Padre Nuestro (I) Introducción

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Introducción

EL PADRENUESTRO es la oración original de Jesús de Nazaret, acaso adulterada por sus hermanos peque­ños, entre los cuales, como es natural, se encuentra el autor de este comentario.

Con el adjetivo «original» quiero señalar que dicha oración fluye del Misterio de Jesús: Palabra eterna de Dios Padre, Dios de Dios igual al Padre, nacido en el tiempo, y para siempre, por obra del Espíritu Santo y de la Virgen María.

Como todo niño venido a este mundo, Jesús comen­zó a decirse en un idioma, arameo-hebreo, pero su pa­labra es transmisora de toda su personalidad: Dios y Hombre: Jesucristo.

De ahí que sus palabras maravillaran al Pueblo hasta el punto de encontrarlas nuevas. Y es que Dios irrum­pió, en lenguaje humano, no ya por medio de profe­tas, sino desde sí, en la nueva experiencia del Jesús-Dios.

La palabra de Dios es el mismo Dios. Por eso, al caer una palabra de Jesús en oídos humanos, tenemos la impresión de sumergirnos en el río fresco e inédito que se llama Dios.

La oración de Jesús es una plegaria sencilla, no sim­ple. Nada le falta ni le sobra. Si dice: «Esto es mi cuer­po», no hace restricciones mentales ni se pierde en simbolismos poéticos. Si dice: «Quiero, queda limpio», se obra la curación, aunque muchas veces, acaso para no asustarnos con su poder, someta al agraciado a las aguas o lo envíe al sacerdote.

Si rezamos el padrenuestro con Jesús, desde Él, y en compañía de los hermanos, la paternidad de Dios nos engendrará a todos y experimentaremos, en el mis­mo y único Espíritu que afirma esta verdad, las rela­ciones que van de Padre a hijo, de hermano a herma­nos, y de toda la familia a un Dios y Padre común.

Por el hecho de haber enseñado Jesús esta oración a sus discípulos y a todos los hombres, está trasvasan­do toda la plegaria judía a una nueva dimensión uni­versal. Jesús es un israelita que ora con toda la tradi­ción de su pueblo. Así lo ha aprendido en la Biblia. Así se lo han enseñado sus padres, José y María. Jesús no puede desvincularse del alma de Israel para con­vertirse en un hombre abstracto. Si ha escogido nacer judío, no vivirá como un romano. Si la Biblia le ha en­señado a orar como judío, cuando componga su ora­ción no cortará con la expresión orante del Israel que se dirige a Dios.

La plegaria del padrenuestro, como los cánticos neotestamentarios, constituye una condensación actua­lizada del Antiguo Testamento. La originalidad del padrenuestro consiste en que, desde que fue enseña­da, rezamos con el Antiguo Testamento, pero como Je­sús lo ha explicado. Esto es: Por medio de Jesús, con Él y en Él, al Padre de Jesús y Padre nuestro.

En algunos comentaristas del padrenuestro encon­tramos malentendidos no exentos de malicia. Cierto que el padrenuestro es una oración para nosotros más que para Jesús’. Pero decir que Jesús no necesitaba orar es otro asunto. No necesitaba orar en cuanto Dios, pero sí en cuanto Dios y Hombre. Más aún. Nosotros so­mos los que necesitamos que Jesús ore con nosotros, y por eso nos enseña su oración.

La oración del padrenuestro es una oración inocen­te en Jesús, pero no tanto en nosotros, sus hermanos pecadores. A lo largo de la historia de la Iglesia ha sido interpretada con una cierta tendenciosidad. Orígenes, que escribe su tratado sobre el padrenuestro allá por el año 233, excluye de la paternidad de Dios a los judíos: «Sería digno de observar si en el Antiguo Tes­tamento se encuentra una oración en la que alguien invoque a Dios como Padre; porque nosotros hasta el presente no la hemos encontrado, a pesar de haberla buscado con todo interés. Y no decimos que Dios no haya sido llamado Padre, o que los que han creído en Él no hayan sido llamados hijos de Dios; sino que por ninguna parte hemos encontrado en una plegaria esa confianza proclamada por el Salvador de invocar a Dios como Padre. Por lo demás, que Dios es llamado Padre e hijos los que se atuvieron a la palabra divina se puede constatar en muchos pasajes veterotesta-mentarios». Así en Deuteronomio 32,18.6: «Dejaste a Dios que te engendró y diste al olvido a Dios que te alimentó».

Esta idea de Orígenes recorrerá casi toda la Patrística occidental. San Cipriano, que escribe su comentario al padrenuestro por el año 252, dirá que, con Jesús, «Dios empezó a ser nuestro Padre y dejó de serlo de los ju­díos»’.

San Agustín4 tampoco se librará de esta tonadilla tendenciosa. En su comentario del padrenuestro depen­de fundamentalmente de san Cipriano, y viene a decir lo mismo que Orígenes y Cipriano.

Parece que entre los Santos Padres y el pensamiento judío se entabla una guerra fría por la conquista de Dios como Padre. Con el mismo énfasis que el Anti­guo Testamento afirma la paternidad de Dios sobre Is­rael (en esto los judíos son más universalistas que al­gunos autores cristianos de los primeros siglos), varios Padres afirmarán que la paternidad de Dios ha sido descubierta en el Nuevo Testamento.

Un autor de tanto peso como J. Jeremias afirma: «Ra­ramente se habla de Dios como de un «padre» (en el AT), en realidad, sólo catorce veces. Sin embargo, to­dos los pasajes en que esto ocurre tienen su importancia».

Más aún, J. Jeremias sigue afirmando que el judaís­mo palestinense, anterior a Jesús, se resistía a dirigirse a Dios como a padre y que en Qumrán sólo se le lla­ma de este modo una vez (1QH 9,35s.)6, y que hasta la fecha nadie ha mostrado un solo ejemplo en el judaís­mo palestinense en el que una persona individualmente se dirija a Dios como Padre. Existen algunos ejemplos aislados en Sedher Elihayú Rabba, pero esta es una composición medieval (¿s. X?) del sur de Italia’. Para demostrar esto cita el T. Babilónico, T. Quiddushin, 36a (Baraitha) y un texto de R. Jehudá (150 d.C.)8. Juan Mateos también afirma lo mismo9.

Me parece que se olvida un poco el contexto en el que se revelaron algunos conceptos bíblicos. Si los ju­díos no tutean tan fácilmente a Dios no es porque no experimenten su paternidad, ni lo llamen Padre y lo saluden con afecto. Como en otros muchos casos, quie­ren preservarse de los errores de los pueblos circunve­cinos, egipcios, babilonios y siro-fenicios, acostumbra­dos a representar a sus dioses apareando vacas, cuyos engendros eran otros tantos dioses de los que proce­dían los reyes de los pueblos.

La paternidad de Dios sobre Israel es clara y no me­nos evidente la conciencia de filiación que despierta di­cha paternidad. Dios se manifiesta como Padre del pue­blo hebreo a través del Éxodo. Israel acepta la paternidad de este Dios porque le merece toda confianza: «Israel es mi hijo, mi primogénito». La referencia a Dios, como Padre del pueblo, se vuelve dramática en Moisés: «¿Aca­so he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: «Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?»».

Es cierto que estos hijos fueron díscolos con su Pa­dre: «Hijos crié hasta hacerlos hombres»; «hijos que prefirieron al Faraón antes que a su Padre»; «Volved, hijos apóstatas»»; pero Yavé no se olvida de ellos, y redoblará sus expresiones amorosas a través de la ter­nura de los profetas: «Cuando Israel era niño, yo lo amé… lo tomaba en mis brazos… huía… ¿Cómo voy a dejarte, Efraín?». «Te tendré como a un hijo… Padre me llamarás…». «¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarle todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme»».

La delicadeza que reflejan estos textos es claro indi­cio de que los autores inspirados experimentaron la pa­ternidad de Dios y la expresan por medio de la ternu­ra del padre terreno.

Isaías identificará al pueblo con el primer hombre, con Adán: «¿Vais a interrogarme vosotros acerca de mis hijos y a darme órdenes acerca de la obra de mis ma­nos?»».

Conscientes de esta paternidad, renunciarán a toda otra que no sea la de Dios. Incluso renuncian a la de Abrahán, con ser el gran padre del pueblo, tan queri­do para todo judío. ¡Que renuncien los griegos a sus caudillos legendarios! La historia de Europa se conver­tiría en un caballo disecado. Sin embargo, Israel dice: «Porque tú eres nuestro Padre, que Abrahán no nos conoce, ni Israel (el Patriarca) nos recuerda. Tú, Yavé, eres nuestro Padre, tu nombre es el que nos rescata desde siempre»20.

El verbo «rescatar» está poblado de resonancias: Res­cate de la nada, rescate del Faraón, rescate de cosmogonías y apareamiento de dioses para engendrar al hom­bre, pues el judío sabe que es hechura de Dios: «Pues bien, Yavé, tú eres nuestro padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros».

Proclamación más limpia del origen divino del hom­bre es difícil pensarla en un pueblo rodeado de reli­giones cosmogónicas.

La paternidad de Dios gana en profundidad con la literatura sapiencial. Todo el pueblo judío es el hijo de Dios, hijo primogénito, amado, elegido entre todos los pueblos, pero también cada judío en particular experi­menta esta filiación con Dios: «Si mi padre y mi madre me abandonan, Yavé me acogerá». Incluso sienten esta paternidad con la misma altivez del niño que pasea con su padre y se siente seguro, pues ahí está El para li­brarlo de sus angustias: «Si el justo es hijo de Dios, él le asistirá, le librará de las manos de sus enemigos».

Si no olvidamos la trayectoria y crecimiento de es­tos pasajes: Hijo-Primogénito, frente a Faraón, a quien Dios destruye el heredero»; renuncia de Abrahán por el Dios viviente de los Padres; entronque con Adán, hechura directa y limpia de Dios; exaltación del rey como hijo de Dios, los judíos nos entrelazan con Cris­to: Hijo primogénito, anterior a Abrahán, nuevo Adán e hijo de Adán, nuevo David e hijo y padre de David, verdadero Rey y Mesías Hijo de Dios.

Así como el pueblo judío experimenta la paternidad de Dios y su elección en el Éxodo, de nuevo Dios dará a experimentar su paternidad a los hijos nacidos y ele­gidos del nuevo Éxodo que es Jesús, a condición de ser perfectos, al igual que los hijos del Antiguo Testamento. Es san Pablo, sobre todo, quien pone de re­lieve esta idea: «Pues yo os digo: Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia del esclavo, con ser dueño de todo; sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre. De igual manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los ele­mentos del mundo. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva». San Juan apuntará que es la Palabra la que nos engen­dra, Palabra que está dentro de nosotros, oída dentro de nosotros, y no ya desde fuera».

En el nuevo huerto del bautismo fuimos unificados con Jesucristo, como antes nos solidarizamos en el otro jardín, con Adán, para renacer como individuos y como pueblo, en el nuevo génesis de la Iglesia, no por la aspersión de la sangre de la becerra, sino por la co­munión en la sangre de Jesús. Ya no necesitaremos que la ley nos recuerde esta filiación porque, otra ley, la Ley viva del Espíritu de Jesús, gritará dentro de noso­tros: «¡Abbá!». Todo esto en virtud de una elección gra­ciosa de parte de Dios, y a una renuncia de los pa­dres, por nuestra parte, para aceptar a Dios como Padre, que nos engendra en su Hijo, lo mismo que nuestros hermanos mayores renunciaron a la paterni­dad de Abrahán y al caudillaje de Moisés por la ver­dadera paternidad y caudillaje del Hijo de Dios.

Si el padrenuestro es por excelencia la oración del Cuerpo Místico de Jesús; si no es una oración cual­quiera, ya que el «nosotros» implica unión con Cristo y con los hermanos, incluso con los que no oran, para orar por ellos»; si el padrenuestro es «breviario de todo el evangelio»»; el mejor resumen de teología y de antropología, ya que Dios aparece como Padre, y lo he­mos dicho todo, y nosotros aparecemos con todos nues­tros anhelos, lo rezaríamos mal si comenzáramos recortando la paternidad de Dios no sólo a los judíos, sino a los ateos, pues si hay hombres sin Dios, no existe Dios sin hombres».

Más aún. En lo referente a los judíos, tenemos que comenzar a no oponer tan fácilmente oración cristiana y oración judía. La Iglesia ora con la Biblia de Dios, revelada a los judíos. En la Iglesia no existe más ora­ción que la del pueblo de Dios, antiguo y nuevo, aun­que toda la plegaria cristiana, y no es poco, deba pa­sar por Jesucristo al Padre».

Jesús es un israelita piadoso que ora y reza las 18 bendiciones dos o tres veces al día, y el padrenuestro es fruto de la piedad judía del Jesús hebreo.

A través del Libro de oraciones de la sinagoga de Milán se puede reconstruir, paso a paso, casi la totali­dad del padrenuestro. Hallaríamos alguna dificultad para la segunda parte del «perdónanos». No voy a re­construir toda la plegaria. Me limitaré a la expresión «padrenuestro», ya que esta expresión la he encontra­do riquísima. La única desventaja que he encontrado en «P-D» es que no indica las fechas de composición de las oraciones, omisión justificada porque no se tra­ta de un libro de investigación, sino de oraciones. Es cierto que continuamente hace alusión a la literatura antiquísima del pueblo judío, pero falta esa precisión. Al seleccionar los textos lo he hecho con el criterio si­guiente: No una palabra aislada y fuera de contexto, sino siempre como adjetivo directo y unido al sustan­tivo Padre. Según este criterio, Dios, como Padre, apa­rece 251 veces en el Libro de oraciones de la sinagoga de Milán. He aquí algunos matices de la expresión padrenuestro. Padre Celestial o Padre que estás en los cielos, 24 veces. Padre piadoso, 5 veces. Padre clementísimo, 3 veces. Padre nuestro, Guía nuestro, 1 vez. Padre nuestro, amaéstranos, 2 veces. Padre misericordioso, 12 veces. Padre y Dios nuestro eres tú, 2 veces. Padre nuestro, haznos retornar a tu ley, 5 veces. Padre nuestro, perdona nuestros pecados, 8 ve­ces. Padre nuestro, Rey nuestro, 184 veces. Padre nuestro por siempre, 1 vez. Padre nuestro único, 4 veces.

Esto no constituye más que una incursión ligera por la oración judeo-extrabíblica. Se podría desmenuzar el contexto, pero aquí no se trata más que de sentirnos unidos a los judíos a la hora de rezar el padrenuestro. Es a san Agustín al que hemos hecho esperar dema­siado, ya que él será el guía conductor a lo largo de estas páginas.

1.- Jesús nos enseña a orar

¿Para qué nos enseñó Jesús a orar? La respuesta de san Agustín no puede ser más sencilla: «Para alcanzar la vida bienaventurada nos enseñó a orar la misma y auténtica Vida bienaventurada».

Los discípulos de Jesús no saben cómo orar, o cómo ora el Maestro, y le recuerdan que Juan, algunos de ellos habían sido sus discípulos, los había amaestrado para este menester. Los discípulos ruegan al Maestro que los eduque para lo mismo. La consecución de la Vida bienaventurada constituye un riesgo, y Agustín recuerda el mundo leguleyo que conoce. Si para ganar un pleito se necesita de un buen abogado, no menos necesario es un abogado divino para conseguir la Vida.

2.- Única oración necesaria e idéntica para todos

Por la Historia de la Iglesia tenemos noticia de que los primeros siglos cristianos no fueron ni tan pacífi­cos ni tan idílicos como hemos llegado a pensar. Los mismos evangelios, tan inocentes para nosotros, esconden teologías diversas, además de una fuerte dosis de apologismo. El campo de la oración también conoce estas luchas: espirituales contra carnales, o lo que es lo mismo, los que mantienen hilo directo con el Espí­ritu, y los pobrecitos que tendrán que satisfacerse con el Jesús histórico de carne y hueso de los evangelios. Por eso, Agustín enfatizará que la oración es única, la misma, y él mismo quien la dictó. Jesús no enseñó una oración para espirituales y otra para carnales. Los mismos apóstoles, con ser los jefes del rebaño, los gran­des carneros, como dice graciosamente, no dejaron de rezar esta oración ni aún después de haber hecho gran­des progresos en la vida cristiana. Esta es, pues, la oración que se ha de hacer en la Iglesia y por todos los cristianos.

Para Agustín no existe más oración que el padre­nuestro. Y si Jesús es la única persona en la que creen los cristianos, el padrenuestro contiene toda la prácti­ca de la fe: «No orarás si no dices esta oración; si em­pleas otra, Dios no te oirá, puesto que no te la dicta el Legislador a quien envió. Luego es necesario que, cuan­do oramos, oremos conforme a esta oración; y, cuando la pronunciamos, entendamos bien lo que decimos, por­que Dios quiso que fuese patente. Si no oráis, no ten­dréis esperanza. Si oráis de distinto modo que enseñó el Maestro, no seréis oídos. Si mentís en la oración, no suplicáis. Luego se ha de orar y se ha de decir la ver­dad; y ha de orarse como Dios enseñó».

Esta contundencia agustiniana no solamente no ex­cluye la personalización del padrenuestro, sino que la incluye. No hay que olvidar que Agustín, como Pablo, es un arrebatado por el Cristo Resucitado en tal grado que Cristo es su verdadera conciencia. Sus palabras, las suyas. Su oración, la de él y la del entero Cuerpo

Místico. Inventar otras palabras para orar, con Jesús al Padre, lo constituiría en sarmiento seco. Tal es la fuer­za sacramental de la oración de Jesús para Agustín. En ella encuentra el resumen de la Escritura, el con­tenido de la esperanza, y el símbolo de la gratuidad de la gracia. Agustín no olvida nada de esto como educador de sus comunidades. Si para tener experien­cia de Jesucristo hay que entrar en él, o más correcta­mente, que él entre en sus creyentes, el orante tendrá que hacer lo mismo: entrar en el padrenuestro, o que el padrenuestro entre en él. Esto es nuclear en el cris­tianismo y sólo se puede construir en cristiano a par­tir de esta nuclearidad experimentada. Todo lo demás será gramática, que no está mal. Pero gramática sin len­guaje hecho vida.

3.- Costumbre de la iglesia primitiva

Los catecúmenos recibían el padrenuestro ocho días antes de recibir el bautismo. Debían aprenderlo de me­moria, y formaba parte de la catequesis bautismal. Una vez aprendido, comenzaban las explicaciones. A esto alude Agustín cuando dice a los catecúmenos: «Den­tro de ocho días, a partir de hoy, tenéis que devolver esta oración, que recibís ahora».

4.- Estructura y finalidad del padrenuestro

Para el obispo de Hipona, como para todos los comen­taristas de esta pieza singular, el padrenuestro tiene dos tiempos perfectamente sincronizados: padrenuestro, santificado, venga tu reino y hágase tu voluntad mi­ran a la vida eterna. El pan de cada día, perdónanos, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal y del malo se proyectan en la vida presente». Las pri­meras peticiones se internan en el cielo. Las últimas son para esta vida.

El doctor de la gracia asocia las peticiones del padrenuestro con las bienaventuranzas, otro de los tex­tos evangélicos muy presentes en los comentarios agustinianos, así como con los dones del Espíritu San­to, pero esto requeriría todo un comentario especial.

En el transcurso de estas páginas no nos vamos a contentar con los sermones o escritos en los que direc­tamente habla del padrenuestro, sino que echaremos mano de otros textos paralelos siempre que lo crea con­veniente.

Finalmente, el nervio de la doctrina sobre el padre­nuestro agustiniano discurre según esta fluencia: 1) Alabanza a Dios Padre; 2) Confianza, descenso del Pa­dre y ascensión a él; 3) Voces de aliento del Espíritu Santo; 4) Dios como Padre de la familia universal; 5) Nadie se atribuya a sí mismo el nuevo nacimiento; 6) Crecimiento hacia el Padre animados por la generosi­dad de Jesucristo; 7) Dimensión teológico-social del padrenuestro.

Luis Nos

San Pablo

 

 

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