Padre Nuestro (VI) Hágase tu voluntad

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo

SEÑOR, no es nada fácil rezar esta petición del padrenuestro. En ella te pedirnos que tu voluntad sea hecha en el cielo y en la tierra. No decimos que se haga en el cielo como entre nosotros, sino que sea he­cha entre nosotros como en el cielo.

Los bienaventurados la cumplen sin esfuerzo. Te ven tal corno es posible al hombre salvado, al hombre que ha alcanzado la madurez en el hombre nuevo, en tu Hijo Jesucristo. Los bienaventurados ven todo lo que puede verse de ti y no desean más porque no hay lu­gar a ello. Se han cumplido y están tan llenos de ti que no les queda recipiente para más. Por el contra­rio, nosotros te vemos y te conocemos, pero imperfec­tamente. Quisiéramos verte y amarte mejor, pero no podemos. Todavía no se ha obrado en nosotros la trans­formación final. Aunque tú estás en nosotros, nuestros ojos carecen de esa potencia que tienen los bienaven­turados. A nosotros no nos queda más remedio que vivir, envejecer y morir con dignidad.

Casi nada, Señor. En esta petición pedimos hacer tu voluntad como los ángeles, que en nada pueden ofen­derte, mientras que nosotros pecamos contra ti todos los días’. El cielo y la tierra rezan esta petición, pero nosotros, en comparación con los patriarcas y justos, hermanos nuestros, que son tu cielo, somos tierra en crecimiento y puede derrumbarse. Casi sentimos rabia y desilusión ante la desigualdad de las partes orantes. Nos sentimos acomplejados. Decimos la misma oración, pero ellos la cumplen y nosotros queremos cumplirla. Un poco nos sosiega tu siervo Agustín al decirnos que la Iglesia es el cielo y sus enemigos la tierra’. Al me­nos, aunque damos mucha guerra a la Madre Iglesia, no somos sus enemigos. Más aún. Queremos vivir en continua conversión a ella y, porque sabemos que esto es bueno, pedimos lo mismo para los enemigos de nuestra Iglesia.

Nuestra alegría aún crece más cuando el santo doc­tor africano asegura que el espíritu es cielo y carne la tierra. Que el espíritu se renueva creyendo, y la carne se recrea resucitando.

Señor, todos queremos resucitar. Todos queremos transformarnos para rezar bien esta petición. Aumenta nuestra fe. Instrúyenos en tu voluntad. Según la Bi­blia, no buscamos tanto la armonía de las voluntades divina y humana, cuanto la sumisión en la fe. Esto es, hacer lo que tú quieres.

Señor, que se realice de una vez para siempre esa férrea soldadura en nosotros porque, a veces, nos sen­timos colgados entre el cielo y la tierra. Tanto han in­sistido tus teólogos y filósofos en eso de materia y for­ma que nos lo hemos creído y se ha dificultado mucho su acoplamiento.

Señor, queremos que pongas paz en nosotros con esa paz por la que has reconciliado los extremos del cielo y de la tierra con la sangre de tu. Hijo y hermano nuestro, Jesús de Nazaret.

Señor, nos alegra mucho saber que tienes una vo­luntad. También nosotros la tenemos. A veces somos tercos, precisamente por hacer uso de ella. Tu volun­tad es que seamos felices según tus planes, y que todos nos salvemos. Si no coincidimos en todo, al me­nos podemos dialogar contigo. Tú quieres que noso­tros seamos felices y nosotros también lo queremos. En la coincidencia con tus planes, ya existe una pequeña diferencia: nuestros padres se sublevaron contra ti y nosotros con ellos’.

Es cierto que nos sublevamos y que perdimos mu­chas cosas, pero no tanto que perdiéramos totalmente tu imagen y semejanza. Es decir, que, aun con todo, nos quedamos con lo mejor de ti en nosotros porque tú lo quisiste. Tampoco nos quitaste la tierra, para do­minarla y perfeccionarla con nuestro trabajo, ni el tiem­po, para volver a ti más semejantes.

Nosotros no trabajamos como tú, que no te equivo­cas en nada, pero nos queda el consuelo de discurrir y enmendarnos. Nos duele no poder ayudarte más. Al­gunas veces, haces cosas en nosotros sin nosotros, pero nosotros no somos capaces de hacer nada sin ti.

No nos angustia excesivamente el, no ser tan gran­des como tú, pero sí quisiéramos colaborar más conti­go. Ahora bien, tú sabes que el malo nos engañó y estamos desorientados, pero tú no nos abandonas por eso. Precisamente, para que no sintamos tanto esa des­orientación, te has colocado tan cerca de nosotros que tu Palabra está en nuestra boca y corazón’. Más aún, como comprendes la terquedad del hombre desorien­tado, nos has dado un nuevo corazón para que no nos resulte tan difícil entrar en tus planes.

A pesar de todo, Señor, esta petición es bien arries­gada. Nos compromete mucho y nos exige más. Nos pides que obedezcamos como tus ángeles; concordan­cia de cuerpo y espíritu; que el viejo Adán rece con el nuevo; que aceptemos y reconozcamos el initium fidei por el que la Iglesia pide el adelantamiento de sus hijos y la buena disposición de los que aún no tienen fe. Nos pides la perseverancia hasta el fin; que la tierra imite al cielo, el hombre al ángel, y el infiel al fiel.

Lo que resulta más desconcertante, Señor, es que esta petición no solamente la formulamos para los ha­bitantes del cielo y para cuando nosotros estemos en él, sino que obliga a los habitantes de la tierra, que somos tierra, y en ella vivimos, y de ella debemos ser tomados: «En consecuencia, la voluntad de Dios se hace ciertamente en aquellos que hacen la voluntad de Dios no porque ellos hagan que Dios quiera, sino porque hacen lo que él quiere, esto es, obran según su voluntad».

Señor, en esta plegaria pedimos que se cumpla tu voluntad tanto en los justos como en los pecadores; que des a cada uno según sus méritos; que el hom­bre interior y exterior se reconcilien y no se contristen; que la Iglesia, esposa de tu Hijo, cumpla tu voluntad, como su esposo, Jesús, cumple la tuya.

¿Pero cómo realizar todo esto, Señor, en la tierra? Porque esta petición, bien lo sabemos, no es para un futuro, sino para ese futuro que ha comenzado en el tiempo. Tu siervo Agustín así nos lo explica, siguien­do a san Pablo: «Cuando, empero, la carne obre en ar­monía con la razón, y la muerte haya sido engullida por la victoria, hasta el punto de no quedar resabio de carnal deseo alguno con quien la razón pueda venir a las manos»…

«Cuando esta lucha, digo, haya cesado, y toda la concupiscencia se haya vuelto caridad, y el espíritu no halle nada en el cuerpo que la resista, nada habrá que domar, nada que sofrenar, nada que pisotear, antes bien, reducido todo a consonancia, marche por el camino de la justicia, entonces será un hecho la volun­tad de Dios en la tierra».

Esta petición, Señor, nos exige sumisión y obedien­cia. La misma sumisión y obediencia que tú pediste a tu Hijo y él te dio. No le fue nada fácil, y eso que tú y él sois un mismo Dios. Él comulga de tu volun­tad y tú de la suya. Vino al mundo para hacer tu voluntad. Y aunque tú eres su Padre y él Hijo tuyo, no por eso eres mayor que él y él menor que tú.

Es cierto que Jesús es hombre como nosotros, ex­cepto en el pecado, y eso lo diferencia notablemente de nosotros. Siempre quiso lo que quiso. Nunca dudó al obrar, y nosotros actuamos a través de muchos meandros, y, a lo sumo, queremos lo que podemos.

No nos queda más remedio que pedir el amparo de María, tu sierva, para acoger tu voluntad, pero tam­bién ella es una criatura excepcional. Tanto oyó tu Pa­labra en el ámbito de la fe que la dio a luz humana­mente en esta tierra.

Finalmente, Señor, como no aceptas en tu reino sino a los cumplidores de tu voluntad, danos esa capaci­dad para escuchar, conocer y encarnar al Maestro en nuestra vida. Que seamos uno con tu Hijo, como tú y él lo sois. Así, con la certeza que nos da la cercanía de Jesús, nos atrevemos a decir que se haga tu volun­tad en la tierra como en el cielo, con la seguridad de que seremos escuchados, porque tú siempre escuchas a tu Hijo, y también a nosotros, según nos lo ha dicho él, con la condición de que todo lo hagamos con él y en él hacia ti.

Luis Nos

San Pablo

 

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