Padre Nuestro (IX) No nos dejes caer en la tentación

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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No nos dejes caer en la tentación

DESPUÉS DE TODO cuanto nos ha enseñado Jesús, ya no nos queda sino hacer una recapitulación del padrenuestro y decir «Amén».

Yo había llegado a pensar que las últimas peticio­nes no fueran tan importantes. Con eso de que vienen al final, la atención disminuye y corremos el riesgo de acabar cuanto antes.

¡Señor, líbranos de la tentación de la prisa!

Líbranos, asimismo, Señor, de la horrible tentación de rechazar tu paternidad y la fraternidad de los her­manos.

Que no juremos ni contra la santidad de tu cielo, que eres tú, ni contra la santidad del hombre, hechura de tus manos a imagen y semejanza de tu Verbo humanado.

Por más que los días sean negros o blancos, próspe­ros o desventurados, que esperemos contra toda espe­ranza la venida final de tu Reino, y que la caridad nos permita creer, esperar y recrear el mundo y el hombre.

Fortalece, con la triple sustancia de tu pan, la debi­lidad de nuestra voluntad para que tu Eucaristía sea el centro de tu Iglesia; el punto de gravedad único don­de se encuentren Jesucristo y su Iglesia en el banque­te; teología única de tu Iglesia; baremo único de tu Igle­sia; antropología única de tu Iglesia y de tu mundo.

Que al celebrar la memoria de tu banquete, experi­mentemos que Jesucristo es la cabeza de la asamblea, y la asamblea el cuerpo de la cabeza, desplazando a segundo término cómo se realiza todo esto, incluidas la transustanciación, transfinalización y transignificación, pues más importante que todo eso es que Dios hace todo eso, por qué lo hace y para qué lo hace.

Ahora bien, para que experimentemos más y mejor que la Eucaristía es el punto cero de la Iglesia del que parten todos sus caminos y vuelven a él, es necesario que los teólogos del cristianismo establezcan un pacto sobre los sacramentos como se ha hecho en biblia y en cristología.

Que la conciencia y experiencia del perdón y de la gracia faciliten las relaciones con los hermanos conoci­dos y desconocidos; con aquellos que profesan la mis­ma fe que nosotros; con aquellos que profesan la mis­ma fe y no forman el uno; con aquellos que profesan otra creencia distinta; con aquellos que dicen que no tienen ninguna, pues es necesario neutralizar la vio­lencia que desencadenan las religiones.

Y, sobre todo, Señor, no nos dejes caer en la tenta­ción de confundir lo bueno con lo malo, el bien con el mal, de manera que nos veamos obligados a rechazar cuanto hemos dicho y rezado con fe, esperanza y amor, porque tú eres bueno, único Padre bueno de todos y cada uno de los seres humanos, alfa y omega, razón cordial de nuestra existencia y puerto seguro tanto para las épocas tranquilas como para las tormentosas, como esta nuestra, en la que, más que ante cambios, nos en­contramos ante una época nueva, que nos desconcierta.

En ti entraremos y comprenderemos, sin angustia, el misterio humano, ese misterio que es nuestra auto­biografía personal y que nos altera, pues, a pesar de ser nuestro, nos supera.

¿Y cómo decir, Señor, que somos nuestros cuando no poseemos todas las claves de eso que somos? ¿No hubiera sido mejor que nos hicieras de otra manera más simple?

Sé que estoy cayendo en la tentación, pero me gus­ta pensar todo esto ante ti, que no respondes nada, y en tu mudez intuyo que me das la razón.

¡Líbranos, Señor, del desagradecimiento!

¡Líbranos de no agradecer el padrenuestro de tu Hijo!

Aunque no tuviéramos otro testamento de tu Amor y de tu Gracia, esta oración es suficiente para llamarte Padre y llegarnos hasta ti sabiéndonos hijos’.

A la luz del padrenuestro, todo nos parece posible, amables tus preceptos y no imposibles de cumplir2, pues comprendemos esa clavija que une el hombre con Dios, tanto en Jesucristo como en nosotros.

¡Cómo se disipa la tentación de que tú, por impoten­cia, nos has donado una naturaleza mala! Tu Espíritu Santo no habita en nosotros en compañía de ningún «pe­ludo». El ADN de tu gracia acredita lo que estoy di­ciendo. Algunos Padres, corno Ireneo, afirman que tan­to vale decir que el Verbo se hizo hombre como que la carne humana se vistió de Dios. La casa en que habita­mos no es un edificio de tres plantas: Una para ti, otra para el malo y otra para nosotros, con una escalera por la que ambos subís a guerrear como si el hombre fuera una tierra de nadie’. Esto es así porque nosotros somos Tú, aunque no siempre es palpable esa certeza.

Grande, en verdad, es el orgullo que profesamos por nuestra santa libertad, a pesar que nuestro «libre albe­drío» en nada disminuye por reconocer que tu auxilio nos es necesario para luchar y vencer`.

Aunque te abandonemos, Señor, tú no nos abando­nas, pues sabemos muy bien que, si te dejamos libre­mente, tú sueltas soga, pero no tanta que comience nuestra total destrucción’.

A pesar de los pesares, que tu Iglesia siga siendo nuestra madre y maestra. Que persevere en fe y ora­ción bajo la única soberanía de Jesucristo. Que te pida la constancia de sus fieles y la conversión de sus hijos lejanos.

Para que no nos sintamos aislados en el combate de cada día, concédenos a todos una vivencia fuerte de la victoria de la Cruz de tu Cristo, y que experi­mentemos cómo sigue combatiendo hoy en nuestra car­ne, porque es la suya, en orden a que la fe no pierda terreno en la tentación’.

Haz, Señor, que toda nuestra vida cristiana brote de la dolorosa alegría de la tarde del Viernes Santo, en la que la Iglesia canta su viudez, mientras resuena en las bóvedas del templo uno de los himnos que mejor ac­tualiza la historia de la Salud:

«¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

En hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza»…

Y si la Cruz de Cristo nos sobrepasa y escandaliza, a qué teólogo u hombre de a pie no sobrepasa esa lu­minosa escombrera del Calvario, configurémonos con la nuestra, más pequeña, pues que cristos más peque­ños somos, pero, al fin y al cabo, cristos crucificados, y sigamos al Maestro.

Un hombre de nuestra cultura, el poeta León Feli­pe, explica mucho mejor que yo lo que quiero decir con unos versos que incluye en el poema titulado «El zurrón de las piedras». Escuchemos:

«Hazme una cruz sencilla, carpintero»…

«Me gustaría contar la historia de esta piedra: es un verso pequeño. Me salió como una oración. Y yo lo he guardado y lo he rezado con lágrimas: en los hospitales, en la guerra, en los leprosarios, en los días de desespero y abandono… Ahora esta piedra la tengo colgada en la cruz que se yergue en la cabecera de mi cama. Es una cruz desnuda y sencilla como yo la describo. Un día, Car­los Arruza, mi sobrino, cuando vio que no tenía cruz que presidiera mi lecho, me regaló una preciosa y de gran valor, con un Cristo delirante.

Era una joya gótica: valía un dineral. Regalo de un torero rumboso que me ha querido siempre como yo a él. Pero aquella cruz no me gustaba… Y se la devolví. Entonces le mandé hacer a mi amigo el carpintero Ernes­to una cruz lisa y sin efigie. La cruz desnuda como la dejó Jesucristo cuando «al seno del Padre subió el Verbo y al seno de la tierra bajó el cuerpo», cruz que fue cons­truida para un Dios pero que ahora le viene perfecta­mente al hombre. «Igual le sirve al juez que al bandole­ro». Esa es la que yo quería y la que me hizo mi amigo, el carpintero Ernesto. Está hecha con las medidas, la for­ma y el tamaño que yo le di… Y de esta cruz es de don­de yo tengo colgado este poema… esta piedra:

Hazme una cruz sencilla,

Carpintero…

Sin añadidos

Ni ornamentos…

Que se vean desnudos

Los maderos,

Desnudos

Y decididamente rectos:

Los brazos en abrazo hacia la tierra,

El astil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno

Que distraiga este gesto:

Este equilibrio humano

De los dos mandamientos…

Sencilla, sencilla,

Hazme una cruz sencilla, carpintero»9.

Señor, aunque nos llames pedigüeños, no nos aver­gonzamos de pedir lo que nos has mandado: La perseverancia hasta el fin», para no caer en la tentación, en el despotismo de la soberbia, que todo lo malicia, y en el nerviosismo de la venganza que puede empapar de sangre la tierra y volverla contra nosotros.

Del Génesis al Apocalipsis, la Biblia es una carta de amor escrita por Dios a los hombres. Esto es cierto, a pesar de los redactores, y difícilmente se puede demos­trar lo contrario. Pero, y tampoco hay quien lo niegue, del Apocalipsis al Génesis, igualmente, la Biblia es una historia de prueba y de tentación. La misma Biblia dice que Dios prueba al hombre: «Tú nos probaste, oh Dios, nos purgaste cual se purga la plata, nos prendiste en la red, pusiste una correa a nuestros lomos, dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara, por el fuego y el agua atravesamos; mas luego nos sacaste para co­brar aliento».

Pero, ¿para qué nos prueba Dios? ¿Es que no sabe el punto justo de nuestra orientación y fidelidad a El? Saberlo sí que lo sabe, pero somos nosotros los que necesitamos saberlo y, por tanto, los justos piden ser probados, pues no se concibe una vida cristiana sin prueba: «Dichoso el hombre que resiste la prueba, por­que, al salir airoso, recibirá en premio la vida que Dios ha prometido a los que lo aman».

Si Dios prueba para el bien, y el malo para el mal, aquí es donde tienen que madrugar la psicología y el arte del discernimiento. Es necesario, como dice Agustín, distinguir las voces de la prueba y las voces de la tentación, porque, mientras la voz de Dios ja­más prueba para muerte, el malo sí que presenta la muerte como bebida de vida.

Luis Nos

San Pablo

 

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