Padre Nuestro (III) Que estás en el cielo

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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Que estás en el cielo

AL PRONUNCIAR estas hermosas palabras, el cre­yente experimenta que se rompe el techo de la huma­nidad. Bonitas palabras para soñar, construir utopías y enriquecer nuestra pobreza de imaginación en estos tiempos en los que se ha dado carpetazo al pensamien­to simbólico. El pensamiento del ser humano ya no re­bota del cielo a la tierra para retornar al hombre con conciencia de Ícaro. Estas palabras nos emplazan con el cielo, con la aventura más novedosa. Pronunciadas por Jesús y sus hermanos, destechan definitivamente los cielos para que los hijos de Dios no sólo se adentren en el más allá, sino en la Persona que constituye el fundamento del más allá. El pensamiento humano, ca­pacitado para plantearse el problema de Dios, lo capta en el Hombre-Dios de Nazaret. No lo agotaremos, ni haremos pie en Él, pero sentimos una gran liberación. Por más que ahondemos en el Galileo, jamás nuestros teólogos podrán decir: «Así es Jesús totalmente», o este es Jesús, cristalizado en una fórmula que ruede de uni­versidad en universidad.

Al decir: «Padrenuestro, que estás en el cielo», au­mentan nuestras ganas de encontrarnos con el Padre velado por los cielos, y damos la mano a esa proce­sión que parte del Edén, atraviesa Ur de Caldea, con el jeque Abrahánl, se estaciona en la tierra de Palestina y llega hasta nosotros encabezada por Cristo hacia la casa del Padre.

La marcha es dura y arriesgada. Cuando quiera hay tiempo para volver atrás. Pero la conciencia de nues­tra ciudadanía’ nos empuja a la patria celeste’ y avan­zamos por el camino.

En esta marcha nos jugamos el tipo. No existen com­plejos de Masadá ni desesperación, pero sí oasis tenta­dores. La historia de la Iglesia sabe mucho de esto. En el momento en que queremos alcanzar más de lo posi­ble, perdemos el máximum y se abre la red de la civi­lización, el oasis, al margen de la marcha.

El santo Sepulcro, donde no está Jesús, será recu­bierto y sepultado por el mayor escándalo que conoce la cristiandad. Cada trocito de la basílica del Santo Se­pulcro será comprado a los árabes por las diversas con­fesiones cristianas, incapaces de contener su ruina por­que, si no nos ponemos de acuerdo en el memorial de Jesucristo, que aglutina su Iglesia, cuánto menos en quitar o poner un ladrillo. Llegada la noche, allí están los discípulos del Resucitado cerrando el Sepulcro, y ellos dentro, pero será un árabe el guardián de la lla­ve hasta que despunte el alba.

Menos mal que Jesús resucitó, y subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre, que si no, no habría suficientes petrodólares para los hijos del de­sierto, por más que un río de cera ensucie el Sepulcro, mientras crecen las divisas hasta la barba.

¡Menos mal que resucitaste, Señor! La atmósfera es irrespirable en tu Sepulcro. ¡Cómo te hubieras quejado de la espátula que limpia tu losa cada atardecer para lo mismo hacer mañana! El llanto de María Magdale­na y de toda la Iglesia se crispan cuando otro monje, por un dólar, invita al peregrino y al turista a que me­tan la mano justo allí donde se hundió el madero que no podía aguantar tanto fruto.

¡Cómo se purifica la fe!

No corras a Getsemaní a llorar con el Maestro. Allí casi no se puede rezar. La basílica es demasiado bella, excesivamente italiana como para gustar en ella la amargura del cáliz del Señor. Será mejor que te refu­gies en las grutas de la tierra, pero a condición de que no oigas cómo el piadoso franciscano eleva la gruta a cátedra de teología y, al Maestro, claro está, al primer Rahner de la historia.

¿Quién dijo que Jesús no es cristiano sino judío?

Si vas a Nazaret, a reconciliarte con la pobre del Señor, te acusará la miseria de los árabes a contrapelo de una basílica que desafía a los cielos, injuria a los habitantes de Nazaret, y le dan ganas a María de ro­barnos el Magníficat.

¿Qué hacer?

En Palestina, en la tierra de Jesús, no encuentro otros lugares de reconciliación que la geografía, por ser de Dios, y el Muro del llanto, que también es de Dios, pero, sobre todo, del escándalo de los hombres contra Dios. Ante el Muro del llanto, así oraba mi fe: ¿No será que los cristianos hemos pasado con excesiva ra­pidez al Nuevo Testamento? ¿No será que los judíos se están demorando demasiado en el Antiguo Testa­mento? ¿Es que el gran Yavé no admite el tremendo freno que opone a su trascendencia la encarnación de su Hijo? ¿Qué es lo que anda suelto y no acaba de unir a los dos pueblos en Jesús?

¡Cómo pesa todo esto en la conciencia del pueblo de Dios!

La misma Roma es demasiado inmensa para surgir de una piedra ruda de Israel’. ¡Qué grandes y podero­sos no serán los hombres que habitan en semejantes palacios!

Lo malo es que los hombres hacemos cosas tan es­tupendas que no podemos prescindir de ellas. Así de trágica se ha vuelto para muchos creyentes la externa visibilidad de la Iglesia. Casi es mayor San Pedro que Jesús. Más fascinante la custodia que el Dios blanco de la custodia. Más atractiva la triple basílica de Asís que el Pobre de Asís. Todo a consecuencia de una tri­ple ironía: después de tantas ganas como tenía el pue­blo de Dios de ver abiertos los cielos y descender al Justo6, el pueblo de la nueva Alianza, al igual que los hijos de la vieja, comenzó a apresar avaramente en relicarios de oro el maná de un solo día’.

Demasiadas campanillas y ajorcas de bronce entor­pecen la marcha. En vez de peregrinar con el coraje y desenfado que dan las sandalias y el bordón, nos he­mos puesto a danzar graciosamente ante los hijos de Babilonia, cayendo en la tentación que rechazaron nues­tros hermanos.

¿Quién moverá la losa del sepulcro?

¿A quién iremos, Señor, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?».

¿Cómo desatar los pies caminantes de Jesús y de Pedro y de la Iglesia fundada por Jesús y encomenda­da a Pedro?

¡Cómo grita la Iglesia que quiere caminar, volver a ser peregrina y morena por el sol del desierto!

Sí, ya va siendo hora de reemprender la marcha y que el vendaje de los sacramentos restañe tantas heri­das.

Pesada introducción, y hasta irónica, lo reconozco, a los cielos sencillos de Jesús, pero la oración del Maes­tro sigue siendo inocente en El, al paso que tiene la fuerza para convencerme a mí de que no lo soy tanto, so pena de caer en un pelagianismo o semipelagianismo.

  1. ¿Nos enajena Dios?

La persona de Agustín puede volverse mítica. Así de amable y de atractivo resulta el hijo de Mónica. Pero quizás sea el catequista africano uno de los hombres más peligrosos de entre los santos padres y, en conse­cuencia, de más difícil domesticación. Agustín es un hombre que se extasía con la liturgia ambrosiana de Milán, pero no es un esteta menor. Si elogia y descri­be rápidamente las basílicas en las que predica, inme­diatamente se centra en el verdadero cuerpo de Cris­to, que son los fieles, y no dudará en fundir los cálices de oro para redimir a sus feligreses. Agustín es un hombre que sueña, filosofa y escribe la primera histo­ria profana con claves cristianas, pero serán otros los que construyan en piedra lo que él ha diseñado en La ciudad de Dios. Jamás lo vemos dirigiendo la construc­ción de un nuevo templo o casa. El obispo de Hipona es, sobre todo, un hombre liberado por la palabra de Dios y liberador de los demás a través de la misma Palabra. Esta es su misión v a eso dedica todas sus energías. No es que desestimara las realidades terrenas, de ningún modo, pues exigía a sus administradores cuentas claras de todo, pero, principalmente, se sintió liberado por la palabra y el sacramento de Jesucristo y ejerció todo esto en favor de sus hermanos.

Humanamente hablando, la persona de Agustín es trágica. ¿Qué queda de la cristiandad africana educa­da por él, la más pujante de la Iglesia del momento? Ya en sus días, comenzaron a desmoronarla los dualistas, donatistas, pelagianos, semipelagianos y bár­baros. Poco más tarde, otro hijo de África, Mahoma, la borrará de cuajo. Agustín, lo mismo que la Iglesia de su Señor, sin despegarse de la tierra ni despreciarla, vivirá su condición de peregrino. Si Mahoma le ha ro­bado aquellos hijos que ha engendrado para Jesucris­to, en la Católica, como siempre llamará a la Iglesia, la misma Iglesia, que no se identifica con ninguna na­ción ni cultura, pero sí con la tierra, le ofrecerá la cá­tedra de Occidente para que siga educando en cristia­no incluso a los mismos bárbaros que desmoronaron su cristiandad africana. Europa está moldeada por el pensamiento de Agustín. Y si pudiera hacerse la au­topsia de este continente, nos daríamos cuenta de lo mucho que ha influido Agustín en el ser de Europa por medio de sus catequesis, sermones, filosofía, teo­logía, estética, derecho y política.

Hace algunos años se discutió mucho si Agustín si­guió siendo un oculto maniqueo, académico o escépti­co, platónico o plotiniano a lo largo de su vida, y si tuvo una exacta visión antropológica. Lo que no po­demos olvidar es que Agustín es hijo de su tiempo y de su circunstancia personal, y que debe mucho a todo esto. Buscar un Agustín químicamente puro desde el cristianismo y antropología actuales no creo que sea muy científico. Es necesario estudiar los fondos del pensamiento agustiniano y situarlo en su época. Fre­cuentemente se le suele citar con textos aislados. Pero un texto, desvinculado de la globalidad, no significa nada. Por otra parte, si comparamos la antropología agustiniana con la de los filósofos de su época y de los herejes a los que combate, Agustín resulta muy positivo. Y no sólo con los anteriormente citados, sino con los mismos santos padres de la época. Mientras muchos de ellos propugnan una vuelta al paraíso terrenal con anterioridad a la caída, Agustín diseña una teología conducente al paraíso abierto por la resurrec­ción de Jesucristo, que es cosa muy diferente. A los que sugieren que Agustín no fue sino un cripto-dualista se me ocurre recordarles la frase de Chesterton, que cito de memoria: «Para entrar en la Iglesia no es necesario que te quites la cabeza, basta el sombrero». Sí, hay mucha tendenciosidad a la hora de citar a Agustín. Historiadores católicos dicen de él que no tuvo una clara visión de la antropología, pero no recuerdan que en La ciudad de Dios afirma que mayor milagro es el hombre que el milagro obrado por el hombre. Tam­bién dicen, citándolo tendenciosamente, que se valió de sus amistades imperiales para perseguir a los here­jes, sobre todo a los donatistas, pero no citan las car­tas de los magistrados en las que le dicen: Agustín, ¿qué clase de hombre eres tú? Acusas a los matones de los donatistas por masacrar a los cristianos, pero nos ruegas que no los ajusticiemos. También se lee que en su juventud fue más irenista, pero que, según fue envejeciendo, se hizo más intransigente, siendo así que, por las fechas de las cartas, las respuestas de los ma­gistrados imperiales nos descubren a un Agustín muy próximo a la muerte. Para desmontar todo esto, baste citar el argumento que aducía para oponerse a la pena capital: nada se consigue haciendo dos viudas: la del asesinado y la del asesino. Y nada digamos respecto de la sexualidad. Todos estos aspectos podía haberlos empedrado de notas, pero los reservo para otra publi­cación.

  1. Los cielos de Agustín

El pensamiento del autor de las Confesiones está presi­dido por el misterio Trinitario, hasta el punto de ser san Agustín una de las mentes que más han profundi­zado en el misterio comunitario de Dios: «¿Quién, sino quien ignore totalmente la inseparabilidad de la Trini­dad, osará opinar que el Padre o el Hijo habitan en alguien en quien no habita el Espíritu Santo, o que el Espíritu Santo habita en alguien en quien no moran el Padre y el Hijo? Luego hemos de confesar que Dios está doquier por presencia de su divinidad, pero no por la gracia de su habitación».

Desde esta perspectiva: «Presencia de su divinidad» y «gracia de su habitación» es desde donde podemos encauzar el matiz de los «cielos» agustinianos.

El obispo de Hipona comienza con una desmitización de los cielos no exenta de humorismo: si Dios está en los cielos físicos, los pájaros son más felices que los hombres, pues viven más cerca de Dios»’. Tampoco es Dios más vecino de los solitarios que habitan en las montañas por aquello de que los montes se adentran en los cielos. En la oración dominical no decimos: «Pa­dre que estás doquier», sino: «Padre Nuestro que es­tás en los cielos». Así, en la oración nos referimos a su templo, que debemos ser nosotros».

La presencia de Dios es universal. Abarca a justos y pecadores. Pero la «gracia de su habitación» es más restringida. Supone acogimiento amistoso de esa inhabitación: «Dios habita en todos de igual modo. Está íntegro en todo y en cada una de sus partes. Pero es­tán lejos de Él aquellos que por el pecado se han he­cho desemejantes de Él».

Los cielos, pues, para Agustín, no son tanto un lu­gar cuanto un estado. Estos cielos son los justos y san­tos, ya que Dios habita en los corazones de los justos como en su templo. Estos justos, además, están mar­cados por el sello de la purificación, de la tribulación. Son justos porque se han sometido al bisturí de la gra­cia, porque no han perdido la «semejanza», y han con­sentido ser trillados en la era de la Iglesia para des­prenderse de la paja.

Jugando con el estilo polar de la Biblia, dirá que el pecador es «tierra» y el justo «cielo». Y así como hay una distancia enorme entre el cielo y la tierra, esa mis­ma distancia existe entre los justos y los pecadores25. Para hacer más plástica la comparación, Agustín dirá con la Iglesia primitiva que la oración ha de hacerse mirando al oriente, no porque allí esté Dios, con detri­mento del occidente, sino que así como el espíritu se dirige a Dios, el cuerpo debe girar desde el occidente, pecado, al oriente, gracia26.

El templo de Dios no es abstracto, pero tampoco de piedra: «¿Cuál es el trono de Dios? ¿En dónde se en­cuentra? En sus santos. ¿Quieres ser trono de Dios? Prepara en tu corazón un lugar donde se siente… El alma pacífica, el alma justa es el templo de Dios».

Tampoco constituye el templo de Dios la «fábrica», ni la casa de las primicias, de tan hondo sabor en las parroquias españolas, sino el interior humano, allí don­de nos encontramos cara a cara con el Jesucristo de Dios: «¿Quieres orar en el templo? Ora dentro de ti mismo. Pero primero sé templo de Dios, ya que Él oye al que ora en su templo»28.

El templo de Dios, en consecuencia, lo encontramos en los justos y en la congregación de los justos, en esos hombres y mujeres que han tenido la cortesía de aco­ger la «presencia» del Huésped vecino que trae la gra-cia29. Y como el templo puede encontrarse arruinado, la persona de Agustín se reconcentra en una plegaria ardiente para pedir a Dios que reconstruya el templo: «Mas puedes hacer una cosa para no morir nunca; si temes la muerte, ama la vida; y la vida es Dios, la vida es Cristo, la vida es el Espíritu Santo. No le agradas obrando mal, pues no habita en templo ruinoso ni en­tra en templo manchado. Ruégale con gemidos que limpie su casa, y edifique su templo, y edifique lo que tú arruinaste, y rehaga lo que tú deshiciste, y levante lo que tú derribaste. Clama a Dios, clama en tu cora­zón; allí te oye, y si pecas donde sus ojos te miran, debes clamar donde tiene abiertos los oídos».

El templo agustiniano gana en profundidad cuando baraja las notas de la unidad y de la variedad. Dios habita en todos y en cada uno. Pero el templo no es ni un rebaño ni reino de taifa, sino la integración armó­nica de corazones: «Él se digna habitar en la concor­dia de todos y en cada uno. Y no es mayor en todos que en cada uno».

Esta integración armoniosa de todos en el Uno es obra del único Sacerdote que lo mismo oficia su mis­terio sobre el altar de la persona que sobre el altar de la comunidad de los reunidos en su nombre: «Cuando nuestro corazón está en lo alto, entonces es un altar y Cristo el sacerdote que nos ofrece, desde nuestro altar, al Padre». «Consideramos que vuestra casa es una no pequeña iglesia de Cristo».

Así es como se salva la dispersión de los muchos en el todo y del todo en los individuos Todo el cuer­po se halla animado por el mismo y único espíritu de Jesús. Ni el cuerpo obrará en detrimento de los miem­bros, ni los miembros a espaldas del cuerpo. Si ambos son grandes y obran maravillas, es porque reciben la fuerza del que es mayor que ambos y los hace gran­des: «Cristo podía obrar sin Pedro, mas Pedro sin Cris­to no hubiera hecho nada».

Esta doctrina es de ayer y de hoy porque no es sino pura resonancia del cuerpo místico paulino: Compra­dos a gran precio, formamos un espíritu con Él; un solo cuerpo porque el sacrificio y el alimento son idén­ticos en todos. Unidos personalmente por el arqui­tecto Jesús, una misma fe, un bautismo, un Dios y Pa­dre de todos, que está sobre todos, a través de todos y en todos, constituimos una unidad no masificada, sino personalizada. La Iglesia es el cuerpo de Cristo41. Cris­to es la cabeza de la Iglesia42, y Dios Padre es la cabe­za de Cristo y de todo.

  1. La canción de la esperanza

Este templo, que se interna en Dios, se construye des­de la tierra. Ciertamente que nuestros cimientos están en los cielos y debemos construir hacia arriba, pero nuestro cimiento, Jesús, se ha convertido en historia, en biografía, y ha bajado para que podamos construir desde El y subir con El.

En toda construcción se hallan presentes el martillo y la canción. En el templo de Agustín resuenan las vo­ces del trabajo, el martillo de los enemigos, la canción de la esperanza, el campeonato de los mártires, la pri­sa del romero que divisa las puertas de la ciudad y grita su entusiasmo: «Vamos a la casa del Señor, co­rramos y no nos cansemos, porque llegaremos adonde no nos fatigaremos».

En la construcción del templo no faltarán calamida­des ni vicisitudes históricas. Agustín tiene en mente la acusación de que el Imperio romano se ha hundido por culpa del cristianismo. El responderá que han sido los romanos los que lo han hundido por haber cancelado con la parsimonia de la primera república, y que gra­cias al cristianismo se ha salvado lo salvable del Im­perio.

La acusación tiene una buena dosis de verdad. Los grandes patricios terratenientes, al convertirse al cris­tianismo, manumitieron a los esclavos, mano de obra de los grandes latifundios, sobre todo del Sur de Ita­lia, y la economía quebró. Tampoco olvidemos el or­gullo africano de Agustín y de sus raíces cartaginesas por parte de Mónica, cuando imagina qué hubiera sido Occidente de haber vencido Cartago. De todos modos, hace frente a los que calumnian al cristianismo por la hecatombe del Imperio: «Todos los que por estas cala­midades blasfeman de nuestro Cristo, son la cola del escorpión. Coloquemos nuestro huevo al abrigo de las alas de la gallina… Ved la gallina, erizadas las plumas, caídas las alas, entrecortada la voz, floja, desmazalada, ¡cuán a tono con sus pollitos! Pongamos, en consecuen­cia, nuestro huevo, es decir, nuestra esperanza, bajo las alas de la gallina esta».

En la construcción del templo tampoco faltarán he­ridas, aunque más graves, pero serán vendadas en la venta de la Iglesia, ni pullas al Crucificado, pero los cristianos de Agustín no se avergüenzan de llevar ta­tuada la frente con el signo de la Cruz. Los más des­vergonzados desgarrarán la túnica de la Iglesia con he­rejías». Los timoratos y los parásitos se secarán como hierba en los tejados de la Iglesia.

Ánimo, pues, y que no cese la canción de los que construyen cantando a pesar del sufrimiento. Mirad cómo construyen los mártires de Cristo». Si el remolino es tan fuerte que te arrastra: «Cree en el Crucifica­do para que tu fe pueda subirse al leño. No te sumer­girás; el leño te llevará al puerto».

Construye, canta, camina, sufre y cultiva, pero no olvides que en este surco anda la mano de Dios: «Dios te cultiva para que des fruto, y tú cultivas a Dios para dar fruto. Te es un bien que te cultive Dios y que cul­tives tú a Dios. Si el agricultor Dios se aparta del hom­bre, el hombre queda hecho un desierto; si el agricul­tor hombre se aparta de Dios, queda convertido también en un erial. Dios no crece acercándose a ti. Luego él será nuestra posesión para alimentarnos, y nosotros seremos su posesión para que nos gobierne».

Agustín de Hipona vivió en unos tiempos muy di­fíciles: Hundimiento del Imperio romano e innumera­bles herejías en el interior de la Iglesia. ¿Cuál fue su misión? Construir y educar la conciencia del pueblo de Dios. ¿Su canción? La esperanza. ¿Su visión? La con­templación del Todo y de los miembros del cuerpo de Cristo en una construcción integral desde la persona a la comunidad y de la comunidad a la persona. Cada uno, casa de Cristo. Todos juntos, templo de Dios.

En la construcción del Templo tiene muy en cuenta la presencia de Dios, el don de la gracia, el sacrificio de Cristo, el aliento continuado del Espíritu Santo, las voces del pasado y la reeducación continua.

Maestro excelente, posee profundidad de pensamien­to, didáctica adecuada, humor contenido e ironía festiva.

Es amigo que sabe amar a sus íntimos, a la vez que abierto a todos, incluso a sus enemigos, que intenta­ron asesinarlo en varias ocasiones.

Tantas veces se le ha llamado el «águila» de Hipona que nos lo habíamos imaginado irascible, colérico, bi­lioso y desdeñón. Sin embargo, sorprende por su sere­nidad y equilibrio. Si leemos sus invectivas contra los herejes aisladamente, puede parecer flagelante, pero no tanto si las leemos en el conjunto de su obra.

Son las Cartas, quizás, el máximo exponente de su equilibrio. Es habilidoso, diplomático, pero un diplo­mático educado en la escuela de la caridad de Cristo. Toda su política consiste en amontonar carbones en­cendidos sobre la cabeza de quien quiere corregir. La gracia de Jesucristo lo ha cambiado en un punto. Si antes del encuentro con el Dios de la Biblia ha sido un pecador divertido con la jovialidad y mística del peca­do, a partir de ese encuentro es un hombre que goza y ama con la energía que procede de la gracia de Jesús.

Las comparaciones son odiosas, pero discurrimos a base de ellas. Por eso, si examinamos la corresponden­cia de los dos grandes de los siglos IV-V, Jerónimo y Agustín, el solitario de Belén, con todos sus méritos, se nos antoja un charlatán que vocea su soledad, hasta parecernos el hombre menos apto para vivir en el de­sierto. Su mismo estilo, elegante y rebuscado, más sar­cástico que irónico, resulta pesado frente al de Agustín, con ser barroco en muchas ocasiones. Por debajo de la palabra de Agustín hay un no sé qué que infunde se­renidad, equilibrio y esperanza. Es un maestro que sabe caminar delante del discípulo sin hacérselo notar, ni llamarlo tonto, ni irritarlo, a la vez que lo guía a buen ritmo. Tanto ha experimentado la paciencia de Dios en su persona que no puede menos de ser paciente con todos. En suma, es un hombre tan lleno de esperanza teologal que, allí donde actúa, infunde ese valor y equi­librio que proceden del Dios «siempre nuevo y nunca viejo», continuamente donado por su Espíritu Santo.

Sus Sermones y Catequesis, la casi totalidad de su obra, la compuso para ser predicada y expuesta al pue­blo, son una fiesta del Espíritu Santo. Siempre que toma la palabra, se deja conducir por el espíritu de Dios. Muchas veces dice: Había preparado el pasaje que se acaba de proclamar, pero el Espíritu me empuja a que diga otra cosa. Sus Sermones y Catequesis son den­sos, pero al alcance de todos. El público sigue su pensamiento. Agustín palpa su atención. Para comprobar que lo siguen, mete gazapos teológicos. Por ejemplo, hoy tenemos que hablar de la cuarta persona de la Tri­nidad, cuando el pueblo grita: No, Agustín, a nosotros no nos engañas. Después de un pensamiento brillante, el pueblo aclama, aplaude, canta y gesticula.

No cabe duda. Los Sermones, unos muy largos, otros medianos, los más no pasan de un cuarto de hora, los aprovecha Agustín para dar lo mejor de su persona al pueblo de Hipona, que lo adora, se irrita, cuando tie­ne que hacer un viaje pastoral, y, como dice Agustín, hasta ha caído en la manía de criticarlo por exceso de amor. Sí, son los Sermones los mejores resúmenes del mucho saber de Agustín, de su bondad, capacidad de comunicación y, como he dicho, de lo mucho que se daba el Espíritu Santo por medio de aquel hombre pe­queñito, delgado, de voz débil y escasa salud. Por me­dio de Agustín, el Espíritu Santo se dona al pueblo, pero, como dice el autor de La ciudad de Dios, el Espí­ritu Santo se le dona a él por medio del mismo pueblo al que instruye.

Luis Nos

San Pablo

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