P. Felipe García Martínez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: www.paulesmadrid.org.
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Biografias PaúlesLloraba un recién nacido. En principio lloraba, pero, después, pediría pan. Ya eran seis bocas en una familia campesina Así que, habría que trabajar más.

Todavía no había cumplido los doce años, cuando fallece el responsable de la casa. Ahora, habrá que arrimar el hombro. Labrar, segar, acarrear… No es propio de niños. Pero, afrontar tareas difíciles fue una característica de Felipe. La vida no le sonrió. Con  trece años, se presenta en la capital solicitando algo.

En principio, fue admitido, como aprendiz, en una barbería. Pero ¿quién iba a permitir que un imberbe le tocara su barba?

Da otro paso: Llama a la  puerta del convento de San Pablo y expone el motivo de su visita. Después de escucharle, el portero le dice: «No hay duda, muchacho. Tienes vocación. Eres un poco viejo para empezar a estudiar. Dile al superior que quieres ser Hermano. Te quedas aquí y aprendes de sastre».

Después de hablar con él, el superior concluye: «Para Hermano, no; para sacerdote. Lo de la edad lo remediaremos empezando lo más pronto posible».

El día del Carmen ya dormía en san Pablo y al poco tiempo, comenzaba estudios en Alcorisa, pero el triunfo del Frente Popular -1936- echo a perder sus planes.

Los superiores decidieron mandar los muchachos a casa. Cuando llega a Cuenca, encuentra la jaula vacía.

Sin embargo, logra comunicarse con el superior quien le alberga en el hospital. Estando allí, le llega la confidencia de que «al frailuco le van a dar una caminata». Se escapa. El dueño de la barbería le aconseja que se inscriba en el ejército y se enrole como corneta. Inicia así sus correrías bélicas. Todo mejorará el día que le asciendan a sargento y le encarguen de la intendencia.

Terminada la guerra es metido en cuarentena. Nada malo ha hecho. Imposible. Todo se aclara y le dejan en libertad ¿Volverá a la apostólica? ¡Si antes era «viejo», ahora tiene tres años más!

Se decide. Sin embargo, las circunstancias le aconsejan que no vaya a Alcorisa sino a Pamplona.

Lejos de ser un impedimento, la edad le proporcionó galones. ¡Tiene tal habilidad para  contar historietas de la guerra que mantiene embelesados a sus compañeros cuando falla un profesor! Al noviciado llega con una premonición: Según los médicos «su corazón está agrandado».

¿Agrandado? Será que es grande para amar. Y eso no es malo. Al contrario. Pero es clarinazo de una muerte anunciada. Con la vida de noviciado, ¿seguirá agrandándose hasta romperse en el servicio a Dios? Aquellos días, nos las ha descrito así:  «Intempestiva hora de levantarse; sin calefacción en el crudo invierno; escasez casi extrema de abrigo y alimento; riguroso silencio, excepto en las recreaciones; frecuencia de actos piadosos… ciertamente originaban tensión y contribuían a que algunos abandonaran la vida comunitaria. Por mi parte, sufrí el impacto, pero cada día, estaba más seguro de mi vocación.

Dejé Hortaleza en la que sufrí Dios sabe cuánto. Pero también gocé dichas inenarrables».

La siguiente escala es Cuenca: «El primer año fue, sin duda, el curso más pacífico y  mejor aprovechado. No obstante, las aguas del teologado se encresparon con el cambio de rector».

Tampoco fue esta su única preocupación hasta que llega el momento de las espigas granadas. Terminados los ejercicios espirituales, le confieren el presbiterado».

¡Qué misterio encierra mi sacerdocio! Lo voy a recibir. La nave central de la catedral  está abarrotada. Emociones y enhorabuenas.

Habrán de pasar los días para que la serenidad de lo cotidiano recobre los niveles de lo normal»

Lo normal va a ser la casa Central de Madrid. Allí trabaja en la secretaría. Por su proverbial bondad, le nombran responsable de atender a cuantos transeúntes pasen por la casa. En 1963, es designado superior y, al año siguiente Director de las Hijas de la Caridad. Su patente de Visitador está fechada el 29 de marzo de 1968. Lo anormal fue su muerte. El 5 de enero de 1987, «el corazón grande» no cabía en su cuerpo. Ni  siquiera, en este valle de lágrimas y amenazó con irse a la feliz eternidad.

Tomado de www.paulesmadrid.org

 

 

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