Padre Nuestro (II) Padrenuestro

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Padrenuestro

LA ORQUESTACIÓN del padrenuestro arranca con una gran obertura o captación de benevolencia: «Lo primero que ha de procurarse en toda súplica es con­ciliar la benevolencia de aquel a quien se pide, la cual suele ganarse con algún elogio».

Si hemos recibido la gracia de llamar a Dios Padre, nada más pronunciar estas palabras, comienzan a acti­varse las relaciones que van de Padre a hijo, y senti­mos que el corazón del Padre se abre y que el nuestro se inflama. Animados por este clima, nos adentramos en Él, o mejor, comenzamos a experimentar cómo nos va recibiendo el Padre, mientras desgranamos nuestra ardiente e ingenua plegaria: «Dios, Padre de la ver­dad, Padre de la sabiduría y de la vida verdadera y suma; Padre de la bienaventuranza, Padre de lo bueno y hermoso. Padre de la luz inteligible, Padre que sa­cudes nuestra modorra y nos iluminas; Padre de la prenda que nos amonesta volver a ti».

Siempre conducidos por el Espíritu Santo, «prenda que nos amonesta volver a Dios», sin miedo a caer en este vuelo, dejamos hablar al niño que somos cada uno de nosotros: «Óyeme, escúchame, atiéndeme, Dios mío, Señor mío, Rey mío, Padre mío, principio y creador mío, esperanza mía, herencia mía, mi honra, mi pa­tria, mi salud, mi luz, mi vida. Escúchame, escúcha­me, escúchame según tu estilo de tan pocos conoci-do»4.

Animados por la gran capacidad de acogida de Dios, el ser humano, pecador, desata su corazón oprimido, sin miedo a desvendarse ante el médico divino: «Reci­be, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies; basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme ya sier­vo tuyo, que vengo huyendo de tus contrarios, que me retuvieron sin pertenecerles, cuando vivía lejos de ti. Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta porque estoy llamando; enséñame el camino para llegar hasta ti».

El ser humano protesta que no desea sino la pose­sión de Dios, después de haber gustado su misericor­dia: «Que te busque, Padre mío, sin caer en ningún error y que al buscarte a ti, nadie me salga al encuentro en vez de ti. Pues mi único deseo es poseerte, ponte a mi alcance, te ruego, Padre mío; y si ves en mí algún ape­tito superfluo, límpiame para que pueda verte».

Puesto que antes de saludar a Dios y de pedirle nada ya Él se nos ha adelantado con la gracia de lla­marlo «Padre», nos alegramos al descubrir que su pa­ternidad no se agota en nosotros, sino que se extiende a la familia universal. Estas mismas palabras que pro­nunciamos nosotros las «pronunciaron quienes vivie­ron antes que nosotros, y las dirán quienes vengan después», sin distinción de rango social, pues lo mismo que dice el emperador lo dice el mendigo.

Maravillados por esta paternidad que está en lo alto y nos llama, se opera en nosotros una revolución que puede desconcertar a un arquitecto no cristiano. Nues­tros cimientos, en vez de surgir de la tierra, según la ley de la gravedad, llegan a nosotros desde lo alto. Es decir, desde el Dios que da estabilidad a la tierra. Es tan grande la paternidad de Dios que no dudamos en renunciar a toda otra que no sea la de Él. Y es que Dios no nos ha llevado en sus entrañas durante nueve meses, sino que, como al Hijo, salvas las distancias, nos ha engendrado desde toda la eternidad.

Pero nuestra alegría aún sube en puntos al encon­trar que el Hermano mayor no siente ningún recelo por nuestra presencia en la casa del Padre. Antes bien, descubrimos que no ha querido ser Hijo único, sino que, a pesar de unigénito, no desdeña tener hermanos pequeños.

Dentro de esta familia nos sentimos bien acogidos en la amplitud de sus horizontes. No se ha taponado la fuente de la vida por temor a la subsistencia de los hijos ya habidos. Para todos hay Padre. Para todos hay pan. Para todos hay Hermano mayor. Más aún. Este Hermano mayor se constituye en Abogado entre el Padre y nosotros, no ya para que nada temamos, sino para enseñarnos a llamar Padre a su Padre, sin confundir el «mío» con el «vuestro», pero metiéndo­nos a todos en su paternidad.

Las catequesis sobre el padrenuestro las dirige Agustín a los neófitos, pero también a los ya bautiza­dos. La presencia de la pila bautismal es constante en la pastoral del obispo africano. Es hijo de esa fuente. De ella arranca su nuevo ser de cristiano. Al baptiste­rio de Milán ha acudido, hijo de Adán y pecador con él, para morir y renacer a una vida nueva. Agustín jamás olvidará esta nueva filiación. Por eso, cada vez que un parroquiano se dirige a las aguas bautismales, con él renace para Dios y para su Cristo en la Iglesia. Hermano de sus hermanos, ahí está él, como Ambrosio en Milán, para presenciar el parto y ayudar como pa­dre. Y es que tiene prisa por ver nacer para Dios un nuevo hijo: «En naciendo que nazcáis, será vuestro pa­dre; pues ahora todavía no habéis nacido, aunque ha­béis sido engendrados de su semilla en el seno de la Iglesia, que os parirá en la fuente bautismal».

Ante la prisa por ungir con el óleo santo a los neó­fitos, y con el fin de que sepan atribuir a Dios el naci­miento que se obrará en ellos en el baptisterio de la iglesia, les dice: «Nadie atribuya a Dios su ser, y a sí mismo el ser justo, pues es mejor lo que a ti pretendes atribuirte que lo que atribuyes a Dios. Eres mejor por ser justo que por ser hombre».

Si es que no estáis convencidos de esto: «Observad el orden de las criaturas; la vida del cuerpo es el alma; la vida del alma es Dios. Y así como en el cuerpo hay una vida, o digamos el alma, que hace que no muera el cuerpo, así ha de haber en el alma una vida, o diga­mos Dios, para que no muera el alma».

En estas catequesis están muy presentes: Dios, Jesu­cristo, María y la Iglesia, como depositaria y celebra-dora de la gracia, íntimamente unidos e interesados por la nueva criatura que saldrá de las aguas bautismales.

Dios es para Agustín la fuente de donde mana todo. Y si es Padre, no puede menos de darse. Pero la dona­ción de Dios, para los cristianos, pasa por Jesucristo, como máxima donación divina, y por un Jesucristo di­vino, pero también terreno, en orden a que el ser hu­mano intuya hasta qué punto se ha inviscerado Dios con la humanidad: «Mas para que nazcan los hombres de Dios fue preciso que naciese primero de los hombres. Cristo es Dios, y Cristo ha nacido de los hombres».

Cristo y María siempre van de la mano en la teolo­gía agustiniana. De ahí que le haga decir a Jesucristo: «Yo ya tenía un Padre en el cielo, pero tuve que pro­curarme en la tierra una madre para nacer entre vosotros».

La Iglesia es el gran sacramento terreno, de suma resonancia en la arquitectura teológica de Agustín. Una arquitectura concreta, palpable. Por eso, Agustín con­templa cómo toda la carne de la humanidad concurre a la Iglesia para injertarse en la humanidad del Salva­dor. De ahí que, cada vez que Agustín celebra la misa para sus feligreses, les diga que también sobre el altar, además del pan y del vino, se encuentran los cuerpos de los que celebran los misterios eucarísticos: «Tenía­mos en la tierra un padre y una madre, camino este para venir a los trabajos y a la muerte, y hemos halla­do aquí otros padres: El Padre Dios y la Madre Igle­sia, camino para la vida eterna».

Muchas son las consecuencias que se desprenden del pensamiento del doctor de la gracia, pero quiero des­tacar las siguientes: 1. No seamos hijos indignos de este Padre. 2. Si decimos «Padre mío», en vez de «Padre nuestro», no pertenecemos al número de los hijos de Dios. 3. Si Cristo no se recela ni se avergüenza de tenernos como hermanos y comparte con nosotros la paternidad de Dios, tampoco los humanos nos hemos de avergonzar de tener por hermanos a los que son hijos de un mismo Padre. 4. Si la Iglesia acoge y ali­menta con su fe y sacramentos a los que peregrinan al Padre, «hagamos memoria de que por la hospitalidad se llegó a recibir a Dios. Recibir a un huésped es reci­bir un compañero de viaje, pues todos somos viandantes». Por eso, acoger al hermano, es acoger al mismo Dios que peregrina en Jesús. 5. La oración dominical es la oración de «La ciudad de Dios». 6. Así como Agustín es el obispo oficial de la comunidad, y bauti­za y reparte el pan de la Palabra y de los Sacramentos a los hermanos, de la misma manera, y en virtud del bautismo y de la oración dominical, cada jefe de fami­lia debe ser el obispo de su propia casa.

La exposición del padrenuestro agustiniano sería un tanto abstracta, por nuestra parte, si no la completára­mos con otras reflexiones del santo obispo. Es cierto que el hiponense no dedica un tratado especial a la cuestión social, pero su pensamiento es rico a este res­pecto, y en otra publicación lo hicimos. De todos mo­dos, y para concluir con el comentario a la primera petición, bueno será que transcribamos este párrafo que bien pudiera titularse «discurso para ricos y pobres»: «Dicho se os ha qué habéis de hacer; oísteis qué ha­béis de temer, cómo se gana el reino de los cielos. Ave­níos unos a otros a la palabra de Dios, quien hizo al rico y al pobre. La Escritura dice: El pobre y el rico se topan mutuamente, pero a unos y a otros los hizo Dios. El rico y el pobre se toparon; ¿dónde sino en el cami­no de la vida esta? Nació el rico, nació el pobre y os hallasteis yendo de camino. Tú, rico, no aplastes al po­bre; tú, pobre, evita el fraude. Necesita este, aquel tie­ne; mas a entrambos los hizo el Señor. Valiéndose del que tiene, acude al necesitado; valiéndose del que no tiene, pone a prueba al potentado. Con lo dicho y oído, temamos, precavámonos, oremos, lleguemos».

Luis Nos

San Pablo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *