cuenta el senti­do eclesial de este pan, ya que pedimos a Dios la perse­verancia en el cuerpo de Jesucristo. Es decir, que nues­tros delitos no nos obliguen a privarnos de la Eucaristía2. Pero, al mismo tiempo, Agustín dice que Dios lo mis­mo da el pan del vientre a quien lo alaba que a quien blasfema contra él’.

Todos, creyentes y no creyentes, tenemos las mis­mas necesidades. Todos somos mendigos ante Dios. Todos necesitamos del pan material. Pero los creyen­tes aún somos más mendigos delante de Dios que los demás, pues necesitamos que Dios alimente nuestra fe con el pan del sacramento y con el de la Palabra. De todos modos, la pobreza no debe sonrojarnos ante Dios. El mendigo llama a la puerta del rico, pero ambos acu­den a la puerta del gran rico que es Dios4.

Esta petición, según el catequista de Hipona, ha de hacerse siempre, y no sólo antes de recibir la Eucaris­tía, según costumbre de algunas Iglesias orientales.

Por pan cotidiano entiende Agustín la meditación y práctica de los preceptos divinos’, pero si alguno quiere interpretarlo como el pan necesario al cuerpo o del sa­cramento del cuerpo del Señor, puede hacerlo también, con tal de que entienda conjuntamente las tres cosas: el pan necesario para el cuerpo, el pan visible del sa­cramento, y el pan invisible de la palabra de Dios. En consecuencia: «Ha de tomarse, por ende, la petición esta en dos maneras: el pan cotidiano, digamos la ne­cesidad de mantenimiento corporal; y el del manjar es­piritual; el alimento corporal, por haber de comer to­dos los días, cosa indispensable para vivir. En el alimento inclúyase también el vestido; tómase la parte por el todo. Cuando pedimos pan, entendemos por él todas las cosas. Los fieles conocen, además, un alimento espiritual, que también vosotros, los competentes, váis luego a recibir del altar de Dios. Será también pan co­tidiano e indispensable. ¿Habremos, en efecto, de reci­bir la Eucaristía en llegando que lleguemos al Cristo mismo y empecemos a reinar con él para siempre? Lue­go la Eucaristía es pan nuestro cotidiano, pan del tiem­po; y hemos de recibirlo no sólo como vianda que ali­menta el vientre, sino también la mente. La virtud que dicho pan encierra es la unidad, para que nosotros mis­mos seamos lo que recibimos: miembros de Cristo in­tegrados a su cuerpo. Sólo entonces será pan nuestro cotidiano; y las lecturas que a diario escucháis en la iglesia son pan cotidiano; y pan cotidiano igualmente los himnos que oís y decís: cosas todas ellas de nece­sidad a nuestra peregrinación. Porque ¿vamos, cuando allá lleguemos, a oír la lectura del sagrado libro? En­tonces veremos al Verbo mismo, lo comeremos a él mis­mo, a él mismo le beberemos, como los ángeles ahora. ¿Tienen los ángeles necesidad de los libros ni quien se los exponga o lea? En modo alguno. Su leer es ver, porque ven la Verdad misma y se sacian en aquella Fuente de donde a nosotros nos llegan unas gotas sólo».

  1. Profundización en el pan que es Jesús

La Escritura proclama bienaventurada la pobreza. Pero ¿de qué pobreza se trata? El pueblo judío estuvo orga­nizado de tal modo que constituyó una fraternidad de la que estaba proscrita no ya la miseria, sino la necesidad. Precisamente porque tenían en la base ese meca­nismo, la palabra de Dios fustiga la causa del llanto de los pobres. La pobreza que se proclama bienaven­turada en la Biblia es la «aurea mediocritas»: «No me des pobreza ni riqueza, déjame gustar mi bocado de pan, no sea que llegue a hartarme y reniegue, y diga «¿quién es Yavé?», o no sea que, siendo pobre, me dé al robo, e injurie el nombre de mi Dios».

Este texto del libro de los Proverbios constituye el cañamazo del pensamiento social de la Escritura. El evangelio no hará sino insistir en el poder alienante de la riqueza. Por eso, el Nuevo Testamento insiste en que seamos ricos para Dios; que vendamos todo para con­seguir la perla, porque la riqueza es una resistencia al Reino, y la avaricia es el origen de todos los males.

La liberación de las riquezas es condición para pro­clamar e instaurar el reino de Dios en la tierra’.

La pedagogía divina es admirable en este asunto. Los reveses históricos maduran y sensibilizan tanto a Israel que le hacen comprender que lo valioso es ser pobre delante del Señor. Una vez que Israel encarna este ideal de pobreza, Dios lo alienta. La reflexión so­bre una historia desgraciada, desde el punto de vista político, llevará al pueblo no a la desesperación, sino a una piedad más profunda. Tanto es así que los po­bres, los piadosos, cobrarán conciencia de ser el ver­dadero Israel.

Pero la exaltación mística acuña conciencia de clase y de orgullo. De ahí que los pobres maldigan a los económicamente fuertes.

Una vez más, Dios, que corrige el orgullo en po­bres y ricos, encauza a estos pequeños, pobres y pia­dosos, a la única postura válida delante de Dios: la humildad, encarnada en la criatura, y que no es otra que el pobre Jesús, manso y humilde de corazón.

Así comprendemos que las bienaventuranzas cons­tituyen el corazón del evangelio, y que no podemos aceptar ni hacer la integración de los dos panes que constituyen la persona de Jesús, Dios y hombre, según el discurso de Juan, si primero no tenemos un cora­zón de pobre capaz de aceptar el misterio de la Encar­nación e integrarlo en la vida cristiana.

El rechazo de Jesús por parte de muchos judíos, pre­cisamente después del discurso del Pan de vida, se debe a que no quisieron aceptar la integración de Dios y del hombre en la persona del hijo del carpintero. Des­de aquel momento, el misterio de la Encarnación ha constituido la pesadilla y escándalo del pueblo anti­guo y nuevo. Esta situación se agrava en el pueblo de Dios, pues, aun admitiendo la encarnación de Dios, no se acaba de asimilar del todo que Jesús es el pobre de la calle, el vecino. A la fe cristiana no le cuesta gran cosa admitir la pobreza y escándalo de la encarnación. Vivimos en unos tiempos en los que casi todo es posi­ble. Por tanto, el misterio de la Encarnación no es tan imposible para nosotros. Más aún, amamos la carne y es una gloria el que Dios se haya hecho hombre. La historia humana no puede llegar a más. Esta lógica nos convence en el ámbito de la fe y en nuestra relación personal con Dios. Pero cuando se nos dice que Cristo es el pobre de la calle que huele mal y no sabe leer, surge ]a repugnancia y el careo con el evangelio. Cuan­do se afirma que el pobre lo es, entre otras causas, por­que a nosotros nos sobran muchas cosas, somos capaces de decir que la pestilencia del marxismo aún per­vive en la Iglesia.

Mientras la teología cantó, en buena hora, las exce­lencias místicas de los desposorios del Verbo de Dios con la tierra, todo fue bien. Los ricos ofrecían su oro para la representación artística de esos misterios. Pero cuando grandes hombres y santos de la talla de Vicen­te de Paúl, alejado voluntariamente de la elite encarnacionista de Bérulle, vio con todo realismo que el Ver­bo-Encarnado pasa por el sacerdote de campo, que no sabe de latines, ni la fórmula de la absolución, y que lo mismo comienza la misa por el final que por en me­dio, y por el campesinado, carne de cañón de las gue­rras francesas del s. XVII, algo se ha desajustado y per­turba en la conciencia cristiana. Y es que en el cristianismo siempre habrá desajustes mientras las rea­lizaciones prácticas no sean tan luminosas como las concepciones teológicas.

¿A qué exigencias está llamada la Iglesia de hoy? Su historia es maestra de presente y de futuro. Cuando los mártires constituyeron la gloria de la Iglesia, y a un tiempo de martirio sucedió el de los confesores, en el que se examinaban con un cierto deleite los combates por Cristo, y se tenía como una aristocracia haber per­dido en el combate un ojo o brazo; cuando se proscri­bía a los que habían flaqueado en la prueba, «y los unos empezaron a envidiar e injuriar a los otros», Dios man­dó a Constantino que cegara el orgullo de los confeso­res con los tesoros de la libertad y del oro. La libertad era necesaria, pero el oro fue una nueva opresión.

Entre los signos que marcan a la Iglesia de hoy des­tacan las teologías liberadoras y el empeño por una más justa distribución de la riqueza. Y si no tenemos unas realizaciones más granadas es porque el pueblo de Dios, jerarcas y fieles, aún no hemos aceptado del todo el realismo de la Encarnación.

 

Nuestro tiempo está necesitado de fuertes síntesis y de pensadores que las faciliten. Así como Agustín y Tomás hicieron la síntesis de sus tiempos, ¿quién o quiénes harán la síntesis del nuestro? Lo cierto es que, mientras no se hace, la humanidad cristiana camina desvertebrada. El gran K. Rahner hablaba y escribía de formulaciones breves de la fe al alcance de la base.

El cristianismo tiene que pensar muy seriamente qué es lo que puede y debe ceder al economismo sin ros­tro de hoy, y el economismo sin rostro debe pensar qué es lo que puede y debe ceder al hombre concreto que se muere de hambre. De todos modos, es escalo­friante saber que el Occidente, cristiano y rico, está ne­gando al tercer mundo los millones de dólares que ne­cesita para extirpar la miseria que pudre a la mitad de la población mundial, mientras derrocha tres o cuatro veces más en armamento estúpido. Esta realidad es algo que no absuelve ni a creyentes ni a no creyentes.

¿Es herético el economismo sin rostro? A mi juicio lo es porque lesiona al hombre con quien el Verbo de Dios se ha unido. En este sentido, yo quisiera que toda la Iglesia reaccionara con el mismo visceralismo que empleó contra los herejes que afirmaban que el Hijo y el Espíritu Santo no son tan Dios como el Padre. Esas teorías en nada dañaban a Dios, aunque conmovían la fe del pueblo. Salvando todo lo que haya que salvar, me atrevo a decir que las herejías teológicas como ta­les en nada lesionan a Dios, porque Dios es impasible en su hondón, pero la miseria y la injusticia sí que afec­tan al Dios-Hombre-Jesucristo, en cuanto Dios y Hom­bre, pues para siempre ha sido censado entre los habi­tantes de este mundo.

La Escritura tiene textos aterradores. Por ella sabe­mos que Dios pactó con las potencias para castigar a Israel. ¿Habrá pactado Dios con el economismo sin rostro para castigar a la actual humanidad? ¿Tendre­mos que salir del actual desequilibrio mediante una hecatombe? No creo que el Dios verdadero actúe de esa manera, ni con Israel ni con nosotros, pero no por eso podemos desvincular tan fácilmente el compromi­so contraído por Dios con la historia en el pacto ratifi­cado en la encarnación.

Hace muchos siglos, dijo Agustín: «Da al hermano necesitado. ¿A qué hermano? A Cristo. Si das al her­mano, das a Cristo; si das a Cristo, das a Dios, que es sobre todas las cosas digno de ser bendecido por los siglos. Dios quiso necesitar de ti, ¿y tú esconderás la mano? Tú alargas la mano y pides a Dios; pues bien, oye la Escritura: No se alargue la mano para recibir y se encoja para dar. Dios quiere que se le dé de lo que dio. ¿Qué das que Él no te haya dado? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y no digo a Dios, sino a cual­quiera que des: ¿Das algo de lo tuyo? Das de lo de Dios, que manda que des. Sé dispensador, no usurpador».

El cristianismo es una religión tan genial como lle­na de traumas. No faltan genios, me refiero en concre­to a los teólogos, pero faltan realizaciones prácticas tan brillantes como las especulativas. ¿A qué se deben esos desajustes? ¿Acaso a que no acabamos de comprender y, en consecuencia, a practicar la revolución encabeza­da por el Dios-Hombre? ¿El Verbo no se hizo .hombre sin miedo a embarrar la divinidad, precisamente para enriquecernos a todos con ese embarramiento?. Mien­tras el cristianismo no adiestre a sus fieles para que sean tan creativos en política y en economía como lo son en las especulaciones teológicas, algo anda desajus­tado en el cristianismo que lo hace sospechoso.

  1. La igualdad humana

En las obras del catequista de Hipona sobresale el tema de la igualdad humana. Nacimiento y muerte son igua­les para todos. Si dos mujeres, una rica y otra pobre, dan a luz en el mismo día y hora, quítese al niño rico cuanto le rodea y veamos en qué se diferencia del po­bre. Pero del nacimiento a la muerte va un largo tre­cho, y no menor del prenacimiento al nacimiento. No obstante, si la vida diferencia, la muerte iguala. Y si por causalidad se rajan los sepulcros de los ricos, po­bres y ricos quedan nivelados por el mismo rasero.

Los pobres piden. Los ricos pueden dar. ¿Quiénes piden y a quiénes piden? Hombres quebradizos a hom­bres igualmente quebradizos. Pero ambos piden a Dios. ¿Con qué cara podemos pedir al Señor si desprecia­mos a un igual?

Desde el pensamiento cristiano, la reflexión de Agustín llega a la cumbre cuando dice que la limosna que damos al pobre la ponemos en manos de Dios, y que el donante es el beneficiado, pues es el mismo Cristo el encargado de multiplicar los intereses de lo donado.

Una vez más, Agustín, como pensador cristiano, nos conduce al centro del cristianismo: «Suponiendo ten­gas dos hijos, cuéntale a él (Cristo) por tercero; si tres, sea el cuarto; si cinco, tenle por el sexto, y si, final­mente, diez, tenle por el undécimo. No añadiré otra palabra; cede a tu Señor el lugar de uno de tus hijos. Lo que le dieres a él, a ti y a los hijos ha de aprove­charles, así como lo malamente guardado para los hi­jos redundará en daño de tus hijos y en el tuyo pro­pio. Le darás la porción correspondiente a uno de tus hijos; échate la cuenta de haber engendrado uno más».

  1. Palabras a los ricos

Desde su praxis cristiana, Agustín constató que la ri­queza mal poseída disminuye la fe, opacada y suplan­tada por el brillo del oro. Desde su experiencia hu­mana, Agustín levantó acta de que el exceso de riqueza roba la tranquilidad y hasta perturba el sueño. Estas aseveraciones acaso nos hacen reír, pero pronto nos desinflamos cuando, a renglón seguido, afirma que se poseen bienes ajenos al malgastar la riqueza en superfluidades, pues lo sobrante no pertenece a los ri­cos sino a los pobres. ¿Por qué los ricos tienen mu­cho? Sencillamente porque se han hecho grandes ne­cesitados y, a mayor indigencia, mayor acopio de bienes. La riqueza debe ser, ante todo, rentable, y es productiva cuando se pone al servicio de los pobres.

No sin humor hiperrealista, Agustín le dice al rico que se mire a la barriga y otee por la ventana que lle­va en ella el paradero de los manjares sabrosos de los que se sació. Con el comer, pobres y ricos consiguen lo mismo: alimentarse. El pobre, por un atajo; el rico, por un rodeo. El rico se ha creado la necesidad de un estómago delicado. Si come mal, no puede vivir. Qué­dese con sus gustos, pero que no niegue al pobre los alimentos baratos, sencillos y necesarios. El pobre es­pera del rico, pero el rico también espera de Dios.

San Agustín, finalmente, exhorta a los ricos no a que se empobrezcan, pero sí a que hagan una transacción bancaria de sus bienes. Esto es, que presten con facili­dad, a bajo interés, y que vean en los necesitados a iguales.

  1. Palabras a los pobres

Si los ricos no deben enorgullecerse de sus riquezas, tampoco los pobres deben vanagloriarse por aquello de que es necesario serlo para entrar en el Reino, no sea que se les adelanten aquellos que, encima de ser ricos, son, además, humildes.

  1. Discurso para pobres y ricos y uso de los bienes terrenos

Los ricos deben dar. Los pobres no deben robar. Los ricos deben usar bien de las riquezas. Los pobres de­ben frenar la concupiscencia. Los pobres no tienen en común con los ricos sus grandes villas, pero sí el cielo y la tierra. Pobres y ricos deben buscar lo necesario y nada más. Los ricos nacieron tan desnudos como los pobres. Los que han nacido ricos, séanlo enhorabuena, pero séanlo en dar. Si no eres rico, no lo desees, pues la avaricia es causa de todos los males. Pobres y ricos, haced buen uso de los bienes terrenos. Quien ama a Dios no puede amar mucho el dinero. El dinero hay que usarlo para satisfacer las necesidades, no los capri­chos. Usa de las realidades terrenas, pero no ignores que has de salir del mundo. Como el peregrino, usa del mesón, de la mesa, del vaso, de la silla y de la casa. Todo esto se queda en el hotel, lo mismo que tus cosas se quedan aquí cuando te despidas de ellas. El peli­gro de las riquezas es la soberbia. Uno es el gusano de la manzana, otro el de la pera, otro el de las habas, otro el del trigo. El gorgojo de las riquezas es la soberbia.

A pobres y ricos exhorta Agustín a que hagan el examen de conciencia, porque las almas de ambos están ante ellos como un mendigo. Y si no ves necesita­da a tu alma es que, de puro depauperada, ya no pue­de ni hablar. Da pan a tu alma. Ama a Dios y al próji­mo. Si no tienes caridad contigo mismo, ya puedes hacer lo que quieras que no haces nada.

  1. Principios para una república cristiana

Agustín no dedica un tratado al problema social, pero toda su obra apunta a la organización de la república cristiana en la historia. De ahí que exponga con toda claridad qué entiende por justicia, quién es una perso­na justa, y cómo debe ser el buen gobernante.

Por justicia entiende el santo doctor «la virtud que manda dar a cada uno lo suyo». Pero nadie puede dar a cada uno lo suyo mientras no se descubre qué es lo que necesita cada uno».

Para Agustín es obvio que existe una justicia objeti­va, aunque no identificable con la diversidad de cos­tumbres entre hombres y pueblos. Por encima de toda costumbre, por legítima que sea, está el principio evan­gélico: «Lo que no quieres que hagan contigo, no lo hagas tú a los otros».

¿Dónde reside la justicia objetiva? En la misma na­turaleza humana. Según la naturaleza, la carne está so­metida al alma, y alma y carne están sometidas a Dios. Luego no se ha de juzgar por la costumbre, sino por la ley rectísima de Dios. Por otra parte, no es jus­to juzgar a los antepasados con los criterios de nues­tro tiempo. En su día y hora, Dios les pidió lo que quiso, como hoy nos pide a nosotros, hombres de un tiempo y espacio determinados: «Por consiguiente, si la república es la cosa del pueblo y no existe pueblo que no esté fundado sobre derechos reconocidos, y no hay derecho donde no hay justicia, síguese que donde no hay justicia no hay república».

De ahí que se pueda llamar hombre justo y gober­nante bueno al que reglamenta su vida y costumbres según los dictados de la ciencia y de la razón; al que prefiere la justicia al poder; al que guarda la justicia por amor y no por temor; al que no ignora que la misericordia manda ahuyentar los males y miserias del prójimo en vez de inferírselas. Finalmente, el presi­dente recto de la república cristiana es el que, adorna­do con las cualidades citadas, tiene el arte de discer­nir y no se olvida de que es hombre: «Los llamamos felices si imperan con justicia, si no se pavonean entre las lenguas pródigas en sublimes alabanzas y entre los obsequios de los que humildemente les saludan, sino que se acuerdan de que son hombres».

  1. Qué hizo Agustín por la justicia social

Repartió a los necesitados cuanto tuvo, sin necesidad de hacer testamento, pues ya lo había repartido todo en vida. Exhortó a los ricos a dar y a los pobres a no maldecir. Organizó en su comunidad el socorro al pró­jimo. Por eso, cuando después de un sermón brillante la asamblea rompía en aplausos, decía: Eso es hojaras­ca para halagar la vanidad. Lo que quiero es trigo. El carro que recorre las calles de la ciudad recogiendo ví­veres y ropas para los pobres ha vuelto medio vacío. Educó a la Iglesia de su tiempo en cristiano y sigue educando con su magisterio. Dulcificó las leyes. Tomó tan en serio el evangelio que, lo mismo que otras igle­sias y obispos de su tiempo, administró justicia sin ne­cesidad de que los cristianos recurrieran a los tribuna­les estatales. En una palabra, construyó la conciencia humana en cristiano y en mundano con todos los re­sortes a su alcance.

Luis Nos

San Pablo

 

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