Durante muchos años perfumó con sus virtudes a las generaciones jóvenes, después de haber perfumado los pueblos y aldeas de Aragón y Castilla, con sus virtudes y doctrina, y aún después de su muerte, siguieron sus virtudes embalsamando por mucho tiempo a los miembros de la Casa Central de Madrid y aún de las de la Provincia. Cuando yo era joven, todos hablaban de él con veneración, como si de un Santo se tratara. Según lo que oí, diríase que era la encarnación de la humildad, de la oración, de la penitencia y del celo por la salvación de las almas.
SU VOCACION MISIONERA
Había nacido de muy cristianos padres —don Ramón Arana y Francisca Echevarría—, el 22 de julio de 1848, en el pueblo y valle de Ceberio, señorío de Vizcaya y diócesis de Vitoria. Sus padres confiaron su educación y estudios de latinidad a un piadoso sacerdote de las cercanías. La Retórica y la Filosofía las estudió en Vitoria en un colegio de Religiosos.
Por esta época paso por allí el célebre misionero Padre Nemesio Cardellach, para dar ejercicios a las Hermanas. No sabemos en qué circunstancias se conocieron, pero sí que el Padre Cardellach le informó sobre la vocación misionera y le arregló la documentación para que pasara la frontera francesa y allí se incorporara al Seminario Interno de la Misión en España, que, huyendo de la revolución septembrina, había tenido que refugiarse en la Casa del Berceau, instalada sobre los terrenos que en Pouy de Dax ocupaba la casa y hacienda donde pasó su infancia el futuro San Vicente de Paúl. Llegó, en 1869, y era Director el santo varón que fue el Padre José Oriol.
Un año más tarde, derrotado Napoleón III y ocupada París por los prusianos, la Comunidad de la Casa Madre tuvo que buscar refugio en la Casa que los Paúles franceses habían cedido a los españoles, los cuales, a su vez, hubieron de partirse parte a Cuba y parte a Filipinas. Los novicios fueron enviados a sus casas, con la intención de reagruparlos cuando las circunstancias lo permitieran. Ocurrió este dispersit el 9 de septiembre de 1870, y ya, al mes siguiente, los pudo reunir el Padre Arnáiz en el pueblo alavés de Murguía, en donde, al cabo de un año, 30 de agosto de 1871, pronunció Ramón Arana los santos votos en la capilla del Colegio de las Hijas de la Caridad de dicha población. De Murguía hubieron de salir los novicios y los nuevos estudiantes y se instalaron en Burgos, camuflados de profesores de un Colegio que instaló allí el Padre Arnáiz, que llegó a tener fama y alumnos, lo que despertó las sospechas del Poncio burgalés acerca de la identidad clerical de aquellos profesores y, en nombre de «las luces y de la libertad», los expulsó para que no contaminaran a España con las tinieblas del obscurantismo. Entonces fue cuando aquella comunidad itinerante se instaló en Elizondo, capital de la bella región navarra del Baztán, al abrigo que ofrecían las tropas de don Carlos, y allí pudo proseguir
el joven Arana sus estudios teológicos. También, en nombre de la libertad, había privado aquella República liberal y democrática a los obispos la facultad de ejercer sus funciones episcopales, por lo que con otros compañeros hubo de trasladarse a Bayona, donde recibió las sagradas órdenes de manos de Monseñor Lacroix a lo largo del curso 1874-1875, coronándolas con el sacerdocio recibido el 18 de diciembre del mismo año.
I. SUS PRIMERAS ARMAS
Afortunadamente, para estas fechas, el tinglado en que se apoyaba la liberal masónica y progresista Niña, que así se llamo a la primera Repúblicas, corroídas sus entrañas por sus propios hijos, se había venido abajo y sus restos barridos por la espada de Martínez Campos. Sosegados los ánimos y puesto un poco de orden en España con la Restauración de Alfonso XII, los Misioneros pudieron instalarse en Madrid, en el barrio de Chamberí, en la huerta de los Cipreses, comprada al Presbítero Muñoz. A ella fue destinado el Padre Arana para ser agregado al equipo de misioneros, capitaneados por el Padre Esteban, que desde muy antiguo venía recorriendo la extensa diócesis de Toledo, que comprendía también a la actual de Madrid. Después de ocho años de interrumpidas las misiones a causa de la revolución, el Padre Esteban se había refugiado en Valencia durante ese período, las reanudó a principios del 76 en compañía de los Padres Inocencio Gómez y Marcelino del Río, también de la antigua etapa, que así soldaban la antigua con la nueva.
Juntos misionaron Cazorla, Quesada y Pozo Alcón, pero el obispo de Teruel pedía con urgencia misioneros para restaurar la fe y las costumbres cristianas en su diócesis. Fue entonces cuando el Padre Maller arrancó a los Padres Inocencio Gómez y Marcelino del Río de la terna madrileña para enviarlos a la Ciudad de los Amantes, enviando a ocupar sus puestos a los inestrenados e inexpertos Padres Leonardo Villanueva y Ramón Arana, que hicieron sus primeras armas con el Padre Esteban por los pueblos de Torrejón de Velasco, Griñón y Noves, con que, al parecer, se cerró la campaña del 76 al 77.
CAMPAÑA NACIONAL DE 1877 AL 1878
En el término de dos años, el Padre Maller había puesto en pie una provincia de ocho Casas: Madrid, Sigüenza, Teruel, Badajoz, Barcelona, Palma de Mallorca, Avila y los Milagros, y con sus consejeros puso en pie de guerra ocho escuadrones, uno por cada Casa, para hacérsela a la ignorancia e indiferencia religiosa y a las malas costumbres, secuela de las propagandas anticristianas de la revolución progresista, liberal y masónica, que acababa de ser barrida. En total fueron 28 los misioneros, incluidos los Hermanos, uno por cada terna, los que, llenos de entusiasmo, fueron sembrando la divina palabra por los campos de ambas Castillas, Galicia, Extremadura, Aragón, Cataluña y Baleares. Los frutos cosechados en la campaña fueron inmensos: cerca de un centenar de pueblos puestos en gracia de Dios, multitud de conversiones, reconciliaciones, restituciones, más muchos miles de cristianos encuadrados en las asociaciones del Apostolado, Hijas de María, Conferencias de Señoras y Caballeros… Al Padre Arana le tocó librar la batalla contra el enemigo por los campos de Teruel, en compañía de los Padres Inocencio Gómez y León Burgos.
También el Padre Burgos, que había nacido en las Quintanillas (Burgos), el 27 de julio de 1894, había tenido que desterrarse para poder ingresar en el Seminario Interno, establecido en el Berceau, el 21 de mayo. de 1869, donde fue connovicio del Padre Arana y con él compartió las vicisitudes del Seminario y Teologado itinerantes en Murguía, Burgos y Elizondo. Había llegado unos meses antes que él a Teruel, sin haberse estrenado todavía en el ministerio; y aunque fue un gran predicador, no le sonreía tener que empezar por los sermones, complejo que con él compartía el Padre Gómez, al que, aunque de la vieja guardia, le iban mejor las doctrinas.
SITUACION EMBARAZOSA
El hecho de que el Padre Arana hubiera hecho su aprendizaje con el Padre Esteban en la provincia de Madrid, le había dado fama de «tu autem», como él dice, y pretendían echar la carga sobre él; mas al verle tan esmirriado y que todavía no dominaba bien el castellano, su desilusión fue grande, Para ponerlo peor, el Padre Arana cayó enfermo, cosas ambas que se apresuró a poner en conocimiento del Padre Val- divieso, que era el «alter ego» del Padre Maller, con una carta que el de Madrid tomó como una expresión de descontento por el destino. Y aquí viene esta carta suya del 27 de octubre, que es prodigio de humildad, de indiferencia, de obediencia y caridad:
«El contenido de su carta me sorprendió algún tanto y continuamente me ha tenido en la impaciencia de contestarle y no me ha sido posible hasta el presente, pues, si bien es verdad que me encuentro con muchas probabilidades de restablecerme pronto, según el testimonio del médico, le escribo desde la misma cama.
«Parece que de su carta se deduce que yo no estoy del todo contento en esta Casa, y con todo la sinceridad de mi corazón le digo que, a Dios gracias, me encuentro en la mayor indiferencia de pertenecer a esta o a cualquier Casa de la Congregación, sin exceptuar Reino ni Provincia, siempre y cuando sea voluntad de Dios manifestada por los superiores. Si algo ha entendido en contra de lo que digo, atribúyalo a que soy un vascongado y a que no he sabido expresarme de otra manera.
«Como Padre cariñoso que usted es de las criaturas cobardes y apocadas como yo, le voy a referir lo que me sucedió en los primeros días de mi llegada a ésta y aún no sé lo que me sucederá. Yo, como usted no ignora, vine con las funciones a medias, y como los de esta Casa parece que esperaban un «tu autem», se vieron burlados. De aquí es que el uno me decía que yo no podía estudiar los sermones; el otro que no quería salir conmigo a misiones; solamente el Superior me animaba, pero, a pesar de su bondad y cariño, hicieron tal impresión en mí las predichas vísperas de mis dos amados y respetables compañeros, a quienes juzgo en todo y por todo superiores a mí, que me veía completamente amilanado, yo no vivía, ni dormía, ni estudiaba, ni podía hacer otra cosa que llorar a torrentes delante del Crucifijo que la bondad de usted tuvo a bien darme. Esta mañana me ha animado el señor Gómez, acercándose a mi cama me ha dicho que ahora no trate de otra cosa que de restablecerme en la salud y que después regularmente no saldría conmigo a Misión, pero que si salía me supliría, aunque sea diez días o más. En resumidas cuentas, le digo que estoy más animado que los primeros días, pero aún necesito mucho de Dios y, por consiguiente, espero de su amor paternal continuará encomendándome al Señor.»
El Padre Arana debió de releer las líneas precedentes y temeroso de que su Superior de Madrid se pudiera hacer una idea desfavorable de sus compañeros, escribió esta deliciosa posdata:
«La razón en que se funda uno de los señores para no salir conmigo es porque así se desacredita la Congregación; no creo que con esto me haga injuria alguna y así, si no me engaño, estoy lejos de tener resentimiento ni al uno ni al otro, porque, como hombres de virtud y disposición que son, saben que yo no soy el culpable de esto y que Dios solo es el señor de los talentos de cada uno y que los distribuye según su santo beneplácito, a quién uno, a quién dos… Esto se lo digo para que no piense en lo que no hay, porque, a Dios gracias, aquí solo reina paz y cordialidad.»
LA CAMPAÑA DE 1877 AL 1878
Efectivamente, el Padre Arana se restableció y salió de campaña con los Padres Inocencio Gómez, como Director, y León Burgos, que empezaba a lucir su espléndida voz. La del Padre Arana no es que fuera mala, pero la garganta no le ayudaba, y el Padre Gómez iba cuando podía en su socorro. Los fríos y las emociones no eran cosa propicia a su restablecimiento; sin embargo, a mediados del 78 estaba muy mejorado. La campaña fue dura, no sólo por el tiempo y los caminos difíciles, sino, sobre todo, por la abierta hostilidad que les movieron los individuos movilizados por liberales y masones de algunos centros importantes.
Así, por ejemplo, en Sarrión, un grupo de impíos, aprovechando que era carnaval, intentaron impedir la misión metiendo ruido y organizando bailes, más furiosos de que las gentes no les hicieran caso y que la misión iba en aumento hicieron la mascarada con el «entierro de la sardina», pero el alcalde, bastón en mano, les rompió los faroles y «fustibus applicatis» los puso en fuga.
El pueblo, que tenía 530 vecinos, dio un censo de 1.500 comuniones. Gran parte del pueblo los acompañó durante unas dos leguas hasta Alventosa, donde, después de veinte días de trabajos, a pesar de estar la población derramada por caseríos y trabajada por calumnias propaladas contra los misioneros, se recogieron notables frutos, al igual que en Fuente el Cepo y algo menos en San Agustín. También en Manzanares y Torrijas hubo contramisión, pero también allí, como dice el cronista, «la gracia sobrenadó como la espuma» y Satanás quedó confundido. «Las pobres gentes de los pueblos agrícolas más pecan por ignorancia que por malicia», anota el cronista.
En Valbona hubo un intento de asesinar a los misioneros. Hacia las diez de la noche, cerradas todas las puertas de casa, con el mayor frenesí, empezaron a golpearlas unos hombres que silbaban que un hombre gravemente enfermo quería confesarse, pero el Padre Gómez «que penetró su mala intención» ni les abrió ni les respondió, pero ellos seguían aporreando las puertas intentaron echarlas abajo. Su intento, escribe uno de los misioneros, era echársenos encima y asesinarnos allí mismo, según luego se dijo en público y bastante lo muestra lo acaecido, porque, viéndose burlados, desataron sus bocas infernales en maldiciones y blasfemias que horripilaban: vivas a Castelar, a Roque Barcia, insultos al Gobierno. Era preciso taparse los oídos. «Contentos estamos, decían a gritos, con ir a morir a Fernando Poo con tal que antes logremos hundir el puñal y embalsar las balas del revólver en los pechos de los misioneros.» Los golpes y los gritos iban en aumento, y así hasta las once menos cuarto, sin que se presentase ningún agente de la autoridad. Sabedor el alcalde por algunos vecinos de lo que ocurría y ayu dado de ellos intentó prender y castigar a los perturbadores, sin lograrlo, pues se hicieron fuertes tras de una esquina y terminaron fugándose. Cuando, al día siguiente, que era viernes, los misioneros se dirigieron a la iglesia para reanudar la misión, los asesinos esperaban, puñal en mano, en las cercanías, mas al ver la intrepidez de los misioneros y la decisión de los fieles, desaparecieron de la escena. El cabecilla era un enviado de los sectarios de Mora, con objeto de intimidar a los misioneros y no fueron allá con la misión, temerosos de perder sus adeptos. Viendo el vecindario que estábamos dispuestos a morir para gloria de Dios y bien de las almas antes que retirarnos, cobraron los buenos alientos y gran entusiasmo, al paso que los malos cobraron tanto miedo y pusilanimidad que no lograban disimularlo y aun no pocos de ellos entraron dentro de sí y se confesaron. El fruto fue abundante. Antes el pueblo era uno de los más difíciles y de peor fama de la diócesis, hasta el punto que el ario anterior habían atentado contra la vida del párroco, obligándole a huir; después de la misión, cobró buen predicamento. Y si antes eran perseguidores de los sacerdotes ahora eran sus defensores y no tuvieron miedo a acompañarlos hasta Mora, la población más importante de Teruel, después de la capital, pero también la más impía y la más corrompida.
En Mora no sólo no asistió el alcalde y la corporación que presidía, sino que no permitió que asistieran los niños de una y otra escuela comunal. Sin embargo, gran número de fieles, encabezados por el párroco y sus coadjutores, salieron al encuentro de los enviados de Dios y todos los que salían de Mora y los que venían de Valbona llenaron las calles y la iglesia cantando y dando vivas, con gran sorpresa de los impíos, que no salían de su asombro al ver metérseles sin poderlo impedir, ellos que habían propalado por los pueblos vecinos que los misioneros no se atreverían a traer la misión al pueblo que ellos creían controlar. Enmudecieron, dice la crónica, ante los ministros de Dios; retiráronse a sus cuevas y no salió de sus labios ni un insulto, ni una amenaza, ni una alusión satírica, El espíritu popular se manifestó recogido y devoto; los buenos, alegres y triunfantes; los malos, sin poder desahogar su cólera. Los misioneros visitaron al alcalde y le ganaron con su cortesía y amabilidad, devolviéndole él la visita y confesándose, pero ausentándose del pueblo en la Comunión General, temeroso de ser objeto de sátira de los amigos y compinches. En las tres semanas confesaron y comulgaron 1.000 personas, dejándolo de hacer bastantes otras por respeto humano. Cuatrocientos fieles les acompañaron las dos leguas que dista Mora de Rubielos, algo menor que Mora, con la cual se anda a los alcances en cuanto a las costumbres. Sin embargo, se portó mejor, pues se confesaron 1.500 personas. La gente estaba entusiasmadísima y el último día echó, como suele decirse, el resto y la casa por la ventana, sacando a las calle una procesión que la crónica califica de magnífica. «Sacaron once imágenes riquísimas», entre ellas, «una Virgen del Carmen con un vestido que valía 1.400 reales», pequeños pendones y estandartes riquísimos. Iban las Hijas de María con su cinta azul y su Medalla la guardia civil, la música, etc., etc. Y ¿qué decir de los sacerdotes? Con su gran espíritu y su gravedad manifestaban el sentimiento que los animaba. Cuatro de ellos llevaban sobre sus hombros la Custodia, los ancianos los incensarios, los jóvenes con capas y cetros mantenían el orden. El señor Cura, venerable y majestuoso, llevaba la capa y dos misioneros diaconaban… ¿Quién no se conmovía viendo al Señor de la Majestad pasearse en medio de su pueblo como un Padre entre sus hijos para derramar sobre ellos el consuelo y la bendición? Tal vez los puritanos de hoy sonrían ante aquellas manifestaciones de la fe popular y de los misioneros que las organizaban. Afortunadamente, Dios no tiene que pedirles permiso para derramar sus bendiciones sobre los sencillos y humildes de corazón.
UNA CARTA QUE ES TODA UNA CRONICA
La segunda parte de la crónica está tomada de una carta del Padre Arana al Padre Rojas, fechada en Teruel el 22 de junio de 1879, que tengo delante de mi mesa. De ella son estos párrafos:
«El 18 de este mes, a las tres de la tarde, llegamos a ésta buenos y sanos, después de haber andado diez horas de camino los señores Del Río, Burgos y un servidor. En trece pueblos hemos hecho misión, de los cuales cuatro, o mejor dicho cinco, son de bastante consideración. En los doce primeros ha sido el fruto como se podía esperar, según expresión de un compañero, de estos instrumentos «infirma et contemptibilia», como dicen las lecciones de nuestro Santo Padre. La gracia de Dios, por medio de nosotros, ha obrado estos prodigios tan sobre todas nuestras fuerzas. Pero en los dos penúltimos pueblos el dedo de Dios ha hecho brillar de un modo particular sus infinitas misericordias… Ha sido en ellos tal la compunción, suspiros y lágrimas que Dios infundía en estos sencillos habitantes que algunas veces no se me entendía palabra y por dos o tres veces, llevado de compasión, me vi precisado a suspender el sermón. Si usted me hubiera escuchado y visto lo que hacía, tal vez se hubiera reído y hubiera dicho que soy un hombre sin juicio, pero en estas pobres gentes hacían impresión mis movimientos tan fuera de las reglas de la oratoria y mis frases, que usted se puede imaginar cómo irían cuando yo me salía de mis casillas». Las gentes escuchaban y se conmovían y se confesaban. Para ello tomaban la vez inmediatamente después del sermón. Entonces trataban de ocultarse en los rincones de la iglesia, para esperar allí hasta la mañana siguiente, pero al descubrirlos y estorbárselo el señor Cura, se ponían a la puerta, veinte, treinta o más personas y allí estaban toda la noche hasta que se les franqueaba la entrada a la mañana siguiente; unos, por su mucha pobreza, sin haber comido bocado de pan, porque tal es la miseria de estos campesinos que algunos han dicho que se alimentan de hierbas del campo, y no es poco frecuente vivir familias enteras sin comer dos o tres meses, pero estos son más regalados que los primeros, que se alimentan con solo patatas, que aquí son muy ricas; y cuando les preguntamos si viven bien y conformes con su pobreza, responden con toda la sencillez que les caracteriza ,al tiempo que, con su cara risueña, enseñan unos dientes algo más blancos que los del señor Lladó: «Padre, teniendo unas pataticas estamos en grande.» Y lo más admirable es que con estos alimentos tan frugales y tan sin sustancia tienen unos hijos tan gordos y rollizos, que ya quisiera el señor Lladó tener a sus discípulos así de gordos y guapos. Hay que advertir que el Padre Lladó era el Director de Novicios.
Otros de los que esperaban a la puerta de la iglesia, si bien no eran personajes de alta categoría, poco acostumbrados a sufrir las inclemencias del tiempo, pasaban la noche transidos de frío. Y ya en el confesionario, no eran pocos lo que se caían desmayados, unos por la falta de sueño y otros por la falta de alimento. Y no faltaba quien se postraba a nuestros pies con tal compunción y derramaban tantas lágrimas de consuelo al considerar que entonces se abrían para ellos las puertas del cielo, cerradas para muchos de ellos por veinte, treinta, cuarenta o más años, que uno, en vez de tener que excitarles al dolor de sus culpas, tenía que animarlos y decirles: «Hijo mío, muchas son tus culpas, grandes y enormes son tus pecados, pero la misericordia de Dios supera a todas tus inquietudes.»
Pero, Padre mío, preguntaban entre suspiros y lágrimas, ¿Dios me perdona todos los pecados?
—Sí, hijo mío; ya queda perdonado.
—Cárgueme de penitencias, rogaban, aunque sea para toda la vida, yo no sabía que eso fuera tanto pecado, le doy palabra de primero morir que pecar.
Coloquios eran estos, Padre Rojas, capaces de arrancar lágrimas del corazón más empedernido, porque una cosa es oír y otra cosa verlo. Esto es una mal conformada imagen e imperfecto borrón de lo que nos ha sucedido una y mil veces durante estas misiones, de un modo particular en las .2timas.
En el último pueblo, que es Alcalá de la Selva, hay unos cuantos caciques, todos o los más usureros, que se alimentan de la sangre de los pobres; según el testimonio del señor Cura, algunos de ellos son tan poco escrupulosos y tienen tan poca vergüenza ya de robar, que llevan, tápese usted los oídos, el 400 por 100; lo peor del caso es que ni hacen de ello escrúpulo de conciencia; el demonio los tiene tan ciegos que parece que están imposibilitados de ver otra cosa que oro y plata. Esta raza de judíos, o para mejor decir, el infierno entero por medio de ellos, ha hecho mucha guerra a la misión. No ha cesado de desacreditarnos con mil patrañas sugeridas por el espíritu del error y de las tinieblas; por este motivo, el fruto de esta misión, en comparación del de los doce pueblos precedentes, ha sido poco. Sin embargo, la semilla de la palabra divina no ha caído en vano, pues entre otros grandes pecadores que en este pueblo abundaban, se ha rendido a los atractivos de la divina gracia uno de los que más guerra nos hicieron y se confesó con tanta edificación y con tantas señales de arrepentimiento que llamó la atención de todo el pueblo al verle tan arrepentido, contrito y humilde a los pies de aquellos a quienes tanta guerra había hecho, de suerte que no pudimos menos de exclamar que, aunque en toda esta misión no se hubiera confesado más que este gran pecador, por bien empleadas se podían dar todas las fatigas de nuestra tarea apostólica, que en este pueblo duró tres semanas… Su conversión hizo más ruido que toda la misión de este pueblo. Dios sea bendito, que así manifiesta y hace ostentación de grandes e infinitas misericordias.»
UNA POSTDATA QUE NO LO ES
Termina el Padre Arana su carta con algo que podía ir en la postdata y que copiamos, porque dibuja un perfil de su biografía:
«Convencido de lo mucho que a usted le gusta saber de las misiones, le escribo esta confusión de ideas, que apenas yo mismo entiendo, y si no me expreso tan bien como usted, no es por falta de voluntad, sino porque todavía he hecho poca guerra a la gramática de la Academia. Tenga usted la bondad de enviarme dos de ellas para que aquí me pueda arreglar con el compañero y, además, los «Casos», de Gury o de cualquier otro autor que a usted mejor le parezca; quisiera que la obra no fuese voluminosa, para poderla llevar a misiones.»
Y luego estas líneas de una intimidad comunitaria deliciosa:
«Espero que me dará noticias del personal que hay en ésa, sin dejar en olvido dónde para su capital enemigo, gordito y negrito, catedrático de no sé cuántas asignaturas, predicador de las Hijas de la Caridad, Capellán Mayor y penitenciario del Colegio de Chamberí, nuestro insigne y… basta con etc., etc., para que no se ensorbezca con tantas alabanzas.»
De junio a octubre de 1878 pasó el Padre Arana, como lo solían pasar los misioneros de aquella época, a tenor de lo enseñado por San Vicente, preparando con el estudio y la oración la campaña siguiente.







