P. Antonio Serra Cañellas

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles, 1964.
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Biografias PaúlesEl mes de diciembre se inicia con una noticia dolorosa: la muerte del P. Serra. Este benemérito y anciano misionero fallece el día 4 a consecuencia de un ataque que le sorprende mientras recorre de noche el camino que tantas veces ha hecho en su vida: el camino de la basílica. Es una muerte símbolo, porque la vida del P. Serra—en su mayor parte, al menos—gira en torno a nuestra iglesia madrileña. Durante más de treinta años el P. Serra ha sido la encarna­ción viva de la basílica, su corazón, su alma. Por una serie de azares providenciales este isleño, este mallorquín, había venido a anclarse en el centro de la Península, renunciando a marineras aventuras para conducir desde el puente fijo del púlpito o de la sacristía las singladuras del barco de piedra y ladrillo de la basílica. ¿Conservaba acaso en el fondo del alma la nostalgia de los azules y luminosos horizontes de su isla nativa? Un pueblecito mallorquín no muy alejado de Palma, Marratxí, le había visto nacer el 7 de mayo de 1880. Allí le había brotado también, en edad muy temprana, la vo­cación misionera, al conjuro de las predicaciones oídas a los Padres de Palma. Apostólico en la capital de la isla, novicio y estudiante en Madrid, recibe la ordenación sacerdotal el 31 de enero de 1094, antes de cumplir los veinticuatro años exi­gidos por los cánones. Y como entre tanto se ha verificado la división de la Provincia Española, el P. Serra se incorpo­ra a la de Barcelona, que le corresponde por su lugar de na­cimiento. En ella va a pasar los veinte primeros años de su vida sacerdotal.

De los veinte, su isla natal se llevará la parte del león, pues el P. Serra, tras un breve destino de un año en Rialp como profesor y procurador, permanecerá quince años en la Casa-Misión de Palma. Es entonces cuando tiene ocasión de ver cumplidos los sueños infantiles que le habían atraído a la pequeña Compañía: emular la predicación de aquellos

misioneros que él había visto con admiración tronar desde el púlpito de Marratxí. Época de misionero rural que el Padre Serra recordaría siempre con cariño. Época de ardor ju­venil y de esfuerzo incansable: 81 Misiones y 150 tandas de ejercicios, además de las preocupaciones de la procura, que desempeña durante todo ese tiempo. Época en que se van afirmando en la personalidad del P. Serra las cualidades que le darían fama y le granjearían sus grandes triunfos: cam­pechanía decidida y enérgica, simpatía bondadosa y atra­ctiva. Se recuerdan anécdotas de su peregrinar misionero: Aquella vez que obliga a arrodillarse ante el Santísimo a un grupo de hombres que desde una bocacalle contemplan con indiferencia el paso de la procesión; aquella otra que en Ma­nacor anuncia desde el púlpito un sermón sobre el infierno destinado sólo a las cabezas fuertes de la villa, a los talen­tos privilegiados, con lo que consigue que la iglesia se llene de cuantos en el pueblecito se tienen a sí mismos por inte­lectuales. Uno recuerda sin querer la actuación de aquel gran paisano y homónimo suyo, Fray Junípero Serra, en las fabulosas y lejanas tierras de California. En 1920 la vida del P. Serra cambia de rumbo: es nombrado Superior de Barce­lona, y tres años más tarde, destinado a Figueras, con car­go de predicador. Son años de transición, de búsqueda, aca­so de crisis, Por fin, en 1925, el P. Serra, en plena madurez —acaba de cumplir los cuarenta y cinco arios—, encuentra la obra de su vida. Pasa de la Provincia de Barcelona a la de Madrid y es nombrado Rector de la basílica. Empieza a ser el P. Serra que todos hemos conocido.

En la Provincia de Madrid sopla por entonces un pode­roso viento de renovación. Es el provincialato del P. Atien­za. Se acaba de descongestionar la Casa Central: los novicios se han trasladado en febrero a Hortaleza; los estudiantes de Filosofía, desde septiembre del año anterior, a Villafran­ca del Bierzo; los teólogos, excepto los del último curso, lle­van tres años en Cuenca. Madrid crece. El barrio de Chamberí se está convirtiendo en zona comercial y residencial in­tensamente poblada. Se adivina un porvenir lleno de posi­bilidades para nuestra iglesia, recientemente elevada al ran­go de basílica. Hace falta el hombre capaz de hacerse cargo de la situación y aprovechar las espléndidas oportunidades que se abren. El P. Atienza escoge al P. Sierra. La historia prueba que la elección fue un acierto. El P. Serra va a po­ner desde ahora toda su energía, su capacidad de trabajo, su clara visión, su piedad, al servicio de la iglesia de la Vir­gen. Será a la vez organizador y realizador.

En los años anteriores a la guerra se suceden las inicia­tivas: Asociación de Caballeros de la Milagrosa, de Damas e Hijas de María, Ropero y Dispensario para pobres; todo con el inconfundible aire polémico y batallador que distin­guía al nuevo Rector y a la etapa histórica que atravesaba por entonces nuestro catolicismo. Y al mismo tiempo, el Pa­dre Serra, ayudado por todos los Padres de la casa, tiende personalmente a las exigencias cada día más absorbentes del culto, siempre en aumento. Sube y baja del púlpito cien ve­ces al día. Predica breves y sustanciosas homilías, reza el ro­sario, dirige las novenas, reparte la comunión en todas las misas, procura que los confesonarios estén atendidos, recibe en la sacristía o en el despacho las consultas o las peticio­nes de los fieles…

Luego viene el largo y doloroso paréntesis de la guerra. El P. Serra es encarcelado, condenado a treinta años de tra­bajos forzados, puesto en libertad a los ocho días. Y sigue viviendo para la basílica. Con un arquitecto compañero de refugio planea la nueva iglesia para el caso de que la antigua sea destruida (casi sintió que la fábrica del edificio fuera respetada: él había soñado con otro más amplio y gran­dioso). Encarga en una carpintería los bancos que habrán de ponerse en servicio en el momento de la liberación. Por fin, en 1938, tras recorrer varios escondites, consigue pasar por Francia a la zona nacional. Le quedan varios meses de impaciente espera que él aprovecharía para proseguir su apostolado por otros horizontes. Predica en diversas iglesias del norte de España. La noticia de la toma de Madrid le sor­prende en pleno septenario de los Dolores en Orense. Lo ter­mina—sólo él sabe con qué esfuerzo—y vuela a la capital de España para encontrar su iglesia desmantelada, destruí- do el rico y complicado retablo gótico, desventrado el órga­no, expoliado el presbiterio, saqueada la sacristía.

A sus sesenta años, el P. Serra no se intimida. Decide em­pezar de nuevo. Ahora su actividad se va a centrar sobre un objetivo: la reconstrucción. Su incansable, su humilde y gra­ciosa mendicidad consigue dar a la basílica un esplendor su­perior al de los felices años veinte. Idea y plasma en rea­lidad un nuevo retablo que respeta mejor que el antiguo las líneas arquitectónicas. Se acumulan los altares, las arañas, los confesonarios. Se inaugura, poderoso, un nuevo órgano. Se utilizan mejor los locales anejos al templo. La simpatía del P. Serra consigue el milagro de que en años de econo­mía pavorosamente difícil las manos de los fieles sigan sien­do dadivosas. De ellas sale todo lo necesario para la ingente obra de renovación y ornato de la basílica hasta convertir­la en una de las iglesias más cómodas y suntuosas de Ma­drid. Y toda esa labor la lleva a cabo sin merma de sus acti­vidades específicamente sacerdotales; antes bien, con una intensificación de las mismas impuesta por el aumento del fervor de los fieles en los años de la posguerra y por el cre­cimiento demográfico de la barriada. Vuelven a funcionar las Asociaciones. Se fundan otras nuevas, como la de la Adora­ción Nocturna, que, bajo su impulso y su dirección personal, llega a tener treinta y un turnos, es decir, uno diario, en la basílica. Y sigue la inacabable labor de homilías, pláticas, no­venas, rosarios, comuniones…

El P. Serra, entre tanto, va envejeciendo. Pero no pierde por ello su buen humor, su gracia mediterránea, su aper­tura de corazón, su sincera piedad, su simpatía arrolladora. ¿Me será permitido colocar en este lugar mi primera imagen de él? Es por estos años cuando yo lo recuerdo echándome cariñosamente el brazo por los hombros a mí, apostólico de cuarto en vacaciones, y llevándome por la nave lateral en
animada y sonriente charla, como un viejo amigo, hacia la sacristía de la basílica. Acaso era ese el secreto último del P. Serra: saber salvar distancias, saber acoger con amistad,
saber abrir a todos el manantial irrestañable de su bondad. Nada extraño que cuando empiezan a llegarle los aniversarios solemnes—los cincuenta años de vocación en 1946, los cincuenta de sacerdocio en 1954—reciba homenajes de encendida y sincera adhesión. Con motivo de sus Bodas de Oro misioneras se obtiene para él la Medalla del Trabajo y se le ofrenda un nuevo altar de San Vicente. En las sacer­dotales, el Ministro de Educación Nacional, por entonces don Joaquín Ruiz-Giménez, le impone personalmente la Cruz de Alfonso el Sabio en una memorable jornada, en que por la mañana el P. Serra se ha visto rodeado en la misa solemne por todas las Asociaciones de la basílica y una gran multitud de fieles y ha recibido, en un bello discurso del P. Vi­cente Franco, el homenaje de sus Hermanos de Congrega­ción. También el Ministro pronuncia unas palabras lauda­torias antes de imponerle la condecoración. Por la tarde, los jóvenes de la Milagrosa organizan una velada en honor de su fundador. Y por la noche, la Adoración Nocturna Espa­ñola le honra con una vigilia general extraordinaria a la que asiste Mons. García Lahiguera y el pleno de los Conse­jos Nacional y Diocesano de la Obra. En nombre de ésta el señor Obispo, después de mencionar los méritos contraídos por el P. Serra y la Comunidad de PP. Paules para con la Adoración Nocturna, proclama a nuestro Hermano Adora­dor Nocturno Veterano y le otorga e impone la Medalla de Veneración, concediendo también a los Padres cl título de Capellanes Perpetuos de la Obra. Fue aquélla una jornada espléndida, pero melancólica, porque podía adivinarse ya el declinar del P. Serra.

Todavía resistiría valientemente algunos años. Pero el fi­nal se acercaba. Tuvo que abandonar la basílica, su amada basílica, y aguardó la muerte en pacífica y semiconsciente se­nilidad. Hasta que a los ochenta y tres años sucumbía, al fin, camino una vez más, por última vez, de la iglesia. Pero en nada pueden empañar esas involuntarias debilidades fi­nales las claras lecciones que se desprenden de una vida gas­tada en el trabajo, en el servicio a los fieles, en la lucha por la gloria del Señor. Sin duda algunas de sus realizaciones pueden parecer hoy un poco en pugna con modernas orien­taciones pastorales y litúrgicas, pero incluso sus limitacio­nes contienen una enseñanza: que el P. Serra fue hombre de su tiempo y de su época.

Su muerte fue reseñada ampliamente por la Prensa ma­drileña y a su funeral y entierro, celebrado el día 6, acudie­ron, además de las supremas autoridades de nuestra Provin­cia, importantes personalidades y directivos de las varias Asociaciones a él vinculadas.

En la basílica, totalmente iluminada con luces que por una vez se antojaban gritos de dolor, el coro de los Herma­nos Estudiantes de Hortaleza puso en las notas de la misa de réquiem la suave luz de una serena esperanza.

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