Padre Nuestro (IV) Santificado sea tu Nombre

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Santificado sea tu nombre

  1. El Santo de los santos

Por la primera petición del padrenuestro sabemos que Dios ha descubierto su paternidad para nosotros. Al decir «Padre», casi lo hemos dicho todo, y haríamos bien en repetir, una y otra vez, como los niños, la pa­labra «Padre».

Sin embargo, en la petición del «santificado sea tu nombre», damos un paso más en la «paternidad» de Dios. Nos adentramos en su santidad, en su santo nombre.

La revelación de la santidad divina supone una profundización en las relaciones de Dios con la humanidad. Dios, que es nuestro Padre, es santo y nos san­tifica para que podamos santificar y bendecir su nom­bre. Pero lo santo ya es santo, y nosotros no podemos santificar más a Dios.

En esta petición pedimos que la santidad de Dios des­cienda sobre nosotros; que nos santifique; que no sea despreciado su gran nombre. Como sabemos que nues­tras oraciones no pueden santificar a Dios, pedimos a Dios no que siga siendo el Santo, sino que persevere­mos nosotros en la obra iniciada por Él en el bautismo.

  1. La atracción de Dios

Una de las condiciones de la alianza con Dios es pre­cisamente la santidad del hombre: «Os he llevado so­bre alas de águila y os he traído a mí». En consecuen­cia, vosotros «seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos…; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa».

Dios es quien llama al hombre a la santidad y le exige una purificación continua en la que, además, Dios se muestra celoso, con un celo amoroso que de­vora como fuego y destruye aquello que impide la celebración del encuentro con Él.

  1. Reconocimiento de la santidad de Dios

Dios ha escogido un pueblo para darse a conocer a las naciones. Pero este pueblo ha maldecido el santo nom­bre de Dios y ha escandalizado a las naciones. Es el profeta Ezequiel quien describe maravillosamente este problema de la profanación del santo nombre de Dios, así como la operación llevada a cabo por el Señor, un corazón nuevo por el viejo de carne, para que no vuel­va a suceder este escándalo.

San Agustín dice que es necesario que todos los hombres reconozcan la santidad de Dios, pues aún exis­ten hombres para quienes todavía Dios no es santo.

En consecuencia, pedimos a Dios que todos los hom­bres comprendan la rectitud de Dios. Una vez comprendido esto, el «Recto» (Dios) agrada a los rectos. La llamada a la santidad exige reconocer a Dios como lo más santo y pronunciar su nombre con respeto, ya que el mejor modo de dar a conocer a Dios es santifi­cándolo.

  1. Jesús es la santidad de Dios

Si Dios es un Padre que engendra, no puede engen­drar algo distinto de El, ni mucho menos algo que con­tradiga su santidad, sino que engendra un Hijo Igual a Él, un Coigual. Engendra al Santo. Por eso, la santi­dad de Israel es el mismo Santo, el Redentor, nacido en medio del pueblo del seno de una mujer, María. La santidad de Dios se ha hecho humanidad en Jesús. «Él es santo», dice el poema de María». El mismo enemi­go de Dios no aguantará tanta santidad en la historia y huirá proclamando que Jesús es el consagrado por Dios. El hombre neotestamentario, al igual que Moi­sés, se atemoriza en su presencia: «Apártate de mí, Se­ñor, que soy un pecador»21. Pero el hombre que se con­vierte al Señor no tiene recelo en comulgar con su santidad al saberse escogido por Él. Y no solamente eso. El hombre se da cuenta de que no puede ser nada si no es en Dios: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna, y nosotros ya creemos y sabemos que tú eres el Consagrado por Dios».

Una vez que el hombre ha gustado de la paterni­dad de Dios, un día, cuando sea, se convence de que dicha paternidad exige una filiación consciente, una filiación que provoca ansia de semejanza. Queremos ver a Dios, pero sentimos que no lo alcanzamos porque la semejanza debe configurarnos más y más a su imagen. Esta semejanza progresa cuanto más conocemos y ama­mos a Dios.

  1. Jesús es la santidad de Dios que santifica al hombre

El Jesús rechazado por el pueblo es el Santo24 que san­tifica con su Espíritu25, pero no sólo purificando, sino rehabilitando por el espíritu de nuestro Dios26. Más aún. Esta rehabilitación nos consagra en la verdad». Y la verdad es Cristo que santifica nuestro progreso en Él porque santificó nuestro comienzo en E128. El Espí­ritu Santo, testigo del Padre y del Hijo, proclama que somos templo y asiento de Dios». Sólo por el espíritu de Dios conocemos esta honradez y consagración3° que eleva a todo el pueblo a la categoría de reyes, sacer­dotes y profetas. Publicamos las proezas de Dios en nosotros31 y rompemos con el libertinaje32 para acoplar­nos a la santidad de Dios, como los corintios se adecuaron a la forma de Cristo ofrecida por Pablo.

  1. Dios Padre es el director de toda santidad

Jesús, en cuanto Hijo del Padre, está siempre mirando a Dios. El Padre es su director espiritual, y Jesús está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre en todo mo­mento. Las citas evangélicas en este sentido son abru­madoras.

La tarea del creyente, lo mismo que la de Jesús, con­siste en la sintonización con Dios. En consecuencia, Dios Padre también es el director de todo creyente, ya que ni siquiera el hombre puede dirigir su espíritu si Dios no lo dirige.

  1. ¿En qué consiste la santidad cristiana?

La meta educativa de Jesús es que sus discípulos vean al Padre. De ahí que san Agustín diseñe su programa de santidad en torno a estos núcleos:

  • Ver a Dios. Este es nuestro gran deseo. Somos su imagen, y la imagen no está conforme hasta que no se identifica con el Padre de su imagen.
  • Ansia de ser mejores. El deseo de asemejarnos más y más a Dios despierta un ansia de ser mejores, pia­dosos, fieles, instruidos y seguros en los caminos del aprovechamiento espiritual.
  • Sin angustias. Mientras peregrinamos a ese Padre de quien somos hijos, y al que conocemos imperfecta­mente, no nos hemos de impacientar ni sufrir por­que se retarda la contemplación del Padre. Tenemos que darnos cuenta de que aún somos niños para contemplarlo. Somos demasiado niños y no com­prendemos en profundidad qué quiere decir ser hi­jos de tal Padre.
  • El Padre y el Hijo. A este Padre únicamente lo conoce bien, en profundidad, su Hijo Jesucristo, y, a su vez, sólo es bien conocido Jesucristo por su Padre Dios.
  • Los pequeños del evangelio. Entonces, para conocer al Padre como Jesús lo conoce, no tenemos otro cami­no que Jesús. De manera que únicamente puede co­nocer a Dios aquel a quien Jesús ha concedido esta gracia, esa caricia por la que somos constituidos en los pequeños del evangelio. Todo nuestro esfuerzo debe encaminarse a la conquista de esa grande pe­queñez. Esto es, no a nacer de nosotros, sino de Dios, de ese Dios que es Padre y Madre de todos los pequeños que quieren ser grandes. Con tal dis­posición, no tenemos inconveniente en aceptarnos como hijos pequeños nacidos de Dios, pues el Hijo grande, Jesús, se hizo pequeñito por nosotros para hacernos comprender la dimensión del ser «peque­ños» según su evangelio.
  • Esta comprensión viene del Padre. El conocimiento de Jesús, que se ha hecho pequeño por nosotros, nos lo da el Padre. Comprendemos que no hay Padre sin Hijo, ni Hijo sin Padre. Comprendemos que no podemos comprender a ambos, ni a nosotros mis­mos, dentro del misterio gracioso del Padre y del Hijo, sin la gracia de hacernos pequeños, si el Espí­ritu Santo del Padre y del Hijo no nos dice qué es eso de ser pequeños y nos guía.

Todo este proceso nos hace gritar con Pedro: «Tú eres el Hijo de Dios vivo». La criatura ha encontrado a su Criador, a su Padre, a su Santificador, ya que la gran santificación no consiste en haber sido separados para Dios (pueblo, lugar, frutos), sino en ser hijos de Dios, hijos santos del Dios tres veces santo.

El corderillo no se equivoca al correr a su madre, ni la confunde con otra oveja del rebaño. El niño recién nacido rechaza el pecho de la que no es su madre. A una madre no le pueden llevar otro hijo sino el suyo, cuando, después del parto, se lo devuelven lavado.

La alegría de Jesús no tiene límites al saberse identi­ficado en su núcleo más vital, en su divinidad, por Pe­dro. Siente la alegría de la criatura que ha descubierto a su Criador, pero también, Él mismo, Jesús, en agra­decimiento conmovido y mutuo, le dice a Pedro: Yo también sé quién eres tú. Eres piedra sobre la roca. Ayú­dame y ayuda a tus hermanos. De ahora, y para siem­pre, esa es la razón de tu existencia: Servir desde tu amor. Eres pequeño y por eso eres grande. Esa pene­tración en mi divinidad va más allá de tu sangre, de tu inteligencia, de tus estudios. Más aún. Va por encima de mí mismo y te une al Padre, a mi Padre, y Padre tuyo. Dios te ha dado esa capacidad de profundizar en Dios. Eres el impulsivo del grupo. Sacas la espada. Te arrojas desnudo al mar. Me sigues al pretorio. Me nie­gas. Me reconoces. Lloras amargamente. En una pala­bra, eres una criatura graciosa (los Hechos de los após­toles están llenos de la frescura, ingenuidad y docilidad de Pedro al Espíritu Santo) y por eso yo te amo y me amas, porque eres un pequeño de Dios.

  1. El crecimiento de Cristo en nosotros

El evangelista Lucas, al final del episodio del Niño per­dido y hallado en el templo, dice: «Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre con­servaba en su interior el recuerdo de todo aquello. Je­sús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres»’.

Lucas es el evangelista de la infancia de Jesús, pero también es el evangelista de la infancia, acogida de la fe y su crecimiento en María. Nota finísima la de Lucas: «Su madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello». Este recuerdo no es únicamente memo­ria de los hechos de Jesús, cuanto el crecimiento de Jesús en el «recuerdo» de María, en la fe de la Madre. María es la madre de Jesús. Jesús es el Hijo de María. Pero el Hijo va construyendo a la Madre. Este es el proceso de la fe de María y de todo creyente.

Jesús crece en sabiduría, favor de Dios y de los hom­bres. Cierto que crece en cuanto Hombre-Dios y, en cuanto tal Hombre-Dios, Él es el que observa el creci­miento de nuestra fe, en la Iglesia, bajo la docencia del Espíritu Santo. De ahí que toda la vida cristiana consis­ta en ese crecimiento armónico del Hombre-Dios en la persona de cada uno de nosotros. El creyente crecerá hasta identificarse con Jesucristo. Pero esa identificación no ha de ser confundida con alienación. Agustín dirá que «ser santo es tener a Dios en la conciencia»38.

«Tener a Dios en la conciencia». La expresión es exacta. El creyente santo, ante todo, es una persona. Por más que se identifique con Cristo, jamás podrá sus­tituir su yo por el de Cristo. La persona de Jesucristo está dentro de mí, pero no somos dos personas. Ni la mía se confunde con la de él, ni él constituye dentro de mí otro. En todo momento yo sé que puedo dejar a Dios y ser abandonado por Él aparentemente. La pre­sencia de Jesús en mí y de mí en él es fuerte. La senti­mos y debemos afirmarla. ¿Hasta dónde debemos afir­mar esta mutua compenetración? Hasta más allá de lo que podamos pensar y decir, pero con tal de que no caigamos en un burdo panteísmo. Agustín dice que cuanto mayor es nuestro conocimiento de Dios, más parece que Dios crece en nosotros. No es que crezca Dios en sí. Somos nosotros los que crecemos en Él.

Todos estamos llamados a este crecimiento, a la san­tidad. El pensamiento del maestro africano transcurre a través de graciosas comparaciones vegetales. Todos, sin excepción, florecen, aunque marcados por un ma­tiz que respeta la personalidad de cada cual. Aunque la meta sea la misma para todos, cada uno desarrolla su personalidad cristiana desde sí en el vergel del Se­ñor: «Hay, hermanos, y florecen en el vergel del Se­ñor, no solamente rosas de martirio, sino también li­rios de virginidad, la hiedra del matrimonio y las violetas de la viudez»40.

Es cierto que Agustín habla de rosas, lirios, hiedras y violetas, pero toda esta jardinería florece en la huer­ta de Dios. Todos crecen. Todos son hombres y muje­res que maduran cristiana y humanamente desde su «estado» hacia Dios. Otra comparación empleada por Agustín es la clásica de «andar por las huellas de Cris­to».

  1. La progresión continua

La idea de camino encierra dinamismo, desarrollo, cre­cimiento, acción conjunta de Dios y del hombre. Toda la Biblia, como las grandes obras de la literatura uni­versal, nítida, Odisea, Divina Comedia, Don Quijote y el Paraíso perdido, transcurren a lo largo de un camino en el que se encuentran el hombre y Dios, con la particu­laridad de que, en el cristianismo, el camino es Jesús de Nazaret. En este viaje, el hombre es «perfecto viador, no perfecto poseedor»42. Pero en este camino, Dios y el hombre se alteran curiosamente: «¿Qué sentido tie­nen, pues, estas palabras: Es necesario que crezca él y que yo disminuya? Encierran ellas un gran sacramen­to; vea vuestra caridad el modo de entenderlas. Antes de la venida del Señor Jesús se jactaba de sí mismo el hombre. Viene aquel hombre para que la gloria del hombre mengüe y vaya en auge la gloria de Dios. Por­que viene él sin pecado y nos halla a todos con peca­dos. Si es verdad que viene él a perdonar pecados, que dé Dios con largueza y que el hombre confiese sus pe­cados. La humildad del hombre es su confesión, y la mayor elevación de Dios es su misericordia. Si, pues, viene él a perdonar al hombre sus pecados, que reco­nozca el hombre su miseria y que Dios haga brillar su misericordia. Justo es que crezca Él y que yo mengüe, esto es, que Él dé y que yo reciba; que El sea glorifica­do y yo confiese mis pecados. Comprenda el hombre su situación y confiese a Dios sus pecados y oiga con atención al Apóstol, que se dirige al hombre soberbio y pagado de sí y que quiere engreírse: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Comprenda, pues, el hombre (que pretendía atribuirse a sí mismo lo que no es suyo) que todo lo ha recibido y humílle­se; le es mejor que sea Dios en él glorificado. Que em­pequeñezca él en sí mismo para que crezca en Dios»». En este camino nadie puede detenerse y nunca se al­canza la meta. Lo bueno es caminar, con uno o con los dos pies, pero avanzando por este camino: «No nos detengamos en aquello adonde hubiéramos llegado; antes bien, andemos en ello. Ya véis cómo somos viadores. Decís: ¿Qué significa andar? Lo diré concisa­mente: andar es progresar. Y os lo digo porque no an­déis más despacio por no entenderlo. Avanzad siem­pre, hermanos míos; examinaos cada día sin engaño, sin adulación, sin lisonja, porque no hay dentro de ti nadie que te obligue a sonrojarte. A uno llevas, en efec­to, pero es uno a quien place la humildad; sea él tu piedra de toque. Pruébate también tú a ti mismo y desagrádete siempre lo que eres. Porque donde te agradaste, allí te aplastaste. Si dices: «¡Ya basta!, estás per­dido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Párase quien no avanza; vuelve atrás quien vuelve a las cosas de donde se había separado; desvíase quien apostata. Mejor va un cojo en el cami­no que un buen corredor fuera del camino».

  1. Medios para alcanzar la santidad

No podemos olvidar que todas las teologías tienen una misma meta: Dios. Pero los hombres, los teólogos y es­pirituales, por ser finitos, abordan el problema de Dios desde sí mismos y en su tiempo. Otra nota que no po­demos olvidar, y la hemos repetido mucho, es que Agustín se educa a sí mismo y camina desde Cristo hacia Dios, al tiempo que educa a sus comunidades africanas. Aún hay que añadir una tercera nota: De lo único que sabemos hablar con cierta sabiduría es de nosotros mismos, de nuestra experiencia personal de Dios y de su Cristo en la Iglesia. Agustín habla de sí mismo, como es natural, y expone su experiencia a la comunidad que preside por si en algo puede servirle. El obispo de Hipona tiene la valentía de reconocer su soberbia, claro indicio de que no era tan desmesurada, cuando le queda humildad para reconocerla. De ahí que casi los únicos medios que ofrece para alcanzar la santidad sean a través de la humildad: «La humildad del hombre es su confesión, y la mayor elevación de Dios es su misericordia». «No falta la humildad don­de arde la caridad». El camino para la santidad es «primero la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad».

  1. Obstáculos contra la santidad

El autor de las Confesiones conoce muy bien su persona. No en vano se ha proyectado, a lo largo de su vida, tan sabrosos discernimientos. El pensador africano tiene una gran experiencia de sí mismo y la ofrece a los demás. Aunque la distancia de hombre a hombre es infinita, se acorta cuando, al explorar en nosotros y abrirnos a los demás, advertimos que todos comulgamos de una mis­ma pasta común, la humanidad. Por eso, los obstáculos que aduce Agustín en el camino de la santidad están marcados por su finura psicológica. He aquí algunos.

El malo esparce sus calumnias para que la comuni­dad se conjure contra el santo. El enemigo de Dios tra­baja así para que muchos se convenzan de que no hay nadie bueno y parezca normal la comunión con el pe­cado. Esto es de hoy y de siempre. Por eso, cada vez que vemos ensalzado al Don Juan o al rebelde sin cau­sa, asistimos, casi sin advertirlo, a la comunión en el mal, o a que lo malo nos suene a natural.

El malo, dice Agustín, quiere destrozar psíquicamen­te al santo, ya que nada puede contra el juez (Dios), ante quien se examina el santo.

El malo, sobre todo, quiere desorientar al santo, y Job es el modelo de este proceso. Después que el malo ha obtenido de Dios permiso para zarandear al patriar­ca y maltratarlo en bienes personales y materiales, quie­re ir más allá de esta concesión. Quiere que Dios mis­mo le ayude a arrancar la imagen de Dios del pobre Job. Pero Dios no puede consentirlo, ni abandona en tal grado al hombre. Dios permite muchas cosas al malo, pero no tantas que el hombre y Dios vengan a ser conejillos de su saña. Por encima de todo, Dios con­cede a Job la gracia de no renegar de Él porque sirve a Dios gratuitamente y gratuitamente lo ama. He aquí uno de los procesos más fascinantes de la acción hu­mano-divina y diabólica.

Finalmente, son los mismos cristianos los que obs­taculizan, por un falso respeto, la acción de Dios en el santo. Estos obstáculos los compara Agustín con las turbas que ahogaban el grito del pobre ciego de Jericó. El ciego oía, pero no veía a Jesús. Las gentes le gritan: «¡Calla, no seas loco!». Pero nadie sabe lo que es no ver sino un ciego, y Dios sabe, además, de cuántas co­sas necesitamos».

  1. Qué son y qué hacen los santos

El santo doctor de la gracia nos dice quiénes son los santos, qué hacen y cómo debemos tratarlos. Los san­tos son para Agustín la clave del universo y dinami­zadores del pueblo cristiano desde dentro: «Si entre las cosas criadas no hubiera habido algunas en condicio­nes de ser siempre y en toda coyuntura como la clave del orden en la bóveda del universo, sino sólo almas tales que en caso de querer pecar se debilitara y per­turbara el orden universal, carecería el universo de algo muy necesario a su perfección; faltaría a la creación aquella perfección cuya ausencia turbaría y pondría en peligro el orden universal».

Los santos son los mejores ciudadanos de «La ciu­dad de Dios». Si el lenguaje litúrgico —dice Agustín—lo permitiera, deberíamos llamarlos «héroes».

Para que nadie dude de la necesidad y eficacia de los santos entre nosotros y su acción desde el más allá, Agustín añade estas notas de suma delicadeza: Los san­tos nos aman para que seamos felices. Nos aman aquí en la tierra y desde el más allá. Los hombres de Dios luchan contra el mal exorcizando, no aplacando. Los hombres de Dios vencen orando no contra el malo, sino orando a Dios contra el malo. Para que no veamos a los santos ni lejanos ni inimitables, Agustín añade que los santos viven sin crimen, pero no sin pecado.

La santidad, como hemos visto por las citas bíblicas y el pensamiento de san Agustín, no consiste más que en la profundización en Dios Padre que santifica como Santo y Santificador en Jesús y por el espíritu de Je­sús. La santidad de Dios es contagiosa y potencia nues­tra filiación. Si Dios es Padre del Santo por excelencia, Jesús de Nazaret, en la medida en que nos hacemos más hijos de ese Padre, como Jesús nos lo ha enseña­do, santificamos el santo nombre de Dios en nosotros y a favor de la humanidad.

Un santo es una persona muy entrañable en la Igle­sia de Jesús. Un santo es la nota viva de que el espíri­tu de Dios está operando en medio de nosotros. Agustín es una criatura deliciosa de Dios y de los hom­bres y contamos con él con mucho gusto en la asam­blea de los hermanos que peregrinan al Padre, porque ser santo no supone una deshumanización, sino la máxima potenciación de los recursos que Dios ha en­tregado a los seres humanos.

Luis Nos

San Pablo

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