P. Eutiquio Cidad, C. M.

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Sabino Pérez · Source: Anales españoles, 1967.
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Biografias PaúlesA vuelapluma hemos intentado escribir unos apuntes biográ­ficos sobre nuestro querido P. Cidad Eutiquio, que este verano pasado acaba de trasladarse, como diría San Vicente, a la Iglesia del Cielo. Hemos de confesar, sin embargo, que no hemos vivido con él hasta verle en la Enfermería de esta Casa Central los dos últimos años de su vida, cuando ya estaban sus facultades muy disminuidas. Pero al ver los variados apuntes que guardaba, se nos apareció digno de unas notas que guarden el recuerdo de este misionero, siempre laborioso y ejemplar.

I. DATOS GENERALES

He aquí algunos datos generales de su vida. Los encontramos reseñados en una nota en que consigna las fechas de su currículo vital, hasta el 19 de mayo de 1947, en que vuelve a España desde su misión en Bolivia. La partida de bautismo nos dice que nació en Grijalba, Burgos, el 24 de agosto de 1877; que le bautizó don Cayetano Gonzalo y Puente al siguiente día de su nacimiento, como era costumbre en aquellos pueblecillos castellanos, y que sus padres se llamaron Eulogio Cidad Palacios y Neófita Ordóñez Miguel. Nada podemos precisar de sus primeros años. Es fácil imaginarse que su educación fue profundamente cristiana, en el seno de aquella familia. Para su confirmación le llevaron a Villa­diego, cuando ya tenía doce años. Le fue administrada por el ilustrísimo señor don Cesáreo Rodríguez, Obispo de Orense, en 1889.

Al año siguiente sintió la llamada de Dios y se fue a Arcos (Burgos), donde acababan de fundar aquella apostólica los PP. Paúles de Madrid. Como la fundación se trasladó muy pronto a Tardajos, Eutiquio fue de los primeros discípulos de esta Ve­terana Apostólica. Allí reside hasta mayo de 1893 y se va for­mando en todos los estudios de Humanidades con singular apro­vechamiento. El 5 de junio de este año viste la sotana de misionero. Vida callada debió de ser la suya, vida de singular dedicación a adquirir las modalidades de nuestra vocación. Porque el P. Ci­dad es de los hombres que siempre tuvieron una línea constante de equilibrio y salud espiritual; caló hondamente en las virtudes humanas y sobrenaturales. El 25 de agosto de 1895 fue admitido a la emisión de los Votos perpetuos. Comienza sus estudios en septiembre del mismo año. No es de presumir que el joven Eutiquio Cidad tuviera muchos altibajos en su perfecta formación. No hemos visto las calificaciones de sus cursos, pero seguramente que por lo que nos ha dejado escrito hizo unos estudios serios y con un positivo aprovechamiento.

El 21 de diciembre de 1900 recibió la Tonsura y las Ordenes Menores, y al día siguiente, el Subdiaconado, de manos de mon­señor D. José María de Cos, Obispo de Madrid. El mismo Obispo le ordenó de Diácono el 1 de junio de 1901. Para recibir el Pres­biterado tuvo que ir a Segovia, donde fue ordenado el 21 de sep­tiembre de 1901, en la capilla del Palacio Episcopal, y de manos del Obispo D. José Cadena y Eleta. Según la costumbre, que tanto ha durado, dijo su primera Misa al día siguiente, dentro de una modesta solemnidad, acompañado acaso de sus parientes.

El 12 de este mes ya le vemos destinado en Villafranca del Bierzo. Aquí está en la tarea que ocupará casi toda su vida: la enseñanza y formación de los jóvenes. En octubre de 1904 le des­tinan a Murguía, donde pasará casi diecisiete años. El P. Cidad los supo vivir con toda intensidad. Hablan de él los ex alumnos con profunda gratitud. El 25 de octubre de 1921 vuelve a Villa- franca, pero ahora va con la patente de superior. Solamente está tres años, y luego va a regir los destinos de Murguía; aquí ago­tará el sexenio. Muchas veces les hemos oído decir a los misione­ros que se habían educado en esta casa que el P. Cidad era muy bueno y muy sabio; que anhelaba extender los estudios del ba­chillerato para los apostólicos, interesándose en gran manera por el buen trato en todos los sentidos para con ellos. Acaso fueran estos años los más florecientes de los Colegios de Limpias y Murguía. Los antiguos alumnos lo testificaban cuando, terminada la Guerra de 1936, reclaman porfiadamente la necesidad de abrirlos de nuevo para que sirvieran de centros de educación para sus hijos. Hasta 1930 está en Murguía el P. Cidad; en septiembre le mandan a Limpias con el mismo cargo de Superior.

II. DIARIO DE SU ESTANCIA EN LIMPIAS Y SUCRE

De su estancia en Limpias y Sucre ha dejado escrito un cua­dernillo, en que va anotando las efemérides más notables. Los años de Limpias reflejan las dificultades de aquellos años. Van saliendo en el dietario los nombres de misioneros muy conocidos, los sitios en que ejercen sus tareas apostólicas: la Parroquia, el Colegio de Gordejuela, las Religiosas de la Cruz, las visitas a las Hermanas de toda la demarcación de Santander en témporas, etc. Nunca hemos sorprendido en este íntimo diario la menor palabra de desestima por alguno de sus colaboradores, la menor queja con­tra alguien. El 8 de diciembre escribe: «Por la tarde hubo reparto de premios en casa; estuvo todo bien; al final de los actos que tuvimos, un prestidigitador nos entretuvo una hora en el mismo teatro con escamoteos, ilusiones, etc.» El 11 del mismo mes acusa la presencia del P. Villanueva Domingo en Santander, para fun­dar las Damas de la Caridad. El día de Navidad añora la Misa del Gallo; su piedad siente la falta, y dice: «Nunca había sido así.»

Comienza el año 1931 bastante normal: clases y ministerios lo llenan todo. El 4 de febrero escribe: «Celebramos el día de mi San­to con alegría, y paz… Llegan Carlos y Jesús Pereda, dos ex cole­giales muy familiares y de humor excelente. No dice una palabra del 14 de abril, tan famoso en la Historia contemporánea. En cambio, sí recuerda algo de la quema de conventos del 10 de mayo.

«En Santander temen a la chusma ante el Colegio de los Jesuítas. Los Padres de Limpias dudan si mandar a sus casas a los cole­giales o no…» «Pero nosotros no salimos de casa, aunque vinieron a ofrecernos sus hogares varias personas; se fundaban en que durante el día vieron merodear a varios desconocidos por el pue­blo… Proferían amenazas de quemar el Colegio y la Parroquia.» A la Asamblea Provincial de 1931 fueron en junio el P. Cidad y el P. Cid. Hacia el 15 de este mes llega el P. Sedano Gregorio con los Apostólicos de Guadalajara, que van a Limpias buscando re­fugio. Cuentan los sucesos ocurridos en aquella casa con el Car­denal Segura. Así va consignando infinidad de datos. El 2 de diciembre anota con dolor la persecutoria ley de Asociaciones y Congregaciones Religiosas. Las conversaciones de recreo intuyen la posibilidad de tener que cerrar el Colegio. No obstante, se apre­cia muy pronto, a través de sus observaciones, que empieza la re­acción católica. Los Padres del Colegio prestan mayor atención a las juventudes; se dan por ellos en la Parroquia ejercicios espiri­tuales a toda clase de personas; van irradiando por los pueblos vecinos su trabajo apostólico. En el aniversario del fusilamiento de los capitanes Hernández y Galán, los colegiales piden día de campo, no muy conocedores del significado que esto pudiera tener. Pero el P. Cidad se lo niega. A los dos días ya fue otra cosa; se tuvo en el Santuario de la Bien Aparecida. Florece la Juventud Católica. Hay cierta apertura novedosa para las salidas de los Co­legiales, que fueron autorizados para ir a Bilbao para asistir a un gran Partido. Van haciéndose más raros los apuntes en este año de 1932. En una nota consigna: «Me ha tenido el cuaderno el P. Díez Bernardo para un artículo escrito en los ANALES.» Para el 1933 nada hay que anotar.

El 23 de octubre embarca en Barcelona para Bolivia, en com­pañía de los PP. Fernández, Garro, Ortiz y Alonso. El 16 de no­viembre desembarcan en Arica. Empieza su diario a consignar da­tos de su estancia en América. El 20 ya están en La Paz. En el trayecto de Arica a La Paz «sufrimos el mareo de altura». En ca­miones de carga salieron de Patón a Sucre. El 26 llegaban a las puertas del seminario. Les esperaba el Sr. Arzobispo, que con 40 sacerdotes acababa de practicar los Ejercicios. El día de la Mila­grosa el P. Cidad se siente triste, porque recuerda los días de Es­paña, «y aquí, nada, nada»… Toma posesión del Seminario el 30 de noviembre. El Arzobispo les da la posesión; elogia a los Padres anteriores, que también pertenecían a la Congregación. Despiden al P. Salinas con afectuosa despedida; en cambio, al P. Jara no le pudieran obsequiar; «se había ido de la lengua, y se marchó a la francesa». Por navidades siente todavía la nostalgia de sus años de Limpias y Murguía. Comenzaron el curso el 12 de enero de 1934. Es frecuente que el Sr. Arzobispo visite las clases. Por aquellos días les nombran académicos de la Historia a los PP. Ci­dad, Fernández y Alonso. Después de relatarlo concluye el Pa­dre Cidad: «Nimiedades de pueblos niños.» Sin embargo, asiste a las sesiones, y toma algunas veces la palabra. La dirección del Seminario le ocupa preferentemente. Hay algunas observaciones que le vienen del Palacio sobre los seminaristas. Cuando intentan ins­talar una imprenta en las dependencias del Seminario, protesta. Como noticia interesante para aquellos años anota el 22 de febre­ro: «Han traído una radio, a ver ni nos quedamos con ella.» La vida excesivamente modesta, a que les obligan en el Seminario, le hace escribir: «Tuve que imponerme para que se nos mejorara la comida, porque llevamos ya tres meses sufriendo por este motivo, y es hora de poner fin.» Los meses siguientes casi carecen de da­tos. En febrero de 1935 el Gobierno pide el Seminario para Hospi­tal de Sangre y para cuartel. Me proponen ocupar el caserón de las Ritas, y me niego a aceptarlo. Pero en mayo tiene que some­terse y reducir el local habitable para los seminaristas y Comuni­dad. El Arzobispo no puede oponerse a la voluntad del Gobierno. En vista de ello, los Padres dejan la dirección del Seminario. El 13 de junio salen de Sucre el P. Cidad y el P. Fernández, camino de La Paz. El Nuncio conoce las razones de esta medida. En La Paz, el Administrador Apostólico les pide que se encarguen de la administración del Seminario de aquella diócesis. Todavía en di­ciembre de ese año coleaba el asunto de Sucre. Aquí estaba el P. Sierra con los PP. Bartolomé, Escribano, Giráldez, Gil y Subi­ñas. El P. Lorenzo Sierra propone al P. Cidad la Rectoría del Seminario de La Paz o quedarse en Sucre de particular; accede a esto.

Durante el largo período que va de junio de 1934 a 25 de mayo de 1947 callan las notas, y no podemos seguirle los pasos. En esta primavera regresa a España, y apenas llegado tiene que ser some­tido a una delicada operación de estómago, que le resultó muy bien. Reside casi siempre en esta casa Central, dedicado a su con­fesonario en la Basílica, a la dirección de las Hermanas en los ejercicios y en la atención a muchas casas, que infatigablemente atendía con puntualidad matemática.

No dejaremos de anotar que el P. Cidad nos ha dejado 63 pá­ginas en unos pliegos sobre la historia del Seminario de San Cris­tóbal de Sucre. Los datos son abundantes. Hace la historia desde los tiempos de la Colonia hasta los últimos años, en que él vivió. Deja una lista de todos los Rectores que gobernaron la casa.

III. SUS ESCRITOS

Todavía hemos de añadir algunas notas sobre los escritos de variada índole que nos ha dejado. El P. Cidad no se sabía estar ocioso. En primer término, hemos encontrado de él los famosos cuadernos de hule, que escribieron todos nuestros antiguos misio­neros, con las Funciones de Sermones y Pláticas de misión y ejer­cicios. El las predicó muchas veces a los Colegiales y a las Her­manas. A misiones debió de ir muy pocas veces. Con los sacerdotes sí que tiene apuntes de conferencias. Debió de utilizarlas en Bo­livia principalmente.

Enumeraremos algunos de estos escritos: Hay un comienzo de explicación del Catecismo, con doctrina muy sólida y tradicional. Con gusto anotaremos que tiene dos largas «Recensiones de As­cética y Mística». Una, muy sintetizada, en latín, bastante com­pleta. Redacta el latín con mucho propiedad y soltura. No hemos podido averiguar a qué autor sigue. La otra es una abreviación de la «Ascética y Mística» del P. Crisógono. Está escrita a máqui­na. Son nada menos que 22 lecciones. Quizá las explicó en las clases del Seminario de Sucre.

Tuvo intenciones de escribir un manual de Meditaciones para los Colegiales. Hay seis meditaciones. Se paró pronto.

Como fin de este artículo hemos leído un cuadernillo que, con­tiene apuntes de química, mineralogía y geografía. Se conoce que era para ayudar su memoria en las clases. De todo esto se ve que era un espíritu muy cultivado.

IV. FIN

A través de estas notas hemos podido ver al P. Cidad siempre reflexivo, insigne trabajador y muy interesado por la recta for­mación de los jóvenes, entre quienes transcurrió su vida en la plenitud de sus energías. No hará falta que recordemos cómo en esta Casa Central se dedicó al callado ministerio del Confeso­nario. A las cinco de la mañana ya estaba todos los días celebran­do la misa de los Adoradores Nocturnos, para empezar inmediata­mente la larga tarea de confesonario.

¡Descanse en paz el siervo Bueno y Fiel!

Madrid, octubre 1967.

SABINO PEREZ, C. M.

 

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