El 9 de diciembre de 1962, en Salamanca, falleció el P. Ignacio Martín, a quien todos, cariñosamente, llamaban P. Martinico. Tenía noventa y un años de edad, setenta de vocación sesenta y tres de sacerdocio. Recién ordenado fue nombrado subdirector de novicios, hasta que en 1905, el entonces Visitador, F. Arnáiz, le nombró secretario, siguiendo en el mismo cargo con el P. Arambarri, ocupándose de los asuntos de quintas de nuestros jóvenes y de nombramiento de confesor para las Hijas de la Caridad. La revolución del 36 le hizo correr su calvario por las pensiones de Madrid hasta dar en la cárcel Modelo y la prisión de Porlier, aunque su aspecto de hombre bueno le hizo que le librasen al poco tiempo, ayudando a su manera a las Hijas de la Caridad dispersas por Madrid. Salió de Madrid para volver a él en 1939, donde continuó en sus anteriores cargos. Toda su vida la pasó en la Casa de Madrid, y gran parte de ella de secretario; de ahí que en alguna época se firmase secretario general. De conciencia extremadamente delicada, rayando en el escrúpulo, dan buena fe los escritos que dejó, apuntando cuanto gasto hiciese por pequeño que fuese y lo mismo otras cosas, que a muchos parecerán nimiedades. Fue siempre un maestro de ceremonias intransigente, no consintiendo nada de cuanto prohíben las rúbricas. Devotísimo de la Virgen, como buen segoviano, había nacido en Prádenas (Segovia), tenía su particular devoción a la Virgen de la Fuencisla, de cuya Hermandad era cofrade, contribuyendo con sus limosnas a todas las solemnidades que la Cofradía celebraba en Madrid, como lo atestiguan los recibos que año tras año iba acumulando. La Virgen le llevó consigo en su gran día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre.
P. Ignacio Martín








One Comment on “P. Ignacio Martín”
Gracias por esta reseña. Conocí personalmente al P Martín Ignacio en la casa de los Paules de García Paredes 45 y Basílica de la Milagrosa. Le visitaba con frecuencia como sobrino pues era hermano de mi abuelo paterno Rafael Martín Sanz. Su popularidad era grande porque su proverbial bondad era muy resaltada por las personas que convivían con él, los de la calle que le trataban o recurrian a él en busca de ayuda material o espiritual. Siempre en el recuerdo por ejemplar vida sacerdotal entregado a las obras de Caridad imitando a San Vicente de Paul.