P. Gabriel López Rivas

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Modesto López · Source: Anales españoles, 1972.
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Al P. Gabriel le llamábamos los sobrinos el «tío gordo», «tío vello» a sus espaldas para distinguirlo en el ambiente familiar de su sobrino el P. Gabriel López Quintas, también misionero paúl.

Comencé a interesarme por la vida misionera del «tío gordo» a partir de 1962, fecha de su penúltimo destino a la comunidad parroquial de Gijón. En aquel hombre enfermo me llamaron la atención: su biblioteca, sus apuntes de predicación, su ansia de ser joven, su humor, su amor a la Congregación y su deseo tremendo de morir trabajando.

Me pareció una vida interesante la suya y le pedí que me regalara su autobiografía.

—-Está sin facer, filliño, nunca tengo tiempo libre. Además, mi vida es la de un misionero cualquiera que se desgasta hasta no poder más.

Np me regaló su autobiografía, porque no la hizo, pero entre sus notas encontré algunos papeles que quiero consignar aquí como pequeño homenaje a su intensa vida misionera. Mi único trabajo consistirá en ir cosiendo notas entresacadas de sus papeles y de sus cartas para ofrecer una pequeña semblanza de este buen hijo de San Vicente de Paúl.

I. «PREHISTORIA DE MI VIDA MISIONERA».

El 19 de febrero del año 1900- nacía en el humilde lugar de Poedo, ayuntamiento de Baños de Molgas (Orense) el último hijo de Domingo y María. La señora María sentía algo así como vergüenza por lo avanzado de su edad, cuarenta y siete años. El señor Domingo la consolaba di­ciendo:

—Non te agoníes, muller, que iste hache de ser fradiño.

Hasta los doce años «cavei carpazos, enfeixei nabos xeados, esparexín a herba, reguei os lameiros e fun cas vacas pra o monte». Pero un buen día aquel muchacho, el más «estroleque» del lugar, pidió consejo a otro muchacho de su misma edad sobre una idea que le martilleaba en la cabeza:

—Quero ir a os Milagros pra estudiar e ser frade.

—Pois mira… ¡Qué queres que che diga! Serás ben burriño si te ‹pfedas en Poedo.

La idea siguió martilleando en la cabeza de Gabrieliño hasta que la Santa Misión de Ambía, predicada por los Padres Pasionistas, le empujó definitivamente hacia el Santuario de Los Milagros.

El 29 de (mutile de 1913 el señor Domingo despertó a su hijo muy t e in pruno:

Pon a roupa dos domingos que irnos a os Milagros.

En los Milagros les recibió el P. Juan. «Estuvo tan cariñoso conmigo que me dieron ganas de quedarme ya en Los Milagros.»

El curso escolar había comenzado ya hacía dos meses. El P. Juan in­sistía en que el muchacho se quedase ya con ellos. Pero el señor Domingo prefirió llevarle de nuevo a Poedo para traerle definitivamente el 2 de noviembre de 1913.

Cuando se enteraron en Poedo de que Gabriel estaba en Los Mila­gros todo el mundo decía al señor Domingo:

—Non gastes os cartos co rapaz, que il non che vai pra adiante. Eche moi estroleque.

II. «AURORA DE MI VIDA MISIONERA».

El 17 de septiembre de 1917 el apostólico de Poedo salía para Madrid. Iba al noviciado. «Acepté de buena gana mi vida de novicio. El día que vestí la sotana se me alegró el alma.»

Durante el segundo año de noviciado comenzó a sentir los achaques de la enfermedad, su dulce amiga de toda la vida.

«Aquella gripe de 1918 fue implacable en toda España. Yo empezaba la convalecencia de otra enfermedad y la gripe me encontró en sazón para cebarse en mi débil salud. Entre mis compañeros de noviciado hizo cinco víctimas. Estuve más de un mes entre la vida y la muerte. Cuatro médi­cos dieron entonces el mismo diagnóstico: le espera la suerte de los cinco fallecidos.»

Pero de pronto, y sin saber cómo, el novicio experimentó una rápida mejoría con gran sorpresa por parte de los médicos. El P. Gabriel siempre atribuyó su rápida mejoría a un milagro de la Santiña de Los Milagros, ante la que rezó con gran fe el señor Domingo al conocer la suerte que le esperaba a su hijo.

El Santuario de Los Milagros fue una de las grandes debilidades del P. Gabriel. La Santiña le acompañó siempre. Entre sus notas encontré algunas de gran amargura por causa de un destino al Medo que nunca se realizó. Apetencias de otras personas se lo impidieron. Son las únicas notas tristes que encontré entre sus recuerdos.

«Llegó la fecha de mi profesión, 18 de septiembre de 1919, y yo me entregué a Dios en la plenitud de mi ser. No le regateé nada a Dios.»

El 2 de mayo de 1926 decía su primera Misa en la Basílica de la Mi­lagrosa de Madrid. «La oían mi padre y mi hermano Antonio. Mientras rezaba el Yo Pecador, lo bordaba con estos sentimientos: Yo me confieso de mis travesuras de niño…; me confieso de las muchas veces que les dije «no» a mis padres…; me confieso de haber pegado a los chiquillos…; me confieso de haberme reído del maestro…; me confieso de y de… de todo lo que ‘In y yo sabemos. Por tanto, ruego a vosotros, mi padre y mi hermano, que roguéis por mí».

III. «MEDIO DIA DE MI VIDA MISIONERA».

En septiembre de 1926 recibió de manos del P. Atienza su primer destino: Ecija. Allí inició su más importante singladura, la de apóstol misionero, en la que le sorprendería la muerte cuarenta y cinco años más tarde. El 29 de noviembre de 1926 comenzó su primera novena a la Inmaculada en el Hospicio de Sevilla.

Novenas, sermones y misiones populares fueron su única ocupación durante los tres años que permaneció en Ecija. Escribía todos sus ser­mones para luego romperlos y volverlos a escribir. Esta costumbre la conservó hasta el final de su vida, gracias a ello se mantuvo siempre joven y fue consejero apreciado de misioneros muchos años más jóvenes que él.

El P. Parente, su último Superior, me decía ante su cadáver:

—Le echaré mucho de menos; me hacía un buen papel. Las teclas de su máquina repicaban todo el día.

En Orense quedan dos buenos volúmenes de notas sobre sermones y misiones. Es una pena que se pierdan, aunque ya él los fue perdiendo en las distintas casas que conocieron la sonrisa de sus labios, y el olor del cigarrillo siempre entre sus dedos. Cuando alguien le decía que no fu­mara tanto, se limitaba a contestar:

—El médico me ha dicho que tengo los pulmones de acero —y encen­día otro cigarrillo.

¡Cuánto le gustaba presumir de buena salud!

En los últimos días de su vida, cuando ya las piernos le pesaban mucho y su corazón latía muy cansado, decía con orgullo a sus familiares de Orense: «En mi casa están todos escacharrados (algunos miembros de la comunidad tenían gripe). Todos tienen gripe, menos yo. Estoy cañón».

Al poco tiempo de llegar a su primer destino predicó su primera misión en Mairena de Aljarof e, en compañía del P. Menéndez. De su se­gunda misión me contó en una ocasión: «El párroco no tenía cocinera. Cocinaba él y comía él. Nosotros… ¡qué hambre! Los feligreses debieron de sospechar algo de lo que pasaba y empezaron a llover pollos en la Rectoral para los misioneros. Pero los pollos, según venían, iban al ga­llinero, que crecía los últimos días. A la cocina, ninguno».

El 29 de agosto de 1929 salía con destino a la residencia de Avila.

«Misioné casi toda la diócesis y… ¡qué recuerdos tan agradables de aquellos pueblos de Avila! Si pasara revista a todos los pueblos que misioné en Avila, diría muchas cosas que servirían para acusarme de exagerado o tal vez de soberbio. Lo dejo todo en el silencio. De ahí lo sacará Dios cuando llegue el gran día.»

El 6 de julio de 1931 era destinado a Canarias, La Orotava. «Dice el P. Visitador que por dos años, para curar la bronquitis que pesqué por las sierras de Avila.» No fue con el encargo de dar misiones, pero ¿quién podía apartarle ya de ese ministerio que tanto le entusiasmaba?

Como anécdota de su estancia en La Orotava podemos dejar constan­cia de la fundación de La Juventud Masculina de A. C. «Da magníficos resultados. El Gobernador nos persigue. Azuzan a los jóvenes contra nos- otros. Nos apedrean el local.» En algún pueblo de la isla encontró un manuscrito antiguo, que se conserva en Orense, con sus escritos. Ignoro la importancia de dicho manuscrito.

De la Orotava es destinado a Las Palmas el 4 de agosto de 1932. En octubre es nombrado Director de la Asociación de la Milagrosa. Toma con cariño este nuevo oficio y crea una especie de revista, «Voz celeste», para la Asociación. Muchos números de esta revista los escribió él solo y llegó a conseguir una tirada de 4.475 ejemplares.

No pudo olvidar las misiones: Arguiniguín, Firgas, Guamarteme, Los Llanos de Telde, Valleseco…, jornadas de Lanzarote. «Al terminar las misiones de la Isla no quedó medio de locomoción que no se movilizara para trasladar gente al puerto para despedir a los misioneros. Hacía falta pisar fuerte en la humildad evangélica para no creerse algo más de la cuenta.» De las jornadas de Fuerteventura nos dice: «Sin compañero y con el camello como único medio de locomoción, no quedó sin misionar ni el más pequeño pueblo. La Isla estaba muy empobrecida. Hacía nueve años que no caía una gota de agua del cielo y no había una gota de agua dulce en toda la Isla. Dios premie a aquella buena mujer que me regaló un litro de agua dulce, la única que refrescó mi garganta durante dos meses. Una alfombra en la sacristía era un buen somier para descan­sar en la noche de las fatigas del día.»

En Las Palmas le sorprendió el Alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Entre sus papeles quedan algunos reflejos de las atrocidades de aquellos días: mujeres prostituidas, niños asesinados, sacerdotes martiri­zados, iglesias destruidas. Asistió a varios fusilamientos como confesor. De esto tengo algunas notas patéticas que prefiero no reseñar.

El 23 de junio de 1939 embarca para asistir en Madrid a la Asamblea provincial. Después de la Asamblea, el P. Visitador le envía a Los Milagros por seis meses para reponerse. Inmediatamente se enrola en la actividad de la comunidad: sermones, triduos, novenas, ejercicios espirituales… Le hubiese gustado quedarse en Los Milagros, pero «no valen cartas, tele­gramas ni conferencias del P. Superior al Visitador. Tengo que ir a Ma­drid. ¿A las misiones de Burgos?, ¿párroco de Hortaleza?». Fue a Horta­leza, en donde permaneció durante veinte meses como primer Cura Ecó­nomo de la parroquia de San Matías.

De Hortaleza pasó a La Coruña, en donde sólo estuvo ocho meses, para ir finalmente a Teruel, donde permanecería durante tres años y me­dio. De su estancia en Teruel nos dice: «Mi principal trabajo fue en la parroquia. La altura barométrica me escacharró. (En Teruel le avisó por vez primera seriamente su corazón.) El P. Visitador me quiso sacar varias veces, pero yo estaba muy contento, a pesar de que perdía la salud.»

El 12 de junio de 1946 tomaba posesión del superiorato de la co­munidad de Orense. Los siete años que permaneció en Orense fueron de un trabajo agotador. Recorrió muchos pueblos de la provincia. Fueron in­numerables los cumplimientos pascuales que predicó. En una ocasión per­maneció dieciocho horas seguidas con el confesionario, del que sólo salta para tomarse un café y fumarse un cigarrillo. (Tabaco y café con sacarina no podían faltar nunca en donde él estuviese.)

El 12 de junio de 1949 funda e inaugura Los Jueves Eucarísticos en la iglesia de Santa María, costumbre que aún se conserva hoy. Realizó una actividad decisiva para que las Hijas de la Caridad pudiesen adquirir el Colegio de Santo Domingo.

Así pasó los siete años de Orense: dando retiros y ejercicios a las Hijas de la Caridad, asistiendo a muchas misiones populares tanto dentro como fuera de Galicia, predicando cumplimientos pascuales, triduos, no­venas e innumerables sermones sueltos en los pueblos de Orense.

El 20 de diciembre de 1952 es destinado oficialmente a Salamanca.

«Pedí al Visitador que me dejara de súbdito en Orense y me lo con­cedió, pero el nuevo Superior le dijo que cada maestrillo tiene su librillo y que… Yo fui a Salamanca por poco tiempo, porque me tenía reservado un puesto, ¿en Los Milagros? Así se lo dijo más tarde al Superior de Salamanca y me lo indicaron dos consejeros provinciales.» Pero no fue a Los Milagros y permaneció en Salamanca durante dos años. De Sala­manca a Sevilla el 2 de octubre de 1954, desde donde pasó a Ayamonte en 1957 como párroco de El Salvador. En Ayamonte todavía se recuerdan sus charlas por radio con el seudónimo «El solitario de la Villa». «Una encuesta entre mis feligreses reuniría aquí una antología digna. Sólo diré que la vida parroquial subió de un poco más del 6 por 100 a un 49,6 por 100. Tuve que abandonar la parroquia, porque mi corazón no quería subir la calle de los Galdames y la mayoría de los feligreses vivían en esta calle y pequeñas transversales.»

De Ayamonte a Huelva, en donde «durante un año poco más hice que estar».

Copio a continuación una nota de su última misión popular: «Mi últi­ma misión fue en Torredonjimeno, de Jaén. Centro de San Roque. Malas perspectivas, al menos para mí y para mi compañero el P. Nogales. En Jaén nos esperaban los párrocos de Torredonjimeno y sus fuerzas vivas. Mientras cambiábamos impresiones observé que uno de los párrocos me miraba a hurtadillas y conversaba con el P. Navarro, responsable del equi­po misionero. Luego me informaba el P. Navarro: Me preguntaba D. Hi­pólito: «¿Y ese viejo también?» «También, y va a su parroquia.» El pá­rroco frunció el ceño.

Ya en Torredonjimeno me explicaba el párroco que había fruncido el cerio:

—Hace algunos años se dio una misión aquí, y este centro al que va usted hubo que cerrarlo a los tres días: no asistían más que dos personas.

Yo recé para mí: «Deus in adjutorium meum intende».

Ya en el centro, enchufé mi magnetófono y por los altavoces salió la voz amiga del misionero grabada en una cinta apropiada para el caso. Al tercer día tuvimos que tirar varios tabiques del salón escuela. Total, que sobre los datos que el párroco me dio acerca tic la población del centro, cumplieron el 98,6 por 100. El viejo no, Dios y el trabajo de mi compañero, el P. Nogales, hicieron el milagro.»

De 1955 conservamos una pequeña nota- de sus actividades:

Misiones: pasan de las 300.

Tandas de ejercicios: 61.

Triduos y novenas: 226.

Cumplimientos pascuales: 58.

Sermones sueltos: 363.

A partir de 1955 no he encontrado datos de sus actividades apostóli­cas. Pero sé que siguió predicando triduos, novenas, ejercicios y sermones sueltos hasta el día antes de su muerte.

IV. «LA TARDE DE MI VIDA».

El P. Gabriel López Rivas era ya un hombre gastado. El corazón y la diabetes le iban consumiendo poco a poco. De su año de Huelva dice: La inactividad me obligó a pedir destino, la única vez en mi vida». Su destino, el penúltimo, fue Gijón, 1962.

«Mi destino sentó mal al Superior de Gijón. Endulzó mi recibimiento con esta frase: «No abra las maletas». No pregunté por qué no debía abrir las maletas. Preferí observar, y observé… Mi destino suponía que otro de la casa debía ir a Huelva para tapar el agujero que mi salida había dejado… Callé… Callé siempre y me encontré en mí mismo. Me creó esto un carácter algo así como misántropo. Lo siento, porque de esto no había tenido ni un solo día en mi vida. Me retiré a mis soledades. Esta postura perjudicó mucho mi salud, ya bastante averiada.»

Ocurre a veces que a los misioneros se les estima y requiere mientras están en pleno rendimiento. Cuando el carro ya no puede más, entonces se les olvida y se les arrincona. Eso no está bien.

En Gijón permaneció seis años. Poco a poco le fueron dando alguna actividad en la parroquia: archivo, catequesis, clases en el instituto fe­menino. (He encontrado un cuento precioso para niños. Lo firma con el seudónimo «Dr. de la Insulina».)

Los hombres que han sido muy activos sufren más la soledad e inacti­vidad de los últimos años. A él le aterraba la idea de verse totalmente arrinconado. A una persona amiga de Orense le repetía con frecuencia en los últimos tiempos: «Siempre le pido a mi jefe (San Vicente): pouquiño tempo. Pouquiño tempo».

En sus notas leemos: «Me dedicaré a preparar mi vejez… Sucesivos achaques me obligaron a frenar en el trabajo. Me quedan migajas de salud para ofrecerlas a Dios juntamente con mi sacrificio. Sobre todos los medios para hacer una ancianidad «aceptable» a mis hermanos, pongo la gracia de Dios. Quiero mantener la llama de la inteligencia, e pesar de que lo físico quiere atrofiarla. Mantenerla sería un consuelo para mi soledad. Sería caminar por la vida al nivel de la generación actual. Qui­siera morir de pie como los árboles, pero siento que algo me tumba. Desempeñé el papel que Dios me señaló en la vida. Quisiera poner aquí su BIEN con el lápiz rojo de la caridad, pero… qui judicat me Domi­nos •est.»

Como buen emigrante gallego, volvió a su patria chica para dejar sus restos entre los suyos. En septiembre de 1969 fue destinado a Orense. Venía muy cansado y en sus maletas, además de algunos libros, sólo traía recuerdos de su quehacer misionero. Su testamento dice: «De cuan­to me pertenezca a la hora de mi muerte, quiero que disponga el Superior de la casa o, si lo prefieren, el P. Visitador de la Provincia. No tengo ningún otro testamento ni notarial ni hológrafo, ni de clase alguna.» El testamento no dio preocupaciones al P. Parente, su último Superior, porque murió en completa pobreza, como San Vicente quería que murie­ran los misioneros. Sus ahorros casi todos los gastaba en libros. En casi todas las casas donde estuvo, tuvo fama de tener muy buena biblioteca. Muchos libros los fue dejando en las distintas casas. Otros le desapare­cían de la habitación. Si alguien le pedía un libro nunca le decía que no. Si no fuera por esto, hoy tendrían en Orense una buena biblioteca. Con todo, queda una buena colección muy útil para los misioneros.

Amanecer, mediodía, tarde: «La meditación de la noche es el gozo de mi vida. Siento nostalgia, mucha nostalgia. Me consuela que la nostal­gia es una esperanza que no ha llegado a florecer. Esperanza y nostalgia son los dos temas de mi canción.»

«Las sombras de mi tarde clarean con claridad de fe y amor. En la noche de mi vida, Dios avive la luz de la fe en mi alma… Pasado el cabo de las jornadas, pongo proa al cabo de la buena esperanza. No siempre ha estado tranquilo el mar, ni siempre han sido los vientos propicios. La esperanza es mi enfermera. Me acompaña al médico, vigila mis trata­mientos, cada mañana es la primera que me da los buenos días.

La vida no termina, se transforma. Hoy aún pido por mí en el memento de vivos… Mañana no faltará quien lo haga por mí en el de difuntos. No temo la muerte, porque Cristo es vida.

Espero el aviso de la muerte y no me importa que el aviso sea a médicos, a pedradas o a palos. No me importa que sea en la soledad, en la noche o en el día. En la estampa de mis bodas de oro vocacionales están condensados mis días. Desde hoy en adelante lo que Dios me conceda será propina. Ayudadme a pedirle a Dios que se olvide de mi hombre viejo.»

Efectivamente, desde sus bodas de oro vocacionales ya presentía su muerte, así lo indica la frase que escribió en aquella ocasión: «Gasté mi vida en servicio… Hoy siento rumor de pasos. Son los de Alguien que viene a buscarme… Monto guardia a la esperanza.»

Estas notas tratan de condensar la vida de este humilde misionero. No he pretendido una biografía completa, sólo unas pinceladas sueltas para recuerdo de las personas que le amaban.

El día 30 de noviembre de 1971, hacia las dos de la madrugada, un día después de regresar de predicar su última novena a La Milagrosa, en Cornoces, entregó el alma a Dios en presencia de algunos cohermanos de Comunidad. Murió sin apenas despedirse de nadie y en completa paz. Murió trabajando, como él quería, y en «pouquiño tempo». En nosotros tardará mucho en borrarse su figura algo encorvada, alegre siempre, hu­milde, bonachón. Era un hombre bueno. Recemos por él a Dios.

 

Avila en tres tiempos

La historia de los PP. Paúles en Avila
consta de tres tiempos

Primer tiempo: ARENAS DE SAN PEDRO, 1862 – 1869

El primer tiempo comenzó en el año 1862; Arenas de San Pe­dro fue su escenario; mejor todavía, el monasterio y santuario de San Pedro de Alcántara. Es bueno recordar los orígenes de una fundación que duran te 110 años ha influido en la religiosidad y espiritualidad del pueblo y clero abulenses. Arenas de San Pe­dro, de la diócesis de Avila, marca la cuarta fundación de la pro­vincia española en el siglo XIX. Aún quedan recuerdos, aunque escasos, de la presencia de los PP. Paúles en Arenas. Las crónicas cuentan que las gentes del pueblo y alrededores acudían a la Comunidad de misioneros en busca de la amistad de Dios y que éstos recorrían la diócesis de dos en dos evangelizando a los po­bres. Acaso por el recuerdo del Santo penitente, o tal vez por el buen olor de santidad que dejaban los misioneros, las gentes sen­tían junto a ellos en el santuario una satisfacción humana y un recuerdo de lo divino. No es de extrañar que, al abandonar el pueblo, como consecuencia de la revolución de 1868, hasta los niños sintieran su partida.

Es e primer tiempo duró siete años, pero fueron suficientes para ganarse la simpatía del pueblo y clero abulenses. La simpatía nació como fruto de un trabajo duro y constante. El trabajo prin­cipal fueron las misiones y ejercicios espirituales; también se de­dicaron a la educación de los niños con vistas al sacerdocio. Avila, donde estaba instalado el Seminario Conciliar, distaba muchos ki­lómetros, los gastos eran elevados, y los niños con ganas de cul­tura, muchos. Estas razones movieron al Prelado de la Diócesis, ¿ca Fei nan-Io Blanco y Lorenzo, para responsabilizar al Supe­rior de Arenas de la formación espiritual y cultural de los niños, cuyas matrículas eran admitidas por la secretaría del Seminario de Avila.

Así nació, como una fuente callada, la fundación de Arenas

de San Pedro, siendo Visitador el P. Juan Masnou, y primer Su­perior el P. Miguel Peregrí.

Segundo tiempo: AVILA, 1876 – 1970

Después de un silencio de siete arios comenzó el segundo tiem­po de la historia de los PP. Paúles en Avila. Exactamente el 1 de febrero de 1876. Esta efemérides me ha animado a ordenar hoy precisamente, fiesta de San Ignacio de Antioquía, las presentes notas históricas. Por múltiples razones de conveniencia apostólica, los misioneros Paúles no volvieron a Arenas, pero se instalaron en la ciudad de Avila. Avila se presentaba como el mejor centro de comunicaciones; además tendrían acceso más fácil al Prelado y podrían atender a las Hijas de la Caridad en retiros, predica­ciones, etc. El radio de apostolado se difundió considerablemente. Así se lo hicieron notar los misioneros al señor Obispo, don Fer­nando Blanco, que continuaba rigiendo la Diócesis. La Provincia española de Paúles era gobernada por el P. Maller, mientras que el. P. Eladio Arnáiz iniciaba el superiorato de Avila.

Este segundo tiempo de noventa y cuatro años de historia se reparte en tres momentos. Cada momento se explica por una calle o plaza.

La calle Lesquinas, 3, acogió por vez primera a los PP. Paúles; solamente durante dos años. El P. Arnáiz con otros seis sacerdo­tes más, tres hermanos coadjutores y nueve estudiantes se repar­tieron las habitaciones del palacio del Conde de Orgaz, que se ha­bía reservado una parle del mismo para pasar con su familia «la fresca y tranquila temporada veraniega». Actualmente de este pa­lacio sólo quedan restos. El P. Osaba Rufino, en un artículo pu­blicado en el libro conmemorativo del centenario de la casa de Madrid, sufre un error topográfico al ubicar dicho palacio en la actual calle Duque de Alba.

Por lo demás, el archivo de la casa no ofrece tampoco un solo documento que nos permi,a reconstruir con seriedad la historia de este primer momento. Sin saber por qué, a los dos años vemos a la Comunidad asen.ada en la calle Valseca, 2. La actual esiden la es (…reinadamente sencilla, pobre, ni siquiera reúne las condiciones higiénicas deseables; la humedad stihe por los intima de la case, que l’el inaneee siempre en 1.1 unrlii la Sin embargo, el segundo momento, que lo llena la calle Valseca, 2, duró veintiocho años. Existen todavía testigos que los «paúles viejos» de Valseca vivían unidos por la oración y el trabajo, principal­mente misionero. No sólo de la ciudad, también de los pueblos misionados llegaban a Valseca, 2, para descargar su conciencia y encontrar la paz.

El tercer momento es la expresión humana del crecimiento cultural y espiritual. El deseo de medrar hace cada vez más insopor­table la incomodidad. Al tocar el año 1906, la calle Valseca fue abandonada por inhóspita. La suerte quiso que por aquellos años fuera Visitador el P. Eladio Arnáiz. El P. Arnáiz había inaugu­rado, hacía treinta años, la residencia de la calle Lesquinas. No podía negar su simpatía por la ciudad de la Santa. A instancias de los misioneros de la calle Valseca puso interés, usó de su in­fluencia, que era mucha, y logró una nueva residencia en la plaza Fuente el Sol, 2. La nueva residencia tiene aires de mansión seño­rial. Con toda seguridad perteneció a los Aguilas. Los misioneros dieron gracias a Dios al encontrarse frente a un pequeño palacio deteriorado por dentro, pero que pasaba a su propiedad. Debió de entusiasmarles la fachada «mixta de mampostería y sillería», con pilastras corintias y pequeño frontón; un par de escusones explica todavía la hidalguía de los fundadores del siglo XVI. Con tiempo, la Guardia Civil, que había ocupado la mansión de los Aguilas, desalojó las habitaciones y bajos de la casa. Aún quedan restos en el sótano, como pesebreras, argollas, que contribuyen, por una parte, a resaltar el tipismo del local, pero que delatan la presencia de animales, que aprovecha la Guardia Civil para sus excursiones. Los misioneros entraron en la plaza Fuente el Sol, 2, en octubre de 1906. Nadie puede contar los trabajos y gracias conseguidos por los misioneros que han llenado el tercer momento de sesenta y cuatro años.

Tercer tiempo: AVILA, 1970…

Las necesidades de los tiempos pueden determinar la utilidad y el destino de las casas. La de Avila al menos debe el tercer tiempo de su historia a un imperativo. Al dividirse la antigua provincia de Madrid, 1969, surgió de pronto el problema de la formación y ubicación de estudiantados a partir del Seminario Interno. Urgía acomodar cuanto antes una casa para los estudian­tes de Preu, que se hallaban concentrados en el Seminario de San Pablo, de Cuenca, y que en el segundo trimestre del curso 1970­1971 debían completar en régimen de Seminario Interno, la for­mación espiritual lecibida. Alguien soñó que un lugar bueno para el futuro Seminal io Interno lo ofrecía la casa y finca de Vallado­lid. Ciudad uni%ri.a tal ia, con amplios campos para el apostolado.

para la cultura, para el deporte, Valladolid presentaba un marco halagüeño y atractivo. Pero el plan cayó por tierra cuando la rea­lidad de Avila fue cotejada con el sueño de Valladolid.

En efecto, una inspección realizada por el Procurador Provin­cial, P. Jesús Gómez, y dos sacerdotes más, con un Hermano com­probó que Avila ofrecía más posibilidades y menos gastos que la ciudad del Pisuerga. Sucedió así: el grupo inspector salió de Ma­drid con destino a Valladolid, pero al pisar la provincia de Avila la cortesía desvió al grupo para acercarse a la ciudad amurallada. No faltó quien interpretara un poco más tarde esta visita de cor­tesía a los cohermanos de la Comunidad de Avila como una inspi­ración luminosa venida de la Santa andariega en busca de funda­ciones. Aunque el grupo continuó luego viaje a Valladolid, en Avila quedó ya hecho el plan.

Como en los dos tiempos anteriores, un grupo reducido de estudiantes obligaría a remendar y acomodar la casa de Fuente el Sol. 2. Durante la historia de esta mansión señorial ha habido mu­chos arreglos y acomodaciones, pero los más importantes parten del año 1970.

El sótano, antigua cuadra, hoy perfectamente saneado, pre­senta y crea ambiente de catacumba, que lo mismo sirve para ínti­ mas celebraciones eucarísticas, que para pasar recreos animados. Tres gruesas vigas de madera y un arco granítico soportan el peso de las habitaciones bajas y galería orientadas al patio.

 

La parte norte de la casa ha sido, sin duda, la más afectada por las últimas obras. Un cuerpo de edificio saliente con planta baja y piso ha completado armónicamente al que ya existía. Este cuerpo ha resuelto con gusto y acierto las urgencias más perento­rias que plantea una comunidad numerosa. La planta baja ofrece un local suficientemente espacioso que permite colocar una cocina Fagor Industrial de cuatro fuegos, dos planchas y un horno. El piso, con entrada enfrente de la galería, presenta también lugar para instalaciones de servicios, duchas y lavabos. El hueco entre los dos salientes ha sido aprovechado para lavado y planchado de ropa.

Pero el frío constituía, sin duda, el peor enemigo de la casa, situada en la parte alta de la ciudad. Durante los meses de invierno las temperaturas oscilan alrededor de los cero grados. Por eso, los Superiores, generosamente, determinaron hacer una reparación de­finitiva de la calefacción, que fuera única para la casa y para la iglesia. La experiencia de unos meses ha demostrado el acierta. Pese a las dificultades que se encontraron al instalar el tanque de fuel-oil de 12.000 litros, caldera serie cuarta mixta, bomba acele­rada, etc., por estrechamiento del local, hoy podemos disfrutar de una temperatura de 15 a 20 grados dentro de la casa. Este am­biente ideal permite dar las lecciones en el antiguo recibidor grande, hoy convertido en clase, previo desmontado de piso, nue­va solera de hormigón y pavimento de terrazo.

También el comedor ha sufrido nueva orientación: el sol entra ahora por los dos grandes ventanales que caen al patio. Los mue­bles, viejos y carcomidos, se van sustituyendo por otros nuevos de hierro y formica, que ayudan a la limpieza y a la alegría.

Otros muchísimos arreglos se han llevado a cabo para que el tercer tiempo de la historia de los PP. Paúles en Avila comen­zara y siga con provecho espiritual y cultural de la Comunidad. Para que conste, este tercer tiempo se inició siendo Visitador de la Provincia de Madrid el P. biliar’ Tobar, y Superior de la Casa, (.1 P, fosé Luis Itrnedo. Con él trabajaron en la formación de los once seminaristas que llegaron en febrero (le 1971, PP. Benito Aragón. Nicolás Antonini) Oicajo. 1,el liando Delgado y Hno. Manuel García Varona. Actualmente la Comunidad forma- dora ha experimentado algún cambio: el P. José Antonio Esteban Sánchez y el Hno. Mateo Moler° se han integrado a esta Comuni­dad, y han sido destinados los PP. Nicolás Terrero y Fernando Delgado. El grupo de seminaristas que están haciendo el Semina­rio Interno en su primera fase, suman diez.

Estas pueden ser las líneas generales que explican la conducta del Seminario. La vida espiritual ocupa el primer puesto. Lenta­mente la doctrina vicenciana va ocupando la inteligencia y el co­razón de los candidatos a la Congregación. Al cabo del curso se llega a una reflexión sobre el sacerdocio y vida de comunidad. Varios caminos abocan a esta reflexión. Hay seminaristas para quienes la experiencia apostólica se presenta como una necesidad ineludible. El contacto con los ancianos, con los niños, con los en­fermos aporta experiencias humanas valederas para iluminar la vocación misionera. La Casa Misión y Seminario de Avila agradece a todas las Hijas de la Caridad los distintos campos de apostolado que ofrecen a los Seminaristas.

El estudio de las asignaturas que durante este tiempo se repar­ten, también pretenden conducir a los seminaristas a una refle­xión relativamente seria sobre problemas humanos, sociales, ecle­siales y de Congregación. Por ahora dispone el Seminario de una biblioteca juguete de 5.000 volúmenes, en su mayor parte del si­glo XIX, y principios del XX. La Comunidad tiene la ilusión de formar una buena biblioteca de temas históricos y teológicos es­pirituales y vicencianos. Confía en que los anaqueles se irán lle­nando poco a poco con obras maestras de última hora. En este aspecto los misioneros de principios de siglo nos han dado un buen ejemplo.

Esta es la historia muy resumida de la fundacion de Avila, que ocupa en las actuales fundaciones de España el séptimo lugar, por orden de antigüedad, y el segundo de la Provincia de de Madrid.

Antonino ORCAJO

CARTA ABIERTA DE UN MISIONERO DE MADAGASCAR

Muy estimados Padres, Her­manos y Hermanas: Les deseo a todos un feliz Año Nuevo de 1972.

Si la conversión de un alma es la más grande maravilla, he­mos de decir que el Señor de la mies ha hecho muchas maravi­llas en el corazón del Androy. Sólo en la estación misional de Antanimora, en los seis años que llevamos allí, han nacido a la luz de la gracia por las aguas bautismales 600 personas, amén de los granos de gracia que el Señor va derramando en esos corazones paganos.

En el orden intelectual algo se ha conseguido. Del casi total analfabetismo anterior, se ha pasado a que hoy 77 niños sepan leer y escribir.

El Señor sabe también lo que se ha hecho en lo material. Allí donde los niños sufrían las inclemencias del frío y del calor por tener que estudiar a la intemperie, ahora se recrean en una escuelita de piedra, si bien todavía se ven obligados a sentarse en la tierra.

Todo esto no lo hemos hecho nosotros, los Misioneros, sino ustedes, generosos bienhechores.

PLANES A REALIZAR

Pero aunque algo se ha hecho, mucho queda aún por hacer. Quelemos levantar una Escuela de Artes y Oficios para los niños que salen de la escuela y no tienen donde emplearse, que son el 95 por 100. Fin esta Escuela se les enseñaría a ser carpinteros, al­bañiles, trabajar la tierra, el r,dniido, etc., muy necesaria din donde todo falta

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