P. Francisco Tinture

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela · Year of first publication: 1934 · Source: Notas Biográficas.
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Biografias PaúlesFue bautizado en la parroquia de San Pedro, de Barcelona, el 8 de diciembre de 1797 y entró en la Congregación el 29 de septiembre de 1816, haciendo dos años después los votos (30 de sep­tiembre). Leemos en el libro de Memorias de los difun­tos de la casa de Barcelona: «Día 24 de febrero de 1822, murió en nuestra casa de Barcelona (adonde había ya vuelto la comunidad hacía cerca de un mes), el señor Francisco Tinturé, de edad de 24 años y cerca de cinco de vocación. Este señor, que nada menos pensaba que hacerse Misionero, acompañó en los ejercicios a un pa­riente suyo, y pensando reírse de nuestras prácticas, to­cado de la gracia del Señor, pidió la sotana. Fue siempre muy amante de la vocación y muy deseoso de su obser­vancia, a que procuraba ajustarse. y deseaba se ajustasen los otros, por cuya causa se irritaba algunas veces de pu­ro celo, si se faltaba en alguna cosa. Y como tenía el ge­nio fuerte, que aunque procuraba mortificarlo, a veces se enfadaba con alguno, después se humillaba mucho y pedía perdón a cualquiera que fuere, y aunque fuese re­petidas veces, si era necesario. Se persuadía que estaba siempre en el estado de la tibieza, y decía que él siempre había de hacer las meditaciones de los novísimos para enfervorizarse. De estudiante era muy aplicado y cuida­doso de anotar todas las especies buenas. Tenía mucho amor a la pobreza, aprovechando las cosas más peque­ñas y pidiendo licencia aun para las cosas más despreciables. Temía mucho la muerte y decía a menudo que no llegaría a los treinta años. En tiempo de la epidemia hizo muchas diligencias para preservarse de ella; pero, aun­que lo logró, murió poco después. En el tiempo de la epi­demia fue a Vich a ordenarse de misa; dijo la primera en Belén, con mucha pompa por condescender con su ma­dre, y apenas había celebrado cuarenta misas, enfermó. Viendo se agravaba su mal, dijo al señor Costa, su condiscípulo, no obstante que tanto temía la muerte: «¿No es verdad que no puedo morir en mejor ocasión que ahora, en que por haber celebrado pocas misas y no tener aun cargo de confesar, tendré menos de q u é dar cuenta a Dios?». A pesar de su genio fuerte y pronto, sufrió con tanta paciencia su enfermedad, de unos quince días, que ape­nas se le oyó quejar, tomando cuanto le daban, por ás­pero y amargo o riguroso que fuese, con la más rendida obediencia. Recibió con mucha devoción los santos sacra­mentos y murió plácidamente en el Señor. Entró su ma­dre al entierro, y fue sepultado en el vaso común del al­tar de los Dolores de nuestra iglesia».

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