P. Rafael Pi, Tercer Visitador (1725-1788) (III)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPÍTULO III

Virtudes y últimos días del P. Pi.

Hacia mediados de 1796 cesó el P. Pi en el cargo de Visitador de los Misioneros e Hi­jas de la Caridad españoles. En el manuscrito Memorias de los difuntos de la casa de la Congregación de la Misión de Barcelona, conservado en la Biblioteca Provincial Universi­taria de aquella ciudad, se traza una magní­fica semblanza del P. Pi, y nada mejor que copiarla para conocer a aquel esclarecido va­rón, obrero incansable de la viña del Señor hasta los últimos momentos de su vida. Ha­blando de sus virtudes se dice: «Tanto súb­dito, como Superior fue siempre muy obser­vante. En la pobreza era tal, que necesitaba muy poco para sí y siempre tomaba lo peor de, casa: unos zapatos le duraron catorce años…. Siendo Visitador hizo un viaje de esta a Barbastro con solo el gasto de catorce cuar­tos y montado en un burro. De su pobreza na­cía su mucha economía, que no podía sufrir se gastase nada superfluo, con que levantó la casa de Barbastro y la puso en buen esta­do. Esta pobreza fomentaba con la gran confianza que tenía en Dios, y tan firme que con solas catorce pesetas se fue una vez a misión, y Dios obligado con esta confianza no permitió faltase en ella cosa necesaria ni a él ni a sus compañeros.

«Su sencillez era tanta, que en medio del sermón, predicando a los ejercitantes, si le ocurría algo que advertir, lo advertía, inte­rrumpiendo el sermón… prosiguiendo inme­diatamente con la misma serenidad con que había comenzado. Ni podía sufrir la doblez en los demás: bastaba que se le pidiese alguna cosa con rodeos para que la negase, cuando al que pedía sencillamente, no sabía negar cosa alguna que no tuviese gran inconve­niente.

«El celo que en su juventud había mostrado en el ejercicio santo de las misiones y. demás funciones del Instituto, resplandeció hasta su última vejez, ya en lo mucho que confesaba, ya predicando todos los años sin falta a los ejercitantes en la primera semana de ejercicios generales, que es la de carnaval, y eso con mucho espíritu.

«Por fin, pues sería largo referir todas sus virtudes, estaba tan encendido en el amor de Dios, que parece no respiraba otra cosa: pues en todas las ocasiones, fuese en conferen­cias, fuese en Capítulos, en comunicaciones, en correcciones particulares, repetición de Oración y en las mismas recreaciones, se le oía repetir muy a menudo y con mucho fervor: Démonos a Dios, seamos todos de Dios, etcétera.

«Con este fervor pasó su vida en los em­pleos arriba dichos, y el de Director del Seminario interno de esta casa de Barcelona, que ejercitó desde el año 1796 hasta el de 1804 con notable provecho de la Congregación y de los novicios. Después quedó solamente Asis­tente de la casa, siendo su único cuidado el prepararse a bien morir, aplicándose para esto a ganar muchas almas a Dios en el confeso­nario. Era tan asiduo en él que, a más de los muchos eclesiásticos y otras personas que confesaba entre semana, y de los ejercitantes que confesaba y dirigía, los domingos se pre­venía diciendo misa antes de la oración para estarse desde las seis de la mañana hasta las once del día confesando. Y así quiso Dios que la muerte le cogiese casi en este santo ejer­cicio y con las armas en las manos. Era el domingo del Patrocinio de Nuestra Señora y había confesado hastalas once: se levanta, va a comer con la Comunidad; comienza a dar gracias, y a pocas palabras cae en tierra, he­rido de una apoplejía total. Desde el refecto­rio le llevan en brazos a un cuarto, donde permanece vivo, pero sin sentidos, cerca de veinticuatro horas, al fin de las cuales, sin poder recibir más que la absolución sub con­ditione y la Extremaunción, da su alma al Criador. Su muerte fue sentida de los de casa y de muchos externos, y un Hermano hizo un busto de su cara para conservar su memoria. Su cuerpo fue sepultado con los honores acos­tumbrado en el vaso común del altar dé los Dolores de nuestra iglesia».

Acabó, pues, sus días este siervo fiel, a quien el Señor encontró vigilante, el 11 de noviembre de 1807. Activo, metódico y or­denado en todas sus cosas, nunca se hizo del enfermo y del cansado, ni se buscó así mis­mo, sino el reino de Dios en las almas, pres­tando grandes servicios a la Compañía y de­jándola hermosos ejemplos que imitar.

 

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