P. Rafael Pi, Tercer Visitador (1725-1788) (I)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPITULO PRIMERO

Nacimiento e ingreso en la Congregación—De misiones.–Superior del Seminario de Barbastro y de la casa de Barcelona. (1725-1788).

Natural de Premia (Barcelona), en la sua­ve y deliciosa costa mediterránea, vino al mundo el P. Pi el 29 de octubre de 1725. In­gresó en la Congregación de la Misión el 11 de septiembre de 1754. «Era ya sacerdote cuando entró, y de mucho espíritu, y con éste comenzó y siguió su noviciado hasta el fin», leemos en las Memorias de los difuntos de la casa de Barcelona. Concluido el no viciado, por no llegar a tiempo la licencia del Visitador de Lombardía, de quien depen­dían entonces las casas de España, tuvo que esperar más de un mes para emitir sus vo­tos, haciéndolos por fin, el 23 de octubre de 1756. «Después, se empleó mucho en el san­to ejercicio de las misiones, haciendo en ellas con su sencillez y fervor un fruto asombro­so; por eso «solía él decir a los demás, cuando anciano y Superior: Seamos buenos y haremos fruto extraordinario».

Antes de terminar su noviciado, asistió, para ayudar a confesar, a la gran misión que dieron los misioneros de la casa de Barcelo­na, desde el 9 de enero al 19 de febrero de 1756, en la antigua e industriosa ciudad de Mataró, misión que resultó muy fervorosa y concurrida, obrándose conversiones extraor­dinarias de pecadores encallecidos en el pe­cado y repartiéndose el día de la comunión general 9.000 comuniones. En noviem­bre del mismo año salió a misión con los PP. Costa, Run y Fals. Después de la fervo­rosa misión de Piera, de donde lograron des­terrar las divisiones que asolaban la villa ha­cía años, pasaron a San Lorenzo Savall, sien­do tanto el fervor de aquella buena gente que, apenas tocaban la campana, se llenaba la iglesia de allí fueron a Vilamajor. A con­tinuación misionaron en San Cugat de Va­llés, concluyendo con una solemne procesión, presidida por el muy ilustre abad de aquel famoso monasterio, D. Buenaventura de Ga­yoba. Aquel curso no consta que el P. Pi diera más misiones. En ellas predicaba unas ve­ces las pláticas de la mañana y otras las doc­trinas.

Al año siguiente sabemos que trabajó en las misiones de Montornés, donde llamaron, la atención por su fervor los moradores de Monmeló, que con su párroco al frente ve­nían en procesión, rezando el Rosario y can­tando las Letanías de la Santísima Virgen y en las de Breda, Palautordera, Campins y Costa de Monseny. En la primera de estas cuatro recobró repentinamente, por interce­sión de San Vicente de Paúl y después de una confesión general, la salud un hombre que llevaba treinta y cuatro meses enfermo, y un niño la vista de un ojo; y se consiguió la re­forma del monasterio, clausurándolo, cerran­do la puerta por donde entraban antes las mujeres y tomando otras medidas para la más exacta observancia. Se obraron asimis­mo prodigios maravillosos por mediación de la Madre de Dios y de San Vicente en las res­tantes misiones, curándose un niño que esta­ba a la muerte, y recobrando la vista una niña ciega, y un, tullido el movimiento. Du­rante la última misión vino una horrible tor­menta con pedrisco; los pobres labradores clamaron pidiendo misericordia al Señor, y ni los sembrados, ni las viñas sufrieron daño alguno, a pesar de verse en muchas partes blanca la tierra con la piedra, cual si hubiera nevado. La gente agradecida a Dios llena­ba desde media tarde la iglesia, viniendo de otros pueblos, con todo y ser tan áspero el terreno, de modo que el día de la comunión general hubo 1.400 comuniones, no tenien­do Costa de Montseny más allá de unas 300 almas de comunión.

En la primavera de 1759 ayudó el P. Pi a dar misión en Mollet, Cardona, Caserras y Borreda, cosechando en todas partes copio­sos frutos de bendición y poniendo fin a mu­chos pleitos y disensiones.

Desde 1756 figura asimismo el P. Pi como director de muchos ejercitantes y haciendo la lectura y meditación en algunas de las tan­das que se daban en casa.

Destinado a Barbastro, partió de Barcelona el 18 de octubre de 1759, llegando en compañía del P. Campderich, que estaba en Guisona, a la patria de los ilustres Argenso­las el 22 de dicho mes. Hacía pocos meses que los misioneros, dejando el Seminario de Nuestra Señora de la Bella, situado en para­je delicioso en la margen derecha del Cinca, junto a Castejón, se habían trasladado a Barbastro, ocupando el primitivo convento de Capuchinas, y los Superiores querían sin duda dar nuevo empuje al Seminario, que desde entonces se llamó de San Vicente de Paúl.

Desde marzo de 1761 hasta Navidades de 1766 fue el P. Pi Procurador de la casa. To­davía conservamos algunos de os libros de cuentas de entonces,  y por la limpieza, claridad y precisión en el modo de llevarlos, se ve que era el P. Pi un hombre muy me­tódico, recto y trabajador. Obsérvase en los citados libros, durante los años susodichos, que las partidas de las dos épocas del año en que salían a misiones algunos de los sacer­dotes de la comunidad, están asentadas por otra mano; de donde se deduce que el P. Pi, tan amante de este capital ministerio de nues­tra pequeña Compañía, iba todos los .años a misión.

En los asientos de los gastos de las misio­nes se anotan casi siempre los nombres de los pueblos misionados. Así aparece que en. 1760 dieron misión en Mediano, Ainsa, nastón, La Puebla de Castro, Campo, Barba­ruens y Seira, gastando 51 libras, 9 suel­dos y 11 dineros. La razón de que algunos años gastaran mucho menos, nos la dan ad­vertencias como ésta: «De casa se enviaba a las misiones pan, vino, carne, abadejo, y muchas frutas». También se encuentran par­tidas del tenor siguiente: «Por 100 docenas de rosarios para las misiones, 4 libras, un sueldo, y siete dineros. Por 2.000 meda­llas pequeñas para misión, 11 libras, 4 sueldos: y por una caja para conducir estas cosas, 8 sueldos y 8 dineros.

No sólo recorrió e P. Pi en los años sucesivos los pueblos del Obispado de Barbastro, sino también muchos del de Lérida en la región comprendida entre el Noguera Ribagorzana y el Noguera Pallaresa y Segre; pero habiéndose perdido en las revueltas del siglo pasado el libro de misiones del seminario de Barbastro, no podemos apreciar debidamente los trabajos de tan celoso misionero.

Estando en casa, es seguro que dirigió asimismo a los que se retiraban a practicar los ejercicios espirituales.

En 1766 consta que era asistente de la casa, y probablemente en los últimos días de aquel año fue nombrado Superior de la misma. Sin desatender la importantisima obra de las misiones y la formación del clero, pensó pronto el P. Pi en levantar nueva casa e Iglesia. Se puso la primera piedra de ésta el 10 de octubre de 1768, y se comenzaron los trabajos con actividad; pero viendo la ciudad que la hacían sin puerta a la calle, con lo que excluían de ella a las mujeres. El Obispo y el Ayuntamiento hicieron parar la obra y escribieron al Superior General de la Misión pidiéndole que la Iglesia tuviera puerta a la calle y que pudieran entrar hombres y mujeres, sin diferencia de tiempos ni días. Contestó el P. Jacquier muy atento a la demanda y comisionó al P. Melción, Superior de Barcelona, y al propio P. Pi para solucio­nar el asunto. Convinieron dichos Padres con el Ilmo. Sr. Obispo y Ayuntamiento en que la nueva iglesia sería común a hombres y mu­jeres en esta forma: para los hombres todos los días del año, sin distinción, y para las mujeres todos los días festivos. La razón de pedir con tanto empeño que se abriera la iglesia para todos, era con el fin de poderse confesar en ella.

Tiene la iglesia unos 30 metros de largo por 14 de ancho. Es de una sola nave, con seis capillas laterales y cúpula con pinturas al fresco: Costó mucho levantarla, por tener que traer de lejos la piedra y por manar mu­cha agua y no hallar suelo firme para los ci­mientos. Efecto de esto sin duda y del aban­dono en que estuvo después de la supresión de las órdenes religiosas, amenaza ruina en la actualidad. Fue consagrada por el Ilustrí­simo D. Juan Manuel Cornel e] 19 de octu­bre de 1777. No tuvo, por tanto, el P. Pi el gusto de terminarla, porque había sido tras­ladado de Superior a Barcelona.

En 1769 celebró el P. Pi un convenio con la Real Junta Municipal de Temporalidades, obligándose el Seminario de Barbastro, por 60 duros anuales, a dar las misiones que por fundación estaban obligados a desempeñar los PP. Jesuitas de la villa de Graus.

Junto con el P. Lobera, diputado por la casa, fue el P. Pi a la Asamblea provincial, tenida en Génova en 1774, donde se trató de la formación de una nueva provincia con las casas de España. Gastaron en el viaje 141 li­bras y 17 sueldos.

Probablemente en octubre de 1774 cesó en el cargo de Superior del Seminario de Bar­bastro, y nombrado pocos meses después Su­perior de Barcelona, llegaba a la capital del principado el 27 de marzo del año siguiente. Aquí, además del gobierno de la casa y de mantener florecientes y prósperos los minis­terios que con tanto aplauso y fruto de las almas se venían desempeñando, aparece el P. Pi predicando las pláticas en multitud de tandas de ejercicios a toda clase de personas y a ordenandos.

El 10 de mayo, de 1783 llegó de nuevo a Barbastro con el cargo de Superior de aquel Seminario. Encontró terminada la obra de la iglesia y, sin duda, que fue en esta segunda época cuando concluyó asimismo la obra del seminario. Es une de los mejores edificios que tenía la Congregación en España. Tiene más de 60 habitaciones amplias, llenas de luz Y sol, por mirar casi todas al mediodía. Todo estaba magníficamente hecho y distri­buido para el objeto a que se dedicaba. Así la casa como la iglesia se levantaron en su mayor parte con los donativos de la Excelentisima Sra. D.a Rosa María de Castro. Con­desa de Lemos, Marquesa viuda de Aytona, una de las más insignes bienhechoras de la Congregación. También es justo recordar al buen Hermano Coadjutor de nuestra Congre­gación, Esteban Soler, natural de Centellas, de oficio carpintero, que dirigió toda la obra de carpintería.

Fue el P. Pi elegido diputado por la Pro­vincia de España para la decimoquinta Asam­blea General de la Congregación, celebrada en París en los primeros días de julio de 1786.

 

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