P. Miguel Gros, noveno Visitador

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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Nació el P. Miguel Gros el 8 de mayo de’ 1779 en la Puebla de Castro (Huesca), villa situada sobre un altozano, desde donde se di­visan por todas partes hermosos panoramas, un poco más arriba de la confluencia de los ríos Esera y Cinca, entre Barbastro y Graus. Había cursado ya la mayor parte de los es­tudios eclesiásticos cuando ingresó en la Con­gregación, en la casa de Barcelona, el 27 de octubre de 1804. Concluido el noviciado, le enviaron a estudiar Moral a Barbastro, adon­de llegó el 27 de febrero de 1807. A 29′ de ju­lio de 1810 pasó a la casa de Guisona, y allí fue ordenado sacerdote. Volvió a Barbastro 30 de junio de 1813 y el 28 de agosto del año siguiente partió para.Badajoz con los PP. Cué­llar y Barragán, llegando el 20 de septiembre.

En Badajoz se dedicó a la enseñanza, fue procurador de la casa, dió varios años misión en la cárcel y ejercicios a los seminaristas. Cuando, con motivo de los achaques del Pa­dre Feu, trató el P. General, De Wailly, de nombrar superior de la casa de Madrid y vi­cevisitador de la provincia, el Visitador de España deseaba para tales cargos al P. Gros, mejor que al P. Roca; pero, habiéndose pedi­do de París el dictamen del P. Codina, éste debió informar a favor del último.

Trasladado, pues, el P. Roca a Madrid, en su lugar quedó de superior en Badajoz el P. Gros. De lo bien que llevaba la comunidad dan testimonio las siguientes palabras con que encabeza el P. Roca las ordenanzas, de­jadas en la visita que hizo a aquella casa en enero de 1831: «No podemos dejar de mani­festar la edificación y júbilo interior que se apoderó de nuestro corazón luego de haber entrado en esta casa, por ver el bello orden que en ella se observaba; por la mutua cari­dad y santa unión que entre vosotros reina; por la exacta puntualidad con que asistís a todos los actos de comunidad; por el silencio y modestia con que edificáis a la multitud de jóvenes que moran con vosotros; y sobre to­do, por los fervorosos deseos de la observan­cia de nuestras santas Reglas y de aspirar a la propia perfección… Por todo lo que doy gracias al Padre de las misericordias que es el autor de todo bien, y a vosotros una prueba de mi amor, dejándoos las siguientes orde­nanzas que servirán, no para remediar abusos, que por la misericordia de Dios no los hay, sino para impedir que se introduzcan en lo porvenir, y también para confirmaros en los buenos sentimientos que actualmente os ani­man de procurar con todo esmero la gloria de Dios, la formación del clero, la salvación de las almas, la fiel observancia de nuestras Reglas, de que depende el buen nombre de que hasta ahora ha gozado esta casa».

Y un poco más adelante añade: «Esta casa, señores y hermanos míos carísimos, por un efecto de la divina Bondad y por el buen ejemplo de los fundadores difuntos, insensi­blemente ha llegado al punto de observancia y buen orden en que ahora la veis, derraman­do el buen olor de Jesucristo que por todo el Obispado se ha difundido.»

Siendo superior el P. Gros, fueron aproba­das por el Sr. Obispo de Badajoz y por el Su­perior General de la Misión las sabias consti­tuciones por que se debían regir los ordenan dos que allí se disponían al sacerdocio.

Fue el P. Gros miembro de la Junta de Ca­ridad de Badajoz, que le dio varias y honrosas comisiones, entre otras la de gestionar y dis­poner lo necesario para poner bajo la direc­ción de las Hijas de la Caridad la enseñanza de las niñas pobres. Representaba a las Her­manas en las Juntas y les prestó muchos y valiosos servicios. Al venir los liberales al- poder, tuvo que sufrir mucho y dejar laJunta, después de rendir cuentas exactas de todo, y por último, a 10 de septiembre de 1834, partió desterrado por orden del capitán general D. Manuel Latre para la casa de Va­lencia, donde estuvo algún tiempo, pasando luego a Guisona y de allí al extranjero.

Asistió con el P. Roca a la decimoctava Asamblea general de la Congregación. Hacia 1838 ó 39 regresó a «España, encargado por el P. General de ayudar al P. Roca en la di­rección de las Hermanas. Desde principio de junio, por lo menos, hasta la segunda quincena de noviembre de 1839 estuvo por Navarra y las Vascongadas, haciendo por orden del P. Roca, la visita en las casas de las Hijas de la Caridad. Del 2 al 10 de ju­nio de dicho año la hizo en la Inclusa de Pamplona. En las ordenanzas que dejó, elo­gia a las Hermanas por lo bien que cumplen con las Reglas, con la contrata y con lo que les encomienda la junta del establecimien­to. Las exhorta a cuidar «de que nada se desperdicie en los bienes de los pobres, que son bienes de Dios». Y, por último, les hace algunas advertencias encaminadas a evitar el trato demasiado con los externos, causa e tantísimos males, y a la guarda de la car­idad fraterna y del voto de pobreza.

El 22 de octubre del año susodicho escri­bía desde Vitoria a Sor Margarita Vasseur, Superiora del Hospital de Incurables en Madrid: «Aquí me tiene usted hace cuatro días desde donde le escribo después de tantos años, que ni he escrito, ni recibido carta de usted. Abiertas las barreras, remito a usted, con el parecer de Sor Vicenta Molner mi compañera de viaje desde Sangüesa a Pam­plona, Tolosa, Vergara y Vitoria, a Sor An­gela Sauca que podrá ser de consuelo para usted. como nos encarga el Sr. Codina des­de Valfleury cerca de Lyón, donde se halla contento; no sé si querrá volver. Confío en que la buena acogida que la hará usted, le servirá de satisfacción. La compañera que lleva, Sor María Ángela Cercalde, es regular la pongan en el Hospital General, como he escrito a esos mis Hermanos; es necesario hacer sacrificios todas las casas para admi­tir las Hermanas de las casas extinguidas, para que no se dé que decir, como lo han hecho con las que se han ido a Francia, que no ha hecho favor ni a ellas ni a las casas de España; en fin, la dadora contará a usted las cosas; nosotros nos volveremos mañana o pasado mañana a Tolosa y San Sebastián, desde donde pasaremos a Estella…»

En el Hospital de esta última población hizo efectivamente la visita el P. Gros a me­diados de noviembre. El 15 de dicho mes y año dirigió el P. Roca desde Sangüesa la si­guiente circular a las Hermanas:

«Sabiendo nuestro muy honorable Padre el muy Reverendo Sr. Superior General el débil estado de mi quebrantada salud, que me imposibilitaba visitaros para consolaros en vuestras dudas y penas, ha tenido a bien nombrar al Sr. D. Miguel Gros para vuestro Director, quien queda encargado de vuestra dirección. Este buen señor es virtuoso, pru­dente y muy a propósito para vuestra direc­ción; pues es uno de los más enterados en las cosas de vuestro Instituto; y, por consi­guiente, el más cabal para dirigiros con acierto según vuestra vocación. Recibidle, pues, mis carísimos Hermanos como elegido de Dios para vuestro bien espiritual y tem­poral. El os visitará como padre amoroso a sus hijos e hijas; él os consolará con caridad en vuestras aflicciones; él os dirigirá con prudencia en todo lo concerniente a vuestro santo estado; él, en fin, con sus saludables consejos y paternales amonestaciones, será vuestro consuelo y vuestro padre. Recibid­le, pues, os vuelvo a decir, como a enviado de Dios para vuestro bien».

Se trasladó, pues, el P. Gros a Madrid, y el 20 de diciembre lo comunicaba a las Hermanas en la siguiente circular, hacién­doles, de paso, algunas saludables adverten­cias:

«Mis amadas Hijas en el Señor: el cora­zón se me partió de pena al saber me habían nombrado Director General de todas las Hijas de la Caridad de los Dominios de Espa­ña, y mis ojos no se cerraron en la próxima noche: pues por una parte consideraba la dificultad de dirigir un tan grande número de Hermanas como hay en España, casi sin conocer a la mayor parte de ellas, cosa que es absolutamente necesaria para poderlas destinar prudentemente, así para los oficios como para los establecimientos particula­res; por otra parte consideraba la carga tan pesada que debe abrumarme, por ser tan excesiva a la debilidad de mis hombros y hallarme sin el talento necesario para una tan necesaria dirección. Así, me hizo estar vacilante si renunciaría o no; pero como me veía tan apretado a que. cuanto antes me fuera posible, me trasladara a la Corte y que confiara me ayudaría Dios, supuesto que la sola obediencia me hacía entrar en el car­go, y que los sujetos a quienes había pedido consejo y manifestado mis temores me ins­taban para que aceptara y partiera cuanto antes a mi destino, porque era clara la vo­luntad de Dios; así lo hice, dejando mi ama­ble y tranquila residencia, confiado en que vosotras, así como mis compañeros, me ayu­daríais a aliviar mi pesada carga, ya con vuestras oraciones, y para este efecto con­cedo a todas las Hijas de la Caridad una co­munión, en el día que señalare la Hermana Sirviente de cada establecimiento, con tal que no sea en día que haga completar tres comuniones seguidas; ya me ayudaréis y consolaréis también si sois bien observantes de las Reglas y prácticas de virtudes que componen vuestro Instituto, a saber, la hu­mildad, caridad y mansedumbre; porque así seréis más gratas a Dios y os concederá más fácilmente sus gracias. Nada os digo por ahora de estas virtudes, sino que leáis con reflexión vuestras Reglas, que allí encontra­réis lo que es necesario para practicarlas bien. Me ayudaréis también si sois muy obe­dientes a vuestros superiores, mirándolos como al mismo Dios, según os dice la. Regla; porque si no los mirarais así, sino a sus cua­lidades o modo de obrar, seguramente que os engañaría el demonio: lo primero, ha­ciéndoos parecer que obran mal, por pasión, que no tienen talento y otras mil cosas, lo que os hará perder el afecto para con ellos, os hará comunicar estos mismos sentimien­tos a vuestras compañeras, todo lo critica­réis, todo lo interpretaréis a mala parte, y esto siempre con apariencia de bien y con pretexto de que se reforme todo. Cuando se llega a esto, poca esperanza hay de remedio, y ¡qué doloroso sería para mí encontrar se­mejantes sujetos! No lo pienso; pero si así fuera, pronto abandonaría mi cargo.

Se ha notado los muchos males e incomo­didades que ocasiona a los Superiores elmudar los nombres de bautismo a las Her­manas. Por tanto, prohíbo el que se mude, sin licencia expresa del Director General, en adelante; por lo que, si se hallan dos o tres Hermanas del mismo nombre en algún esta­blecimiento, v. gr., tres Josefas, a la prime­ra que habrá llegado a la tal casa se la lla­mará sencillamente Sor Josefa; a la segun­da, si tiene segundo nombre, v. gr., Anto­nia, se la llamará Sor Josefa Antonia, y lo mismo a la tercera, y si no lo tuviese se la llamaría de su nombre y apellido, v. gr., Sor Josefa Pérez, etc.; y asimismo mando que todas las novicias y recién profesas que los tuvieren mudados, tomen el de su bautismo.

Como el coste del correo es muy grande, encargo a las Superioras que cuando me es­criban franqueen las cartas en cuanto pue­dan.

No me alargo más, mis caras Hermanas, porque pienso salir de visita a todas las ca­sas desde la próxima primavera, y entonces lo haré con más extensión y verbalmente; sólo sí pido a las Superioras que contesten el recibo de esta circular, y que pongan el nombre y dignidad o empleo de los confeso­res ordinarios, y añadirán también el de los extraordinarios; asimismo el nombre, apelli­do y día de entrada en la Compañía de todas sus súbditas, por ser necesario para mi gobierno y remediar las equivocaciones que haya podido haber.

Todas las Hermanas saben que pueden las particulares acudir a mí con cartas cuando lo juzguen necesario, sin que las Superioras locales puedan leerlas, ni tampoco mis con­testaciones, que llevarán el sello de mi ofi­cio como esta circular en la carpeta para que se conozca y se entreguen las cartas sin abrirlas.

Esto es lo que he juzgado conveniente de­ciros en la primera vez que os hablo con esta mi circular, que se leerá en cada estableci­miento a todo la Comunidad, y se trasladará en el libro de las circulares de vuestros Su­periores.

El Señor os conserve a todas en su santa gracia, y yo os doy su santa bendición en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Madrid, 20 de diciembre de 1839. Miguel Gros, Director General».

En los primero meses de 1840 hizo el Pa­dre Gros la visita en las casas de Madrid. «He pasado la visita de estas cuatro casas, escribía el 9 de marzo a Sor Margarita Rose­lló, y ayer comenzaron los ejercicios espiri­tuales algunas Hermanas de este Noviciado, donde he puesto por Superiora a Sor Vicenta Molner, y en el Hospital General a Sor Vicenta Rocamora. Si puedo iré a Toledo a hacer la visita antes de hacer la renovación [de los votos], y antes de Pascua a Segovia y Ávila, y pasado Pascua iremos más lejos».

En la segunda quincena de mayo le en­contramos ya pasando visita en el Hospital de Valencia y en la Misericordia de Játiva y sucesivamente es seguro que haría lo mis­mo en las demás regiones donde tenían ca­sas las Hermanas.

Del 18 al 22 de agosto de 1841 hizo la visita en la casa de La Selva (Tarragona), dejando como en todas partes extensas or­denanzas en que exhorta a las Hermanas a proseguir viviendo estrechamente unidas, ayudándose mutuamente sin quejas ni mur­muraciones, haciéndolo todo en Dios, por Dios y para Dios, «mirando a las niñas y a los enfermitos como a personas que os en­vía el mismo Dios para que los cuidéis como a vuestros señores y que representan la per­sona del mismo Jesucristo».

Además de animarlas a observar exacta­mente sus Reglas y cumplir con fidelidad sus obligaciones, las persuade que deben evitar a todo trance la familiaridad y trato frecuen­te con los externos, porque siempre ha cau­sado grandes trastornos y males a las Co­munidades y máxime a las Hijas de la Ca­ridad: les hace perder el amor a la vocación, la afición al trabajo y al servicio de los pobres y la caridad fraterna.

«Tampoco podrán las Superioras, dice el P. Gros, guardar consigo el dinero de la Co­munidad, que debe estar en una arca o ca­jón de dos llaves diferentes que tendrán una la Superiora, y otra, la segunda o más anti­gua, o bien, la que destine si quisiere el Di­rector General, y no entrará ni saldrá dine­ro de dicha arca sin intervención de las das. Todo el dinero sea de asignación a las Her­manas, sea de limosnas, sea de lo que ga­nan con las labores, debe entrar en el arca y se sacará de ella lo necesario para el gas­to y vestido, y se escribirá en el libro, que se conservará en el arca, de entradas y sa­lidas, y la ecónoma formará cuenta todos los meses y la dará a la Superiora, y todos los años al Director General, como se practica en casa de la Superiora General a quien la ecónoma da cuenta todos los meses y cada año al Superior General…»

Ordinariamente las ordenanzas y avisos del P. Gros, que suelen ser bastante exten­sos, se apoyan en la doctrina y enseñanzas de San Vicente y de los Superiores Genera­les. Con ellos se proponía conservar entre las Hermanas la unión y caridad fraterna, el amor de Dios y del prójimo, especialmente de los pobres, el respeto y obediencia a los Superiores, el cumplimiento de sus obligaciones y la perfecta observancia de las Re­glas.

Mientras él estuvo al frente de las Hijas de la Caridad, se establecieron éstas en el Hospital de Barbastro, Hospital Central de Sevilla, Enseñanza y Colegio de Sos, Hospi­tal de Cabra y Casa de Caridad de Lérida.

Envió el P. Gros a las casas de las Her­manas una carta del P. Bonnet, que él había copiado estando en París, en la que les pro­híbe severamente ir a velar por la noche fuera de casa a los enfermos, máxime a los ricos.

Quizá la franqueza con que corregía cier­tas faltas y defectos le atrajeron la antipa­tía de algunas Hermanas, y él, dándose cuen­ta de ello y estando por otra parte repuesto de su quebrantada salud el P. Roca, presen­tó la renuncia. Con fecha 21 de diciembre de 1841 escribía a Sor Margarita Vasseur: «Muchas Hermanas no me quieren, muchas escriben contra mí cosas que no me honran mucho, y me era doloroso el mandar a tales personas; ya hablaremos, y asegure usted a esas Hermanas de mi sincero amor, aunque sólo quedo Director de este Noviciado, y aún interinamente».

Siguió después ayudando en la dirección de las Hermanas, y trabajó con el P. Sanz en la traducción de las Conferencias de San Vicente a las mismas que se imprimieron en español en 1843.

El 7 de marzo de 1844 escribía el P. Roca al P. General: «Está muy enfermo el P. Gros y creo que nos dejará muy pronto. Os pido encarecidamente que le encomendéis a las oraciones de la Comunidad». Tres días des­pués, el 10 de dicho mes y año, falleció el P. Gros. «Se distinguió desde joven por su talento, y todavía más por su aplicación al trabajo. Dotado de singular espíritu de or­den y método, tenía una constancia invenci­ble para llevar a cabo las cosas que empren­día».

De carácter jovial, contaba con mucha gracia cualquier anécdota. Estando en Gui­sona, cuando la Guerra de la Independen­cia, de tal modo se captó la simpatía de los oficiales franceses que se alojaron en nues­tra casa, que no permitieron que en ella se causara el menor daño.

Estamos por asegurar que no ha habido en España un Misionero que mejor haya co­nocido las cosas de la Congregación como el P. Gros. Conservamos de él una porción de manuscritos, y es fácil que algunos más an­den rodando por las casas o se hayan extra­viado. Entre los que guardamos aquí sobresalen: una copia en castellano y francés de nuestras Reglas comunes; una sinopsis de filosofía y de definiciones de moral; Breve instrucción sobre el Ritual Romano; de las cualidades que debe tener un confesor para administrar debidamente el sacramento de la Penitencia; algunas doctrinas y sermones de misión; Breve resumen de las circulares de los Superiores Generales; Circulares e ins­trucciones de los PP. Generales; Respuestas de los M. Reverendos Superiores Generales de la Congregación de la Misión; Breve re­sumen de las Asambleas, Breves Pontificios, etcétera; Decretos de las Asambleas genera­les; Compendium alphabeticum continens omnes res Congregationis Missionis ad Mis­sionarios pertinentes, cum indice copiosissimo. Este es el manuscrito más curioso y que supone un trabajo inmenso. Es un dicciona­rio de toda la legislación, prácticas y cos­tumbres de la pequeña Compañía. Ojalá tu­viéramos hoy una obra de conjunto parecida a la del P. Gros. Hay otro manuscrito seme­jante, del mismo, referente a la Compañía (le las Hijas de la Caridad; aunque no tra­bajado con tanta diligencia, ni con mucho, y más incompleto. Es de creer que los es­cribió ambos mientras estuvo en París; por­que en otra parte no se hubiera podido pro­porcionar todas las fuentes que cita. Los Misioneros que han visto el Compendium alpha­beticum no han podido menos de admirar la incansable laboriosidad de su autor y su pro­fundo conocimiento y amor a las cosas.

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