P. José Martínez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Varios · Source: Anales españoles 1965.
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Biografias PaúlesEl 17 de junio pasado falleció en Cuenca el P. José Martínez, un misionero paúl sin trampa ni cartón. Cuantos le conocieron guardarán de él un recuerdo lleno de veneración y cariño.

Tuve la suerte de convivir con él, desde enero de 1959 hasta septiembre de 1962, en aquella pequeña comunidad de transición que se formó en Cuenca por entonces. Con su serena y juvenil ancianidad contrapesaba los pocos e inexpertos años de cuantos le rodeábamos, padres, hermanos coadjutores y estudiantes filósofos.

Era el centro espiritual de la comunidad, que con su presencia se sentía compensada y segura. Tenía 73 años, pero no dio nunca la sensación de encontrarse desplazado entre compañeros cuya edad apenas re­basaba los treinta en el más aventajado. No siempre llegaba a tiempo a los chistes y a veces le estropeaba al compañero la mejor jugada de do­minó. Pero se reía en recreo más que cualquiera y seguía con curiosidad de aprendiz lo instructivo de la televisión y se adaptaba hasta con regocijo a la mentalidad de los otros.

Si alguno emitía una opinión a la última, él solía decir riéndose un tanto socarronamente:

A mí no me suena mucho, pero, si usted lo dice, seguro que es verdad.

O más seriamente:

De jóvenes, saben ustedes más que yo.

Su capacidad de adaptación era realmente admirable y su deseo de ser útil inmenso

Otros a mi edad ya están retirados, y yo todavía puedo trabajar, nos decía lleno de contento interior.

Vivía este deseo tan intensamente que me figuro lo dolorosos que le resultarían los tres últimos años de su vida esperando en Cuenca a los hermanos novicios mientras se hacía la reforma del viejo seminario. Cuando ya llegaban, el Señor se lo llevó al cielo. Dios sabe por qué hace las cosas pero desde esta orilla lamentamos de verdad la pérdida que nuestro seminario interno supone sin duda su ausencia. «Su ida de este valle fue digna y merecida. El mismo día de su muerte se apresuraron a llegar a Cuenca desde Madrid los PP. Jesús Taboada, Félix García Tejero y Vicente de Dios, quienes velaron su cadáver la no­che del 17 al 18 de junio. Al día siguiente llegaron al funeral y al entierro el R.P. Provincial con dos de sus consejeros, los PP. Felipe García y Fer­nando Vega, más el P. Ramiro Rodríguez. También fueron los Hnos. Joa­quín Saldaña y Antonio Subiñas. De la ciudad acudieron a despedirle nu­meroso clero, presidido por el Excmo. Sr. Obispo, y todas las Hijas de la Caridad que pudieron.

La vida del P. Martínez no consistió en fechas sino en bondad. Un in­ventario cronológico de su vida nos diría mucho menos que los cuatro relatos que siguen, escritos por personas que le conocieron en distintos momentos de su vida. En ellos se incluye todo lo que acabo de decir. Pero no tenía más remedio que expresar en público, aunque borrosa­mente, mi respeto, gratitud y cariño por el P. José Martínez.

Vicente de Dios

 

El P. Félix García Tejero, hoy director de novicios, pero entonces pequeño seminarista conciliar, conoció al P. Martínez en el semi­nario de Ávila y nos envía ahora este sentido recuerdo.

En 1928 conocí por primera vez al P. José Martínez. Se recortaba su amable figura en los corredores y patios del viejo Seminario de Ávila. Las clases, de ventanas muy altas y pequeñas, se nos hacían más atrayentes con su comprensión y sonrisa acogedora.

—Vamos, querría usted decir… (Hay que notar que siempre nos tra­taba de usted, aún a los recién llegados de once años). Ponga otro ejem­plo ¿Cómo dicen en su pueblo, trajeron o trajon?

Un suave carraspeo limpiaba con frecuencia sus bronquios, no muy bien parados en una operación sufrida y obligados a ser continuos portadores del frío seco abulense.

Gozaba mucho en nuestros juegos de pelota —casi los únicos permiti­dos— y se condolía de nuestras manos agrietadas y con sabañones.

Y le hacíamos mucha gracia los pequeños de latín, con sotana y todo.

—Menudo «curilla»; ni el cura de su pueblo viste tan rebién. Y aguar­daba paciente la paga del trimestre. ¡Qué amable es el mayordomo!, nos decían nuestros padres al tratarle en el recibidor y verle comprensivo con escaseces o malas cosechas.

Ni que decir tiene que se sentía más abulense que nosotros mismos, y nos hablaba de Gredos y sus nieves, Arévalo y sus garbanzos, las buenas alubias que le traían los vendedores del Barco, los pinares y llanuras de Madrigal, «la Andalucía de Ávila», y las siete villas con su valle encantador.

A la Santa la quería mucho. Fue varios años confesor del primer convento fundado por Santa Teresa. Le oíamos decir a veces:

—En San José hilan fino, hay almas que meten en apuros al confesor, por los altos caminos que recorren.

Al P. Mayordomo le queríamos todos. Otros se movían más —el P. Martínez tenía ya entonces un solo pulmón—, nos contaban cosas de Ro­ma, etc. El P. Martínez era feliz y nos hacía felices con las pequeñas cosas do rada día en casa y en los corredores, en clase y en los cortos paseos por la carretera de Toledo en invierno, o por la de Salamanca y «Cuatro Postes» en primavera.

Desde el cielo, no me cabe la menor duda de que seguirá mirando por las nuevas generaciones de Seminaristas y Vocaciones Vicencianas.

Este agradecido recuerdo de uno de los suyos.

Félix García Tejero, C.M.

 

En Valdemoro estuvo el P. Martínez durante siete años, cuando superaba él los sesenta. Fue superior y de su gobierno nos hace el P. Vitorino Carballo este expresivo relato.

Se lo debo por justicia y por gratitud personal. Me causó honda im­presión la noticia de su muerte. Creo que, hasta el tribunal de Dios, le acompañaría todo un cortejo cordial y piadoso de recuerdos y plegarias. En buena lid supo ganárselo, entre muchos Misioneros e Hijas de la Ca­ridad, este humilde hijo de S. Vicente. Contra el augurio volteriano, la muerte del P. José Martínez es sentida y llorada por muchos de sus Her­manos. Yo me encuentro entre ellos.

En aquella Tebaida de mis días largos, estériles y tristes, que se llama Valdemoro, fui un testigo excepcional y aprovechado de los recursos hu­manos y cristianos del buen P. Martínez. A mucho me dejó obligado aquel santo varón. Hasta a la profunda tristeza de su muerte…

Parecía un eco de Natanael en el artificioso siglo XX. No había en él dolo ni engaño. Andaba con familiaridad y paso firme por los caminos del Evangelio. Su espíritu de caridad, de abnegación y apostolado era gamo el oxígeno de su alma. Sus consejos humildes, maduros e ilustra­dos, fardan la enorme eficacia persuasiva de su ejemplaridad. A su lado se vitalizaba la Fe y, en la Fe, se atrincheraba, contra todo riesgo, la árida de la Vocación. Esto lo saben muchas Hermanas y yo también lo sé. Quizá al más sublime apostolado lo someta la Providencia al más prolongado silencio, entre los hombres, para darle ante Dios más kilates de mérito y de gloria

* * *

Recuerdo, entre mil, el siguiente episodio. No escatimo la realidad, porque se resuelve en gloria para el buen P. Martínez.

Le informan, quizá sin malicia, de que yo me había permitido, en un bar de la localidad, una partida de naipes. El Sr. Superior juzgó deber suyo llamarme al orden. Lo hizo sin empaque alguno de sargento, con la confianza de un compañero, la dulzura de un padre y reflejando la pena de aquella corrección.

Yo, con la convicción de darle una alegría, me limité a decirle: —P. Mar­tínez; aunque no fuera más que por ahorrarle a Ud. un disgusto, yo jamás haría eso.

A los diez minutos, el buen Padre Superior estaba enterado de que tal información había sido falsa y, en seguida, me vino a ver. Fue entonces cuando comprendí toda la humildad y delicadeza nativa y sacerdotal de aquella alma. Era un claro signo de su auténtica virtud la vivencia, en su alma, del amor y del respeto a sus prójimos. En ello conocí que era verdadero discípulo de Jesús.

A personas de este temple humano y cristiano, si ejercen la respon­sabilidad de superiores, resulta cruel hacerles faenas o amargarles la vida. Y surge la mutua colaboración de la autoridad y la obediencia, tan ne­cesaria en la vida religiosa.

Cuando ha habido lugar a ello, observé siempre lo siguiente.

En la balanza de un superior virtuoso, el súbdito siempre pesa como persona, como prójimo, como llamado de Dios e hijo de una digna madre. Diríamos que en esto se resumen los derechos básicos del súbdito. Recí­procamente, los superiores que los respetan, pesan normalmente mucho en la conciencia de sus súbditos.

Cuando el súbdito constata esto, carga con buen ánimo con la cruz de la obediencia, porque el superior le sirve de Cireneo. Todo es buena vo­luntad en el súbdito que comprueba que no hay explotación humana de la autoridad divina. Así como el candelero es el que menos se ilumina de la luz que soporta, así el superior virtuoso es el que menos se bene­ficia de la autoridad que representa. Sólo por este camino se convierte el superior en la primera pieza del orden ascético-moral que debe vigilar y promover.

De juzgar por los comentarios que se oyen, este es un apostolado de urgencia, eminentemente pastoral, que curará muchos males y reportará grandes bienes. Pero, ello hace de la PATENTE una cosa muy seria y muy temible…

¡¡Descanse en Paz!!

Victorino Carballo, C.M.

 

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