P. Fernando Nualart. Segundo Visitador (1781-1788) (III)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la C.M..
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CAPITULO III

El P. Nualart y la introducción del Instituto de las. Hijas de la Caridad en España.—El P. Nualart y los Hermanos de! Hospital de la Santa. Cruz. de Barcelona.—Últimos días y muerte del P. Nualart (1792-1793).

Hacía ya más de setenta años que se había establecido la Congregación de la Misión en España. De las Hijas de la Caridad, fundadas también por S. Vicente de Paúl, apenas se te­nían aquí; más noticias que las contenidas en las dos vidas del Sano, hasta entonces publi­cadas en español. a saber: la del agustino Fr. Juan del Santísimo Sacramento, impresa en Nápoles en 1701, y la del trinitario Fr. Eu­sebio del Santísimo Sacramento, que se im­primió en Roma al año siguiente de la beati­ficación del insigne apóstol de la caridad.

El P. Nualart, conocedor y en muchos casos testigo ocular del bien que en Francia y en otras naciones hacían las Hijas de la Caridad y excitado también por algunas personas externas, trató de introducir en España tan benemérito Instituto. Expuso sus deseos, en­contrándose en París, al Superior y a la Su­periora General de las Hijas de la Caridad. El P. Jacquier vino en ello, con tal que se encontraran en España jóvenes que quisie­ran ingresar en el Instituto, pasando a ins­truirse y formarse en París, y luego que es­tuvieran capacitadas, pudieran echar en la península los fundamentos de la Congrega­ción de las Hijas de la Caridad.

De regreso a su -patria, el P. Nualart, va­liéndose de algunos misioneros y eclesiásti­cos amigos suyos que dieron a conocer su in­tento, encontró seis jóvenes que deseaban consagrarse a Dios en la compañía de las Hi­jas de la Caridad, estando dispuestas a ir a Francia y permanecer allí todo el tiempo ne­cesario para su completa formación. Cuatro de ellas eran catalanas y dos aragonesas. Cerciorado el P. Nualart de la decidida vo­cación de estas jóvenes y bien instruidas por él acerca de la congregación en que iban a ingresar, salieron de Barcelona el 18 de mar­zo de 1782, y siguiendo probablemente el camino de la marina por Mataró, Calella y Tor­ciera, donde serían muy bien recibidas y tra­tadas por las familias de Antonia Andreu y del P. Nualart, cruzaron la encantada región ampurdanesa, pasando por Gerona y Figue­ras, atravesaron los Pirineos por La Junque­ra y, dejando atrás Perpiñán, llegaron a Nar­bona después de cinco días de viaje. Allí, si­guiendo las indicaciones del P. Nualart, per­manecieron cinco meses, repartidas en dos casas de las Hijas de la Caridad, para impo­nerse prácticamente en los ejercicios y ocupaciones de éstas.

Una vez hecha la prueba y confirmándosemás y más en sus santos propósitos, partieron a mediados de agosto del mismo año para Pa­rís, siendo recibidas en el noviciado de las Hijas de la Caridad el día 25 de dicho mes. Así que concluyeron el noviciado y vistieron el santo hábito, «fueron destinadas a distin­tos establecimientos de beneficencia, en los que permanecieron desempeñando los pesa­dos deberes de su vocación hasta el año 1790, en el que hallándose ya suficientemente ins­truidas, se creyó llegado .el tiempo de que re­gresasen a España».

No contento con esto el P. Nualart, publi­có en el verano de 1782 un folleto de 14 páginas en 4.° menor titulado Breve noticia del Instituto de las Hijas de la Caridad. Después de contar el origen de las Hijas de la Caridad, señala las condiciones que han de tener las jóvenes que desean entrar en esta Congregación. «Deben ser de familias hon­radas —dice— y de linaje que no tenga mancha o borrón alguno: que antes de entrar, sean ya virtuosas y ejemplares, de experi­mentadas costumbres y que hayan traído [llevado] una vida irreprensible: que tengan salud y robustez, sin ningún achaque corpo­ral: que sean de una buena estatura, y que tengan la vista aguda y perspicaz: que sean igualmente dotadas de una inteligencia sufi­ciente y capaz, para ser formadas aptas e idó­neas para los diferentes empleos que después han de ejercitar: que sepan bien leer y un poco de escribir; pero que se espere de ellas que con el tiempo se puedan perfeccionar en esto: que su edad sea de diez y ocho hasta veintiocho años, a lo menos que no exceda de los treinta; y por último, que tengan amor al trabajo y afición a las cosas de espíritu».

Los fines del Instituto de las Hijas de la Caridad, son dos: el primero, procurar la san­tificación propia, y el segundo ejercer todas las obras de misericordia con los pobres, ma­yormente enfermos, dejando por esto, si es necesario, hasta los mismos ejercicios de pie­dad. Indica los medios que tienen de santifi­cación y su vida de comunidad, y luego pro­sigue: «Para el desempeño del segundo ob­jeto, se aplican ya desde los primeros años de su ingreso a aprender un poco de Medi­cina y algo de Botánica; a componer medi­cinas con sus propias manos, teniendo en sus casas unas muy bellas y abundantes boticas; pero sin que jamás vendan a nadie ni una sola medicina, sino que únicamente sirven para los pobres enfermos que no pueden com­prarlas. Aprenden asimismo a sangrar y cu­rar en las cosas más obvias y manuales; cui­dan de los hospitales: visitan a los pobres en­fermos de las casas particulares, les sirven, asisten, socorren y consuelan, les animan a sufrir con paciencia y con resignación los males que padecen, teniendo para, esto una muy especial habilidad y singular don de Dios y, por último, les disponen para reci­bir los últimos sacramentos, hasta asistirles ellas mismas si es necesario, en el postrer trance, ayudándoles a bien morir con tanta ternura y devoción, que hasta eclesiástico,  versados en esto, confiesan no hacerlo tan bien, como ellas lo hacen».

Habla después en particular, de los servi­cios que prestan en los hospitales, asistiendo, a todos «con tanto amor y caridad como si fuesen sus mismos hijos o hermanos», es decir, como a miembros de Cristo; y por esto «no experimentan pena ni fastidio en servir­les, en tratarles con respeto y en ser muy di­ligentes para consolarles y sufrirles sin ningún lamento ni especie de queja, antes con mucho cariño, afabilidad y singular dulzura pasan noche y día asistiéndoles alrededor de sus camas: ellas sacan la inmundicia, les componen las camas (las que procuran sean siempre bien aseadas y pulidas, les curan con mucha paciencia las llagas, les sangran, y, por último, emulando la caridad del san­to Tobías, ellas, a imitación suya, dejan gus­tosas hasta la comida para amortajarles y darles sepultura con sus propias manos des­pués de muertos».

Además visitan de continuo a los enfer­mos pobres de las parroquias, sirviéndoles, socorriéndoles, según su posibilidad, conso­lándoles, instruyéndoles, aún en lo espiritual, y ejercitando con ellos toda suerte de obras de misericordia; mas para .evitar peligros, procuran en estas ocasiones ir siempre de dos en dos, o a lo menos acompañadas de alguna otra mujer que sea caritativa y honrada».

«Y habiéndose todavía manifestado más. los designios que Dios tenía sobre ellas, su santo fundador las destinó también con el progreso del tiempo para que cuidasen asi­mismo de los hospicios de los pobres…; para que se encargasen de la- recepción, conser­vación y educación de los expósitos y espu­rios, habiendo con esto dado a innumerables la vida corporal y espiritual: para que hicie­sen escuela a las pobres muchachas, ense­ñándolas a leer, hacer labores de mano, y en especial instruyéndolas bien en los principios de nuestra Santa Religión, en los rudimen­tos de la doctrina cristiana, en las disposicio­nes para recibir útilmente los santos sacra­mentos, y radicarlas en la modestia y santo .temor de Dios con que deben siempre vivir; asimismo para que cuidasen de las casas de retiro, donde las damas, señoras y demás de este sexo se recogen para hacer los ejerci­cios espirituales, cosa tan útil e importante;  y, por último, aun en tiempo de guerra envió el Santo algunas de estas Hijas hasta la Lorena y Picardía para el servicio y asistencia de los pobres soldados enfermos y heridos».

«Y han desempeñado siempre con tanta satisfacción y edificación cuanto se les ha encargado y confiado, que son indecibles los buenos efectos y abundantes frutos que de todo esto se han conseguido; son innumera­bles los pecados y desórdenes que por este medio se han evitado, y no es fácil decir las muchas damas y señoras que se han, no sólo reformado en sus trajes y vanidad mas aun dádose enteramente a la devoción y a la pie­dad: con lo que se ha visto sensiblemente ser estás Hijas de la Caridad con especial modo asistidas de la divina Providencia y protegidas de su poderosa y celestial mano. Y por esto son ya por todas partes la admira­ción, no sólo de los ‘católicos, más aún de los mismos herejes e incrédulos: hasta Valter se hace lenguas para alabarlas y elogiar­las. admirándose que este Instituto, siendo en su principio como el pequeño grano de mostaza, en breve haya crecido y extendido tanto sus ramas, que se haya formado un ár­bol muy grande y maravillosamente extendi­do; pues entre Francia, Polonia y los Países Bajos se cuentan seis mil de estas Hijas, y más de trescientas casas suyas»…

Enumera sus obras, particularmente en París y Versalles, y concluye diciendo: «Se da ahora una breve noticia de todo esto al público, por juzgarse sería muy de la gloria de Dios y de grande utilidad para nuestra Es­paña que se fuesen introduciendo estas Hijas, no sólo en las ciudades, pero aun en las más principales villas, ya que nuestro Católico y tan piadoso Monarca, con su celoso Ministerio y Supremo Consejo, ahora más que nun­ca discurre y trabaja Tara el común alivio y enseñanza de toda suerte de pobres. Dios nuestro Señor se digne mover los corazones de todos los que pueden contribuir a tan san­ta obra. Amén.»

Tal es la noticia e idea exacta que de la verdadera Hija de la Caridad dio el P. Nualart a sus compatriotas, para encenderlos en de­seos de introducirlas en España. Pocos meses antes de su muerte le concedió el Señor ver­las establecidas en el hospital general de Barcelona.

Por los años de 1783 frecuentaba las salas del hospital de Santa Cruz, de Barcelona, un hombre de mucha fe y de gran corazón, lla­mado Jaime Sayrols, vecino de la misma ciu­dad, que se dedicaba a la venta de ropas. Viendo las deficiencias de servicio en el hos­pital, concibió el proyecto de reunir unos cuantos amigos para encargarse de la asis­tencia a los pobres enfermos. Al año siguien­te pudo presentarse con otros nueve compa­ñeros ofreciendo, en calidad de Hermanos, sus servicios a la administración del esta­blecimiento. Antes de admitirlos, determina­ron los administradores «que el día 19 de Marzo de 1784 entraran en la casa de la Mi­sión para hacer los ejercicios espirituales por cinco días y fueron vestidos en dicho seminario el día referido 19 de marzo de 1784 en presencia del Sr. Nualart, superior de dicha casa, de la Misión, y después de cinco días, que fue el 24, fueron acompañados, después de una plática que hizo dicho Sr. Nualart su­perior, en procesión en compañía de dos se­ñores del Seminario y de los administradores del hospital, instalándoles en el benéfico establecimiento, y quedando bajo la dependencia de la admi­nistración. Tal fue el origen de los Hermanos de la Caridad del Hospital de la Santa Cruz de Barcelona que más adelante se esta­blecieron también en Mataró, Gerona y Olot. Los que ingresaran de nuevo, después de ser probados, para su admisión definitiva, tenían que practicar cinco días de ejercicios espiri­tuales en la casa de la Misión.

Los administradores dieron a los Herma­nos las constituciones por las que se habían de regir. En ellas se ve la mano del P. Nua­lart, imponiendo a los Hermanos muchas, de las prácticas piadosas de la Congregación de la Misión. Veánse, por ejemplo, algunos de los artículos:

12. «Dormirá cada uno de los Hermanos en su aposento, se levantarán a las cuatro de la mañana y a las cuatro y media se reunirán en la capilla para hacer la oración mental y otros ejercicios que practican los Padres de la Misión, concluidos estos irán a oír misa, comerán a las once y media y tanto en el tiempo de comer como de cenar en el refectorio, uno de los Hermanos elegido por el Padre [así llaman al que hace de superior] lee­rá en alta voz un libro espiritual o de las vidas de los Santos. La cena será a las siete y media de la noche y antes de cenar rezarán el santísimo Rosario; después de cenar ten­drán tres cuartos de hora de recreo y a las nueve harán el examen y uno de los Herma­nos leerá el punto de meditación para el día siguiente y se retirarán…

14. Cuando alguno de los Hermanos ten­ga que salir de casa, deberá pedir licencia al Padre, o al que ocupe su lugar, irán siempre acompañados y ninguno de ellos dormirá fue­ra de casa sin licencia del Sr. Administrador y al volver deberá presentarse al Padre o al que ocupe su lugar…

20. Ocuparán los Hermanos los aposen­tos por opción y sólo tendrán en él una ima­gen de Cristo Crucificado y otra de María Santísima, una mesa, libros espirituales, dos sillas y la cama y no podrán los Hermanos estar dos dentro de un aposento, y cuando alguno de ellos tenga que hablar a otro lo prac­ticará de pie y de puertas afuera del aposento».

Con razón, pues, consideran aun hoy día los Hermanos de la Caridad del Hospital de la Santa Cruz, de Barcelona, al P. Nualart como a su principal fundador. A él indudablemente y a la casa de la Misión deben su espíritu sencillo, piadoso y abnegado.

En otoño de 1788 fue enviado segunda vez el P. Nualart de superior a la casa de Palma de Mallorca, donde vivió todavía poco más de dos años, continuando muy prósperas y florecientes las obras de aquella comunidad.

He aquí cómo nos cuenta su última enfer­medad y muerte el libro de difuntos de la an­tigua y venerada casa-misión de Mallorca: «20 de noviembre de 1790, a las ocho y me­dia de la mañana murió el Sr. Fernando Nua­lart, superior que era de esta casa. Su enfer­medad fue un vómito de sangre que le sobre­vino el 19 de dicho mes y año hacia las cua­tro de la tarde; aquel mismo día había comi­do con la Comunidad en el refectorio y por la mañana había salido a confesar una enfer­ma. A media noche le repitieron con mucha abundancia los vómitos… Vino el médico a las dos de la noche, dio algunas esperanzas; mientras tanto el Sr. Nualart se reconcilia­ba. A las cuatro le volvió el vómito de san­gre, y ya no tenía fuerzas para arrojarla y torciendo el cuello se quedó sin sentido. Le dieron la absolución, pues le sobrevino el accidente al terminar la confesión y decir las palabras a Vrnd. la penitencia, etc. Fueron a buscar el Viático y la Extremaunción y mien­tras tanto volvió en sí y pudo recibir todos los sacramentes con todo el conocimiento. sobre todo el de la penitencia para el que se había preparado mucho antes de sobrevenirle el último ataque que fue a las cuatro, Después de comulgar y recibir la Extremaun­ción, serían las cuatro y cuarto., cuando per­dió ya casi del todo el conocimiento, bien que de vez en cuando decía él solo alguna jacu­latoria. Vino ya enfermo de Barcelona y ja­más recobró la salud. Fue enterrado el 21, habiendo cantado con mucha solemnidad un oficio el día anterior la Comunidad de Santa Eulalia. Cantó la Misa el Dr. Company, asis­tiendo dicha Comunidad siempre gratis».

Así acabó sus días el segundo Visitador de la Congregación de la Misión en España.

Hombre inteligente y activo, .debe ser considerado al propio tiempo como uno de los más beneméritos de la religión y de la patria, por haber dado a conocer y deberse a él principalmente la introducción de las Hijas de la Caridad en España que sólo Dios sabe el bien que han hecho y hacen en nuestra nación.

Ellas y los Hermanos del Hospital de la Santa Cruz, de Barcelona, son la mejor corona de aquél verdadero hilo de San Vicente, celoso, bueno y caritativo que proporcionó esmerada asistencia a los enfermos e instrucción a la niñez pobre.

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