OTRA ADMIRABLE CURACIÓN OBTENIDA POR INTERCESIÓN DE LA VENERABLE LUISA DE MARILLAC.

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Del Diario de la Rioja copiamos la siguiente relación, que no dudamos ha de ser muy grata a las dos familias del Apóstol de la Caridad, San Vicente de Paúl, que por tan­tos años dirigió por los caminos de la perfección cristiana a la Venerable Fundadora de las Hijas de la Caridad.

Gabriela Arce, soltera, de veinticinco años, natural de esta ciudad, de Santo Domingo de la Calzada, hija de Valentín Arce y Orsati, ingresó en el Hospital de esta pobla­ción el 22 de Noviembre de 1898 con una afección reu­mática.

Pasado algún tiempo, se hizo ostensible un tumor en la parte anterior izquierda de la cavidad abdominal de la Ga­briela, el cual tumor tomó proporciones de tal magnitud, que hicieron pensar a los médicos del establecimiento be­néfico en la extirpación del tumor indicado; y para mayor acierto en la operación, fue  enviada al Hospital de la Prin­cesa, en Madrid, y una vez examinada, los médicos de aquel establecimiento debieron encontrar sumamente peli­grosa la operación en cuanto al resultado y no la operaron.

Habiendo reingresado en el santo Hospital, el 24 de Junio de 1901, la paciente sufrió una parálisis general, que la hizo guardad cama, de la cual no ha salido ni un instante hasta el día de hoy.

En el lapso de tiempo antedicho, la enferma tuvo trastornos constantes, y de una manera especial en los apara­tos digestivo y urinario, interesando a veces el sistema ner­vioso y el aparato respiratorio.

En estos últimos meses se agravó en tales términos, que recibió dos veces la Extremaunción.

Los médicos titulares de esta ciudad, D. Edmundo Cortázar y D. Santos Bueno Roques, que también lo son del santo Hospital, creyendo que la enfermedad era com­pletamente incurable, se limitaron a procurar hacer algún tanto llevadera la situación penosísima de la paciente; ésta, en la noche del 5 al 6 del actual mes de Junio, se encon­traba en la situación dicha, esto es, con parálisis general, con un tumor carnoso muy duro en la cavidad abdominal, extremadamente abultado, sin haber tenido defecación, se­creciones urinarias ni transpiración en aquella noche ni en los catorce días anteriores.

Hecha la historia clínica de la enfermedad gravísima a juicio de los médicos de esta ciudad incurable, hagá­monos cargo de las circunstancias extraordinarias de la cu­ración de la doliente Gabriela Arce. Sor Prima, Superiora de las Hermanas de la Caridad que cuidan del Hospital de esta ciudad, marchó a Madrid a hacer Ejercicios espiritua­les, y allí vio a una hermana suya de religión que, a con­secuencia de una caída, había sufrido una lesión muy grave en la espina dorsal y de la cual había obtenido curación radical encomendándose a Dios con gran fe por mediación de la Venerable Luisa de Marillac, primera Fundadora de las Hermanas de la Caridad, y al volver a este Hospital contó a sus hermanas en religión y a la paciente Gabriela aquella portentosa cura, animándola a pedir a Dios por la misma mediación el recobro de su salud.

La paciente, ayudada por Sor Dionisia, comenzó la No­vena a la Venerable Fundadora, la cual Novena terminaba ayer; y tal y tan grande era la fe de ambas de que en el día 6 del corriente mes de Junio tendría la Gabriela curación absoluta, que el domingo pasado, 4 del corriente, al ir a visitar a la Gabriela una vieja llamada Valeria, muy conocida en esta ciudad, dijo la Gabriela a su visitante: «El martes quedaré completamente sana». Contestándole la Sra. Valeria: «Cuando yo recobre la vista te curarás.»

En la noche del lunes al martes, al dar las doce de la noche, la hermana Sor Dionisia, que estaba de guardia, dijo a la Gabriela:

—Haz un esfuerzo, a ver si puedes moverte.

—No puedo—dijo la enferma— La Hermana insistió, diciendo:

—Es que no tienes fe.

—Sí que la tengo—replicó la Gabriela;—pero no puedo moverme.

Sor Dionisia se retiró a descansar a las cuatro de la mañana, y al despedirse de la Gabriela, esta le dijo:

—Para cuando usted se vista, ya estaré curada

A las seis menos cuarto de la mañana del día de hoy, 6 de Junio, las Hermanas de la Caridad fueron, según cos­tumbre, a dar los buenos días a los enfermos y a llevarlos agua bendita para que se santiguasen, y la Gabriela a esa hora estaba inmóvil.

A las seis en punto la Gabriela acababa de rezar el úl­timo Padre nuestro de la Novena a la Venerable Luisa de Marillac y al terminarlo en el acto cesó la parálisis absoluta y desapareció el enorme tumor del vientre de la Gabriela Arce, la ‘cual comenzó a llamar a las hermanas para que la llevasen la ropa para vestirse.

Como Sor Dionisia era la única Hermana que sabía los actos piadosos que se estaban realizando para implorar la curación de la paciente, y ésta, como ya dejo dicho, estaba descansando, las demás Hermanas de la Caridad, al oír la Gabriela, dijeron que se había vuelto loca, y temiendo que podría caerse de la cama acudieron a su lado, y ¡cuál no sería su sorpresa cuando la vieron incorporada! Inmediatamente la proporcionaron las ropas de una muchacha que sirvió en la casa benéfica y entró en la Congregación de las Hijas de San Vicente de Paúl, pues las pertenecien­tes a la Gabriela estaban apolilladas, y vistiéndose por sí misma fue por su pie a la capilla a oír Misa, durante la cual estuvo de rodillas.

„La sorpresa que en las Hermanas y en el Capellán pro­dujo la presencia de la Gabriela en la capilla excede a toda ponderación; aquel suceso extraordinario les impresionó de tal modo, que les movió a dar cuenta de él.

La Gabriela, en los años que estuvo inmóvil, se había alimentado con leche, vino generoso, bizcochos y un poco de sopa tapioca. Al concluir la Misa tomó chocolate, y como aún no habían llevado el pan tierno, lo tomó con pan duro, y cual si siempre hubiese estado sana.

La noticia de la curación radical é instantánea de la Gabriela corrió por la ciudad, y los primeros sorprendidos fueron los médicos del hospital, Sres. Cortázar y Bueno. El primero, que estaba de servicio, al ir a la visita de la mañana, decía: «Tengo que hacerme violencia extrema para „rendirme a la evidencia de que Gabriela está curada.»

El Sr. Bueno, sorprendido de la noticia que se le co­municó en la calle, marchó inmediatamente al hospital, y allí vio lo que no podía creer: la curación de la Gabriela.

El hospital fue visitado ayer por casi todas las personas de la ciudad.

A la hora en que fui yo, diez y media de la mañana, más de 200 personas acosaban a preguntas, y material­mente estrujaban a la Gabriela Arce, la cual, en pie y sin mostrar cansancio, satisfacía a todos sus interlocutores.

A presencia mía el médico D. Julio Caballero la mandó que uniese las piernas y los brazos, haciéndolo cual si hu­biesen estado en uso constante, y a continuación pasó la mano por las articulaciones, encontrándolas en estado perfecto.

 

A las cinco de la tarde los médicos Sres. Caballero y Cortázar la sometieron a un examen minucioso, y encon­traron el vientre en estado natural, sin arrugas, estrías ni señal alguna de haber sufrido la gran distensión a que es­tuvo sometida por la acción del tumor durante cuatro años.

Le hicieron presiones en el sitio del tumor sin causarla daño alguno, y dijeron que el vientre estaba cual si no hu­biese habido en él tumor alguno.

¿Adónde fue el voluminoso y carnoso tumor? Los mé­dicos dicen que no hay explicación posible de su desapari­ción instantánea.

Si es prodigioso el hecho de la desaparición del tumor en la forma dicha, no lo es menos el que una mujer que ha estado cuatro años menos quince días en cama, alimentada con líquidos y padeciendo desarreglos constantes, salga de la cama y esté el día entero sin descanso sufriendo las pre­guntas impertinentes, ande, se arrodille, coma perfecta­mente, y todo esto sin molestia que indique un estado de postración tan largo y continuado.

¿Es un milagro obrado por Dios en obsequio a su sierva la Venerable Luisa? La Iglesia lo dirá en su día con el aplo­mo y seguridad que da a sus decisiones. Para nosotros, y aun para los hombres versados en las ciencias médicas, el hecho reúne caracteres de sobrenatural.

Ayer fue retratada, y a la galantería del fotógrafo señor Don Marcos Oñate debo la fotografía de la Gabriela Arce, que acompaño.

Me consta que la Superiora y Capellán de las Herma­nas de la Caridad de esta ciudad van a dirigirse al Exce­lentísimo Sr. Arzobispo y a la Superiora General de las Hermanas de la Caridad, poniendo el hecho en su cono­cimiento, por si juzgan oportuno abrir un expediente para depurar y probar el hecho en cuestión.

Días ha preguntaba al padre de la Gabriela si su hija tenía algún alivio y si se moría, y contestó el padre:

—Para que mi hija se cure tendría el Santo que hacer „un milagro como el del gallo y la gallina.»

Tal es la relación del prodigioso hecho por el cual Dios Nuestro Señor parece quiere manifestar la santidad de su sierva, la Venerable Luisa de Marillac.

ANALES 1905

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