P. Rafael Pi, Tercer Visitador (1725-1788) (II)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPITULO II

Visitador de la Provincia de España y Director de las Hijas de la Caridad (1788-1796).

Fue nombrado Visitador de la Provincia de España el P. Pi el 7 de julio de 1788. «España y Portugal continúan siendo nuestro consuelo —escribía el P. General en la circu­lar de 1.° de enero del año siguiente— por la exacta regularidad que allí reina y por el celo desplegado en el cumplimiento de nues­tros ministerios». Y dos años más tarde añadía: «El P. Pi, Visitador de nuestras ca­sas de España, me comunica detalles muy sa­tisfactorios sobre la conducta irreprochable de nuestros hermanos. A una edificante exac­titud en el cumplimiento de todos los debe­res de su estado, unen el celo más ardiente e infatigable por la salud de las almas. Por ello son generalmente estimados y requeri­dos de todas partes; muchos quieren asociar­se a sus trabajos y tienen vocaciones abun­dantes, que es buen presagio de los designios que Dios tiene del engrandecimiento de esta Provincia». En los años posteriores afirma: «Que el espíritu de San Vicente se mantenía y perpetuaba entre los españoles por medio de la observancia exacta de las Reglas, y que en muchos, más bien había que moderar su celo, que excitarlo». Prosi­guió, pues, próspera y floreciente la Congre­gación bajo la conducta del P. Pi, si bien no se aumentaron los establecimientos, sin duda por las muchas dificultades, y trabas que se ponían a las nuevas fundaciones; porque en la circular de 23 de diciembre de 1795 dice el P. General: «Se ofrecen a nuestros Her­manos de España establecimientos muy im­portantes. Es una prueba del buen concepto que se tiene de su celo y de la utilidad de sus funciones. Nosotros no acogeremos tales de­mandas si no estamos seguros de que pueden contribuir a la gloria de Dios y al bien de la Compañía».

Del 20 de septiembre al 11 de octubre de 1788 pasó el P. Pi visita en la casa de Bar­celona. Recomienda en las prudentes orde­nanzas que dejó, el adquirir la propia per­fección por medio de la práctica de las vir­tudes propias de los misioneros. Además «de­ben todos habilitarse —dice— según el talen­to y salud que el Señor les diere para poder ser aplicados al celo de la salud de las al­mas, estudiando aquellas materias que más conducen a este fin y dejando de estudiar lo que no sea tan a propósito, cuando impide saber lo que es menester». Les exhorta a po­ner los ojos en Cristo para sobrellevar a los compañeros y sufrir las molestias del confe­sonario en las misiones, guardar el regla­mento y ser obedientes al Superior o Di­rector.

Recomienda, luego el cuidado esmerado de los enfermos y el modo de visitarlos, la guar­da de los votos, la caridad fraterna y el silencio. Respecto del modo de conducirse en el confesonario en materia de castidad dice: «Se ha de tener sumo cuidado en no pregun­tar si no lo preciso… sin querer bajar a co­sas muy particulares, sin precisa necesidad, que rara vez sucede, y entonces ha de ser con tal modo, que entiendan que aquéllas son preguntas precisas para el bien de su alma, sin que domine alguna curiosidad». Da des­pués saludables advertencias a las distintas secciones de la Comunidad, diciendo, por ejemplo, a los estudiantes que unan el estu­dio con la virtud; «y por esto antes de estudiar purificarán la intención, buscando con la ciencia la voluntad de Dios y hacerse bue­nos y sabios para sí y para los demás. Jamás estudiarán después de la cena por ser muy perjudicial a la salud».

Otra vez pasó visita en la misma casa cen­tral al año siguiente sin dejar nuevas orde­nanzas, avisando únicamente que en misio­nes ningún Misionero se quedará solo en la iglesia, sacristía u otro lugar, a la hora de retirarse a casa, «ni a otra hora sin licencia expresa del director, que no dará sin que haya verdadera necesidad ni se tomará para sí mismo sin la misma. Al ir y volver de la iglesia irán juntos de dos en dos sin hablar y con modestia para la edificación».

En la casa de Mallorca pasó visita dos ‘ve­ces: a fines de septiembre de, 1789 y 1792. En las ordenanzas y avisos que dejó en estas visitas hizo casi idénticas recomendaciones que en las de Barcelona.

Respecto de las demás Casas sólo sabemos por los libros de cuentas de Barbastro que pasó allí visita tres veces: la primera en sep­tiembre de 1790; la segunda, en agosto de 1792; y la tercera en septiembre de 1794. Es casi seguro que en las mismas épocas pasó también visita en las casas de Reus y Guisona. De esta última casa se conservan unos avisos de puño y letra del P. Pi, dejados en la visita de 1794. En ellos se manifiesta el es­píritu eminentemente práctico del P. Pi y su celo por la observancia y conservación de las reglas y tradiciones de la Compañía. He aquí los que dejó para los sacerdotes:

«Que se digan las misas por turno y en los días de fiesta, en el tiempo que los seño­res Sacerdotes franceses vivan en esta casa, cada media hora, que salga una misa hasta las nueve, que pueden celebrar dichos sacer­dotes por no haber de confesar.

Los que estén buenos, no reposarán sino una ver en cada semana, que señalará el Su­perior; y los demás días, como se supone, se levantarán a las cuatro y asistirán a la ora­ción con la. Comunidad. Los enfermizos asis­tirán a lo que puedan, especialmente a las vís­peras y maitines, las que pueden decir con voz baja, y siempre que puedan asistirán a las conferencias espirituales. Todos apagarán la luz a su hora y no se cerrarán por la parte de dentro, excepto el Superior y Procurador de esta casa.

Ninguno hablará fuera de tiempo permiti­do por la regla, ni en corredores, ni en la huerta, y menos en el refectorio, ni en el sa­car a alguno la caja para tomar tabaco.

Ninguno llevará reloj de faltriquera por no permitirse entre nosotros en España.

En la misión se harán las doctrinas al pie del altar y no en el púlpito, y se harán preguntas a los muchachos y muchachas, como se ha acostumbrado. Nadie se vaya de la igle­sia cuando los otros confiesan, sino por ne­cesidad, y entonces se vuelve a ella y en la misma iglesia se puede leer alguna cosa.

Tengan cuidado en no preguntar a los pe­nitentes, cómo se llaman, en dónde viven, y otras cosas que no son necesarias para la confesión.

Vayan juntos a pasear, y no conviene que uno se vaya solo con algún externo y podría causar alguna nota. Guárdense mucho de ha­blar con las gentes de la casa, especialmen­te mujeres, que sería de grande desedificación y no se atreverían a explicarse bien en  la confesión».

Siendo Visitador de la Provincia el Padre Ferrer, era Superior de la casa de Barcelona el P. Pi, y ahora que el último era Visita­dor, aquél fue nombrado Superior de la Co­munidad; pero muerto el P. Ferrer, volvie­ron a unirse en el P. Pi los cargos de Visita­dor y Superior, no sabemos por qué razón. Seguramente que fue el P. Pi quien cuidó de que saliera a luz el tratado póstumo del P. Ferrer.

De los impedimentos de la perseveran­cia en el bien, la obra más importante de tan sabio Misionero. En uno de los impedimen­tos añadido por el editor en la tercera parte, impresa en 1791, hablando de los medios de santificación que había en Barcelona, dice (pág. 136): «La casa de la Misión está abierta para todos aquellos que quieren recogerse en ella a hacer ejercicios espirituales por algunos días, los cuales se componen de un agregado de prácticas de piedad. Observamos con mucho consuelo que unos años con otros se retiran en ella como 1.500 ó 1.600 personas a hacer dichos ejercicios.

Se ve, pues, que continuaron muy florecientes los ministerios de la casa de Barcelona, sobre todo, los ejercicios y las misiones. Dado el carácter activo del P. Pi, es casi seguro que él mismo trabajó en este tiempo en la obra de los ejercicios; aunque no podemos averiguarlo por haberse extraviado los libros de ejercitantes de aquella época.

Recogió el P. Pi en las casas de España, con caridad verdaderamente evangélica, a muchos Paúles franceses que la revolución lanzó de su patria, sosteniendo esta carga con un celo que merece todo nuestro reconocimiento, afirmaba el P. general.

Fue el P. Pi el primer Director de las Hijas de la España. En su tiempo regresaron de Francia las jóvenes que allá había envido el P. Nualart para que ingresaran en la Compañía de las Hijas de la Caridad y, una vez formadas, echaran en nuestra patria los fundamentos de tan benemérito Instituto. Donde primero se preparó cam­po para la acción de las Hermanas, fue en Barbastro; aunque de hecho-no fue la prime­ra población española en que prestaron sus servicios.

Cuando en el verano de 1781 pasó visita en la casa de Barbastro el P. Nualart, habló sin duda de su proyecto de introducir las Hi­jas de la Caridad en España, y el entonces Superior de aquel Seminario, P. José Durán, tomó tan a pecho los deseos del Visitador, – que no sólo encontró dos jóvenes que se ofre­cieron a alistarse entre ras Hijas de la Cari­dad, yendo para ello a Francia a «expen­sas» de la Casa-Misión de Barbastro: sino que también se agenció para reunir do­nativos con les que compró en 1783 unas casas y huerto que sirvieran para la fundación y dotación de las Hijas de la Caridad en Bar­bastro. Como en dicho año volvió segunda vez de Superior a aquel Seminario el P. Pi, ce­sando en el cargo el P. Durán, que quedó de asistente, ambos hicieron, el 9 de julio de 1783, ante el notario de Barbastro, D. José Espluga, una declaración, expresando que el dinero empleado en la compra de las referi­das casas y en la construcción de otras, lo mismo que los intereses que produzcan, pertenecen a la fundación de las Hijas de la Caridad que se trata de hacer en Barbastro con cargo de enseñar, para cuyo objeto se había recogido donativos de los fieles.

Además, el canónigo D. Antonio Jiménez ken su testamento otorgado a 25 de junio de 1783 dice, que deseando emplear en obras pías los bienes que le dio la Providencia «ha llegado a mi noticia que D. Josef Durán, Pres­bítero, Sacerdote de la Congregación de la Misión de San Vicente Paúl de esta ciudad, proyectaba en ella la fundación de una Casa, bajo el título de las Hijas de la Caridad, a imitación de las que se hallan establecidas con ciertas reglas en. Francia, y que por fal­ta de medios no podía llevar adelante esta obra tan piadosa, y habiéndome informado ,del mismo D. Josef Durán, y hallado ser cier­ta la noticia del proyecto referido, creído… que yo no puedo dar mejor destino a mis bienes que aplicándolos para aquélla, a fin ,de que obra tan pía no quede sepultada en el silencio y que dicho D. Josef Durán pueda solicitar se lleve a efecto», deja para ello parte de sus bienes, y mientras no vengan las Hermanas, deben cuidar los Padres del Se­minario de pagar con ellos cuatro maestras para la enseñanza, como, en efecto, lo hizo también el P. Durán que tanto el Obispo, como el Cabildo y la ciudad, elevaran al rey una representación para que per­mitiera el establecimiento de las Hijas de la Caridad en Barbastro.

Poco después, el 27 de mayo de 1784, aca­baba santamente sus días el P. Durán. «En su enfermedad dio grandes muestras de san­tidad», y al acercarse la muerte decía con mucha alegría y confianza que iba a ver a Dios. «Poco antes de morir hizo una fervo­rosa deprecación a la Virgen, de quien era muy devoto». Debía ser hombre de tesón y gozar de muchas simpatías en Barbastro; porque en poco tiempo reunió capital y dis­puso la primera fundación en la península para las Hijas de la Caridad, y, si él no hu­biera muerto tan pronto, es casi seguro que hubiera sido la primera casa ocupada por ellas.

En la primavera de 1790 regresaron por fin de Francia, cinco de las Hermanas espa­ñolas, y, en lugar de una que se quedó allá, vino con ellas Sor Juana David, asistenta de la Madre General. Fueron instaladas en el Hospital de Santa Cruz de Barcelona, donde empezaron a admitir postulantas y formar no­vicias; pero a los dos años las Hermanas se vieron en la precisión de abandonar aquel es­tablecimiento, por querer la administración variar sus reglas y formar un Instituto muy distinto del de las Hijas de la Caridad. Pro­curó el P. Pi que las Hermanas fueran bien atendidas en casas particulares, en tanto se abría campo para sus benéficas tareas. A las dos aragonesas, Sor María Blanc y Sor Ma­nuela Lecina, las envió a Barbastro; pero a su paso por Lérida encontraron al P. Muri­llo, Superior de nuestra casa de Barbastro, que estaba dando ejercicios al clero. Entera­do aquel celoso y santo Misionero de lo que había pasado en Barcelona, presentó las Hermanas al Ilmo. Sr. D. Jerónimo de To­rres, Obispo de Lérida, quien las detuvo con el fin de encomendarles el cuidado del Hos­pital, y mientras se obtenía la licencia del rey, dispuso que se retiraran al Real Monas­terio de Sigena. Así lo hicieron, trasladán­dose luego con el beneplácito de su Ilustrí­sima a Barbastro para emplearse en la ense­ñanza de las niñas, mientras venía la licen­cia para fundar en Lérida y Barbastro.

Venido el permiso para encomendar a las Hermanas el Hospital de Lérida, dio el Pa­dre Pi el poder siguiente para que se forma­lizara la fundación: «Convengo en que el Rvdo. Joseph Murillo, Superior de la Casa de la Congregación de la Misión de Barbastro, junto con Sor María Esperanza Blanch. Hija de la Caridad, puedan firmar los pactos que entiendan según Dios, sobre el establecimien­to de las Hijas de la Caridad en el Hospital de la ciudad de Lérida, y todos los demás es­tablecimientos, que les quieran juntar con:- formes a su Instituto. Barcelona, 21 de No­viembre de 1792.=Rafael Pi, Visitador de las Casas de la Congregación de la Misión de Es­paña, y de las Hijas de la Caridad en el mis­mo Reyno».

Formalizada la escritura se dio pública y solemne posesión del Hospital a cuatro Hermanas el 2 de diciembre de 1792. Una de las condiciones del pacto dice: «Que las Hijas de la Caridad en cuanto al gobierno y dirección .interior y exterior de ellas solo deban estar inmediatamente sujetas a la Congregación de la Misión, es decir al Visitador de la misma Congregación de la Provincia de España y del superior de la casa de la Congregación de la Misión de Lérida (si en el tiempo la hubie­re) y no habiéndola, del superior de la casa más próxima de la misma Congregación, y a las superioras».

Casi al mismo tiempo y merced a las ges­tiones y diligencias del propio P. Murillo, ayudado por el P. Lacambra, su asistente, se instalaron definitivamente las Hermanas en Barbastro, cumpliéndose así las disposiciones del difunto P. Durán. Pocos días después se encomendó asimismo a las Hermanas el hos­pital de la villa de Reus.

Aparte del hospital de Santa Cruz, de Barcelona, que tuvieron que abandonar para per­manecer fieles a su vocación, tres fueron, pues, los establecimientos encomendados a las Hijas de la Caridad, durante el tiempo que fue su Visitador y Director el P. Pi, y en los que aún continúan hoy día prestando sus ca­ritativos servicios.

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