El R. P. José Fernández Díez nació en Olmos de la Picaza, provincia de Burgos, el 17 de marzo de 1886, y murió el 12 de marzo de 1967, en la Casa Central de Madrid.
Las primeras letras las aprendió en su pueblo natal. Cursó las Humanidades en el Colegio Apostólico de Murguía (Alava), y su noviciado, así como sus estudios sacerdotales, los hizo en Hortaleza y en Madrid; habiendo ingresado en la Congregación de la Misión el 16 de septiembre de 1902, v siendo ordenado sacerdote el 13 de septiembre de 1911.
Destinado a Cuba, fue enviado al célebre Colegio de Matanzas, donde permaneció unos dieciocho años, explicando con entusiasmo y con provecho distintas asignaturas del bachillerato.
A su vuelta de un viaje a España fue destinado a Puerto Rico, siendo su primer destino la parroquia de catedral en Ponce.
Acompañó con frecuencia a Mons. Willinger, Obispo de la Diócesis, en sus visitas pastorales, quien, en agradecimiento a sus buenos servicios, le regaló, entre otros obsequios, un viaje en su compañía a los Estados. Unidos.
Tanto con Mons. Willinger, Obispo de Ponce, como con Monseñor Byrne, Obispo de San Juan, cooperó Él P. Fernández con entusiasmo y eficacia en cuantos ministerios le fueron encomendados.
Esta perseverante y magnífica eficacia en todos sus servicios movieron a los señores Obispos a encomendarle, en la primera oportunidad, la rectoría del Seminario de San Ildefonso, en San Juan, Puerto Rico, rectoría que supo desempeñar con el beneplácito de ambos Monseñores, así como otros ministerios que con plena confianza pusieron en sus manos, tales como el oficio de ceremoniero de la santa iglesia catedral, Capellán del Santo Cristo de la Salud, Capellán de la Adoración Perpetua al Santísimo, en la Capilla de Santa Ana, y Director de las Hijas Católicas de América y de las Hijas de María, que desempeñó durante varios años.
SUS BUENOS SERVICIOS COMO DIRECTOR DEL SEMINARIO DE SAN ILDEFONSO
A nadie se le oculta la importancia y trascendencia que supone Él delicado cargo de Director de un Seminario. De él depende, en su mayor parte, la formación moral y cultural de aquellos que han de ser, en frase del Evangelio, «la luz del mundo y la sal de la tierra»; esto es: los Sacerdotes.
Nunca olvidaré aquellas palabras tan veraces y tan tremendas del santo Párroco de Ars, Juan Bautista Vianey: «Dejad varios años un pueblo sin sacerdote y pronto le veréis convertido en un rebaño de bestias.»
El amor que el P. Fernández tuvo siempre a su Seminario de San Ildefonso fue un amor de madre. ¡Con qué reverencia y amor recibía en su Seminario a sus Seminaristas y cuán de corazón demostraba su agradecimiento a los familiares! Los padres—yo les vi—le entregaban sus hijos con verdadera confianza, fiados de la bondad de sus buenos consejos y la entusiasta acogida con que les servía en todo: vestidos, libros, alimentación, asistencia espiritual y médica, sin que se acobardase por lo que pudiera importar todo esto para la economía de su Seminario.
Si alguno, por ser de familia humilde, no tenía lo necesario, él se lo proporcionaba abundantemente, con toda generosidad. Por eso, todos los familiares salían de su presencia contentos y agradecidos.
COOPERACIÓN DEL PADRE FERNÁNDEZ EN LA PARROQUIA DE SAN VICENTE
En esta amplia y magnífica iglesia parroquial se conservan, entre otras obras de verdadero mérito artístico, en las que el P. Fernández inició y asesoró al artista señor Alsina, los magníficos lienzos del arco frontal, y las delicadas y artísticas lámparas, que alumbran el centro y las naves laterales de dicho templo. Con razón quiso Él artista que en una de las pinturas laterales de dicho templo parroquial figurase Él retrato del R. P. Fernández.
AMOR AL CLERO DEL PADRE FERNÁNDEZ
Además del respeto, obediencia y amor que profesó siempre el P. Fernández a sus Prelados, hizo resaltar dondequiera su predilección por ambos cleros; no solamente cuando, según costumbre, venían a practicar los Santos Ejercicio y Retiros mensuales al Seminario, sino atendiendo a sus demandas, cualquiera que fuese la ocasión o finalidad, que imploraban su consejo o ayuda. De aquí Él respeto y cariño que siempre le dispensaron. Bien sabían que, de poder, nunca les faltaría su consejo y ayuda.
AMOR DEL PADRE FERNÁNDEZ A SU COMUNIDAD
El amor del P. Fernández a su Comunidad, como testigo de vista que fui, jamás se eclipsó; complaciéndose en brindarnos algunas distracciones, sobre todo en las vacaciones de Navidad y de verano, yendo en su compañía a pasar alegremente la tarde a la playa de Luquillo, en donde, después de un baño confortable, merendábamos alegremente y volvíamos al Seminario, entonando cantos populares, que todos coreábamos al buen rector con sano y alegre entusiasmo.
DOTES PERSONALES DEL REVERENDO PADRE FERNÁNDEZ
Fueron en verdad muy destacados su espíritu de capacidad de trabajo, su buen juicio en las distintas obras de su apostolado, su amor a la vida regular y su trato cordial y espíritu de sacrificio por todos los Sacerdotes y Seminaristas.
Fue también muy digna de alabanza su compenetración con los Prelados de ambas Diócesis, a quienes respetó y amó de corazón, y su temple de ánimo, no obstante ciertas molestias crónicas que casi nunca le abandonaron.
Cuando, por motivos de salud, volvió últimamente a España, y se disponía a volver a su querido Puerto Rico, le sorprendió la muerte, para la que se preparó con religiosa piedad, rindiendo su alma al Creador en Madrid el 12 de marzo de 1967.
¡RECOPILANDO… Amén de los delicados y eficaces servicios que prestó el Padre Fernández en Ponce y en San Juan, sobre todo, siempre atento a la voluntad de sus Prelados, a las necesidades de su Seminario, y a todos sus compromisos con distintas Asociaciones, Hijas de la Caridad, Hijas Católicas de América, Hijas de María, etc., cooperó entusiasta en todas las empresas de carácter católico o benéfico.
Su memoria, podemos decir con San Agustín, no se borrará jamás de los que le conocieron y trataron, porque su bondad de corazón y Él amor al deber le conquistaron numerosos amigos.
P. C. PAMPLIEGA, C. M.







