P. Juan Roca, Octavo Visitador (I)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPITULO PRIMERO

Ministerios y cargos que desempeñó hasta que fue nombrado Superior de la casa de Madrid (1769-1828).

«Es cierto que las palabras del Espíritu Santo: In memoria eterna erit justus, se aplican con toda verdad para significar la recompensa sempiterna que en la mansión de los bienaventurados tiene Dios dispuesta a los que en este mundo se consagran a su servicio; sin embargo, permite a veces el Se­ñor que las dichas palabras obtengan su efec­to en este mundo en ciertas personas justas y fielmente observantes de los preceptos y consejos evangélicos, cuyos nombres, céle­bres entre sus contemporáneos, pasan llenos de honra a la posteridad, como un monu­mento digno de eterna memoria. Tal fue ciertamente la persona del Sr. D. Juan Roca, cuya edad de noventa años, y vocación de setenta en la Congregación de la Misión de la provincia de España le hicieron gloriosamente memorable entre los hijos de San Vicente de Paúl por la puntual y ejemplar observancia de todas las reglas comunes y particulares, y por la constante fidelidad en el desempeño de los varios ministerios de la Comunidad». Con estas palabras encabeza el P. Pedro Sainz unas breves notas biográficas que nos dejó del P. Roca, tomando los datos principalmente de un papel escrito por el propio P. Roca, quien dice al principio: «Esta pequeña relación me ha de servir para dar gracias por los innumerables beneficios que me han dispensado Dios y la Virgen San­tísima, mi única y singular Protectora, pues en todas las épocas me ha tenido bajo su manto, librándome de muchos peligros por mar y por tierra, así corporales como espi­rituales, y en especial llamándome a la Con­gregación, y conservándome en mi prodi­giosa vocación».

Nació el P. Roca el 18 de marzo de 4 769 en San Juan de Dorras, pueblo entonces de la diócesis de Urgell, y ahora de la de Perpiñan. Cristianamente educado por sus pa­dres, viendo éstos las felices disposiciones de su hijo, le pusieron a estudiar; pero pron­to se sintió llamado a la Congregación de la Misión, influido sin duda por los maravillo­sos frutos que producían las misiones de nuestros hermanos de las casas de Barcelo­na y Guisona. «Era el 17 de octubre del año 1789 —nos dice él mismo—, cuando salí de mi pueblo para ingresar en la Congregación, teniendo de edad veinte años. Llegué al se­minario el 22 del mismo mes y año; hice cinco días de ejercicios y el día 27 vestí la sotana que por la misericordia de Dios ja­más he dejado por un momento, aún en tiempo de guerras, sitios. etc.» Hizo los vo­tos el 28 de octubre de 1791, fiesta de los santos apóstoles Simón y Judas, a quienes tomó por patronos de su vocación, profesán­doles tierna y particular devoción hasta los últimos momentos de su vida.

Trabajó con ardor por empaparse del es­píritu de la Congregación, y por adquirir las ciencias necesarias para el desempeño de sus ministerios. Durante sus estudios le pro­bó Dios con una enfermedad, debilitándole de tal modo, que apenas podía hablar. Así que se repuso un poco, fue ordenado de sacerdote el 20 de febrero de 1796. «La pri­mera misa —afirma— la dije por mis padres el 22 del mismo mes y año, en que se cele­bra, la Cátedra de San Pedro en Antioquía, cuyo día me fue memorable roda mi vida, así como el de San Simón y San Judas».

No perdonaban medio los superiores para que el P. Roca recobrara por completo la salud, y habiendo dictaminado los médicos que le eran perjudiciales los aires de mar, lo en­viaron a la casa de Guisona, adonde llegó el 10 de febrero de 1797. El cambio le resta­bleció enteramente, tanto que pudo consa­grarse sin dificultad, los trece años que allí estuvo, al ejercicio de las misiones y demás ministerios de la comunidad.

Por el Libro de Misiones de la casa de Barcelona sabemos que en alguna de ellas tomó también parte el P. Roca, como se ve por lo que copiamos a continuación: «A 2 de enero de 1808 comenzó la misión en Manresa, obispado de Vich. Fue director el P. Roig que predicó cinco pláticas al clero; el P. Prat predicó en la comunión general; el P. Morera predicó los sermones y dos el P. Casacuberta, que también predicó a los presos, confesándose algunos de ellos y co­mulgando en la cárcel; el P. Juan Roca, in­dividuo de la casa de Guisona, predicó las doctrinas, y el P. Coll las pláticas de la ma­ñana. Fue misión fervorosísima y fructuo­sa, el auditorio crecidísimo, en el confesio­nario desde el primer día que nos sentarnos nunca podíamos despachar la gente, que perdía muchos días para poderse confesar; fueron muchas y extraordinarias las conver­siones…; hiciéronse varias y crecidas resti­tuciones; uniéronse algunos divorciados; res­tablecióse la Cofradía de la Sangre de Jesu­cristo y la asistencia numerosísima a la oración mental cuotidiana, casi del todo aban­donada, sin contar otros imponderables provechos espirituales. Concluyó la misión el 22 de febrero, habiéndonos asistido el Hermano Valls.»

El 18 de octubre de 1809, llamado por los superiores, que le querían enviar a Badajoz, salió de Guisona el P. Roca. A fin de evitar los peligros de la guerra, embarcóse en el bonito puerto de Salou para Sevilla, y de allí pasó a Badajoz, donde llegó el día de Navi­dad. Durante la guerra de la Independencia «sufrimos, dice el P. Roca, tres sitios y un asalto barbárico de los ingleses que vinieron a redimirnos, matando y robando con la más inhumana crueldad. Pero Dios miró con mi­sericordia nuestra casa, pues la conservó in­mune del furor inglés, de modo que no to­caron ni a bienes ni a personas, lo que se tuvo por un prodigio. Teníamos en nuestra casa la comunidad de las Monjas de Santa Ana, que el gobierno de Napoleón las man­dó venir. Estuvieron más de tres años, y vi­vimos con la mayor armonía, ellas en el piso de arriba y nosotros en el de abajo, con puerta en la escalera para no tener comuni­cación que, gracias a Dios, la guardamos con rigor y edificación. Ellas eran muy vir­tuosas, y creo que por sus oraciones Dios nos libró del furor británico. Nosotros éramos pocos, dos sacerdotes (PP. Roca y Zabalza) y dos hermanos (Pedro Coll y Miguel Clos). Vivíamos muy unidos, cumplíamos con nuestros deberes de cátedras y ordenandos, que el Señor bendecía».

Aunque mucha gente huyó de Badajoz en marzo de 1812, cuando Lord Wellington se cercaba a poner sitio a la plaza, el P. Roca no abandonó la casa de Ordenandos ni a las religiosas de Santa Ana, que allí se cobija­ban, celebrándoles todos los días la santa misa y alentándolas con sus exhortaciones y consejos. En aquellos días de tribulación y de espantosas calamidades y profanaciones, la Providencia veló de un modo especial por la casa de Ordenandos y por sus moradores, y sólo en su capilla permaneció reservado el Santísimo y se pudieron celebrar los divinos misterios. Dos días después del horrible asalto y cruel saqueo «salió el P. Roca —dice un testigo de los acontecimientos— a conso­lar a los afligidos, socorriéndolos como podía: a unos con chocolate, a otros con pan o con arroz, repartiendo un poco a cada familia al mismo tiempo la casa de religiosas y otras gentes, y para todos bastó la provisión, por especial providencia de Dios, que con tantos prodigios y milagros quiso hacer ver que este establecimiento era obra suya, y que algún día se serviría de ella para su gloria y para la salvación de muchas almas de esta provincia, si nosotros, por medio de una fiel y exacta observancia de nues­tras santas Reglas y Constituciones, corres­pondíamos, agradecidos, a tan singulares fa­vores».

El 7 de abril de 1813, aniversario de los acontecimientos, las religiosas de Santa Ana celebraron en la capilla de la casa de Orde­nandos una función de acción de gracias a Nuestro Señor por la singular protección que les había dispensado, predicando el P. Roca un fervoroso sermón en que ponderó la grandeza del beneficio recibido y la continua acción de gracias que debían a Dios por tan señalado favor.

De unas curiosas notas acerca de las pri­meras misiones de los Paúles de Badajoz tomamos lo siguiente: «En el año 1812 se hizo una misión en la catedral, por orden de S. S. Ilustrísima, que duró por espacio de nueve días». Predicó los sermones el P. Za­balza, y el P. Roca las doctrinas. «Hubo bas­tante concurso y estaban muy atentos».

En la cuaresma de 1815 los PP. Roca y Cuéllar dieron ejercicios en los siete conventos de religiosas, de Badajoz, sujetos al Sr. Obispo, y en el de Talavera la Real. «En algunos conventos se puso la vida común, y en todos se hizo mucho fruto con grande complacencia, no sólo de S. S. Ilustrísima, sino también de las religiosas, las que hicie­ron los diez días de ejercicios con todo reco­gimiento».

«En 10 de abril de 1815 se comenzó la misión de la cárcel de Badajoz y se conclu­yó el día 22 del mismo mes, con tanto fruto que admiraba ver las demostraciones de do­lor y arrepentimiento: pues aquellos mis­mos que al principio de la misión renegaban de ella, quejándose de que a la fuerza los querían convertir, y los que en los otros años cuando les avisaban para el cumplimiento con la Iglesia, se los quitaban de delante con las más horribles blasfemias, al último esta­ban más mansos que unos corderos, convir­tiendo las blasfemias en alabanzas de Dios que tan buenos sentimientos les había comu­nicado por medio de la santa misión; que­jándose amargamente de no haberla oído antes, y exhortándose mutuamente a la con­fesión general que todos hicieron derraman­do amargas lágrimas de puro dolor. Al prin­cipio algunos callaban sus delitos, porque pensaban erróneamente que los jueces se valdrían de las confesiones para sentenciar­les; mas después que se les hizo la plática de la vergüenza, en la que se les ponderó la obligación del inviolable sigilo, no sólo con­fesaban sus maldades, sino que hubo reo que habiendo negado sus delitos en el juicio fo­rense, quería volver a él para confesarlos aunque le hubieran de ahorcar: tanto era el dolor y pena que tenía de haber ofendido a Dios. Algunos en tiempo de la misión reci­bieron con grande resignación y conformi­dad con la voluntad de Dios la noticia de su destierro y hasta de la pena de muerte. En todas las cuadras y calabozos se rezaba to­dos los días el santísimo Rosario con gran devoción y no se oían malas palabras. Pre­dicó el Sr. Cuéllar; el Sr. Roca hizo las doc­trinas y algunos sermones por indisposición del Sr. Cuéllar; el Sr. Gros hizo las pláti­cas».

«Día 23 de octubre de 1815 se comenzó la misión o ejercicios a los colegiales por la primera vez, y se concluyeron el 2 de no­viembre. Predicaron el Sr. Roca por la ma­ñana y el Sr. Cuéllar por la tarde. Fueron muy fervorosos: se observó un sumo reti­ro. Desde el Sr. Rector hasta el último fá­mulo todos se confesaron generalmente y con muchas lágrimas, especialmente en la comunión general que hizo el Sr. Roca en la Misa, como se hace en las misiones».

A 23 de enero de 1816 salió el P. Roca de Badajoz para Superior de Mallorca, don­de estuvo desde el 27 de abril de dicho año hasta el 24 de julio de 1826, en que partió de nuevo para Badajoz, de cuya casa fue nombrado Superior a petición del Obispo y de la Comunidad. En Mallorca, además predicar muchas veces los ejercicios a or­denandos y a toda Clase de personas, fue también bastantes veces a misiones, encar­gándose ordinariamente de las doctrinas y de las pláticas a los eclesiásticos. Los diez años que estuvo al frente de la casa de Pal­la de Mallorca, tuvo que sufrir no poco a causa de las revueltas y trastornos de la época.

Al venir de Mallorca, detúvose el P. Roca algún tiempo en Barcelona. Dirigióse luego a Reus, desde donde escribió el 11 de octu­bre a Badajoz a los PP. Codina y Gros, di­ciéndoles que iba por Valencia, donde se de­tendría a descansar dos o tres días, como en Reus. «Algunos tienen por temeridad el que yo vaya en las actuales circunstancias, aña­de; mas yo no puedo resistir a mi concien­cia; por lo que me hago sordo a las voces que me dan, etc. Si ustedes ven que mi ida ha de ser momentánea o inútil, sírvanse es­cribir a Madrid, que suspenderé mi marcha, después de consultar con el vidente [Visi­tador]».

Llegó por fin a Badajoz el 29 de noviem­bre. Ya en el mes de junio escribía el P. Feu que el nombramiento del P. Roca para Su­perior de aquella Comunidad, causó mucha alegría en la población, tanto a los eclesiásti­cos como a los seglares. No habían echado, sin duda, olvido la intrépida y ardiente caridad del ilustre Misionero en los días es­pantosos de la guerra, y su celo incansable por la salvación de las almas y por la for­mación del clero.

Comisionado por el P. General, pasó el P. Roca visita en las casas de Portugal en 1827, quedando todos muy satisfechos de su prudente y acertada gestión. Volvió a Bada­joz el 13 de diciembre de dicho año.

Con poderes del Visitador, P. Feu, tam­bién llevó el P. Roca a efecto el estableci­miento de las Hijas de la Caridad en el Hos­pital de San Sebastián, de Badajoz.

Además de la enseñanza y obras de celo en la ciudad, salió también alguna vez a mi­sión el P. Roca, durante esta su segunda es­tancia en Badajoz, como Superior de la Co­munidad. En unos papeles de entonces, que formaban sin duda parte del Libro de Misio­nes de la casa, encontramos las notas si­guientes, escritas por el propio P. Roca: «A los 8 de enero de 1827 se comenzó la Misión de Corte Peleas, y se concluyó a los 22 del mismo mes y año. Este pueblo dista de Ba­dajoz cinco leguas y consta de 25 vecinos, que componen 60 almas de comunión. Por ocasión de la guerra de 1809 quedó entera­mente destruido, y ahora se puebla de nue­vo. La Misión fue mediana y se confesaron casi todos. Los obreros, fueron Sr. Juan Roca, Doctrinero, Sr. Pablo Aznar, Predicador, Sr. Mariano Igües, Platiquista. El señor Roca hizo la Comunión General. Nos asistió el Hermano Francisco Calonja que fue re­mitido a la Ciudad por no portarse con el recogimiento propio de un Hermano en tiempo de Misión.»

«A los 22 de Enero de 1827 se comenzó la Misión de Solana, y se concluyó el día 5 de Febrero. Este Pueblo dista de Badajoz seis leguas largas, y consta de 36 vecinos, que componen 100 almas de Comunión: An­tes tenía cerca 500 vecinos; pero con oca­sión de las guerras quedó despoblado. La Mi­sión fue fervorosa, y los operarios fueron los mismos [que en la anterior], e hicieron las mismas funciones. El H.° Pedro Coll nos asistió.»

«A los 9 de Febrero de 1827 se comen­zó la Misión del Albuera, y se concluyó el 28 del mismo mes. Dista de Badajoz cuatro leguas, y consta de 86 vecinos, que compo­nen 150 almas de Comunión. Por mayo de 1811 quedó enteramente arruinado por oca­sión de la famosa batalla que tuvieron los Ingleses, Españoles y Portugueses contra el Francés, o Napoleón, y ahora se puebla de nuevo habiéndoles concedido el Rey estar li­bres de pagas por diez años, y de quintas por veinte años. Está en medio del camino Real de Sevilla, por lo que es muy molestado de alojamientos y bagajes, lo que impide mucho el poder acudir a las funciones eclesiás­ticas. La misión fue mediana. Operarios fue­ron los mismos e hicieron las mismas fun­ciones, y al último vino el Sr. Buenaventu­ra Codina, quien nos ayudó a confesar. Hi­cimos retorno por estar en días de Antrue­jo, [contra el que predicó el P. Igües]: el lunes por la noche se cantó el Rosario por las calles, y en seguida la perseverancia que la hizo el Sr. Juan Roca. Nos asistió el H.° Pedro Coll y volvimos a casa el día de Ceniza. En todas estas tres misiones los Ayuntamientos nos acompañaron de un pue­blo a otro».

 

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