Ozanam, un sabio entre los pobres. 14. Las alas rotas. 1850-1853

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: Madeleine des Rivières · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1997.
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Federico Ozanam

Después de la revolución, cuando la mayoría de católi­cos volvía por temor o por reacción a ideas conservadoras, y hasta retrógradas, las tomas de posición decididas y valien­tes de Ozanam le acarrearon numerosas críticas. Hasta los amigos de Lyon le acusan de haber perdido la fe, o de haber­se entregado a tristes desvaríos. Semejantes juicios le llenan de indignación, pero Federico deja a un lado la cólera al jus­tificarse, al explicar su punto de vista. Lo hace con una humildad delicada y paciencia admirables.

«Vos me ponéis en la necesidad de que hable en mi favor, responde a Dufieux, pero bueno, San Pablo acusado injustamente habló en su propio favor…». Federico precisa que, por el contrario, toda su vida ha estado consagrada al servicio de la fe, que en su enseñanza siempre ha hecho resaltar el papel extraordinario del cristianismo desde los bárbaros hasta la edad media. «Es falso, sostiene con rigor en la misma carta, que yo haya dejado de creer, que haya renegado, disimulado, atenuado ningún artículo de la fe».

Jean-Jacques Ampére, en nota póstuma sobre Ozanam, destaca que todos los escritos de su amigo referentes a pun­tos de litigio de la religión eran sometidos rigurosamente, bien al arzobispado de París, bien a algún teólogo experto.

Abrumado por estas sospechas y juicios arbitrarios, Ozanam decide un día dar un mentís público. Sin embargo, antes de entregar el texto a los periódicos, Federico consul­ta a Cornudet, por entonces consejero de Estado. La res­puesta de su consocio es sorprendente: «Sois cristiano, le dice, perdonad, vuestro silencio mostrará mejor que vuestras palabras la vivencia de vuestra fe».Al punto, Ozanam rompe el papel y lo arroja al fuego.

Estas polémicas acababan por cansar y entristecer a Federico. En las vacaciones de verano va con Amelia y María a Bretaña. Los médicos le han aconsejado seriamente dejar a un lado libros y estudios y entregarse de una vez por todas a la ociosidad. Ello no le impedirá visitar los alrede­dores, seguir las procesiones y tomar parte de las fiestas del «lugar». «El descanso del espíritu, el gran ejercicio y el vien­to del mar han renovado mis fuerzas», escribe a Ampére181.

A mediados de noviembre de 1850, Federico vuelve a sus clases en la Sorbona. Su auditorio es más numeroso y entusiasta que nunca. Él quiere a sus estudiantes, y los estu­diantes le quieren. Cada mañana, de ocho a diez, se pone a su disposición, y, repetidas veces después de las clases, los jóvenes, en lo encendido de una discusión, lo acompañarán hasta su casa. Los habituados a los Jardines del Luxembourg se preguntan a veces quién es este profeta con prisas, de caballo revuelto, a quien sigue a la carrera un enjambre de discípulos.

En carta al doctor Dufresne, un amigo suyo que ha fundado en Ginebra una Conferencia de caridad, Ozanam le anuncia los dos objetivos que persigue la Sociedad de San Vicente de Paúl para el año 1851: una organización más vigorosa en Francia y la fundación de conferencias en Ale­mania. Se siente feliz al anunciar a su colega que cinco con­ferencias del barrio latino se han reunido para sostener jun­tas varias obras y que ocupan por el momento la cuna de la Asociación, el 11 de la Plaza de la Estrapade. Los vicen­cianos han establecido allí un círculo católico, escuelas y un patronato.

El celo de Ozanam por la Sociedad de San Vicente de Paúl corre parejo con el ardor que consagra a sus clases y a sus actividades literarias.

Ozanam no escribió más para l’Ére nouvelle, pero vol­vió a colaborar en le Correspondant, publicando por entre­gas un estudio sobre los poetas franciscanos, fruto de sus investigaciones en Italia. Este ensayo alcanza tal éxito que, a partir de 1852, Ozanam elabora un libro que será traduci­do ese mismo año al italiano y al alemán. Si Ozanam se calla en estos años posrevolucionarios, si no aborda en la prensa las grandes cuestiones sociales, las estrategias del Régimen no escapan en modo alguno a su perspicacia.

Ve retroceder la república día a día, ve el sufragio uni­versal mermado por una ley nueva que despoja poco a poco al obrero de sus derechos; es testigo de las luchas que se organizan entre legitimistas y orleanistas, descubre sin dificultad hábiles tretas del príncipe-presidente para hacer­se con el poder, con todo el poder. Ve sobre todo que la lec­ción de 1848 no ha dado sus frutos, cosa que siente pro­fundamente. La discordia y las puyas siguen dividiendo a los católicos.

«Aprendamos ante todo a defender nuestras conviccio­nes, sin odiar a nuestros adversarios, escribe a Dufieux, a amar a los que piensan de otra forma que nosotros; a recono­cer que hay cristianos en todos los campos, y que Dios puede ser servido hoy como siempre. No nos quejemos tanto de nuestro tiempo como de nosotros mismos. Seamos menos desalentados pero seamos mejores». Y estas palabras emotivas van dirigidas a quien creía que Federico había perdido la fe.

Este verano de 1851, Ozanam lo pasa en Sceaux, con su familia y Jean-Jacques Ampére, el gran amigo y el gran via­jero. Federico, que siempre ha considerado al historiador como a su censor y consejero, aprovecha la ocasión para pre­sentarle su última obra sobre el paganismo.

Por la tarde, sentados en el viejo banco de piedra del sombreado jardín donde la atmósfera se presta a las confi­dencias, los dos hombres sostienen juntos largas conversa­ciones; allí es donde Federico constata con dolor que su ilus­tre compañero, si bien educado por padres piadosos y católicos (recordemos el rosario de Ampére), ha colocado bajo el celemín la fe de su infancia. Con su delicadeza y dis­creción habituales, Ozanam tratará, en esos momentos ínti­mos y más tarde en las cartas que le dirigirá al extranjero, de disipar la duda de este amigo a quien quiere y admira y de atraerle a la práctica religiosa.

Durante este mismo verano, Ampére logra convencer a Federico y a Amelia para que le acompañen a Inglaterra, donde tiene lugar una gran exposición industrial.

Ozanam, que pisa por primera vez el suelo inglés, que­dará menos fascinado que su compañero por los progresos de la ciencia y de la industria. Excusándose ante Ampére, él dejará a menudo a un lado las maravillas del Palacio de cris­tal para ir a visitar a los pobres con los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Federico regresa del viaje horrorizado, y la miseria de Londres le parece mayor toda­vía que la de París. Miles de irlandeses, expulsados por la guerra civil, habitan en cuevas y tugurios infectos; a veces, dos o tres familias se amontonan en una vivienda.

Esta pobreza contrasta con el lujo y la suntuosidad de las instalaciones que el mundo del comercio ofrece a la admiración de los visitantes y de los ricos londinenses.

Federico y Amelia regresan al continente, y pasan unas semanas en Dieppe, a la orilla del mar, mientras que Jean­Jacques Ampére se embarca para América donde pasará varios meses.

Desde Montréal escribe a Federico: «He disfrutado mucho de mi episodio canadiense. Québec está en una situa­ción maravillosa. Es uno de los panoramas de ciudad más bellos que he visto. Es un verdadero placer volverse a encon­trar con Francia y la vieja Francia en el extremo del mundo […] he encontrado el nombre de mi padre honrado y bende­cido en los seminarios que dan la enseñanza superior a este país, en ellos he encontrado instrumentos de física que él inventó. Vuestro nombre goza de alto honor, un buen sacerdote me ha expresado agradecimiento porque habéis querido recibir el diploma de la Academia de esta ciudad. Se celebró aquí (en Montréal) una gran cena patriótica en honor al señor Lafontaine, jefe del partido liberal razonable, que en su mayoría es el partido de los canadienses-franceses. He sido objeto de todos los honores».

Es interesante advertir hasta qué punto, en el siglo pasado, era conocido Ozanam en Montréal y Québec. La primera conferencia de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Canadá había sido fundada en Québec, en 1846, por el doctor Joseph Painchaud, un joven médico que había estu­diado en París. La primera conferencia de Montréal, la con­ferencia de Saint-Jacques, fue fundada a petición de Mon­señor Bourget, el 19 de marzo de 1848; tuvo por presidente a Hubert Paré.

El 2 de diciembre de 1851, Francia es víctima de un golpe de Estado preparado por el príncipe-presidente y sus ministros Persygny y Morny. Este golpe de Estado establecía ni más ni menos que la dictadura y suprimía el régimen par­lamentario. La resistencia republicana fue débil; los obreros se acordaban de las jornadas de junio de 1848 y de la terrible represión que había tenido lugar. En tres días se había resti­tuido la calma. «El Senado ordenó un plebiscito sobre la instauración de la dignidad imperial en la persona de Luis Napoleón Bonaparte y 7.839.000 Síes, convirtieron al prínci­pe-presidente en el emperador Napoleón III.

Ozanam teme estos cambios que dividen a los espíritus, y no es el único: toda Francia se mantiene a la defensiva.

Federico, fiel a sí mismo, sigue escribiendo e impar­tiendo sus clases, pero su rostro macilento y preocupado, su paso más lento dejan traslucir señales de agotamiento que alarman a sus familiares. En vano le incitan Amelia y Carlos a aminorar el ritmo. Él les responde a veces con impaciencia: «Tengo un deber que cumplir, aunque en ello deje la piel».

Por la Pascua de 1852, un acceso de fiebre le obliga a guardar cama e incluso a prolongar sus vacaciones. Cuando se entera de que los estudiantes se quejan por su ausencia y difunden el rumor de que los profesores son unos cómodos y, a fin de cuentas, unos egoístas, salta de la cama, se viste rápidamente, recoge sus apuntes y, pasando por alto todas las recomendaciones, se presenta en su cátedra. Pálido y con cara de circunstancias, da la clase como de costumbre. Nunca fue tan aplaudido. Al abandonar la tribuna ruega a los asistentes que le escu­chen todavía unos momentos: «Señores, dice, se reprocha a nuestro siglo que es un siglo de egoísmo, y se dice que esta epidemia general alcanza a los profesores. Sin embar­go, aquí es donde vamos perdiendo la salud, aquí es donde gastamos nuestras fuerzas; no me quejo: nuestra vida os pertenece, os la debemos hasta el último aliento, y será vuestra. En cuanto a mí, Señores, si muero, será en vuestro servicio».

El auditorio se queda cortado primero, luego molesto. Durante un minuto no se oye en la sala más que el ruido de los pasos de Ozanam quien, rápidamente, con la frente cubierta de sudor, se dirige hacia la puerta. Nadie se atreve a seguirle.

Los que habían lanzado las críticas se sienten dolorosa­mente culpables, los otros están callados, algo tristes, pero pronto en la inconsciencia de sus veinte años, los estudian­tes comienzan a moverse, salen a los pasillos llenándolos con sus voces y se pierden en el dédalo del barrio latino. ¿Cómo van a suponer que ese día han escuchado a su maes­tro por última vez?

Al día siguiente, el estado de Federico se agrava; una tos seca y una fiebre pertinaz le obligan a guardar cama otra vez; un dolor en el costado es cada vez más intenso: es la pleuresía.

Durante algunos días, los médicos tienen consultas y temen complicaciones: su pronóstico es sombrío. Amelia, la señora Soulacroix, Guigui y Carlos se relevan en la vigilan­cia. Luego, cede la fiebre poco a poco, el dolor amaina, la tos se calma y desaparece; Federico se va a curar. Tantas ora­ciones, tantos cuidados no habían sido en vano.

Ozanam, débil y delgado, se resigna valerosamente a abandonar las clases, las investigaciones, los libros, los artí­culos, las actividades caritativas, los sueños también, para someterse a las exigencias de una larga recuperación. Es el precio que ha de pagar para recobrar la salud y proseguir más tarde sus objetivos. Le envían primero a Eaux-Bonnes, pero no le aprovecha la estancia y luego se dirige con Ame­lia y María más al sur hacia ayona y Biarritz donde el clima es más suave. Allí se les une el pintor Janmot, amigo de infancia de Federico, y alquila, por unas semanas, una casita a dos pasos de su hotel. Hará un dibujo de cada miem bro de la familia, y nos presenta a un Federico de rasgos nor­males, de cabello cuidado y de barba impecable. La mirada gris domina la hermosa cabeza noble. Lleva en el ojal la cinta discreta de Caballero de la Legión de honor»). Amelia, sentada en un sofá, posa de perfil. Cuenta sólo treinta años; se la creería de mayor edad con ese peinado alto, algo serio, a la vez sencillo y hábil. De frente despejada, nariz fina, la boca insinúa una leve sonrisa: una inmensa dulzura se des­prende de este rostro demasiado sensato señalado por la resignación. La pequeña Nini muestra la carita redonda y el cuello regordete de sus seis años. El pelo, reunido atrás, queda aprisionado en una fina red; ojos grandes y expresi­vos, boca pequeña y seria acaban el retrato de una bonita niña, llena de gracia.

A Ozanam no le queda otro recurso que pensar y escri­bir mucho. Sus cartas, al contrario de lo que uno pudiera ima­ginar, están llenas de agudezas, de humor y de chanzas. Sólo algunas llevan el sello de la incertidumbre y de la melanco­lía. Nunca deja de rendir homenaje a las atenciones, cuidados y amor de Amelia. Habla espontáneamente de María que sabe leer ya y con quien pasa momentos bien dulces.

En medio de los sufrimientos —siente casi de continuo dolores agudos en los costados—, no se atreve a imaginar lo peor y se aferra todavía a esperanzas de curación, rezando, haciendo rezar a los demás, visitando los santuarios en pere­grinación. Su fe, lejos de quebrantarse por esta enfermedad insidiosa, le sostiene y le consuela. Siente la necesidad de conversar con sus amigos no creyentes para llevarlos a la reflexión. Sus argumentos son sencillos pero convincentes. Citemos tan sólo este pasaje de una carta dirigida a uno de ellos: «Amigo mío, no tenemos dos vidas, una para buscar la verdad, y otra para ponerla en práctica. Por eso Cristo no se deja buscar. Se muestra abiertamente en esta sociedad cris­tiana que os rodea; está ante vos, os presiona… Pronto cum­pliréis los cuarenta, es hora de decidiros. Rendíos a este Sal­vador que os está llamando. Entregaos a su fe, como lo hicieron vuestros amigos; ahí encontraréis la paz. Vuestras dudas se disiparán como se han disipado las mías. Sólo os falta un acto de voluntad: creer, es querer».

Dondequiera que se encuentre, Ozanam no deja pasar la ocasión de visitar las Conferencias de San Vicente de Paúl. Estimula los proyectos nuevos y, en Eaux-Bonnes, hace campaña con sus consocios para reunir los fondos necesarios para la construcción de un hospicio. En esta ocasión llega un día un ministro protestante a traerle personalmente una suma bastante considerable que había recogido entre sus correli­gionarios, pidiéndole que la entregue a la conferencia. Al día siguiente, mientras están sentados a la mesa con Ozanam presente y se discute sobre la forma de utilizar el precioso don, un vicenciano advierte que se debe primero y ante todo pensar en los pobres católicos. Federico se muestra indigna­do: «Señores, dice, si este parecer tiene la mala suerte de prevalecer, si no se llega a comprender bien que nosotros socorremos a los pobres sin distinción de culto, yo voy a devolver a los protestantes las limosnas que me han entrega­do y les diré: tomadlas de nuevo, no éramos dignos de vuestra confianza».

¡Qué respuesta tan maravillosa, impregnada del espíri­tu ecuménico, adelantándose a los tiempos! Y nos encontra­mos en una pequeña ciudad de los Pirineos en 1852.

Ozanam está a la puerta de España, de la que conoce, por sus lecturas, la historia, la civilización, las riquezas e incluso la lengua, pues habla un poco de castellano. Desearía pasar allí el invierno, pero Carlos le aconseja un clima menos húmedo y más suave. Al marcharse su hermano, que ha pasado unas semanas con ellos, Ozanam traza planes imprudentes. Con más fuerzas ya y menos dolores, se decide a hacer una incur­sión al otro lado de la frontera, hasta Burgos por lo menos. ¡Una locura!, piensa Amelia en voz alta… pero ¡qué se le va a negar a su Federico cuando ella ve en sus ojos renacer todas las esperanzas! Llenos de entusiasmo, se lanzan pronto al asal­to de los montes, en diligencia, por caminos polvorientos y accidentados. Treinta y tres horas de viaje llenas de paisajes para dejaron sin respiración y de emociones extraordinarias. Una vez en Burgos, después de unas horas de descanso, Fede­rico visita la ciudad, patria del Cid, con un frenesí apenas disi­mulado. Todos los detalles le interesan, los rosarios de cabezas esculpidas en los muros de la Catedral, la casa del Cid, las por­tadas, las tumbas de los reyes. Sus cartas son verdaderas lec­ciones de historia, verdaderos itinerarios, así revive plenamen­te este hombre las gestas heroicas del pasado.

En Burgos, salen a su encuentro con calor consocios de la Sociedad de San Vicente de Paúl, enterados de su llegada. Federico conservará un recuerdo emocionado de su acogida. ¡Y cómo no!, si la pequeña Sociedad ha logrado atravesar los océanos, ¿por qué no iba a vencer las montañas?

Al volver de este viaje, que Federico calificará de esca­pada, Ozanam emprende a primeros de diciembre una pere­grinación al pueblo natal del señor Vicente en Pouy, cerca de Buglosse. Allí contempla el árbol bajo el cual san Vicente de Paúl, pastorcito, se cobijaba para guardar las ovejas».

Comulga al día siguiente en la humilde iglesia de Buglosse, rogando por todos los que le rodean de tantas solicitudes.

En esta época es cuando Ozanam piensa en pasar el invierno en Pisa, en Italia. Hipólito Fortoul ha prometido confiarle un trabajito sobre las repúblicas italianas.

El itinerario es difícil, los caminos malos y polvorien­tos, y se deben planear las paradas para no perderse de paso los beneficios de la estancia en los Pirineos. Con valor y temeridad Amelia, Federico y la pequeña Nini comienzan su largo periplo hacia Italia. De Bayona pasan a Toulouse, a Carcassonne y a Montpellier. En cada una de estas ciudades, Ozanam es recibido con alegría por sus consocios vicencia­nos. Queda maravillado por la vitalidad de las conferencias; en Toulouse cuentan con más de doscientos miembros, en Marsella, cuatrocientos.

¡Marsella! El oasis donde nuestros viajeros cansados tienen la satisfacción de recuperarse en la dulce atmósfera familiar. Ozanam ha recobrado la serenidad, los dolores han cedido, no le queda más que una hinchazón en los pies, más dolorosa que inquietante.

El médico le prescribe digital.Pero no ha terminado aún la odisea. El 27 de diciembre, acompañados por la seño­ra Soulacroix que se había unido a ellos en Marsella, la pequeña caravana se embarca en una diligencia que los lle­vará hasta Cannes. La región es de una belleza tranquila, los campesinos trabajan en los campos, los olivos, los naranjos están cargados de frutos, los rebaños pastan en las laderas rojizas de los cerros. Unas veces la diligencia sigue una ruta bordeada de pinos en parasol, y otras se acerca al mar, donde las barcas despliegan sus graciosas velas. El 3 de enero entran en Génova, luego atraviesan a Livorno por un mar de olas y vientos desencadenados. Llegan al hotel cala­dos hasta los huesos.

Por fin ya están en Pisa sanos y salvos. Pisa, el lugar predilecto que han elegido por su clima seco. ¿El clima seco? ¡Llovió durante cincuenta días! Pero Ozanam, dócil y resignado no se queja. Cuando sale el sol, va a visitar con Amelia y María los monumentos, los claustros y las iglesias. En la biblioteca, el conservador, un viejo erudito simpático, el señor Ferretti, cuida de Federico y le instala en un apo­sento con buen fuego.

Ozanam cuenta con un gran número de admiradores en Pisa y entre ellos toda una pléyade de estudiantes, miembros de la Conferencia de caridad de la Universidad. ¡Qué satis­facción y qué recompensa para Federico saber que existen ahora conferencias, no sólo en Pisa, Génova y Livorno, sino también en Roma, Florencia, Pontededra, Prato, Voltera y Porto-Ferraio! «Entre ellos he hallado la sencillez, la cordia­lidad de nuestros principios», escribe a Lallier, y sigue diciendo «cuántas consideraciones le habían tributado, en cada lugar, y cuántos consuelos había recibido de ellos».

Las conferencias de Toscana habían sido fundadas hacía algunos años ya, pero, a decir verdad, no tenían la autorización del gran duque, para quien, según parece, resul­taban cada vez más sospechosas. A este respecto cuenta Monseñor Ozanam una anécdota bastante extraña. Poco des­pués de la llegada de Federico a Pisa, la gran duquesa de Toscana llegó para pasar unos días en la ciudad. Al enterar­se de que Ozanam estaba allí, le hace llamar a su presencia. Ese día, Federico está en cama con fiebre. Para desespera­ción de Amelia, se viste y se presenta en el Palacio.

La conversación fue efusiva. La gran duquesa, excelente persona, muy caritativa, había oído decir que la Sociedad era un feudo de ideas liberales y que algunos de sus miembros eran muy mal vistos en la corte, a causa de su opinión política.

Ozanam, con calma y ponderación, le hace comprender que «uno de los puntos fundamentales de la Sociedad es practicar la caridad, con exclusión de toda política, lo que explica el por qué se admite a todo el que se presenta mien­tras sea hombre honrado y cristiano».

El carisma de Ozanam dio cumplida satisfacción a todas las dudas de la gran señora, porque, al cabo de algunos días, Federico supo que el gran duque había dado su autorización no sólo a la conferencia de Florencia, sino a todas las demás.

En Pisa, Federico descansa, trabaja moderadamente y escribe numerosas cartas. El mes de mayo, piensa en serio volver a París para reanudar las clases. Una semana más tarde, vuelven los dolores, y el edema de los miembros inferiores se intensifica. Ozanam no se llama a engaño; la evolución de su enfermedad es lenta, pero irreversible; debe afrontarlo.

Algunas noches, la angustia le atenaza, y, sin saberlo Amelia, se refugia en su habitación, deja correr las lágrimas y repite, ante el pequeño crucifijo de plata que le acompaña siempre, esta humilde y admirable plegaria de resignación:

«¡Señor, yo quiero lo que vos queréis, yo lo quiero como vos lo queréis, yo lo quiero el tiempo que vos lo queréis, yo lo quiero porque vos lo queréis!»

De esta forma, se abre para Federico el doloroso cami­no del sacrificio…

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