Nació el 13 de septiembre de 1789 en Santa María de Coreó, vulgo el Esquirol (Barcelona), y empezó el noviciado a 23 de abril de 1806, haciendo los votos dos años después (24 abril). Pocos meses más tarde se retiró a Mallorca con los demás estudiantes. Concluida la carrera y ordenado sacerdote, parece que regresó a Barcelona. En 1817 volvió destinado a Mallorca, donde se dedicó a las misiones y ejercicios hasta 1832. Hacia esta época fue nombrado Superior de Guisona, cargo que ejercía en 1835 al sobrevenir la sangrienta persecución contra las órdenes religiosas. Huyó entonces a Francia y estuvo algún tiempo en Carcasona, Tolosa y Montolieu, pasando luego a Italia. Antes de llegar a Boina, se detuvo un poco en Génova y Sarzana. En octubre de 1839 fue destinado a la Comunidad de Tívoli, donde en febrero de 1841 sufrió un ataque de apoplejía que le dejó paralitico de medio cuerpo y ya no pudo decir más misa. Le trajeron en diciembre de 1847 a Montecitorio, donde entregó su alma a Dios, el 12 de septiembre de 1850. Al decir de sus contemporáneos, era guapo, de porte distinguido y de elevada estatura, como sus diez hermanos, entre ellos el P. José Roca, y su padre, de talla gigantesca. Encontrándose en Roma el P. Carlos Roca, le invitaron un día a subir a la cúpula de San Pedro y, una vez allí, a penetrar en la esfera que se encuentra en el remate de la linterna. Entró con dificultad; pero para salir, las pasó negras y sólo pudo conseguirlo con ayuda de otros. Es digno de notarse, que era, sobre todo, muy hombre de oración y se dice que jamás padecía en ella distracciones.
P. Carlos Roca







