Padre Nuestro (V) Venga tu Reino

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Venga tu reino

CON ESTAS PALABRAS exaltamos a Dios como Creador que permanece dentro de la criatura. Más que Rey, Dios es poeta, pastor y director del pueblo. La figura bíblica del Pastor no dice mucho en la era de la tecnología, pero sí dentro del mundo antiguo en el que fue escrita la Biblia.

La Sagrada Escritura es una epopeya de ayer y de hoy. Si queremos que sea para nosotros, tenemos que hacer un esfuerzo comprensivo en orden a situarnos en ella, lo mismo que nos adentramos en el Poema de Mío Cid después de un estudio arqueológico.

Sustituir «Reino» por «Democracia» es muy poca cosa, pues todos conocemos los límites de la democra­cia. Más bien habrá que decir que suceda lo que tiene que suceder, aunque excluyendo todo fatalismo.

Decir a Dios que venga su reino supone una correc­ción a la idea judía de un reino terreno, ya que, según la historia bíblica, un reino terreno fue el gran fracaso de Israel.

El reino de Dios tampoco es una conquista por su parte. Su señorío se extiende sobre el mundo y el hom­bre antes de la creación de ambos. En consecuencia, Dios no camina de una conquista a una posesión.

Con la expresión «Venga tu reino» pedimos que el Señorío de Dios se manifieste a todos los hombres, in­cluso a los que lo desconocen.

Al decir que venga su reino, apuntamos, sobre todo, a que se descubra. Es decir, que pase de la latencia a la patencia, pues lo mismo que los ciegos están en la luz, aunque no la ven, también los no creyentes están en Dios y Dios en ellos.

En esta petición rogamos por el establecimiento del reino de Dios en nosotros y en todos, pero de una manera cordial, porque venir ha de venir, lo queramos o no. En consecuencia, los que lo han aceptado piden la perseverancia en él hasta el fin, rogando a Dios que los haga buenos, no sea que cuando se establezca de­finitivamente no los halle en estado de bondad. En una palabra, pedimos configurarnos con el reino de Dios de una manera consciente.

  1. El reino de Dios ya ha venido

Lo interesante de este reino es que ya ha comenzado y marcha, siempre en estado de gestación y crecimiento, tanto en los presentes como en los que entren en la historia.

El libro de los Números vislumbra a Dios como un rey aclamado por el pueblo. Cuando el rey Ajab de­sea que Miqueas se pronuncie favorablemente sobre su ejercicio político, el profeta contempla al pueblo como un rebaño de ovejas sin pastor, e inmediatamente refiere la soberanía sobre el pueblo no al rey, sino a Dios.

La profecía apocalíptica de Daniel habla de un an­ciano venerable, de un Hijo de hombre, de las luchas de este reino, de la permisión de los malos, de la sumisión de todas las bestias al Hijo del hombre y de su reino eterno. Para proclamar la soberanía de este rei­no, Jesús parte precisamente de la visión de Daniel y dice: «El reino de Dios está cerca, arrepentíos».

El reino de Dios, que está cerca, es Jesús, y Jesús se hizo hombre para estar con nosotros, siendo uno de no­sotros. El Dios-Jesús ya no es el Dios que marcha por encima del pueblo para rechazar a Egipto. El Dios-Je­sús ha bajado a la arena de la carne humana y desde ella y con ella rechazará al enemigo de Dios y de los hombres, después de haber sufrido en su humanidad, y lo someterá. Avanzar con Jesús supone la aceptación de su liberación» y gozosa noticia de la buena nueva.

Pero Jesús da un paso de gigante en la programa­ción del reino, ya que Él mismo se presenta como la realización de ese reino, y eso lo diferencia radicalmen­te de todos los fundadores de religiones. Pero un reino no de tierra, sino personal y personalizado. Un reino que concentra, en su persona, lo divino y lo humano. Jesús invita a seguirlo, pero esa invitación es aceptada por aquellos que aman al hombre por encima de todo; por aquellos que saben que ser hombre no se confunde con sus posesiones, muchas o pocas, y buscan aquella calidad humana que se descubre en el hombre verda­dero, en Jesús de Nazaret. Tal es la contundencia y es­cándalo producidos por Jesús en la historia.

La oferta de Jesús es para todos sin distinción. Su reino es algo que ya ha comenzado, y en el que se puede entrar por encima de la manipulación de Dios y de los hombres. Sólo los que aceptan esta nueva forma y modelo de vida, nada pasivo por cierto, pues supone el juego relacional con Dios», vigilancia continua y producción a todo ritmo, son los que pactan con ese reino. Los hombres apuestan por Dios y Dios apuesta por los hombres. En este momento es cuan­do puede iniciarse la fiesta del Señor y de los hijos del Señor.

  1. La paciencia de Dios se llama Iglesia

Uno de los rasgos sobresalientes del Jesús histórico es su serenidad y equilibrio. Su violencia, cuando la em­plea, es manifestación de su dominio. Si en algún mo­mento lo vemos impacientado es ante su hora. A ella va como el que sabe que debe cumplirla para cumpli­mentarse en toda su estatura. Marcha a la cruz sin des­garro ni arrogancia. Compasivo con los que lo compa­decen, no rechaza su misericordia, pero responde a las mujeres que sepan llorar bien. Este es el Jesús que se ha atrevido a llamar a los hombres y al que seguimos los cristianos. Su compasión nos ha conquistado. Sus llagas nos han sanado. La congregación de los fieles, la Iglesia, ha optado por él y por su fascinación.

San Agustín dice que la Iglesia no es más que la preparación del reino futuro, el tiempo de la pesca, un reino que se puede comprar ahora al precio de la sangre de Jesús ofrecida en los sacramentos, pero que llegará el momento en que no necesitemos de esas mo­nedas, pues Cristo reinará un día absolutamente.

La Iglesia, como etapa de preparación, es el tiempo de la paciencia de Dios sobre su misma Iglesia y sobre la historia, ya que Dios no quiere condenar a nadie. Esta paciencia de Dios nos permite instruirnos, equi­vocarnos y enmendar.

Un vaso de cristal tiene sus riesgos. Es vidrio y pue­de romperse. Pero el vaso no envejece. El hombre es más frágil que el vidrio, pero tiene la cualidad de en­vejecer, de amontonar historia. Y si envejecemos bien, llegaremos añejos a las puertas de Dios, es decir, por­tando el tesoro de las obras que el hombre, y no el vidrio, puede presentar. El Señor de este reino dirá a los hombres y mujeres de carne y hueso: «Recibid este reino de los cielos, el reino inacabable, la compañía de los ángeles, la vida eterna, donde nadie nace ni mue­re. Cuando echabais vuestras obras en el tesoro, esta­bais comprando el reino de los cielos…; tomad, pues, lo que guardasteis; entrad en posesión de lo que ad­quiristeis; que para eso me lo confiasteis a mí, custo­dio por excelencia». Por el contrario, volviéndose a los otros: «les mostrará sus cofres, vacíos de toda obra»… «Haced memoria si echasteis al tesoro este al­guna buena obra, y se os pagará… ¿Por ventura no ha­cíais esto conmigo pues no me veíais andar por el mun­do? ¡Tan malos sois que, de haberme visto, como los judíos, me habríais crucificado! Hombres malvados que hoy, si les fuera posible, no dejarían en pie una iglesia donde se predicasen los mandamientos divinos, ¿no matarían a Cristo mismo si lo hallaran vivo en la tie­rra?… Yo había puesto en el mundo a estos pequeñue­los menesterosos; yo, la cabeza, estaba sentado a la dies­tra del Padre; estos mis miembros padecían en la tierra; si a los miembros se los hubierais dado, a la cabeza hu­bieseis llegado, y ahora sabríais cómo, dejando a los po­bres en la tierra, os di mozos de cordel para llevar a mis tesoros vuestras obras buenas; mas como nada les pusisteis en las manos, nada habéis hallado en mí».

La paciencia de Dios se debe a un gran respeto por el ser humano. Dios ha descartado la brutalidad y la tortura, pero no la táctica del amor, y no hay quien la resista, aunque el mismo Dios soporte nuestro recha­zo. Dios ha introducido en el mundo la levadura de su Hijo para que obre lentamente, sin estridencias. Al­gunos querrían que ese reino fuese explosivo y abso­luto en la temporalidad de la Iglesia. Pero esto no pue­de suceder. Dios no puede exhibir su reino definitivo porque antes tiene que reunir lo que ha de exhibir. Esto es, la humanidad vuelta a Él libremente.

Dios es tranquilo. A Él llegan por igual el que cami­na con la lengua fuera y el reposado, pero nadie llega a Dios sin trabajo. Cada uno cooperará en la medida de sus posibilidades. Lo interesante es que construya­mos, que trabajemos, pero sabiendo que Dios trabaja con nosotros y nos dirige: «Esta casa de Dios, este tem­plo de Dios, este reino de Dios y reino de los cielos aún se está fabricando, aún se está construyendo, aún se está preparando, aún se está congregando. En él ha­brá habitaciones, como las está preparando el Señor, y en él ya están las habitaciones según el mismo Señor las tiene predestinadas».

Nuestro tiempo está necesitado de una buena sen­tada en la fresca tranquilidad de Dios para comenzar a ver claro. Nuestro tiempo, según dicen, ha matado a Dios, pero Dios sigue viviendo. Nadie puede desterrar­lo del diccionario, aun después de muerto. Hemos que­rido desterrarlo de nuestras tareas, y aparece cuando menos lo esperamos. Pensando acabar con Él, hemos exaltado al hombre, pero la exaltación de la razón, sin Dios, es la más trágica destrucción de lo humano, pues Dios, aunque no fuera más que una hipótesis, consti­tuye el último reducto de la libertad humana.

El ser humano ha entrado en agonía, y nada mejor le puede acontecer, porque no es una estructura, sino un Alguien vecino de Otro mayor.

Nuestro tiempo, al menos la cultura occidental, ha ensayado el rechazo de la cultura de sus antepasados para comenzar de cero. Pero el hombre que quiere olvi­darse de la cultura que lo ha hecho no tiene más reme­dio que refugiarse en la contracultura del consumismo y aceptar que no es más que una tuerca en manos de los domesticadores que quieren desprivatizar al ser humano para dominarlo.

En otros tiempos se tuvo una visión más universal del ser humano, aunque más estanca. Hoy son muy diversas las concepciones del ser humano. De ahí que nuestro tiempo sea un tiempo de incertidumbre. To­dos andamos expectantes ante lo nuevo que va a na­cer y no acaba de hacerlo. Las escuelas de teología y de espiritualidad han girado del monolitismo al plura­lismo, de la torre de marfil a la subsidiariedad, del teó­logo sedentario y del pastor errante al complemento de ambos. Hoy no se concibe un teólogo sin pastoreo ni un pastor sin teología. La misma evangelización ha experimentado un cambio de la especulación a la toma de pulso de la base, de la comunidad concreta, para descubrir al hombre de carne y hueso tal y como se da en la realidad. Una vez tomada esa pulsación, po­demos ayudarnos y corregirnos. El teólogo ayudará al pastor y la base ayudará al teólogo. Durante mucho tiempo se nos habían impuesto demasiadas cosas. Hoy nos despojamos de los esquemas rígidos de espirituali­dad no porque no hayan sido válidos, sino porque no nos sirven a nosotros. A nuestro tiempo le va lo suyo.

¿Pero qué es lo nuestro?

Como creyente, yo pienso que lo nuestro es hacer pie en nosotros mismos. Aceptarnos como somos, limitados e inmensos, para alcanzar nuevas dimensiones, y tener una rica experiencia de nosotros mismos y de los de­más por medio de una comunicación profunda.

Pero una de las ironías más dolorosas de nuestro tiempo es que, a pesar de vivir en la era de la comuni­cación, existen muchos incomunicados, excesivas desa­venencias, desajustados mentales, desiertos dentro de la ciudad, grande o pequeña, junto con una dificultad para la comunicación con Dios.

Los hombres y mujeres creyentes sabemos que no podemos avanzar sin una continua reeducación para la experiencia de la fe, para un acercamiento más pro­fundo a Dios y a su camino, que es Jesús.

El. Dios de la Biblia es Dios del pueblo, pero tam­bién es Dios de cada uno de sus componentes. El Dios de la Biblia es el Dios nuestro, pero también mío. De ahí que es el pueblo entero el que sale al encuentro de Dios, pero también soy yo el que sale al encuentro de ese Dios para mí:

«Nadie fue ayer,

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios

por este camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz el sol…

y un camino virgen

Dios».

Hoy en día se impone la cordura en los métodos de evangelización y educación en cristiano. Y esta cordu­ra pasa por el inestimable servicio de los agentes de pastoral, que deben proporcionar a sus hermanos en la fe la más cumplida presentación de la persona del Salvador en orden a que cada cual vaya a El desde sí mismo. Este servicio está respaldado por una buena bibliografía y autores clarividentes. Cierto que algunas veces no podrán prescindir de una cierta acrimonia, pero, pasada la polvareda, nos quedamos con el oro. Por eso, la Iglesia oficial no debe aplastar a los que hablan y escriben. Tendrá que discernir, y todo discer­nimiento es doloroso. En una palabra, en el pueblo de Dios, jerarcas y no jerarcas, debemos acomodarnos más y más a la enorme paciencia de Dios. De lo contrario, puede suceder, y sucede, lo que con las viejas amas de llaves de las casas de antaño. Es decir, que algunos quieren mandar y ver más claro que el mismo Jesu­cristo, Señor y llave de la Iglesia.

  1. Una clara visión del reino que buscamos

Al hablar del reino de los cielos, Agustín aduce los requisitos para entrar en él, así como una distinción de calidad que debemos retener en todo momento: «Una cosa, en efecto, es desear el reino de los cielos por la sabiduría y vida eterna, y otra desearlo por una felicidad como la terrena, que allí disfrutaríamos con mayor abundancia y espacio. Si te imaginas haber de ser rico en aquel reino, permutas, no amputas, la co­dicia; sin embargo, allí serás rico, y sólo allí serás rico; el allegar aquí tantísimas cosas denuncia tu indigen­cia. ¿Por qué los ricos tienen mucho? Porque son gran­des necesitados; y a mayor indigencia, mayor acopio de bienes; pero allá esa indigencia desaparecerá. En­tonces serás verdaderamente rico, porque nada te ha de faltar. Si bien el ángel carece de caballos de tiro y carros y servidumbre, ¿eres tú más rico? ¿Por qué no? Porque no lo necesita; porque tanto es menos indigen­te cuanto más potente. Luego allí están las riquezas de verdad. Lo de la tierra esta, allí no lo sueñes, por­que los alimentos son medicamentos de uso diario en este mundo, necesarios para una cierta enfermedad con que nacemos; esa enfermedad que a todos nos aqueja en pasando la hora de comer. ¿No es enfermedad, y bien grave, la que mata en ocho días, como una fiebre aguda? No, no te juzgues sano; la verdadera sanidad será la inmortalidad. Como en fuerza de los cotidia­nos medicamentos vas apuntalando tu enfermedad, parécete que estás sano; deja las medicinas, a ver cuán­to resistes»… «No es necesario investigar y discutir ahora si se diferencian en algo el reino de Dios y el reino de los cielos o son una misma cosa designada con diversos nombres. Basta saber que no puede en­trar en el reino de Dios el que no fuere purificado con las aguas regeneradoras del bautismo. Supongo que habrás comprendido lo absurdo que es separar del rei­no de Dios algunas moradas preparadas en la casa de Dios. Y, puesto que llegaste a pensar que en algunas de las muchas moradas que el Señor dijo que había en la casa de su Padre habían de ser colocados los que murieren sin renacer en el agua y el Espíritu, si me lo permites, te aconsejo y te invito a que no tardes en corregir este error y mantener así la fe católica»… «El reino de Dios, en consecuencia, y su justicia son nues­tros verdaderos bienes, los cuales debemos nosotros buscar y poner en ellos el fin por el cual debemos ha­cer todo aquello que hacemos. Mas como nosotros lu­chamos en esta vida para poder arribar a aquel reino y esas cosas son indispensables para vivir, el Señor dijo: todas estas cosas se os darán por añadidura, pero vo­sotros buscad primero el reino de Dios y su justicia. Pues diciendo que se busque aquello primeramente, indica que esto último se ha de buscar posteriormen­te, no por razón de tiempo, sino de calidad; lo prime­ro debe ser buscado como nuestro propio bien, y lo segundo como una necesidad, mas esto necesario por razón de aquel otro bien».

 

Luis Nos

San Pablo

 

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