El día 19 de enero partió de esta vida. Un tumor cerebral agudo y fulminante fue para él el clarinazo inconfundible que le anunciaba la llamada de Dios a su Presencia. Y allá acudió presto —poco más de dos semanas— ligero de equipaje, pero bien cargado de ilusión y esperanza. Sus 28 años de edad y 5 de sacerdocio.
Poco podemos decir de una vida corta como la del Padre Félix Personalmente la he podido sorprender entera en seis encuentros que resuenan con acorde entrañable en mi recuerdo.
En Murguía. Un muchacho de 13 años, espigado, rubio como los trigales maduros, de ojos claros verdemar. Llegaba de su pueblo, Ahigal de Villarino (Salamanca) donde había pasado con sus padres las segundas vacaciones veraniegas, merecidas en las aulas del Seminario diocesano. Había decidido ser misionero. Era el mes de septiembre de 1955. En el mismo mes, quince años antes, había ingresado yo por las mismas puertas y la misma ilusión misionera y ahora volvía a hacerlo como sacerdote que le doblaba en edad e iba a ser su profesor. Lo fui de varias asignaturas durante dos años. Puedo afirmar que lo encontré inteligente y siempre responsable de su deber. Estaba dotado de un carácter sencillo y amable. No era la suya una alegría ruidosa —de tinaja vacía— sino de plena e interior que le brillaba en la miraba. Félix era generosamente servicial, querido por todos, compañeros y profesores. Sólo podría señalar como nota negativa su falta de salud.
En Salamanca. Habían pasado seis años desde nuestra despedida. En ellos eran ya historia marcados con nota blanca el 25 de septiembre de 1958, fecha de su ingreso en el Noviciado, y el 27 de septiembre de 1960, —año del Tricentenario—, fecha de su primera Profesión. Y atrás quedaban también los años de Filosofía dentro del paisaje incomparable —mezcla de abstracción y ensueño— de Cuenca. Ahora estaba en Salamanca. Salamanca era ahora doblemente su ciudad por ser también domicilio de sus padres. Salamanca era la Teología. Salamanca era el Cenáculo para la espera del Espíritu. Iba a comenzar el segundo curso, 1963-1964. Sus pasos vocacionales sonaban firmes y decididos. El 27 de setiembre soy testigo emocionado de su Profesión definitiva. «De los trece de Murguía sólo quedamos ya tres» me había dicho con una profunda nostalgia, al encontrarnos de nuevo—. Yo venía a estudiar también. Durante estos tres años nuestras vidas correrán paralelas y pocas veces se harán convergentes. De lejos y de cerca el joven Félix en el ritmo creciente de los veinte sigue siendo para mí —a escala mayor— el mismo muchacho de Murguía, rubio, amable y enfermizo. El año último de sus estudios se opera de sinusitis y su salud experimenta una gran mejoría. El 26 de junio de 1966 es ya sacerdote. Luego él, a Londres, y yo a Andújar.
Otra vez en Murgía. La Ley del retorno histórico parece realidad. Corre el año 1968. En septiembre y en Murguía volvemos a un nuevo encuentro. El es un profesor novel y yo ya un veterano. Ahora ya no hay distancias. El —aunque tímidamente— me tutea y a mí me agrada que lo haga. Es la nuestra una breve convivencia de tres meses. El P. Félix me resulta el mismo, pero descubro en él una vida vibrante. Su amor y preocupación por los seminaristas y colegiales y su responsabilidad profesoral le acucian implacables a proyectar y decidir con fuerza y entusiasmo. Hasta su salud parece transformada.
Otra vez en Salamanca. Un nuevo giro del tiempo y otro encuentro en Salamanca.. Comienzan a definirse las nuevas Provincias, y él, respetadas responsablemente las normas prestablecidas, se incorpora a la suya de origen. Es el mes de septiembre de 1970. Viene de Londres donde ha pasado sus vacaciones para perfeccionar su Inglés. Como profesor de esta lengua y director espiritual se encuadra en el Equipo del Colegio Apostólico. Al mismo tiempo, con visión de futuro se matricula en los Cursos Comunes de la Universidad para especializarse luego en Ciencias de la Educación. Sigue siendo el compañero amable y servicial. Profesor asiduo y dedicado a la clase. Animador alegre entre los muchachos con quienes juega y ante quienes exhibe todavía —como en el Estudiantado— sus cualidades de corredor olímpico. Con este ritmo monótono de trabajo docente al que daba novedad cada día su entusiasmo y entrega sacerdotal, pasaron los tres primeros meses del curso. Había llegado !a Navidad. Esta vez sería la primera, después de once años, que la celebraría con sus padres. Y la Paz de esta Navidad —con la alegría de su infancia renovada— se haría para él Paz eterna.
En la muerte. El día 19 de enero, en pleno mediodía, volvía cadáver en ambulancia desde la Clínica de la Concepción, adonde se le había llevado como último recurso humano. Circunstancias especiales me prepararon este encuentro con el P. Félix en su silencio de muerte. Tres días antes habíamos tenido nuestra última conversación. Providencialmente también fui el primero en saber de boca del Dr. Paniagua, médico cirujano, el diagnóstico definitivo ante las radiografías recién reveladas: «…el mal es muy grave y creo ineficaz la operación por estar afectada una parte muy vital». Momentos después en su habitación me decidí a comunicárselo: «Mira, Félix —le dije claramente— el doctor me acaba de indicar que lo que tienes es muy grave y en el cerebro. Ya sabes, ahora que estás consciente, ponte en las manos de Dios para lo que El disponga». Me miró tranquilo y me respondió casi con humor —como acostumbraba hacerlo a veces: «Con lo que me dices…». Al día siguiente recibía con pleno conocimiento y participación oral los últimos auxilios de la Madre Iglesia. Instantes después su lucidez mental quedaría obnubilada para siempre.
Al amortajarle, fue preciso que vendáramos su cabeza. Fue entonces cuando me pareció en realidad escuchar las últimas palabras del P. Félix. Era el suyo el lenguaje sagrado de las víctimas. Las «vittae albae», las vendas blancas con que se ceñía a las víctimas desde tiempos remotos, eran un símbolo de inocencia, de entrega sumisa y dedicación a la divinidad. Y toda la inocencia, entrega y dedicación de Félix —aquel joven sacerdote exánime —la sentía profundamente entre mis manos. Era la misma actitud paciente y silenciosa que había sido la sorpresa de médicos y Hermanas durante todo el proceso exploratorio de su terrible enfermedad.
Congregados en caridad —las dos Comunidades— celebramos la Eucaristía ante los restos de aquel hermano nuestro «muerto en el Señor». Y a las once y media de la mañana del día 20 de enero quedaban depositados en un nicho de nuestro Panteón de Santa Marta, en espera de la Resurrección.
En el recuerdo. Mi último encuentro es con el P. Félix que los demás recuerdan. Su imagen se me presenta una y otra vez nítida e inconfundible, como en una insuperable pantalla viviente de televisión.
Mariano Polo, tiene 12 años y cursa 2.°
Oye Mariano, voy a preguntarte algo sobre un Padre, ¿sabes quién es?
—¿El P. Félix?
Pues sí. ¿Cómo lo has adivinado?
Rompe a llorar de pronto. Luego, apenas sereno, me dice:
—Es que yo me llevaba muy bien con él. Íbamos muchas veces a su cuarto. Siempre estaba preocupado de los demás y nos enseñaba muchas cosas.
Isidoro Ramos, tiene 16 años y cursa 6º
Le hablo del motivo de mi entrevista. Reflexiona un momento y de repente, como quien ha visto la luz, afirma con un gesto que es en él muy significativo:
Era muy humano. Como alumno suyo siempre me sentí comprendido.
P. Alfonso González, condiscípulo y compañero.
Al pedirle su opinión, me mira con cierto aire de misterio y luego, como si descubriese un monumento erigido al amigo, me indica satisfecho:
—Mira, Félix era para mí otro Juan XXIII. Un hombre sincero, sencillo y silencioso. Merecedor de un gran respeto y de una entera, confianza.
Padre José Induráin, condiscípulo y compañero.
Su respuesta no es la de un historiador como el Padre Alfonso, sino la de un psicólogo, estimador fino de joyas humanas, que me va mostrando una a una en su correspondiente estuche:
—Amante de la paz, enemigo nato de toda discusión. Trabajador incondicional, de los que cargan siempre con los que otros rehuyen. Espiritual, de una vida interior sana y profunda. Ajustado en el ministerio: con un gran amor y dedicación a los muchachos. En resumen: Félix era un filón humano y sacerdotal con muchos quilates que se iban apreciando más a medida que desaparecía su timidez.
Esta es la corona que ha tejido nuestro recuerdo, al mes de su ausencia. Lleve como dedicatoria y en su mejor sentido aquel verso de Horacio:
«DONEC ERIS FELIX MULTOS NUMERABIS AMIGOS»
Mientras seas feliz contarás muchos amigos. El Padre Félix tiene seguro de amistad por lo que fue y porque su felicidad está ya confirmada en Cristo para siempre.







