P. José Antonio Borja

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela · Year of first publication: 1934 · Source: Notas Biográficas.
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Biografias PaúlesNació en Falset (Tarragona), el 3 de febrero de 1790. fue obligado a tomar las armas en la guerra de la Independencia. Prosiguió luego sus estudios en el seminario de Tarragona, y al concluir­los, ingresó en la Congregación el 11 de septiembre de 1817, haciendo dos años después los votos (12 de septiem­bre). Cuando la comunidad cedió su edificio para los apestados en 1821, él se quedó para asistirlos. Aparece predicando las pláticas en varias misiones de la casa de Barcelona. A fines de 1824 le destinaron a Guisona, don­de continuó dedicado a las misiones, hasta que en 1828 le trajeron a la nueva casa de Madrid, para director de no­vicios. Volvió a Guisona, de superior, en 1831, y luego lo fue algún tiempo de Reus; pero pronto regresó a Madrid (septiembre de 1833), para el cargo que tenía antes. Al ser disueltas las comunidades religiosas, se quedó en Madrid, ocupándose en la dirección de las Hijas de la Caridad, a las que hizo un bien inmenso. Al restablecerse la Congre­gación, fue de nuevo puesto al frente del seminario inter­no, formando excelentes Misioneros y teniendo en una ocasión que pasar por la dura prueba de cerrarlo por or­den del Superior General. Habiendo perdido completa­mente la vista, fue preciso relevarle del cargo. Se pasó luego la vida rezando rosarios, oyendo misas, escuchando la lectura espiritual que le hacían y orando largas horas ante Jesús sacramentado. «No obstante su ceguera, hasta poco antes de su última enfermedad, se prestaba con gus­to a predicar a las Hijas de la Caridad y especialmente a las novicias, haciéndoles, siempre que se lo rogaban, la plática o conferencia semanal que por sí o por otro les suele hacer el Director». Por indulto apostólico, celebra­ba todos los días la misa de la Virgen o de Difuntos; pero tres o cuatro años antes de morir, a causa del temblor de sus manos, tuvo que dejar de celebrar, recibiendo diariamente la sagrada comunión. Cuando estalló la revolución de 1868, fue llevado a la casita del Noviciado de las Her­manas y allí entregó su alma a Dios, el día de la Inmacu­lada de 1875. fue por sus virtudes durante más de medio siglo la admiración de todos. Bastaba verle y tratarle una vez, para quedar prendado de él: tal era el atractivo de su santidad. (ANALES, t. I, pág. 536; II, pág. 61; XXXI, pág. 176, etc.).

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