Vio la luz en Barcelona el 1 de noviembre de 1785. Desde sus primeros años juntó la piedad con el estudio, cultivando de modo especial la elocuencia sagrada. Entró en la Congregación el 26 de octubre de 1802, haciendo dos años después los votos (27 oc1 ubre). Terminada la carrera y ordenado de sacerdote, consagróse a las misiones y ejercicios espirituales. Sus contemporáneos le llamaban por antonomasia: Príncipe de los oradores sagrados. Recorrió dando misiones, en compañía de otros Misioneros, muchas poblaciones de Mallorca, Valencia y Cataluña. La última la dio, del 15 de noviembre al 13 de diciembre de 1828, en Villafranca del Panadés. En dicho año fue nombrado Superior de la casa de Barcelona. Adquirida por el Estado para Hospital Militar la primitiva casa de la misión, levantó en poco tiempo el P. Vilera nueva residencia, en la que actualmente se encuentra instalada la cárcel de mujeres. Allí le cogieron a él y a su Comunidad los sucesos de la terrible noche del 25 de julio de 1835. Tras no pocos peligros y sufrimientos, pudo retirarse a Carcasona. El Obispo le encomendó el cuidado de los numerosos emigrados españoles y le nombró su Vicario general ; pero permaneció poco tiempo, porque deseaba mucho unirse con los Misioneros de Italia, como en efecto lo hizo, morando primero en la casa de Turín, luego en el Colegio Alberoni de Piacenza, en el que desempeñó más de dos años la cátedra de Teología Moral, y, finalmente, en Roma, donde daba a menudo ejercicios a los numerosos ordenandos españoles que iban a disponerse para las sagradas órdenes en la casa de la Misión de Monte Citorio. Allí acabó plácidamente sus días el 7 de junio de 1841. Según testimonio de Corominas en el Suplemento al Diccionario de Torres Amat, «dejó varios tomos de sermones». Existe copia de muchos de ellos en la sección de manuscritos de la Biblioteca Provincial Universitaria de Barcelona y en algunas casas de la Misión.
P. Juan Vilera







