El día 28 de abril de 2014, a los 92 años, falleció en Salamanca el E Enrique Rodríguez Paniagua, que en paz descanse.
EN MEMORIA DE ENRIQUE R. PANIAGUA (Recuerdos adolescentes)
Efrén Abad, C.M.
a muerte del P. Enrique Rodríguez Paniagua deja huérfana a toda Luna generación de discípulos suyos. A la luz de este mentor et magister, muchos centenares de adolescentes y jóvenes, de amigos y compañeros, aprendieron a descubrir nuevas visiones del saber y a gozar del amplio abanico de la expresión creativa y estética. El profesor Paniagua alcanzó su prestancia no sólo por lo que él explicaba, sino, sobre todo, por lo que él inspiraba. En su persona y en su vida de docente confluyeron dos pasiones: la pasión por transmitir todo su personal bagaje de sabiduría y la pasión por enriquecer el campo intelectual de sus discípulos. No importaba la edad o el nivel formativo de sus alumnos. Desde el sencillo escolar procedente de la escuela primaria de un pueblo de-samparado hasta el estudiante universitario de la Universidad Pontificia de Salamanca, Enrique R. Paniagua alcanzó por igual el excelso nivel de dedicación total del maestro, del educador y del catedrático universitario.
Apenas cumplidos sus veinticuatro años, en el otoño de 1946, lo conocimos en Tardajos y gozamos de él en aquella nuestra adolescencia como profesor de griego, de latín y de literatura española. Sus clases respondían siempre a un entusiasmo efervescente por despertar emoción hacia el saber en aquellas mentes rústicas y casi yermas. Todavía permanece en mí, inolvidable, el empeño y la abnegación de aquel profesor tan joven. El nos implicaba con fervor tanto en el engranaje técnico y metódico de la asignatura correspondiente como en el curso mágico de sus contenidos.
Aquellos textos griegos de la antología Helade nos ofrecían piezas clásicas de Homero, de Safo, de Jenofonte, de Eurípides. Con Paniagua no nos limitábamos a traducir literalmente. Él convertía los textos en una fuente de vida. Desentrañaba el mágico embrujo entre el autor y la lengua hasta alcanzar la vivencia del joven lector. En mi existencia vive incrustado todavía aquel Canto II de la Odisea cuando Ulises encomienda a MENTOR, su fiel amigo, la educación de su hijo Telémaco antes de abandonar Ítaca. El profesor, P. Rodríguez susurraba y representaba el diálogo entre los personajes hasta llegar a las palabras de Atenea en la figura y en la voz de Mentor: Telémaco, no serás en adelante ni cobarde ni estúpido, pues tu viaje no va a ser infructuoso ni baldío. Yo sentía que aquel profesor se erigía ya entonces como mi propio Mentor, que, al igual que el de la Odisea, sería mi consejero y mi preceptor. Desde aquel día consideré a Paniagua como Mentor de mis aspiraciones durante el viaje incierto y nebuloso que apenas se vislumbraba en mi borrosa adolescencia.
El estudio del latín nos introdujo, con placentera densidad, en el corpus literario de Julio César, Homero, Virgilio, Cicerón y Ovidio. A Enrique Rodríguez Paniagua le enardecía la Epistola ad Pisones, hasta el punto de convertirse él mismo en un Horacio actualizado ante sus pubescentes alumnos. Como si fuéramos la estampa exacta de aquellos hermanos Pisón, Paniagua nos inculcaba los consejos y los principios horacianos para infundirnos el interés por la escritura a través de frases de Horacio que germinaban en nuestro campo recién labrado. Aquel Mentor de la Odisea se transparentaba aquí como el MAGISTER e instructor de aquellos adolescentes. Aún quedan en el borrador de mi me- moría algunas de aquellas frases como hitos de un camino a seguir para la perfección de la expresión y de la escritura.
Si Horacio era el praeceptor, Virgilio emergía como el gran magnate de la épica y de la lírica. Las clases de Rodríguez Paniagua no eran simples amagos de enseñanza o información. Su cometido era alimentar los espíritus en el más sublime concepto del verbo latino alere, que supone ofrecer nuevos sabores a la vida en formación de los alumnos. Por eso sus clases alcanzaban con frecuencia la categoría de experiencia vital. Así lo dejé algunas veces escrito en aquel embarullado diario de un muchacho quinceañero: Desde hace días estamos traduciendo el Libro II de la Eneida. Hoy hemos llegado al momento en que Eneas, antes de abandonar Troya, vuelve sobre sus pasos para rescatar a su padre Anquises y a su hijo Ascanio. Con emoción el P Rodríguez nos ha hecho leer y declamar los versos con que Virgilio describe el suceso.. Care patera cervici imponere nostrae; ipse subibo humeris nec me labor iste gravabit… quo res cumque cadent, unum et conmune periculum. Anquises acepta el ruego de Eneas quien lo carga sobre sus anchos hombros y avanza con el cuello agachado, subiectaque colla. La declamación de este diálogo y la escenificación del texto por parte del profesor me han producido alguna lágrima.
Así eran las clases de Enrique R. Paniagua: ardorosas, cercanas, palpitantes. Todo cuanto él proyectaba en el aula, lo convertíamos los alumnos en vida y lo amasábamos en nuestro horno interior.
El profesor Paniagua era poseedor de una estética congénita. Por eso vivía y expresaba el concepto de belleza, sobre todo, en sus clases de literatura. Su recuerdo en este sentido va ligado a la PRECEPTIVA LITERARIA que él compuso para sus jóvenes discípulos. Esta preceptiva literaria que él explicaba y rellenaba en sus clases, es un reflejo perfecto de su personalidad estética. Gracias a viejos apuntes y a recopilaciones posteriores procedentes del mismo autor y de algunos otros discípulos, conservo todavía la trabazón esencial de aquella obra. La lectura de este libro me traslada a las clases de Paniagua y me trasmite la resonancia de la voz de aquel profesor y maestro sin par.
Con Enrique R. Paniagua aprendí el amor a la escritura. Gracias a él, la escritura y la lectura se han convertido en el más efectivo analgésico espiritual contra la vacuidad de la vida y contra mi propia angustia de ser. Siempre podré decir que cualquier redacción que ha brotado de mi pluma ha llevado, lleva y llevará en su médula una relación directa con la enseñanza y la persona de Enrique Rodríguez Paniagua.
Mi adolescencia hunde sus raíces en aquel profesor que hoy se erige como un vademécum lejano y presente de mi existencia. Tras la adolescencia, Paniagua floreció, otra vez, en mi juventud de Hortaleza con sus lecciones de arte añadidas a las clases de literatura. Más tarde lo encontré también en Salamanca, donde su presencia clareó de nuevo fructífera y entrañable. Pasaron los años y con ellos se fue deslizando una relación epistolar continua, jugosa y fecunda.
Enrique, tu muerte engrandece ante mí tu memoria hasta lo infinito y lo intemporal. Para mi espíritu y para mi recuerdo permanecerás como el aliciente perenne de un ciprés siempre verde: cupressus sempervirens.
(Tomado del Boletín Yuca)
P. Enrique Rodríguez Paniagua, C.M. (1922-2014)








One Comment on “P. Enrique Rodríguez Paniagua, C.M. (1922-2014)”
Estimado Señor Efrén Abad:
Fui amigo de Enrique, él me quería mucho y prologó mi primer libro de relatos. lA menudo estudiaba en su casa y él me enseñaba, como sin querer, lo más selecto de las artes todas.
EN alguna ocasión mencionó la preceptiva literaria que usted cita. Me encantaría leerla. Yo estoy preparando la «escultura griega» según Devambez, que tradujo y amplió con un capítulo sobre la cerámica. Con mucho guesto se lo haré llegar en cuanto lo termine (queda poco). Si usted fuera tan amable de hacerme llegar su preceptiva…
Yo soy escritor, él me escuchaba leerle mis cuentos desde el sofá de orejas, enfrente de aquel inmenso cuadro de Gustavo Torner. Como le dije una vez, era como un abuelo para mí. Lloré en la palma de su mano y él me habló como a un hijo. Compartió conmigo tantas cosas…
En fin, espero su respuesta.
José luis González García