Nada en los escritos de Ozanam deja traslucir, a principios del año 1848, los disturbios de la revolución que se preparaba. El 21 de febrero, día del inicio de las hostilidades, Federico cuenta en una carta a Falconnet que Amelia y María han pasado bien el invierno, que sus hermanos gozan de buena salud y que Carlos continúa cosechando éxitos de lo que está orgulloso. Añade que la vieja María (Guigui), quien tiene ahora setenta y nueve años, le ha dado algún rato de preocupación debido a un acceso de fiebre persistente, pero que el peligro ya ha desaparecido.
En el seno de la sociedad parisina, los grandes románticos se han ajustado a los cambios; Hugo y Lamartine, abandonando sus ideas legitimistas, abrazan la causa repu blicana. En la apertura hacia la democracia, es innegable que Ozanam lleva la delantera a sus contemporáneos.
Al principio de este mes de febrero, el ex-profesor Lenormant, redactor en jefe del nuevo Correspondant, ha insertado con mucho acierto en el periódico un artículo de Ozanam titulado: Los peligros de Roma y sus esperanzas. Este artículo es el resumen de un discurso que Federico ha pronunciado en el Círculo católico unos meses antes. En él habla de la obra del Denario de Pío IX, una subscripción creada en Francia el año anterior (15 de setiembre de 1847) en favor del tesoro pontificio, con el fin de ayudar al Papa a defender sus posiciones y concluir para siempre la alianza del cristianismo con la libertad. En este artículo fue donde Ozanam lanzó el célebre: Pasémonos a los bárbaros, que suscitó en periódicos y revistas una protesta general.
L’ Univers, como es fácil de adivinar, fue rápido en la crítica, y Federico debió justificarse, ya que la mayor parte de sus colegas, incluso católicos, con excepción de Lacordaire, del abate de Maret y de algunos más, no correspondieron a su consigna. Sería prolijo analizar aquí los acontecimientos que provocaron este clamor. En el espíritu de Ozanam, se trata de una invitación urgente a la burguesía para unirse al pueblo. Muchos lectores creyeron que Ozanam los exhortaba a volverse hacia los radicales quienes entonces conspiraban en Francia a favor de la revolución, en Italia por la independencia. Federico, entre tanto, sigue siendo sincero consigo mismo; se explica sin retractarse.
Esto es lo que escribe a Teófilo Foisset, director del Correspondant. Ozanam alude a los esfuerzos del Soberano Pontífice para conseguir la liberación de la Iglesia por la seculizarización del Estado. En Italia como en Francia, la religión y la política estaban tan imbricadas que sólo podían dar origen a relaciones malsanas. Por eso, a los ojos de Ozanam, el Papa había optado por la democracia; se había colocado deliberadamente de parte del pueblo. Al decir: «Pasémonos a los bárbaros, escribe Federico, pido que hagamos como él (el Papa) que en lugar de abrazar los intereses de un ministerio doctrinario o de unos pares asustados o de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene demasiadas necesidades y no suficientes derechos, que reclama con razón una parte más decisiva en los asuntos públicos, garantías en el trabajo, y contra la miseria, que tiene malos jefes sin la esperanza de encontrarlos buenos y a quien no se debe responsabilizar ni de la Histoire des Girondins que no lee, ni de los banquetes en los que no come. En el pueblo es donde veo suficientes restos de fe y de moralidad para salvar a una sociedad cuyas clases altas están perdidas».
Una ola de reproches sigue a este grito que sorprende en una pluma tan moderada como la de Ozanam, pero los hechos darán la razón a su clarividencia.
Recordamos esos banquetes en los que se calentaban los espíritus democráticos, reclamaban a gritos reformas y sobre todo el sufragio universal. La prohibición de uno de ellos, el del distrito XII, encenderá la mecha y será el prólogo de las jornadas sangrientas de febrero.
Bajo la presión reiterada de Guizot, que ve en estas reuniones un ataque directo a la monarquía, el rey se decide por fin a intervenir, ordena a la guardia nacional que acabe con ellas.
Los diputados barruntan el jaleo y se quedan en casa. Lamartine acude allí por lo menos, su presencia estimula a los estudiantes y a los obreros quienes, por represalias, se precipitan hacia las Tuileries, residencia del rey, y rompen todas las sillas.
Al día siguiente, 22 de febrero, levantan barricadas en los barrios pobres y se pasean por las calles gritando: ¡Abajo Guizot, viva la Reforma! El 23, por la tarde, un grupo de sublevados se dirige al bulevar de los Capuchinos y se manifiesta delante de la casa de Guizot, vilipendiado por su política atrasada y conservadora.
De repente, sin saber de dónde, se oye un disparo. La guardia nacional tiene miedo y replica. En el tumulto, mueren quince transeúntes. Aumenta la tensión. Los cadáveres son paseados por las calles entre gritos de venganza.
Al otro día, un gran número de soldados de la guardia nacional, por temor o por convicción, se colocan del lado de los manifestantes. Al ver el rey la deserción de aquellos a quienes se complacía en llamar sus «camaradas», le entra miedo, despide a Guizot y llama a Thiers, ex-presidente del Consejo, apodado el «veleta», a causa de sus constantes vacilaciones entre la Resistencia y el Régimen.
«Salid para Saint-Cloud, aconseja Thiers a su rey, reunid a vuestras tropas y nosotros intentaremos recuperar París». Después nombra al mariscal Bugeaud al mando del ejército, un hombre detestado. El mismo día, el rey se arriesga a pasar revista a sus tropas, pero, recibido por una multitud agitada, regresa precipitadamente a las Tuileries y se resigna a abdicar en favor de su nieto de diez años, el conde de París».
Durante este tiempo se forman dos grupos opuestos, uno en el Palacio Bourbon encabezado por Lamartine, Dupont de l’Éure, Ladru-Rollin, de tendencias socialistas, Arago, el sabio moderado, y otro más. Deciden formar un gobierno provisional.
El otro grupo, reunido en el Hótel de Ville, se compone sobre todo de radicales y de reformistas preocupados por lo «social», como Luis Blanc, quien ha escrito mucho sobre la mejora de la condición obrera, Flocon, Marrast, el obrero Albert.
Advertido de este doble gobierno y deseando evitar un conflicto sangriento, el grupo del Palacio Bourbon se dirige a toda prisa al Hótel de Ville, y, después de una alianza tan fácil como rápida, Ledru-Rollin, rodeándose de los más ambiciosos socialistas como secretarios de Estado, logra que el pueblo acepte una lista de personas capaces de formar un gobierno provisional republicano. La duquesa de Orléans, madre del conde de París, había ido con su hijo al Palacio de Bourbon a encontrarse con los miembros eventuales del nuevo gobierno, pero, al invadir la sala una multitud armada, se creyó acertado alejarla para evitar lo peor.
¡La Monarquía de Julio acaba de derrumbarse!
Ozanam no ve en ello ningún drama. Luis Felipe no logró nunca conquistar su admiración; el ciudadano rey ha gobernado a su gusto durante dieciocho años una Francia hoy cansada del statu quo. Este país debe cambiar. El reinado de los burgueses egoístas, según recuerda Ozanam, ha creado un proletariado que, negándose abiertamente al paro y a la miseria, reclama ahora a voz en cuello que se ocupen de él. El pueblo ha demostrado suficientemente ser razonable y pasivo; ha llegado el momento de exigir reformas.
Claro está que el nuevo gobierno no puede solucionar en un día todos los problemas; el pueblo se impacienta. Se publican, sin embargo, tres medidas principales: La libertad
de prensa, la libertad de reunión y el derecho de todo ciudadano a formar parte de la guardia nacional, privilegio hasta entonces reservado a los pequeños burgueses.
Tales medidas no dan de comer a los indigentes. Los obreros invaden pronto el H6tel de Ville y reclaman el derecho al trabajo. Luis Blanc redacta aprisa un decreto que crea los Talleres nacionales, especie de banca de empleo destinada a luchar contra el paro. Se consigue calmar momentáneamente los espíritus sin satisfacer esa necesidad de igualdad a la que aspira el pueblo hace tanto tiempo. En medio del tumulto, Lamartine multiplica sus discursos, y su elocuencia, a fe mía, hace maravillas en los sentimientos de impaciencia y de venganza. Se prometen elecciones generales para el 9 de abril con sufragio universal, y se suprime la pena de muerte en materia política. Esta medida permite al rey exiliarse a Inglaterra y a los legitimistas activos abandonar Francia. Se dice que el mismo Lamartine ayudó a Guizot a cruzar la frontera.
La revolución de 1848 no tuvo el carácter terrorífico de la de 1830. El tributo de las jornadas de febrero se cifró en unas mil doscientas víctimas. Ozanam, en una carta a su hermano Alfonso, que vive ahora en Lille, al norte de Francia, cuenta que la república ha sido proclamada sin fanatismo porque la monarquía, ensayada tres veces bajo Napoleón, bajo Luis XVIII y bajo Luis Felipe, había dado tres veces prueba de su impotencia. La gente, en el fondo, deseaba una nueva clase de gobierno. «¿Se trata de que no hay peligro?, prosigue Federico. Por el contrario lo hay y mayor que en el pasado. Detrás de la revolución política, hay una revolución social, detrás de una cuestión de la república que no interesa más que a los letrados, están las cuestiones que interesan al pueblo, por las cuales se ha armado, las cuestiones de la organización del trabajo, del descanso, del salario. No hay que creer que se pueda escapar de estos problemas. Si se piensa que se dará satisfacción al pueblo con asambleas primarias, con consejos legislativos, con magistrados nuevos, con un presidente, eso sería un error grave: y de aquí a diez años y tal vez antes, se volverá a empezar».
Federico conocía muy bien a estos «bárbaros»; los visitaba hacía tantos años y, sin absolverlos de todas sus pasiones, él los admiraba.
Después de la victoria de los días de febrero, podría esperarse un pillaje sin piedad. Todo lo contrario, el pueblo mismo garantizó cierto orden frente a los abusos de radicales, malhechores, presos liberados que invadían los palacios, los hoteles particulares, las iglesias. Al comenzar los disturbios, los vasos sagrados y los crucifijos de la capilla real de las Tuileries fueron llevados en triunfo a la iglesia de SaintRoch, y los mismos sublevados se arrodillaban para pedir al cura su bendición.
A partir del 27 de febrero, el Padre Lacordaire aparece de nuevo en Notre-Dame, y por toda Francia se plantan árboles de la libertad. «La divisa del pueblo: libertad, igualdad, fraternidad, es el puro evangelio», exclamará Ozanam. Hasta este momento, la revolución de 1848 se parece más a una toma de conciencia que a un conflicto armado. Reina al menos la impresión de que los franceses han sabido comportarse en esta primavera precoz en que los castaños despliegan como un signo de paz y de confianza su blanco espectáculo.
La primavera, este renacimiento que lleva a nuevas esperanzas, conduce a Ozanam y al abate Maret donde el Padre Lacordaire. Se les ha ocurrido la idea de fundar un periódico bajo la dirección del ilustre predicador convertido en ídolo nacional. Éste encuentra la iniciativa feliz, la suscribe con entusiasmo. Se celebran muchas reuniones en su casa los días siguientes. Por algún tiempo se llega a pensar en comprar l’Univers, pero existen temores de que el nuevo periódico se vea identificado para siempre con la actitud vehemente del antiguo. El 28 de febrero, Lacordaire, en carta a su amigo Montalembert, añade la posdata: «Nuestro periódico aparecerá bajo el título: Le Fraternel. Yo seré el director con la ayuda de ocho personas cuyos nombres ya te he dado». Estas ocho personas son: el abate Maret, los señores Ozanam, de Coux, Charles Sainte-Foi, Prosper Lorain, de la Baume, J.P. Tessier y H. Gouraud146. Sin embargo, al día siguiente, se cambia el título del periódico por el de l’Ere nouvelle. Veuillot, con su humor caústico, le llamará desde la presentación l’Erreur nouvelle.
Se envían prospectos para explicar la clase de periódico que se prepara. Claro que enseguida afluyen de todas partes, en la prensa y en las revistas, críticas dictadas por el miedo al cambio, por la envidia y por el temor de una división entre católicos.
Un periódico católico nuevo molesta, al parecer. No necesitan otra cosa Lacordaire y su equipo para reafirmarse en su decisión. El anuncio del diario contiene este pasaje: «Unos esperan, los otros dudan, muchos maldicen, un gran número cree y espera. Somos de los que creen y esperan, porque, en medio de estas catástrofes repetidas, seguimos viendo dos cosas en pie: la nación y la religión».
El primer número de l’Ere nouvelle aparece el 15 de abril. Se cuenta ya con mil cien abonados, y el número aumentará hasta tres mil doscientos, dos meses más tarde. Los artículos no están firmados, pero es fácil reconocer a los autores. La homogeneidad de las ideas es satisfactoria, y no perfecta, ya que el Padre Lacordaire es un republicano del «día» y no de la «víspera», como Ozanam y la mayor parte de sus amigos. Se le siente en la brecha. Aprueba el trabajo de sus colegas, pero siempre a cierta distancia en lo referente a la política. Cosa que no durará mucho.
Las elecciones están preparándose. Debían tener lugar el 9 de abril, pero, a consecuencia de una manifestación, se han aplazado al 23 de abril. París no es Francia, la revolución ha sido casi súbita, y, por primera vez, se realizan por sufragio universal; por eso hay que educar a la masa, pronunciar discursos, prepararla para elegir buenos candidatos.
Elegir buenos candidatos; se emprende una campaña entre los católicos en este sentido. La atmósfera es febril. Se dice de Lacordaire, de Ozanam y de sus amigos que son los hombres de la situación. Hay un continuo ir y venir en el domicilio de Ozanam. Se discute mucho los acontecimientos, lo que hace decir a la pequeña María que todavía no tiene tres años: «no hay rey, no hay diputados, no hay pares, no hay ministros, todo roto, todos se han largado» (textual). «No sé dónde había aprendido estas cosas tan bien dichas, cuenta Ozanam a su hermano Alfonso, pero las decía bien claras».
A finales de marzo, Luis Gros, amigo y colega de Federico, le escribe de Lyon y le anuncia una noticia singular: «Habéis sido nombrado candidato a la Asamblea constituyente en vuestra ciudad natal (sic). Nadie mejor que vos podrá contribuir a la fundación de nuestra nueva Francia. Tened a bien decirnos si aceptáis la candidatura».
Federico se siente profundamente emocionado por esta invitación inesperada, pero duda. ¿Está preparado para la política? ¿Tendrá salud? Sabe muy bien que es ante todo un literato, un investigador, y que la vida política activa le impondrá luchas diarias, peligros, terribles sacrificios.
Una vez más se nos presenta la ocasión de admirar su desinterés, su entrega a los demás, su abandono a Dios. Responde a su amigo que los peligros que han de venir no le dan miedo, que aceptaría con gusto el «peligroso honor», si tal fuese la voluntad de Dios, y si su candidatura respondiese a la voluntad general de sus conciudadanos. Al mismo tiempo, se informa de cuáles podrían ser sus posibilidades de éxito y comunica sus ideas personales: «Acepto la soberanía de la nación y la forma republicana: las acepto no como un mal de los tiempos al que hay que doblegarse, sino como un progreso que hay que mantener sin pensar volver a realizar imposibles en adelante. Quiero la república pacífica, protectora de todas las libertades civiles, políticas, religiosas, sin intervención del Estado en las cuestiones de foro interno. Quiero en fin con el respeto de la propiedad, de la industria y del comercio, todas las instituciones que puedan mejorar y renovar la condición de los obreros. Quiero menos la organización del trabajo que la de los trabajadores en asociaciones voluntarias, ya entre sí, ya con los dueños». Ozanam termina diciendo que Dios no destruye más que para construir mejor y que ve en el advenimiento milagroso de Pío IX un elemento primordial de este plan divino. Ozanam está preocupado por la reacción de los sacerdotes y de los católicos a la nueva república. En esta carta a su hermano Alfonso, le estimula a tomar una actitud democrática, deseando que el clero dé el ejemplo del acercamiento que debe operarse entre el pueblo y ellos: «Ocúpate siempre de los criados como de los amos, y de los obreros como de los ricos, precisa; ésta es en adelante la única vía de salvación para la Iglesia en Francia. Es preciso que los curas renuncien a su pequeña parroquia burguesa, rebaño selecto en medio de esta inmensa población que no conocen. Es preciso que se ocupen no sólo de los indigentes, sino de toda esa clase pobre que no pide limosna y a la que, sin embargo, se atrae por predicaciones especiales, por asociaciones de caridad, por el afecto que se les testimonia y por el que se siente más conmovida de lo que se cree».
Esta misma semana, le ofrecen una candidatura en París, pero la rechaza para aceptar la de Lyon. Esta candidatura representa para él un deber de honor, de patriotismo y de entrega. Amelia aprueba sin entusiasmo la decisión de Federico. En su interior, Ozanam desea no ser elegido. Pide a Alfonso que rece por él, especialmente en la misa de Pascua.
Las elecciones tienen lugar en 23 de Abril. Dada la extensión del país, los resultados no se conocen hasta varios días después. Ozanam, inscrito con retraso en la lista oficial de los candidatos, no sale elegido; sin embargo, recibe cerca de dieciséis mil votos y se siente honrado. ¡Los lioneses no le han olvidado! Lacordaire, candidato sin saberlo él, es el elegido por el departamento de Bouches-du-Rhóne, es decir, por los marselleses, y acepta. Esta noticia alegra a todos los católicos de Francia; Ozanam ve en la llegada de su amigo a la Asamblea nacional una intervención de la Providencia.
El 15 de mayo tiene lugar en el Palacio Bourbon una manifestación de los radicales en favor de la Polonia oprimida. La guardia nacional con la ayuda de la guardia móvil logran con dificultad la evacuación de la Asamblea y evitan por muy poco la toma del Hôtel de Ville. Durante cuarenta y ocho horas, París está bajo las armas. Federico forma parte de la guardia nacional.
«Cuando volvía de mi clase muy cansado y con prisas de tomarme algún reposo, oigo tocar precipitadamente al arma», cuenta él. Me entero de que la Asamblea está invadida y que el motín se ha apoderado del Hôtel de Ville. Apenas tengo tiempo de tomar mis armas y bajar a la calle. Se nos distribuyen cartuchos y durante una hora seguimos sin saber si hay una autoridad reconocida, una bandera, un orden público que defender». Pero la población se une a la guardia nacional y pronto los insurgentes se dispersan. La paz es aún frágil.
Desde hace algunas semanas, las preocupaciones de Federico se han multiplicado. Además de su colaboración en l’Ére nouvelle, de la preparación de sus clases, de las tensiones ocasionadas por su candidatura, una prueba cruel viene a caer sobre su familia. El señor Soulacroix, quien no se ha repuesto de la muerte de Teófilo, padece una parálisis gradual, dolorosa y grave que le impide el uso de las piernas. Amelia, que ama con ternura a su padre, se siente afectada de modo especial, y ve cómo su madre tiene que comenzar con su marido los mismos cuidados que había prodigado a su hijo. Los médicos se sienten incapaces y los tratamientos fracasan. La familia se sume en la consternación resignándose a lo peor.
En el campo político, Federico sufre una amarga decepción. Al día siguiente de la revuelta en la Asamblea nacional, el Padre Lacordaire, tenido por el supremo defensor de la fe católica, abandona sus funciones de diputado y anuncia oficialmente su dimisión. En una carta a sus electores, precisa que no puede conciliar sus deberes específicos de la vida religiosa con los deberes difíciles y severos de representante del pueblo. Se puede imaginar la tristeza y el desencanto de Ozanam sabiendo las esperanzas que había puesto en la elección de este hombre prestigioso. Elecciones suplementarias se celebran a primeros de junio. En esta ocasión, el sobrino del Emperador, el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, este regalista convertido en republicano, es elegido por cuatro departamentos y escoge el del Sena. Una vez seguros de esta elección, un gran número de sus partidarios, antiguos bonapartistas, comienzan a manifestarse por las calles y perturban de nuevo la paz precaria de la capital. Los espíritus se encienden. Hay luchas en ciertos barrios. El gobierno habla de disolver los Talleres nacionales creados al día siguiente de las jornadas de febrero. Después de un censo de los obreros inscritos en los Talleres, y sobre todo después del informe Falloux, aparecido el 19 de junio, se resuelve forzar a los de 18 a 25 años a alistarse en el ejército y enviar a los otros a buscarse trabajo a provincias. Los obreros, inquietos y agitados, armados en su mayoría, se reagrupan en la Bastilla el 23 de junio, so pretexto de rendir homenaje a los mártires de 1789. Exigen el restablecimiento de los Talleres nacionales. Ante esta nueva amenaza de insurrección, se delega el poder al general Cavaignac quien llama al ejército y a la guardia nacional, se levantan barricadas en las calles. La guerra civil es inminente. Ozanam pasa seis días bajo las armas. Destinado a la guardia de la alcaldía de su distrito, no se ve expuesto al fuego de fusil, pero presiente lo peor. Por eso suplica a Amelia que huya con sus padres a Versalles, mientras hay todavía coches disponibles, pero el transporte del enfermo hace la cosa imposible. Carlos Sou lacroix es llamado al asalto de las barricadas y ve caer a su lado a sus camaradas. Carlos Ozanam, adscrito al HótelDieu, atiende a centenares de heridos. Algunos días después de las hostilidades, Ozanam confía a Alfonso.
Mi conciencia está en regla y yo no habría retrocedido ante el peligro. Sin embargo, debo confesar que es un momento terrible cuando uno abraza a su mujer y a su hija pensando que tal vez es la última vez.
La Sociedad de San Vicente de Paúl pagó muy caro estos días de junio. Enrique Lecoq y un joven de nombre Charre murieron en la insurrección. El presidente general, Adolfo Baudon, recibió un balazo en la pierna. A partir del 27, Federico envía una carta a todos sus consocios pidiéndoles que recen por ellos y por la paz.
No podemos dejar pasar en silencio la muerte heroica de Monseñor Affre, arzobispo de París.
El domingo 25 de junio, Federico se halla de servicio en su barrio, en compañía de Cournudet y de Bailly. Durante las guardias discutían juntos los sucesos, tratando de encontrar una solución que pusiera fin a la guerra civil. De repente pensaron que la intervención de Monseñor Affre en las barricadas podría calmar tal vez a los amotinados, detener el combate y dar al gobierno una última oportunidad de solución. Seguros de la idea, se dirigen a la casa de su amigo el abate Bucquet. Éste les da un pase que les permite llegar hasta el arzobispado, sin mayores dificultades. Monseñor Affre los recibe con solicitud. Los escucha y les confía que desde la víspera se siente atormentado, buscando en vano un modo de hacerse útil. ¿Cómo llegar hasta Cavaignac, jefe de la organización del orden, para pedirle permiso? Ozanam, Bailly y Cornudet se ofrecen a trazarle el camino hacia la Asamblea nacional y le garantizan los sentimientos de veneración del pueblo. «¡Bueno, allá voy! declara Monseñor. ¿Tendré que llevar una sencilla sotana para no ser advertido o mi sotana violeta con la cruz pectoral?» pregunta a sus compañeros. Los tres le aconsejan la sotana violeta y la cruz de oro, bien a la vista en el pecho. El prelado se ausenta unos minutos, y cuando vuelve, un sacerdote, pálido y jadeante, entra y le cuenta las escenas espantosas de las que acaba de ser testigo.
Monseñor Affre le escucha, pero no se deja impresionar; su decisión está tomada, irá a las barricadas. Desde que aparece en la calle, la gente se descubre y se arrodilla a su paso; es una marcha triunfal, de la Isla Saint-Louis hasta la Asamblea nacional. Sin conocer exactamente el motivo de esta marcha, el pueblo presiente algún acontecimiento grave al que el Arzobispo no es ajeno. En el Palacio Bourbon «el general Cavaignac recibió al Arzobispo con respeto y admiración. Aceptó su intervención valiente confiándole un poder ante los insurgentes y una última promesa de misericordia, si deponían las armas». El ministro no ocultó al prelado los peligros a que se exponía: uno de los generales, el general Bréa, acaba de ser hecho prisionero. El arzobispo persiste en su decisión.
Cornudet, Bailly y Ozanam quieren acompañarle a toda costa, pero Monseñor se niega. «Vuestro uniforme de guardias nacionales puede estorbar mi misión, dice sencillamente, prefiero presentarme solo», y les da la mano. Sus compañeros le ven alejarse, con los ojos enturbiados por las lágrimas.
Se cuenta que Monseñor Affre, consciente de los peligros que le esperaban, volvió al arzobispado para descansar un momento, para confesarse y recibir la santa comunión. Luego sale de nuevo, seguido de sus vicarios Jacquemet y Ravinet y de su fiel criado que se niega a abandonarle. La multitud le acompaña hasta el faubourg Saint-Antoine. A los que quieren detenerle, les dice: «El buen Pastor ha dado la vida por sus ovejas». En la plaza del Arsenal, se detiene un momento y bendice a los heridos. Se lucha encarnizadamente. Son las ocho de la tarde. Un sol rojo, implacable, intensifica el horrible espectáculo de las barricadas. Muebles tumbados, vigas, montones de pavés se apilan en las bocacalles. La guardia nacional y la guardia móvil, atrincheradas en las casas, montan guardia y replican al primer disparo. Cadáveres cubren el suelo, y los lamentos de los heridos, a quienes no se logra recoger, se mezclan al tiroteo. Nubes de polvo se levantan aquí y allá. Llegado a la plaza de la Bastilla, le comunican que acaban de matar al general Négrier, pero nada detiene al prelado. Un joven vicenciano, el joven Bréchemin, tiene la idea de atar un pañuelo blanco a un árbol para atraer la atención y, provisto de una rama verde, precede a Monseñor hasta las barricadas. Es entonces cuando los insurgentes reconocen a su Arzobispo. El fuego cesa un momento. En lugar de seguir al joven estudiante el prelado escoge penetrar directamente en las barricadas por una tienda con dos salidas, y, en el instante en que llega a la segunda barricada, llevando en la mano la promesa de gracia de Cavaignac, grita con fuerte voz: «Amigos, amigos míos». Guardias móviles se lanzan detrás de él, los obreros se oponen y sigue una refriega. Una bala parte de una ventana, alcanza al Arzobispo en la espalda. El pastor titubea un momento, luego se desploma. ¡»Que mi sangre sea la última que se vierta»!, exclama.
Los insurgentes se precipitan en su ayuda y con precaución le transportan a la residencia presbiteral de Saint-Antoine.
Con la columna vertebral rota y presa de vivos sufrimientos, Monseñor Affre morirá treinta y seis horas más tarde. Contaba cincuenta y cinco años.
La Iglesia perdía a este hombre valiente, a uno de sus más intrépidos defensores, y los pobres, a un padre y a un valioso aliado.
Para Ozanam, la muerte trágica del Arzobispo, este amigo generoso que le quería profundamente y que le había apoyado siempre en sus tomas de posición, es un golpe terrible. «Federico se sintió cruelmente atormentado durante mucho tiempo, cuenta Amelia, y le rezaba con frecuencia». Al día siguiente del drama, Cavaignac manda a sus tropas al asalto de las barricadas y aplasta la resistencia. La insurrección habrá costado a los dos campos varios miles de muertos.
Una calma triste, como una espesa niebla de duelo, envuelve la ciudad. Las represalias del gobierno fueron duras y sin misericordia. Hubo ejecuciones sumarias, numerosas detenciones seguidas de deportaciones masivas a Argelia. Los periódicos socialistas quedaron prohibidos, y el partido de los radicales declarado fuera de la ley. El orden reinaba.
Cansados de la guerra y del clima de incertidumbre, las «gentes de bien» permanecieron indiferentes y apenas reaccionaron ante esta severa represión. Sólo Ozanam y sus amigos de l’Ere nouvelle, parecen conscientes de la gravedad de la hora y del imperioso deber de no dormirse.
Federico escribió cinco artículos en diez días. Cosecha críticas amargas. Incluso Montalembert, sin nombrar l’Ere nouvelle, denuncia con brío «a los que ponen tanta diligencia en saludar la democracia y confunden socialismo y democracia, democracia y cristianismo».
Durante las jornadas de junio, se habían vendido hasta diez mil ejemplares de l’Ére nouvelle al día. A Pesar de este éxito inesperado, se siente un malestar.
El Padre Lacordaire no logra avenirse con las ideas avanzadas de sus colaboradores, en particular con las de Ozanam y del abate Maret. El 25 de mayo, l’Ére nouvelle, que tenía sede en el 67 de la calle Vaugirard, en el domicilio mismo del Padre Lacordaire, se cambia al 13 de la calle Cherche-Midi. Este gesto significativo no pasará inadvertido a la perspicacia de Federico…
Una vez pasada la tempestad, Ozanam alquila una casita en Bellevue, cerca de Sévres. Toda la familia se instala allí, y también el anciano enfermo, el señor Soulacroix, cuyo estado sigue estacionario. Algunas semanas después, cuando éste parecía mejorar, tiene un desfallecimiento y muere en unos instantes, el domingo 23 de julio.
Si Amelia pierde a un ser querido por quien sentía una ternura y admiración sin límites, Federico se ve privado de repente de un amigo y un consejero. «Mi suegra y mi mujer apenas podrán resistir el dolor y yo, escribe a Lallier, yo me siento asustado por la responsabilidad que Dios me impone convirtiéndome en el jefe de una familia en la que por el contrario yo tenía la costumbre de buscar luces, consejo y apoyo»‘.
Federico no sabe ya a dónde le quiere llevar la Providencia; la libertad a la que aspira está muy aprisionada en la rigidez del orden; su sueño de renovación católica conoce las mayores dificultades y las ideas democráticas, que todavía predica porque cree en ellas, no encuentran más que desprecio e indiferencia.







