P. Federico Pérez Silva, C. M

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles1 Comment

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Author: F. Ruiz del Campo · Source: Anales españoles, 1965.
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Biografias PaúlesEn la tarde del sábado 16 de octubre de 1965 se acababa silenciosa la vida de Mons. Pérez Silva. Aunque previsto de muchos meses, su fallecimiento se sintió hondamente en todas partes, la televisión, la radio y la prensa expandieron la noticia a todo el país.

Al pie de la cruz, donde por su Archidiócesis de Trujillo se inmoló, se hallaba piadosa y heroica su ejemplar hermana Maria Luisa Pérez Silva. «No me dejes solo», fue una de las frases últimas que a su hermana dirigió Monseñor al sentir su lucidez mental se oscurecía ante los progresos del ma­ligno tumor cerebral que la ciencia no pudo extirpar. Respondiendo con heroicidad cristiana a esta súplica angustiosa, se podía ver constante a la buena hermana en la habitación del enfermo. En las visitas que nos intercambiamos mutuamente, le llegué a decir: «Usted, señorita, ante su hermano enfermo e inválido representa a su familia; representa también a la Congregación de los Padres Vicen­tinos, la que en usted confía que le cuidará con esmero, y representa a la Santa Madre Iglesia, quien por medio de su corazón y manos de mujer piadoso cuida a un Obispo que fue servidor fiel y heroico de a la causa de Cristo».

Acompaño durante los largos meses de la enfermedad a su hermano no de un modo pasivo, sino airoso y dinámico, de modo que, en derredor del enfermo, hacía mover a doctores, enfermeras, auxiliaras, veladoras, usando todos los recursos de la ciencia y de la técnica: inyecciones, sondas, baños, masajes, pomadas… Eran las gotas de aceite que alimentaban artificialmente la llama de la vida de Monseñor.

 

Dos entrevistas muy dispares

Los primeros días de octubre de 1963, tuve la dicha de pasarlos en Roma. Recordaré siempre la visita que en compañía del P. An­selmo Salamero C. M. hice al Arzobispo de Trujillo del Perú, Mon­señor Pérez Silva, quien ocupaba una hermosa estancia de la Casa Generalicia de la Congregación de la Misión. Nos acogió afable en la amplia antecámara no sin aquel empaque y señorío, quizá algo ceremonioso, que no desdecía de su dignidad episcopal, y en amiga­ble conversación matizada por el acento de énfasis, muy natural en él, pasamos un buen rato. El Concilio Vaticano II fue el centro de la charla. Nos retiramos, y el P. Salamero, más enterado que yo en las entretelas de las sesiones y padres conciliares, ya que llevaba un año de sagaz periodista del Concilio, no pudo ocultarme la buena impresión que le produjo Monseñor por lo claro de su exposición, la objetividad de sus ideas y el acertado criterio sobre personas y el desarrollo del Concilio.

Entre las preocupaciones que entonces tenía era llevar desde Europa imágenes y mobiliario para su seminario en construcción. El Seminario de Trujillo fue la ilusión acariciada de sus últimos años.

Pasaron meses. Monseñor siguió en Roma y regresó a su Ar­quidiócesis. Llegué yo a mi destino de Arequipa. A fines de 1964 el Padre Visitador me traslada a la Parroquia de Canta, a 105 kiló­metros de Lima, y antes de presentarme en el nuevo destino quiso que le acompañara en algunas visitas de las que regularmente hacía cada tres o cuatro días a Monseñor, deshauciado y recluido en la habitación de la Clínica Loayza. Fue la oportunidad de reencontrar a Monseñor después de la entrevista habida en Roma. La estampa romana de octubre de 1963 de un Monseñor vigoroso en el cuerpo y en el alma, con las facultades intelectuales llegadas a la madurez y con un enorme potencial de servicio en favor de la Iglesia, re­saltaba más y más en mis recuerdos alcanzando nueva vida, vién­dole ahora, noviembre de 1964, sentado en un sillón de enfermo, en sombras sus ojos antaño muy lúcidos, acartonado su cerebro hun­dido por el hueco que dentro dejaron los cirujanos al extraer bas­tante cantidad craneana. La enfermedad, rebelde al tratamiento quirúrgico, siguió avanzando, robando movilidad y conciencia al organismo robusto que se resistía a la muerte.

Penó mucho y hondo, en el cuerpo y en el espíritu, Monseñor, porque hasta caer en la total inconsciencia hubo de pasar enfer­mo muchos meses. De conocimiento, a intermitencias, gozó al pa­recer hasta sus últimas horas. El dolor físico, la soledad angus­tiosa que experimentó al no poder comunicarse con facilidad, el sentirse cada vez más débil y sentir que avanzaba la enferme­dad… Todo esto hubo de angustiarle enormemente, y fue cuando, como dijimos, se dirigió a su hermana suplicándola que no le abandonase. ¿Qué sientes?, le preguntó su hermana. Angustia, fue la respuesta.

Monseñor Pérez Silva, en el recinto de la Congregación Vicentina

Todos sus dolores los ofreció por su amada arquidiócesis de Trujillo. Si el bien de mi iglesia me exige mucho —aseguran que expresó— no rehúso el dolor. Y desde que hizo este ofrecimien­to no exhaló queja alguna, viviendo su holocausto.

En recuerdo de este esclarecido miembro de nuestra Congre­gación deseo presentar algunos rasgos edificantes de su vida, toda ella empleada al servicio de la Iglesia, alguna vez hasta con he­roísmo y siempre con sentimientos sobrenaturales, fiel a su vo­cación, sin claudicaciones.

Vio la luz primera un 7 de febrero de 1903 en Lima, heredando quizá más la viveza de inteligencia que la suave dulzura de ca­rácter, dotes que adornan a muchos limeños. Fue modesta su familia, sobre la que cayó pronto la desgracia de la muerte del padre. Entre familiares y hogares amigos se repartieron los distintos hermanos huérfanos. El pequeño Federico manifestó pron­to facilidades e inclinación al estudio, y en su alma piadosa sur­gió temprana la planta de la vocación vicentina. Por este enton­ces, la Provincia Vicentina del Pacífico poseía una escuela apos­tólica en la calle De Bernardi, bastante retirada del centro. Y a este remanso de estudio y de piedad vino a dar nuestro biogra­fiado. De esta temporada tengo la siguiente referencia: Recuerdo que Monseñor Leónidas Bernedo Málaga, Deán del cabildo y Vi­cario General de Arequipa, contándome los datos de su vida vi­centina me relató que en el año, no recuerdo bien si en 1916 ó 1917, tuvo que abandonar Bogotá para trasladarse a la capital de Bolivia, La Paz, donde nuestros cohermanos regentaban el Semi­nario y del que algunos profesores franceses se retiraron para formar filas en la guerra del 14. El entonces Padre vicentino Bernedo Málaga hizo escala en Lima, permaneciendo algunos días hospedado en la Escuela Apostólica. El Sr. Superior, para faci­litarle el mejor conocimiento de Lima y alrededores, le señaló como acompañante y cicerone al jovenzuelo Federico. Guarda entre sus recuerdos Monseñor Bernedo Málaga la imagen jovial del vivaracho aspirante a sacerdote vicentino que andando el tiem­po llegó a ser el Arzobispo de Trujillo.

A los dieciséis años, 1919, parte para Chile, donde la Provincia del Pacífico tenía instalado el Seminario Interno y las casas de formación de los estudios filosóficos y teológicos. En el grupo de peruanos del noviciado, como después entre los estudiantes, sobresalió nuestro biografiado por la correcta pronunciación del francés, lo que motivaba el que fuera preferido para la lectura durante las comidas por los conocimientos que iba adquiriendo y por su alegre trato. Y no sólo entre los peruanos se destacó, sino también entre los chilenos y argentinos.

Ordenado de sacerdote, pasó corto tiempo de profesor en San­tiago, y pronto volvió al Perú, siendo su primer destino el Semi­nario menor de San José, de Cajamarca. Era el año 1927. Pasa siete años siendo profesor y simple miembro de la comunidad. Desde 1934 a 1938 continúa en la misma casa, pero como Supe­rior de la Comunidad y como Rector del Seminario. Son diez años, 1927-1938, los que el Padre Pérez Silva vive en una comuni­dad dedicada a la formación sacerdotal. Este hecho no puede menos de influir poderosamente en su espíritu.

Deseo destacar que si la obra de nuestros cohermanos de Francia en el Perú no tuvo un éxito externo proporcional a sus deseos y trabajos, sin embargo nos han legado el buenísimo ejem­plo de que supieron formar hombres y sacerdotes de mucho va­ler. Son claros ejemplos de este hecho los distintos obispos con los que la Congregación dotó a la Iglesia del Perú, Monseñores Ampuero, Guillén, Lissón y el último en desaparecer y digno de parangonarse con los anteriores, Monseñor Pérez Silva. La for­mación humanística profunda y amplia, característica de la for­mación eclesiástica al estilo francés, se nota en esta serie de obispos mencionados. Pero valieron mucho más por la formación espiritual ascética y por el amor y el servicio a la Iglesia que como elementos de la formación pastoral les supieron inyectar Mis egregios maestros.

Los diez años que el P. Pérez Silva pasó en medio de sacerdotes de valer y dedicado a la formación sacerdotal, contribuyeron para que en su alma se arraigaran como nueva naturaleza los hábitos de piedad, de disciplina y de estudio. Tres años más, desde 1938 llanta 1941, vivió en la apacible y religiosa Cajamarca, aunque se­parado algún tanto de sus ocupaciones anteriores. En dichos años desempeñó el delicado ministerio de Administrador Apostólico de la diócesis.

En esta época —es bueno recordarlo— alternaba con amistad sacerdotal y sincera con dos sacerdotes españoles a los que ayudó en todo lo que pudo y entre quienes existió una ejemplar com­prensión, Eran el P. Jaime, procedente de la Congregación de los Sagrados Corazones, a quien años más tarde conocí como párroco de Ancón, viniendo a morir más tarde en España, y el sacerdote secular guipuzcoano P. Ignacio Zabaleta, quien aún vive y que ha dado muestras de honda amistad para con Monseñor. Fueron amigos, y eran los tres sacerdotes sobresalientes en la serrana ciudad cajamarquina, siendo destinado a la capital de la república: Lima. Dinámico y en pleno dominio vigoroso de sus facultades, emprende la idea de construir la casa del Mar, en donde yo le conocí por vez primera como Superior y Director nacional de las Hijas de la Caridad ¿Cómo se logró la construcción de esta Casas? Es la única construcción de Monseñor Pérez Silva que actualmente poseemos los Padres Vicentinos.

En este asunto intervino mucho la sagacidad de nuestro biografiado negociando la Escuela Apostólica y la Casa de Chacarilla. Esa Casas Chacarilla tiene su historia. En 1938 estuve en ella unos momentos cuando de mi viaje de mi viaje de Europa a Bolivia
nos detuvimos bastantes horas en Lima. La Beneficencia de Lima  tenía empeñada su palabra de atender con una casa a los cape­llanes de las Hijas de la Caridad. No eran otros estos capellanes sino nuestros cohermanos. Cumpliendo su deber había cedido a nuestros hermanos de Congregación la casa de Chacarilla, a es­paldas del hoy suntuoso Ministerio de Educación Nacional. En la Beneficencia y con el Gobierno, el P. Pérez Silva la cediendo esta casa obtuvo algunos fondos. Fueron acrecentados estos con el capital adquirido por la venta de la Escuela Apostólica ya mencionada. Se pudo comprar terreno adecuado donde realizar el sueño de una casa nueva a tono con los tiempos, aco­modada a los ministerios, y el sueño también de una iglesia nueva. Esto, que muy fácilmente se cuenta, no fue cosa de coser y cantar el realizarlo. La nueva casa rompió con el estilo antiguo y resultó luminosa, alegre y cómoda para cuatro o cinco sacer­dotes dedicados como ministerio principal al servicio religioso- ascético de las Hijas de la Caridad.

En cuanto a la iglesia, quedó todo en nada. Se mantuvo el te­rreno, y hoy día se halla en plena tarea de construcción una igle­sia parroquial que al erigirse en estos años se acomodará al es­píritu conciliar del Vaticano II. Con ritmo lento y seguro, otro sacerdote vicentino y limeño, el P. Oscar Fernández, va levan­tando la iglesia sobre el terreno que, soñador, compró el P. Pérez Silva. Creo que desde el cielo observa Monseñor la obra, y cuando el P. Oscar Fernández arribe a la otra playa de la vida cristiana le dará un fuerte abrazo de felicitación porque supo cumplir cer­teramente su ilusión de una hermosa y funcional iglesia parro­quial en el terreno que para este fin hace ya tantos años com­prara. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Por los años aquellos en que nuestros cohermanos habitaban recientemente la Casa nueva de Orrantia, los Padres Vicentinos podían darse la paradoja de afirmar que eran muchos y que eran pocos. Pocos en el número. Este año, 1965, los Padres Vicentinos residentes en el Perú han triplicado a los que existían en 1945. Eran muchos, porque nada menos que aquí existían comunidades de tres distintas provincias vicentinas: la Provincia del Pacífico, la Viceprovincia del Perú, filial de la de Barcelona, y la Vicepro­vincia de los Andes, filial de la de Madrid. Andando el tiempo, la Provincia del Pacífico, por decisión del Superior General, se replegó a Chile, la Viceprovincia del Perú de nuestros hermanos catalanes, para reforzar sus posiciones en Honduras y en Estados Unidos, dejó el país, y la Viceprovincia de Los Andes, que tenía residencias por Chile, Bolivia y Perú, se constituyó en la. Provin­cia Peruana, con todas sus residencias en esta nación, de la que toma el nombre y en la que heredó los compromisos que supone la existencia de una centuria de la Congregación en esta noble república.

Por el mes de septiembre de 1945, para vacaciones, y para ayudar a los Padres de Miraflores, el Viceprovincial, Padre Va­lentín Alcalde, nos trajo desde Bolivia al Padre Luis García y a un servidor. Fue durante esta temporada que conocí al Padre Pé­rez Silva, Superior de la Comunidad de Orrantia y Director de las Hijas de la Caridad. En diversas oportunidades nos encontra­mos, y atestiguo el afecto de hermano que nos dispensó y los servicios de buen compañero y amigo que con nosotros tuvo.

Condescendiente y alegre, conducía el carro paseándonos por los lugares típicos: el olivar de San Isidro, donde verdeguean olivos plantados por Pizarro; los balnearios del Sur, y enseñándonos con gusto y conocimiento el Museo de Magdalena del Mar y distintas casas de las Hijas de la Caridad, terminando invitándonos a la mesa y a pasar algunas horas en su casa.

Como Director de las Hijas de la Caridad no estuvo muchos años, pero sí los suficientes para dejar huella de su acción ani­mosa, conquistándose las simpatías de las Hermanas y procu­rando acrecentar el número de postulantes y de novicias, así como acrisolar su formación espiritual. Como eran pocos los Padres de la Provincia del Pacífico quienes tenían la exclusiva de este ministerio de atender a las Hermanas, él, como Director, había de hacerse cargo de la mayoría de las tandas de ejercicios espiritua­les, retiros, de las visitas a todas las casas, como de la de las novicias y atender a las confesiones de las distintas casas.

De varias Hijas de la Caridad he oído el celo y la entrega con que se dio a este ministerio, muy propio de nuestra Congregación, y en el que desarrolló una gran labor apostólica desde 1943 hasta 1946, en que fue promovido al episcopado como Auxiliar del Primer Cardenal de Lima, Eminentísimo Señor Juan Gualberto Guevara.

La selección para este sagrado oficio de Obispo habla muy en alto del buen  nombre de que gozaba. No era solamente estimado por sus cualidades dentro de la Congregación a que pertenecía, sino que, trascendiendo al exterior, ya fue considerado digno de desempeñar en 1938 la Administración Apostólica de Cajamarca.

 

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