P. Laureano Esteban

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Author: José Herrera · Source: Anales españoles, 1970.
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Este fue el P. Laureano Esteban, riojano de pura cepa, que supo transformar el calor del vino de su tierra por el calor del vino del amor de Dios y de las almas, que en él adquirió grados y quilates de hervor y de heroismo. Se formó en la escuela de alta. espiritualidad que era el Seminario de la calle de Leganitos, diri­gido por el santo P. Borja, y como misionero en la escuela de los incomparables PP. Faustino Marcos y Faustino Díez, recorrien­do con ellos los pueblos de la extensísima archidiócesis toledana. Había nacido en Nedal, provincia de Logroño, en 1854. Antes de ingresar en la Congregación estudió Farmacia, en cuya Facultad se graduó de Doctor. Su gran mérito, además de su profunda hu­mildad encantadora, sencillez y gran temor de Dios, consiste en haber mantenido sin disgustos, enarbolada y enhiesta la bandera de las misiones en la Casa Central y de los Ejercicios al Clero y a las Hermanas de la Caridad durante más de 25 años. (Libro de Actas de la Fundación de la Congregación de la Misión).

En el taller del P. BORJA

Esta rica y gran personalidad y el eficaz influjo que a conse­cuencia de ella ejercició en la generación misionera del último tercio del siglo XIX, no se explica si no se tiene en cuenta el taller y el artista que talló su espíritu, que fue el incomparable P. Borja, cuya silueta me permito trasladar aquí, tomándola del P. Arnáiz, que en una carta al P. Valdivielso califica su vida de «verdaderamente admirable», y a él, «de verdadero imitador de las virtudes de S. Vicente de Paúl». Y lo demuestra en tres o cuatro rasgos, que nos ponen al descubierto la santidad de este hombre que también la sabía comunicar a los demás.

1.0 «Siempre reconocí en él una voluntad tan resuelta a la práctica de todo lo bueno y fuga de todo lo malo que en los ocho años, que con él viví, nunca pude observar en él, el menor pe­cado venial, ni falta alguna contra las santas Reglas.

2.0 Que resplandecían en él heroicamente todas las virtudes místicas, especialmente las sacerdotales. Sin embargo, siempre ob­servé que, en mi concepto, descollaban principalmente tres, a saber: la humildad, la sencillez y la devoción a Jesucristo.

Respecto a la primera : Parecía que estaba en él personifica­da, así es, que continuamente practicaba sus actos, corno pedir perdón a cualquier Sacerdote, Hermano, Novicio, etc., a quien en su concepto hubiera de algún modo ofendido, por más que era del todo inofensivo; decir sus defectos naturales o morales, llamán­dose públicamente escandaloso, iracundo, desobediente, chocho, calvo, etc., etc.

¿Quién no sabe, de los que por él fuimos criados en la Congre­gación, los pecados cometidos por él contra sus hermanos, Pedro, Antonio, etc.?

En cuanto a la segunda virtud mencionada; bien puede asegu­rarse que su sencillez y candor era casi más que heroica.

Sin dejar de ser prudentísimo, tenía su corazón en la mano; no conocía el disfraz, ni la diplomacia, ni las retóricas y adornos humanos en sus pláticas e instrucciones. En la predicación, so­bre todo, era donde su sencillez se presentaba con mayores en­cantos. Siempre he dicho y creído que ni oí, ni espero oír pláti­cas que más impresión me hayan causado, que las suyas, y eso que las oía con la mayor hilaridad, por no decir riéndome, no por desprecio a da palabra de Dios, sino quedando prendado de la sen­cillez del predicador, así en su lenguaje como en su plan, compa­raciones, ejemplos, etc.

Acerca de su devoción al divino Redentor recuerdo que el año 59 ó 60, en los ejercicios que en el mes de abril hacíamos los se­minaristas, hablando él del misterio de la Redención, hacíalo con tal fervor, con tanta ternura y devoción que no solamente nos calentaba a nosotros, sino que él mismo se elevaba cual paja leve hacia lo alto; todos, en efecto, creíamos ver a su cuerpo suspen­dido y sin apoyarse en el suelo por algunos momentos. El Viernes Santo solía derramar lágrimas de ternura, especialmente cuando en la adoración de la Cruz cantábamos el himno CRUX FIDELIS. Esto no lo observé yo sólo ni dos, ni tres años, sino toda la Co­munidad y todos los años, pues, tuve la dicha de celebrar en su compañía tan santos misterios. Y es de advertir que su humildad siempre le llevaba a mutar todo lo bueno que hacía, y así es in­dudable que, al salir por sus ojos aquella fuente de agua, era porque no podía contenerse, a pesar de la mucha violencia que se hacía. Esta devoción le producía el mismo efecto cuando, siendo llamado en las repeticiones y conferencias, trataba de asuntos referentes al Salvador de nuestras almas. De ahí procedía su frecuente lectura en el P. Granada sobre los Frutos del árbol de la cruz. Y de ahí también las muchas horas que, estando del todo ciego, se pasaba haciendo compañía a Jesús Sacramentado.

«Estos son algunos de los rasgos particulares que yo observé en aquel hombre verdaderamente endiosado, a quien siempre en­trañablemente amé, pues, después de Dios, a él debo el beneficio de mi vocación o mi perseverancia en ella y, si tengo algo de hijo de San Vicente, también a él soy deudor.»

Maestro de misioneros

Este fue el forjador espiritual del P. Esteban, como el P. Faus­tino Díez le troqueló en la fragua apostólica. En ambas fuentes bebió el riojano con tal ardor que pudo salir maestro en una y otra disciplina y sacar discípulos tan aventajados como los que siguen:

Lázaro Berrueta,

José Martín,

Epifanio Azpilicueta.

Desiderio Bonafonte,

Miguel Perez Gallardo,

Casimiro Arenzana

Casimiro Arenzana, León Burgos,

José Pastoriza,

Pedro Sainz y

Natalio Villarejo.

De todos ellos oí hablar maravillas de celo y de santidad, en mi época de novicio y estudiante, a los que fueron testigos de sus virtudes: PP. Rojas, Mejías, Jesús Bernal y otros. Todos ellos son merecedores de un «Retablo».

Sirvan como indicio de este magisterio estas líneas del P. Ar­naiz, que, estando en 1877 de misión por tierras de Oropesa y Lagartera, escribía al P. Maller, residente en la Casa Central. Es­tán escritas el 17 de marzo, fecha en que el P. Esteban se en­cuentra con los componentes de su terna en Puente del Arzobispo, no lejos del feudo del P. Arnaiz. En la carta pedía éste al Visi­tador permiso para hacer un cambio provisional con uno de la otra terna «para aprender de tan buen maestro a predicar los sermones y a manejar el Santo Cristo en la forma debida para mover a las gentes, pues aunque hago lo que puedo y permite mi capacidad, como no he visto misiones ni misioneros de quien pueda aprender, hállome bastante perplejo en esta materia».

Sus primeras armas

El P. Esteban hizo sus primeras armas por tierras de Toledo, bajo la dirección del P. Estany, que llevaba las pláticas, y en com­pañía del P. Gregorio Velasco, que llevaba las doctrinas y, con ser el más nuevo en la terna y el más joven de vocación, todavía sin votos, llevaba él los sermones. A veces los compartía con el P. Estany. Los pueblos misionados fueron: Vargas, de más de mil vecinos; Juncos, de 150; Villaluenga, de 300; Fundillos, de 100; Villaseca, de 200; Araña, de 200; Alameda, de 300, y algún otro que el cronista tal vez olvidara. Estas misiones duraban por lo común un mes, y fueron de una eficacia extraordinaria, si se ex­ceptúa la de Vargas, a causa de las elecciones, que como de cos­tumbre tenían excitados, sobre todo, a los hombres. Pasadas éstas, las gentes empezaron a pacificarse y a enfervorizarse y fue me­nester que los misioneros se quedaran tres días más para confesar a los rezagados, que eran muchos los que a última hora se entre­garon a Dios.

En Villaluenga, el P. Esteban, con el sermón de las injurias, causó tal emoción y sollozos en las gentes que no lograba hacerse entender. El cronista dice que todo en la iglesia se revolvió, abra­zándose y reconciliándose muchos que estaban enemistados «y no oyéndose el final del sermón por los gritos y sollozos». La con­currencia fue completa. La plática de la comunión del P. Estany produjo en la gente una gran conmoción, llorando y compun­giéndose. Y lo mismo ocurrió en la despedida que hicieron los PP. Esteban y Velasco.

En Fundillo los vecinos hicieron una colecta para hacer un ce­menterio y los misioneros pusieron la primera piedra.

En Villaseca empezó la misión con cierta frialdad y, al ame­nazarles los misioneros que levantarían la misión, reaccionaron de tal modo que la hubieron de prolongar un mes y predicar en la plaza, por no caber en la iglesia, con ser ésta bastante grande.

También tuvieron que predicar el sermón del «retorno» en la plaza. La gente quedó tan conmovida que, en gran número, acom­pañaron a los misioneros a su regreso a Madrid hasta Aranjuez, donde, después de haber comido juntos, se despidieron de ellos sumamente agradecidos.

Por tierras de Sigüenza

Después de la Semana Santa salieron de nuevo a campaña, llamados esta vez por el Obispo de Sigüenza, misionando en el resto de la Provincia los dos importantes pueblos de Jadraque y Hiendelaencina. Ambas misiones muy dignas de historiarse.

Tenía Jadraque de 300 a 400 vecinos, que en su mayoría se aprovecharon de la misión y, aún muchos, de los pueblos ale­daños, que, sobre todo los domingos y días festivos, acudían en gran número, de suerte que la iglesia, que era muy espaciosa, resultaba para el caso muy estrecha y, sobre todo en los últimos días, hubo muchas apreturas. De aquí se fueron a Hiendelaencina, en cuyas afueras les esperaba el pueblo en masa, a pesar de estar el día muy lluvioso. «Aquí, dice el cronista, había muchas minas de plata, en que se ocupaban muchas personas de diferentes par­tes que las trabajaban, lo que aumentaba considerablemente el número de habitantes, y, no cabiendo la gente en la iglesia, hubo que predicar los días de fiesta en la plaza, habiendo días de reu­nirse hasta 5.000 personas.» De tal suerte entusiasmaron los mi­sioneros a aquellos centenares de obreros que, desde los primeros días, insistieron y lograron de los patronos les permitieran la jornada intensiva, sin más interrupciones que el tiempo necesa­rio para comer, «renunciando a los horas de descanso, que tanto necesitaban, por ser días largos», a fin de poder terminar la jor­nada a las seis y tener así holgura para asistir a la misión. Fueron tantos los que se confesaron, así obreros como vecinos, que con haber durado la misión algo más de un mes, tuvieron que venir a ayudarles muchos sacerdotes de los pueblos vecinos. Cuando los misioneros fueron a Sigüenza a dar cuenta a Obispo de sus tra­bajos, «se mostró, dice el cronista, muy agradecido de ellos y nos­otros también de los finos obsequios que nos prestó».

Desde 1860 a 1862

En este bienio le vemos misionando, con éxito extraordinario, en unión con los PP. del Río y Velasco, a los pueblos de Escalo­nilla, Puebla de Montalbán, Santa Olalla, Puebla Nueva, San Bar­tolomé de las Abiertas, Cormena, Yepes, Añover del Tajo, Mo­cejón, Borax, Seseña, Villanueva de Bogas, Yévenes, Cueva, Son- seca, Polán, Loeches, Cedillo, Olías, Chozas, Cam arena, Noves, Gerindote, Alcabón, Domingo Pérez, Nombela, todos ellos de tie­rras de Toledo. Este mismo itinerario le volverán a recorrer nues­tros misioneros varias veces y, entre otros frutos, recogieron no pocas vocaciones, sobre todo en Sonseca; establecieron en todos ellos las das conferencias vicencianas y pusieron en gracia de Dios a la mayor parte de su numerosa población, pues son pueblos a veces de muchos miles de habitantes, que quedaban tan agrade­cidos que les acompañaban hasta el próximo pueblo o hasta que un río les impedía el paso a las mujeres, como ocurrió con el Al­berche y el Guadarrama, que los hombres seguían adelante con sus caballos y no faltaba quien lo atravesara a nado.

De entre los más interesantes espigaremos algunos datos. De Escalonilla, de 600 vecinos, dice la crónica que venían y regresaban ya muy de noche de los pueblos vecinos, «cantando y llenos de regocijo», a pesar del tiempo frío y lluvioso, y que llegada la hora de las confesiones eran muchos los que, después de haber estado toda la mañana esperando su turno, se quedaban en la iglesia sin comer hasta el regreso, por la tarde, de los misioneros; otros se quedaron por la noche, cosa que hubo de impedir el Sr. Cura, y luego se quedaron en la plaza a la intemperie enmedio de los fríos y heladas de aquel mes de febrero, no sólo hombres, sino también mujeres, para no perder su turno; y aún después de la comunión general, que fue el 19, hubieron de quedarse hasta el 25 para poder confesar a los que restaban. Otro tanto tuvieron que hacer en Pueblo de Montalbán, a pesar de haber estado allí un mes. Tenía 1.405 vecinos. Los días festivos tuvieron que predi­car en la plaza, y el día de San José y de la despida calculan que se reunieron entre diez y doce mil personas. Hasta los mú­sicos, cargados con los pesados instrumentos, los acompañaron hasta Santa Olalla, tocando en el camino piezas musicales. Sus 400 vecinos y no pocos de los pueblos vecinos, tan asiduos a las funciones como al confesionario, obligaron al P. Esteban a levan­tar un púlpito a la puerta de la iglesia, para que pudieran oír los que la abarrotaban por dentro y los que asediaban por fuera. Hubo días de unas 6.000 personas. Se reconciliaron muchos ene­migos, se remediaron no pocos escándalos, desaparecieron los odios de banderías y partidos y «el pueblo, dice la crónica, que­dó en la mayor paz y armonía. Esto de predicar en púlpitos a la puerta de la iglesia y en la plaza el día de la despedida hubo que repetirlo en Puebla de Nueva, de 700 vecinos, en San Bartolo­mé, de 100, éste por razón de los pueblos inmediatos, en Cebolla y Cormena. Este pueblo le cogió en el mes de junio, tiempo de siega que les impidió el acto de las mañanas, pero en el acto de la noche, de nueve a once, los misioneros ALTERNARON LAS PLATICAS Y DOCTRINAS, haciendo grandes sacrificios a pesar de las inexcusables ocupaciones del campo; casi todos se aprove­charon de la misión, que fue última de la temporada.

El 24 de octubre empezó la etapa siguiente. La Comunión Ge­neral de Yepes, de 800 vecinos, fue de 1.400 personas, más los que la habían hecho antes y lo hicieron hasta el día 19, fecha tope de la prolongación de la estancia de los misioneros en favor de los que no se habían podido confesar. Añover fue flojo, Moce­jón regular: 11.000 personas en la comunión general de los 500 vecinos; Borax tuvo el contratiempo de la recogida de la acei­tuna; Bogas muy buena y completa la misión, no menos que la del Romeral 600 vecinos—, con sus 1.400 comuniones sólo el día de la comunión general. En Menasalbas, de 1.000 vecinos, fue menester predicar en la plaza; en Sonseca, de 1.000 vecinos, los misioneros saben que durante la misión comulgaron 3.000 perso­nas, pero no pudieron calcular cuantas lo hicieron en la general, sólo saben decir que «fueron muchísimas». Los de Polán quedaron tan contentos que, a su regreso a Madrid, los acompañaron hasta Toledo y un grupo de ellos hasta Madrid.

En la campaña del 61 al 62, el P. Velasco fue sustituido por el famoso P. Marcos, que tenía las doctrinas, y el Hermano Ríos por el Hermano Vítores. Empezaron por Loeches, famoso por sus aguas medicinales, que, a pesar de sus conventos de Dominicas y Carmelitas, no dio la tónica que era de esperar, pues de sus 200 vecinos sólo comulgaron 500 personas, casi todas mujeres. Los

más fríos fueron los más ricos y las autoridades. La misión de Cedillo, ya en la provincia de Toledo, fue fervorosísima, a pesar del mal tiempo; de sus 200 vecinos sólo quedaron sin confesar 40, de los obligados a ello por ausencia o enfermedad, y de las pue­blos limítrofes, Villanueva de la Sagra, llamado también Co­minchar, Palomeque y Vico, quedaron también muy pocos sin ha­cerlo; sólo el día de la comunión general hubo 900 personas. Aquí el P. Marcos cayó enfermo de pulmonía el día de San Silvestre, teniendo que quedarse con el Hermano Vítores en Cedilla hasta el día 7 de enero, en que pudo incorporarse al equipo en Santa Olalla, en donde la misión andaba ya por el cuarto día. Como el P. Esteban expresase el día de la apertura sus temores de que la gente, por estar muy ocupada, así los grandes como los peque­ños, en la recogida de la aceituna no acudiesen a confesar, dis­pusieron los patronos, de quien la cosa dependía, que los capa­taces dispusieran que fueran los que quisieran por grupos de 50, mañana y tarde, sin que por eso perdieran el jornal. Durante la función de la noche había seis confesores, y por la calle patru­llaba una ronda del Ayuntamiento para que todos pudieran asis­tir sin temor, y preguntada la patrulla por el P. Marcos si había alguna novedad, respondía siempre que en la calle no se veía ninguna persona ni más luces que en las casas donde había algún enfermo. Hubo a lo largo de la misión 4.000 comuniones y en la general 2.000.

Como unas dos mil personas quisieron acompañarles hasta Chozas de Canales, por el camino los recogedores de aceitunas de­jaban sus varales y los cavadores sus azadas en los campos, y se agregaban a la comitiva, hasta que se les interpuso el río Gua­darrama, que iba muy grueso por el temporal de lluvia, teniendo que detenerse para regresar entre lágrimas y vivas, y viendo como 50 hombres de a caballo y otros 50 hombres y mozos se metían río adelante para ganar la otra orilla. Hasta hubo un muchacho de ocho años que, echándose los pantalones al hombro, atravesó el río; mientras lo atravesaban, el caballo que montaba el P. Es­teban tropezó y cayó y el jinete fue arrastrado por las aguas, tan pronto como lo vieron, dos jóvenes corrieron río abajo con el agua a medio cuerpo y lo sacaron antes que llegaran los de a caballo que acudieron en su ayuda. También los 200 vecinos de Chozas de Canales se aprovecharon de la misión, a pesar de la fama de inmoral de que justamente gozaba; sólo quedaron sin confe­sar 30 personas. Las señoras no pudieron ponerse de acuerdo pa­ra las conferencias de San Vicente, alegando las muchas ocupa­ciones; los caballeros sí se prestaron con entusiasmo, como en todos los demás pueblos. El pueblo en masa les acompañó entre cánticos, vivas y lágrimas hasta Camarena, que salió también en masa a recibirlos. Hubo gran entusiasmo, confesaron todos y to­dos les acompañaron a Noves, aumentando el gentío por las muchas gentes que se les fueron agregando por el camino, pro­cedentes de Fuensalida y otros dos pueblos que caían al norte del camino. Acudían a la misión mucha gente de estos tres pue­blos y de Santa Cruz, Portillo, Las Sentas y del Carpio. Por ello, la concurrencia al confesionario fue tal que siempre que salían de él quedaban esperando 50 ó 60 personas y no faltaron de Fuen­salida y de Santa Cruz quienes pasaron tres días en la iglesia sin otra comida que un pedazo de pan para no perder el puesto. Aquí ocurrió que, cuando el P. Marcos hizo el examen de los ofi­cios en su doctrina, el señor Alcalde se dio por aludido y se alzó en queja al Director, regándole que dijera al doctrinero no bajara tan a los detalles; al día siguiente, el P. Marcos pidió perdón por si alguno se había agraviado de lo dicho en el día anterior, razonando la conveniencia de bajar a los pormenores para que cada cual se enterase de sus obligaciones profesionales. La gente barruntó algo de la gestión del Alcalde y en poco estuvo que no lo apedreasen, y si no lo hicieron fue por la intervención de los misioneros, que también pusieron paz entre las partidos y bande­rías, quedando todo de tal manera tranquilo que «como decían después no era conocido el pueblo». Comulgaron 2.000 personas, sin contar das muchas que lo hicieron en los días que les dieron de propina, después del sermón de clausura, para poder confesar a los que todavía no lo habían podido hacer. Les ayudó mucho un capellán de Torrejón, el cual de tal modo iba entusiasmando por el camino «al inmenso gentío», que acompañaba a los misioneros a Gerindote, que, al entrar en este pueblo, dice el cronista, «des­engancharon las mulas del coche en que íbamos y, puestos ellos en su lugar, nos condujeron en un instante por medio de loda­zales en triunfo a la iglesia. Como tenían un Cura muy bueno, se le distinguía en seguida por su fervor. La misión fue «muy fervorosa», acudiendo también gentes de los pueblos vecinos, es­pecialmente de Torrejón de Ardoz, que está a media legua, a pesar de estar nevando.

También en Alcabón «hubo todos los días gente forastera, es­pecialmente los días de Pascua, en que tuvieron que predicar en la plaza, y lo hubieran hecho en la procesión de clausura, si no lo hubiera impedido la lluvia, que empezó a caer torrencialmente a la entrada, teniendo que retirarse más de la mitad de la gente por no tener cabida ya en la iglesia. También se hubieron de en­tretener dos días más para atender a los retrasados, y fueron acompañados por todo el pueblo hasta Santa Olalla, y desde aquí por un gran grupo de a caballo hasta Domingo Pérez, cuya mi­sión fue gemela de las anteriores por el fervor, por el número y más por las reconciliaciones hechas y por un teatro, de no muy buena ley, que se logró que fuera cerrado por su propio dueño, convencido por los misioneros del mucho mal que hacía, especial­mente, a la juventud. También les acompañó todo el pueblo hasta el río Alberche, y desde aquí 100 de a caballo, que, vadeado el río, los condujeron a Nombela. El P. Esteban con el Hermano Vítores dejaron aquí a sus compañeros, saliendo hacia Arenas de San Pedro, siendo sustituidos por el P. Ramón Sanz y el Her­mano Oliver, tomando la capitanía de esta misión, que fue la última del curso, el P. Inocencio Gómez.

La gente estaba en la recolección y era poca la que acaso por ello acudía. El quinto día, el P. Marcos, antes de empezar su doctrina, casi sin pensar mucho lo que decía, pero evidentemente movido por Dios, les dijo que si no reaccionaban y acudían a la misión, la mano de Dios se dejaría sentir sobre ellos. Al día si­guiente, relataba el cronista, «nosotros, que habíamos salido de paseo por ser día de descanso, pudimos ver desde lo alto de la sierra que llaman del Berrocal, que dista como tres cuartos de legua, como a eso de las once de la mañana vino tal tormenta de piedra y granizo que pensaban se anegaba el pueblo. Que fuera caso prodigioso pareció a muchos, porque ello sucedió únicamen­te en el pueblo, llenándose las casas de agua y granizo. Aterrada la gente con esto, y más al ver que nosotros habíamos salido, se dirigen al señor Cura y al señor Alcalde rogándoles con lágrimas que manden a buscarnos. Salieron, en efecto, 50 hombres, nos informan de lo ocurrido y nos ruegan, por amor de Dios, que nos dirijamos al pueblo, pues no hay quien los consuele, sobre todo 43, las mujeres. El señor Alcalde y otros muchos se lamentaban de los sembrados ya maduros.

—No tengan cuidado, les dijo el P. Marcos, que el pedrisco no ha tocado los sembrados.

Cuando llegamos a vista del pueblo, nos hallamos con un gen­tío, que gemía y lloraba y gritaba: «Bien decía anoche el P. Mar­cos que la mano del Señor venía sobre nosotros.» Y se abalanza­ban sobre nosotros sin aquietarse hasta que no nos besaban la mano o el balandrán.

—No tengan ustedes cuidado, repitió el P. Marcos, porque el granizo sólo ha tocado a aquella viña, y la señaló con la mano.

«Ya tranquilizados así, nos volvimos todos para el pueblo entre campanas. Este acontecimiento enfervorizó a la gente de tal suerte que después acudían a las funciones no sólo los del pueblo, sino los de los pueblos circunvecinos, tales como Pelahustán, la Aldea, Es­calona y El Casar.»

Las confesiones fueron muchísimas y las comuniones más de todos aquellos pueblos, que no se cansaban de bendecir y aclamar a los misioneros.

Está fue la última de este curso de 1862; desde allí el P. Gó­mez se dirigió a Arenas de San Pedro para misionar, sin duda, con el P. Esteban algunos pueblos de la región, mientras que los PP. Sanz y Marcos y el Hermano Oliver se pusieron en camino para Madrid, a donde llegaron el 19 de junio, a las cuatro y me­dia de la mañana, cuando la Comunidad empezaba su oración. Entre tanto, como preparación para la fundación de la Casa- Misión y de Ejercicios de Arenas de San Pedro, por orden de dos superiores de Madrid, el P. Esteban había avanzado desde Nom­bela a la capital de la «Andalucía del norte», que así es llamado este importante pueblo de 1.500 vecinos, con objeto de dar allí una misión, que fuera prólogo y paradigma de todas la que, an­dando el tiempo, se habían de dar en la diócesis de Avila. Allí se reunió con los PP. Ríu e Isidro Elvira. Había en la villa por aquella época, como dice una crónica, un «medio cura y un cuar­to», es decir, un cura viejo y un fraile de los exclaustrados del 34, no menos viejo, que le ayudaba algo. No es de extrañar que los de Arena, faltos, tanto tiempo hacía, de la divina palabra estuvieran muy hambrientos de ella. Esto y el fervor de los misioneros hizo que el concurso fuera extraordinario, no sólo de los de Arenas, sino también de los pueblos cercanos. Dice la crónica que «el día de la comunión general fue un verdadero acontecimiento para la villa». Todavía, no terminada la misión de Nombela, según hemos visto, el P. Gómez fue a ayudarles en la misión, que hubo de prolongarse, para poder recoger la inmensa cosecha que se les vino encima.

De esta misión escribía todo entusiasmado el bueno del se­ñor Cura fundador, don Francisco Javier Moreno y Urbina, al P. Melchor Igüés con fecha del 24 de mayo de 1862:

«Ayer, domingo por la tarde, se dio principio a la misión en esta parroquia, a da que asistieron, contando sólo los de este pue­blo, más de dos mil almas. Nos dio mucho gusto y espero que de día en día será mucho más grande la concurrencia. Hemos dis­puesto sean en esta parroquia las misiones, porque en el santua­rio no hubiera cabido la tercera parte de los que concurren y deberán concurrir más y más cada día.» «…Este Alcalde y yo, con el vecindario todo, estamos muy complacidos con los Padres y creo se va a sacar mucho provecho con sus santas misiones.» Terminadas éstas, el P. Esteban regresó a Madrid y el P. Gómez se quedó en aquella fundación para, desde allí, dar impulso a las misiones por los pueblos de la diócesis abulense.

Desde 1862 a 1868

Durante este sexenio encontramos en el «Boletín del Arzobis­pado de Toledo algunas huellas de las actividades apostólicas del P. Esteban. Así le vemos misionando, con los PP. Marcos y Nico­lás Arnáiz los pueblos de Fuensalida y Navahermosa, y, con los PP. Anastasio y Mesa y Miguel Pérez, los de Ciruelos, Fuentidueña del Tajo, y acaso, Horche, Huecos y Portillo. En 1863 le vemos otra vez en Arenas de San Pedro. Más tarde —1866— misionó en Santa Cruz del Retamar, Valle de Huecas y Malpica, y en 1866, en Alcázar de San Juan, Ballesteros, Biensentida, Quesada, Bo­rrox, Cazorla, Pozo Alcón, más Torrejón de Velasco y Griñón, estos dos con el P. Arana.

Desde la Septembrina a la monarquía de Sagunto

La revolución del 68 le costó el trono a Isabel II y a los Re­ligiosos, salir de nuevo de sus conventos y expatriarse. Aunque el grueso de los PP. Paúles con su plana mayor —Visitador y Con­sejeros— y la menor —novicios, estudiantes— hubieron de emi­grar, sin embargo, no fueron pocos los que, gracias a la peculiar secularidad del Instituto, pudieron camuflarse en varias provin­cias. Así junto al Noviciado de las Hermanas de la Caridad, lo­graron instalarse y permanecer en una casita, los PP. Borja y Pla, en plan de Directores de las Hermanas de la Corte; el Padre Serrato intentó quedarse en Arenas de San Pedro; pero el mon­terilla local, reforzado por la autoridad del Poncio de Avila, le obligó a extrañarse; pero pudo refugiarse en Haro; el P. Faus­tino Díez intentó quedarse en Badajoz, pero sus autoridades le obligaron a huir por Portugal y a buscar refugio en el santuario de los Milagros (Orense), donde se le reunió el P. Marcos, reco­rriendo desde allí toda Galicia en plan de misioneros; los PP. Es­teban y Marcelino del Río se refugiaron en Valencia, cerca del Hospital Provincial, y desde allí dirigían a las Hijas de la Cari­dad, de la región, y ayudaban a los Curas en sus parroquias; por medio de ellos el futuro Obispo de Sigüenza, Mons. Salazar, Rec­tor del Seminario de San Vicente Ferrer, conoció a los Paúles y sus obras misioneras y formadoras del Clero, ‘llamándolos a su Seminario, cuando Martínez Campos puso fin a la República, y él pudo ser nombrado para ocupar la sede seguntina. Algunos otros quedaron en Granada y alguna otra ciudad del mediodía. Cada cual, solo o en equipo disminuido, trabajaba como podía en mantener a flote la vida cristiana en aquella batalla que daban a la Religión la incredulidad, violenta de los. Gobiernos unas ve­ces, o la meliflua y untuosa propaganda de los intelectuales krau­sistas, otras cuando no la desmelenada y zafia de los clubs pro­gresistas y masónicos. A veces se reunían en equipos conjunta­dos para acciones apostólicas de gran envergadura, aunque espo­rádicas, de que se hacen eco estas líneas del P. Faustino Díez en el cuaderno manuscrito que ¡lleva por título: Relaciones de las Misiones de la Provincia de España —1877-1878. En su página 5 escribe: «No por haber sido dispersa la Provincia de España con la Revolución, quedaron suspendidos los trabajos propios de nues­tra santa vocación, pues si es cierto que fueron disueltas las casas de Madrid, Badajoz, Ávila, Barcelona y Teruel, con todo, se le­vantó la de los Milagros en Galicia, se fundó un Colegio en Bur­gos, se estableció una residencia en Haro, otra en Barcelona, y varios individuos recorrían sin interrupción España, ya dando Ejercicios a las Hijas de la Caridad, ya misiones a los pueblos que las pedían.

«¡Qué maravillas podrían contarse de las misiones de San Fernando y del Puerto de Santa María!… ¿Quién tendría pala­bras para referir las misiones de Úbeda, Jaén, y, sobre todo la de la Catedral de Granada y los ejercicios a todo su Clero, pre­sidido por su Excmo. Sr. Arzobispo Dr. D. Bienvenido Monzón? ¿Qué diríamos de las misiones de Zamora, de los ejercicios al Clero de Plasencia y de la misión tan admirable de Málaga? ¿Ni quién será capaz de enumerar los: trabajos apostólicos realizados en las diócesis de Salamanca, Ávila, Sigüenza y tantas otras que ni es fácil enumerar?».

Es de presumir que en varias de estas grandes misiones to­maron parte los dos de Valencia, PP. Esteban y del Río, que eran dos buenos peones.

Diez años llenos

Con un amplio margen de respiro después de la restauración monárquica, el P. Esteban se metió de nuevo por los campos mi­sionales de Madrid y de Toledo, ya recorridos por él años atrás durante diez años. Pasados otros ocho, los encontró llenos de las malas hierbas, que se llaman ignorancia, matrimonio civil, indiferencia religiosa, y desarreglo de costumbres, que hablan arre! gado y crecido al socaire de la revolución progresista y masónica del 68. Esta tercera etapa duró otros diez años —1776-1886. En la primera etapa le tocó a él ser discípulo de los Padres Díez y Estany y compañero de los PP. Inocencio Gómez, Mar­celino del Río y Faustino Marcos; pero en ésta es el auténtico for­jador y maestro de las nuevas generaciones de misioneros, los cua­les, convertidos, a su vez, en maestros, llevaron su espíritu y maestría por tierras de Castilla, Extremadura y Aragón. Y como gran parte de estas campañas se relatan en las biografías, que haremos a sus principales discípulos, sólo diremos aquí que en su conjunto todas ellas se planearon y desarrollaron bajo su dirección. Fueron diez años llenos de tareas apostólicas y en ma­gisterio eficaz.

Ambiente misionero en la Casa Central

No sólo misionaban el P. Esteban y su equipo los pueblos de los campos, sino a la misma Casa Central, desde el Visitador hasta el último novicio. Véase cómo un cronista contemporáneo (Ana­les IX, p. 20) nos describe el ambiente que ellos creaban: «Todos los años misionaban una docena de pueblos de Toledo, en estilo claro, sencillo y propio, deteniéndose en ellos lo suficiente para que pudieran instruirse y renovarse, sin exigir ni aceptar retri­bución alguna.

«Con el Hermano del Río llevaban vida de Comunidad am­bulante, practicando los ejercicios de piedad, ayudando, estudian­do, rezando el oficio del día, y fuera de la comunicación nece­saria con los fieles para la salvación de sus almas, guardando retiro y silencio.»

«Este espíritu, atractivo, laboriosidad y doctrina» eran causa de que los pueblos los mirasen, especialmente al P. Esteban, como «hombres extraordinarios» y guardasen memoria de ellos duran­te largos años. (Anales, t. IX. p. 293).

Una escuela de Pastoral

«No es fácil explicar cuánto contribuyen a la formación de la «familia menuda» y de la «familia estudiosa» —léase semina­ristas y estudiantes— la salida, el recuerdo, las noticias, las car­tas, las relaciones, la vuelta y la presencia de nuestros misio­neros. Cuando los jóvenes recorren con sus pensamientos sus via­jes con todas sus peripecias, sus encuentros con algunos presu­midos sabidillos, el recibimiento que les dispensan los pueblos, su pobre alojamiento, el ejercicio de las tres funciones, los bue­nos servicios del Hermano, la asistencia a la misión, las con­versaciones públicas, el entusiasmo del pueblo, el número de co­muniones, etc., etc. ¿No puede preludiarse que los vivos ejemplos que ahora contemplan les servirán más adelante de aliciente y dirección? En estos cuadros vivos, a tenor de la conducta de nuestros misioneros, ven mediar los actos de obediencia, man­sedumbre, pobreza, oración, sencillez, celo infatigable, mortifica­ción, humildad, y, en resumen, de todas las virtudes de nuestro estado, con lo que no pueden por menos de entrañárseles el convencimiento de la necesidad de revestirse de ellas, durante el tiempo de su formación.»

Diríase que toda la Comunidad, desde el Visitador hasta el último Hermano coadjutor, giraba en torno de este ministerio primordial de la Misión.

Es curioso el alborozo y entusiasmo con que toda ella celebra­ba el regreso de los misioneros de su campaña apostólica. Ni un general romano era recibido así en su triunfo. Emociona leer este párrafo de un cronista —P. Masferrer— que presenció este acto durante más de veinte años:

«La escena que todos los años ocurre entre nosotros al ter­minar el curso de misiones es indescriptible. Corre la voz en re­creo de que mañana, a media mañana, llegan los misioneros. La gente respira y se alboroza ante la noticia».

«¡Bendito sea Dios!, dicen unos: «¡Qué bueno!, qué bueno, dicen otros», mientras, de gusto, otros se frotan las manos, como si por las puertas se nos fuera a entrar la felicidad. Todos es­tábamos a la expectativa. Al día siguiente, a las diez se oye to­car la campana, luego se toca a vuelo y, por fin, a rebato. –«Los misioneros!», dicen unos levantándose; «¡ya están aquí!», gritan otros; y todos se echan a andar a buen paso: Estudiantes, Pro­fesores, Directores, Novicios. De arriba, de abajo, de todos lados se dirigen llenos de un santo frenesí, pero sin alboroto, a la sala de los Sacerdotes, donde se reúnen los Superiores, los oficiales y los ancianos con toda la turba de Estudiantes, Seminaristas, Hermanos, y hasta algún Postulante, vestido con su blusa azul, sonriente asoma su cabeza.

«La sonrisa asoma también en los semblantes de todos refle­jándose en las palabras de unos y de otros su benevolencia, su afecto y su satisfacción para con los misioneros. Estos, viéndose rodeados de los Superiores y hermanos, no caben en sí de con­tento y satisfacción dirígense muchos saludos, se dan el abrazo de caridad, comunican las noticias del viaje, y distribuyéndose en varios grupos, los misioneros con sencillez y franqueza de her­manos, van hablando sobre los felices o medianos resultados de las misiones, de los malos caminos, de los lances graciosos…, hasta que llegan los hermanos zapateros, que habían tirado sus leznas y zapatos, de las prisas, los cuales les saludan con festivo semblante y les preguntan por el estado de sus zapatos. Por fin el hermano Sacristán, hecho el fraternal saludo, les pregunta si han de decir misa». Y, agrega el cronista todo emocionado:

«A uno, que lo presencia todo y que observa tanta animación y amor, se le viene naturalmente aquello del profeta: ¡»Qué her­mosas aparecen sobre los montes las huellas de los que van por esos mundos anunciando la paz, pregonando los bienes de la Re­ligión, procurando la Salvación de las almas, la gloria de Dios y extendiendo su reino sobre los pueblos!».

Sus últimos resplandores

En 1886 el P. Esteban, cargado de años y exhausto de traba­jos, cede su batuta al P. Arana, el más espiritual de sus discípu­los, y se retira a su celda de la Casa Central, no para sestear, sino para seguir edificando a la Provincia, especialmente, a las generaciones jóvenes —novicios y estudiantes– y para seguir tra­bajando en los ejercicios a los Sacerdotes y Hermanas, trabajos más conformes con su edad. Así es como su nombre aparece do­cenas de veces en el libro de los ejercicios a los Sacerdotes, a los ordenandos y a los muchos seglares de toda condición y clase, como por aquella época acudían a nuestra Casa Central de la Misión de España a reordenar su vida y ponerla a tono con las exigencias del Evangelio.

Y allí era de ver al P. Esteban iluminando las conciencias con sus pláticas y consejos y con los ejemplos de su vida. Y así hasta que el 23 de julio de 1899, después de una laboriosa en­fermedad, toda ella entretejida con actos de paciencia y de amor de Dios, le entregó su alma, a los 78 años de edad y 45 de voca­ción. Muy hermosa debió de ser la fiesta que hubo aquel día en el cielo, cuando tantos millares de almas, que por él se salvaron en sus 40 años de vida apostólica, le salieran al encuentro, acau­dilladas por los PP. Berrueta, Arana, Bonafonte y Azpilicueta, que habiendo sido sus compañeros de armas en las misiones de la tierra, le habían precedido en la Misión del Cielo. De seguro que entonces comprobó lo que ya en la Tierra había presentido, que vale la pena de gastar y quemar toda su vida en la divina empresa de colaborar con Cristo en la salvación de los hombres.

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