P. Máximo Agustín (hasta siempre)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Mitxel Olabuénaga, C.M. · Year of first publication: 2012.

Homilía en la Eucaristía de oración por el P. Agustín, en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo (Vizcaya), 5 de Junio de 2012.


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Afirma el poeta que «cuando el silencio dice más que las palabras, es mejor callarse». San Vicente de Paúl, sin embargo, nos dice que «cuando muere un misionero es bueno recordar algunas de sus virtudes no tanto para alabanza de su persona sino para edificación de todos».  Creyendo firmemente en lo primero haré, no obstante, caso a San Vicente. El P. Agustín se lo merece.

Nació el P. Máximo Agustín en Pradilla de Belorado (Burgos). Sus padres, Santiago y Valeriana, le dieron cinco hermanos y una hermana. Uno de ellos, como él, misionero paúl en Venezuela y muy querido por esta comunidad de Barakaldo.

Su periplo formativo fue largo. Más que largo, «universal», por cuanto aunque lo comenzó en Tardajos (Burgos) nunca lo dio por finalizado: todavía hace quince días estudiaba unos temas de gramática inglesa. En el camino, Cuenca, Londres, París y Bogotá. Una muestra de tesón increíble; ejemplo para quienes hemos compartido con él largos años de nuestra vida. Una formación filosófica muy actualizada, una teología popular al alcance de todos, una profundidad humana sagaz y sencilla, una cercanía de menos a más, incomprensible para los veteranos, trasparente para sus campeonas ajedrecistas de quienes se fue con la pena de no haberse despedido.

Si largo fue su inconcluso proceso de formación no fue menor su enraizamiento en esta localidad (Barakaldo) antes fabril y ahora terciarizada. En ella aterrizó en 1952 y aquí ha permanecido sesenta años. La Historia docente de los Paúles en Barakaldo se resume en su vida por cuanto la inician poco antes (1944).  Del viejo y entrañable «Chami» subió en 1962 a este que ahora, en septiembre, cumplirá sus bodas de oro. Muchos años con tres dedicaciones: las lenguas extranjeras, la secretaría y el ajedrez. Cientos de horas de clase, cientos de páginas traducidas, cientos de firmas en expedientes académicos, cientos de horas con sus chicos y chicas de ajedrez.

Hombre, indudablemente, bien formado y gran trabajador. Pero también hombre de espíritu. Creyente a lo castellano: severo, austero, pocas palabras… Si otros fueron la vid, él siempre quiso ser sarmiento. Misionero desde y en la educación. Pocos veteranos se olvidan de sus inconfundibles inicios de clase. Pocos más veteranos se olvidan de sus viajes de estudio a París o Londres. Pocos más que veteranos se olvidan de la recepción de cada año en este mismo Colegio. Misionero vicenciano, es  decir, disponible para tapar cualquier hueco: la Residencia Miranda, la Parroquia de san Ignacio, las confesiones a las Hijas de la Caridad en Begoña…

Se nos ha ido el P. Agustín. Un sabio, en el sentido clásico del término. Un amigo, en el sentido más afectivo del término. Un misionero, en el sentido más vicenciano del término.

Decía Jesús en el Evangelio que hemos proclamado: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto«. La muerte del P. Agustín, como la de otros varios que le han precedido, no es sino un valioso grano de trigo. El ya ha hecho su sacrificio; a nosotros, a los que permanecemos (misioneros, profesores, exalumnos y alumnos), nos toca cuidar con mimo la semilla, porque un Colegio es una siembra continua. Siembra que debe prolongarse, al menos, otros cincuenta años.

En esta Eucaristía agradecemos a Dios el habernos dado el regalo del P. Agustín. Damos las gracias a toda su familia por haber sido generosa para con la Congregación de la Misión. Os damos a todos las gracias por acompañarnos en esta celebración. Que el buen Dios de Jesucristo acompañe nuestro diario caminar.  Que la Virgen del Carmen ponga nuestras plegarias a sus pies.

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