Nació en Falset (Tarragona), el 3 de febrero de 1790. fue obligado a tomar las armas en la guerra de la Independencia. Prosiguió luego sus estudios en el seminario de Tarragona, y al concluirlos, ingresó en la Congregación el 11 de septiembre de 1817, haciendo dos años después los votos (12 de septiembre). Cuando la comunidad cedió su edificio para los apestados en 1821, él se quedó para asistirlos. Aparece predicando las pláticas en varias misiones de la casa de Barcelona. A fines de 1824 le destinaron a Guisona, donde continuó dedicado a las misiones, hasta que en 1828 le trajeron a la nueva casa de Madrid, para director de novicios. Volvió a Guisona, de superior, en 1831, y luego lo fue algún tiempo de Reus; pero pronto regresó a Madrid (septiembre de 1833), para el cargo que tenía antes. Al ser disueltas las comunidades religiosas, se quedó en Madrid, ocupándose en la dirección de las Hijas de la Caridad, a las que hizo un bien inmenso. Al restablecerse la Congregación, fue de nuevo puesto al frente del seminario interno, formando excelentes Misioneros y teniendo en una ocasión que pasar por la dura prueba de cerrarlo por orden del Superior General. Habiendo perdido completamente la vista, fue preciso relevarle del cargo. Se pasó luego la vida rezando rosarios, oyendo misas, escuchando la lectura espiritual que le hacían y orando largas horas ante Jesús sacramentado. «No obstante su ceguera, hasta poco antes de su última enfermedad, se prestaba con gusto a predicar a las Hijas de la Caridad y especialmente a las novicias, haciéndoles, siempre que se lo rogaban, la plática o conferencia semanal que por sí o por otro les suele hacer el Director». Por indulto apostólico, celebraba todos los días la misa de la Virgen o de Difuntos; pero tres o cuatro años antes de morir, a causa del temblor de sus manos, tuvo que dejar de celebrar, recibiendo diariamente la sagrada comunión. Cuando estalló la revolución de 1868, fue llevado a la casita del Noviciado de las Hermanas y allí entregó su alma a Dios, el día de la Inmaculada de 1875. fue por sus virtudes durante más de medio siglo la admiración de todos. Bastaba verle y tratarle una vez, para quedar prendado de él: tal era el atractivo de su santidad. (ANALES, t. I, pág. 536; II, pág. 61; XXXI, pág. 176, etc.).
P. José Antonio Borja







