Las religiosas
Cuando convocaron a aquellas jóvenes en casa de la señorita Le Gras, ni Vicente ni la misma señorita vieron claro cómo podrían reunir a un grupo de mujeres en vida común sin que se las tomara por religiosas y se les impusiera la clausura. Y con clausura, adiós al servicio de los pobres.
En aquellos tiempos, el ideal religioso coincidía con la búsqueda de la santidad personal a través de la contemplación y de la separación del mundo. Para lograrlo más fácilmente, la Iglesia imponía la clausura a todos los conventos femeninos; clausura que no sólo favorecía el camino hacia la santidad, sino que también preservaba a las religiosas de auténticos peligros morales.
Desde Bonifacio VIII, la legislación papal obligaba a las religiosas a la estricta clausura. El Concilio de Trento, tan reciente y que aparecía en aquella época como faro contra los hugonotes y como la autoridad más firme para la reforma de la Iglesia en Francia, había recogido estas leyes y encargado a los obispos su estricto cumplimiento. El Papa Pío V hasta había impuesto la clausura a las seculares órdenes Terceras que emitieran votos perpetuos, y, lo que era más duro aún, las órdenes y congregaciones femeninas que no tomaran la clausura, no podrían recibir nuevas novicias, condenándolas así a desaparecer lentamente.(Constitución «Circa pastoralis»: 29 mayo 1566).
Completando la legislación, la Iglesia determina que para ser religiosa se necesita emitir votos solemnes (públicos) que obligan a la clausura radical. Quien no profesa votos solemnes no es religiosa ni está obligada a guardar la clausura, pero a ninguna congregación se le permitía emitir votos que no fueran solemnes.
No era fácil comprender la naturaleza de esta cofradía que estaban ideando los dos santos, lugar de encuentro entre el amor a los pobres y la rigidez canónica de la iglesia, que hacía imposible la creación de nuevos institutos dedicados al apostolado de la caridad. Y sin embargo, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac desatarán este nudo con las Hijas de la Caridad.
Las Hijas de la Caridad no fueron una idea original de Santa Luisa ni aun de San Vicente. El arquetipo de la Compañía estaba esparcido, latente unas veces y otras con claridad, en la sociedad cristiana de entonces. Pero nadie lograba realizarlo. Tampoco el camino que emprendieron fue original de aquella mujer y de aquel sacerdote: las cofradías de caridad. Después del Concilio de Trento, las cofradías eran el único camino posible para renovar el mundo y la Iglesia por medio de los seglares.
Original del sacerdote y de la seglar fue la realización. Lo que pusieron Vicente de Paúl y la señorita Le Gras fue su santidad y su personalidad. Es decir, supieron colaborar con la Providencia en el momento justo, sin adelantarse a ella ni retardarla. Supieron leer, ver y escuchar lo que les decían los signos de aquellos tiempos, los sucesos de la sociedad, y tuvieron audacia para realizarlo, tenacidad para no abandonar y sagacidad para no enfrentarse ni a la Iglesia ni a las autoridades civiles.
Si ser audaces en un mundo acomodaticio y mantener la tenacidad contra todos los obstáculos de unas leyes antiguas y estancadas, si mostrar sagacidad para ir soslayando los sentimientos y los planteamientos de unos hombres, eclesiásticos o civiles, anclados en la tradición cómoda, es ser original, entonces, San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac sí son originales.
Respuesta a unos problemas
Las Hijas de la Caridad son la respuesta a un problema constante en la Iglesia: cómo acomodar las fuerzas vivas de la Iglesia a las necesidades sociales de cada época. Una energía potencial era la mujer consagrada a Dios, y una de las necesidades de la sociedad era resolver el abandono de los pobres. El problema se plantea de una manera triple: cómo unas mujeres consagradas a Dios en la oración pueden dedicarse a la actividad, cómo unas mujeres consagradas a Dios en un convento pueden ejercitar la caridad en medio de la sociedad, y cómo unas mujeres consagradas a Dios en la Iglesia pueden ser exentas del Ordinario del lugar.
Los tres problemas se presentaban mezclados y ya en el siglo XII, con el auge de los burgos o ciudades, pedían una respuesta convincente. Las mujeres burguesas —de las ciudades— de familias adineradas manifestaban ideas de gran fuerza innovadora y estaban mejor formadas que las abadesas aristócratas, sin embargo, no se les daba la dirección de los conventos, prebenda de los nobles.
Las mismas mujeres pobres de las ciudades, especialmente en los países nórdicos, tenían mentalidad moderna. Encerrarse en un convento era una consagración basada en una vocación; por el contrario, la nobleza consideraba el convento como una ocupación social como otra cualquiera o como un refugio determinado por la fortuna familiar o por otra necesidad mundana. La obligación de una dote suficiente obstaculizaba asimismo la entrada de mujeres pobres. El auge de una mentalidad humanitaria juntamente con la imposibilidad de lograr el dinero necesario avivó el deseo de evangelizar a sus conciudadanos a través de la palabra. La propagación de peregrinaciones añadió la ilusión de ayudar caritativamente a los peregrinos y viajeros enfermos en los hospitales o en las casas particulares. Así, fue cómo se preparó el ambiente para poder entregarse a Dios fuera del convento, en las casas privadas o, para no ser tachadas de solteras de vida dudosa, al amparo de algún convento. Se las llamaba conversae a saeculo.
Para distinguirse simplemente de los buenos cristianos, estas mujeres buscaron asociarse. Unas se unieron a órdenes masculinas, como órdenes Terceras; otras continuaron independientes y se asociaron en cofradías o asociaciones piadosas, a imitación de los gremios artesanales. Se las llamó y se las conoce por beguinas, la mayoría con votos privados.
La Iglesia oficial se les opuso por cuatro motivos: querían llevar vida religiosa sin ser monjas ni estar sujetas a nada institucional, ni a ninguna Orden ni a Reglas; el segundo motivo podría discutirse: que no estaban capacitadas para evangelizar, propagando herejías; el motivo tercero era propio de la época: usurpaban el derecho a enseñar en público, exclusivo de los eclesiásticos y, por excepción, de los hombres. Acaso el último motivo era el de mayor peso para los mandatarios: que tenían más influjo en la vida ciudadana que los mismos religiosos.
Bajo estas acusaciones, que hoy nos parecen tan sinrazón, se obligó a las beguinas a encerrarse en clausura y a las que no lo hicieron se las persiguió con censuras eclesiásticas.
Pero ni la situación ni el problema quedaron resueltos y continuaron presentes a lo largo de los siglos. Si nos detenemos en París, cuna de las Hijas de la Caridad, en el siglo XII había alrededor de cincuenta fraternidades o comunidades piadosas para cuidar a los enfermos en los hospitales, organizadas al estilo de las agustinas del Gran Hospital. También, en París en el siglo XIV, eran conocidas las Hermanas Negras y las Hermanas Grises que, de dos en dos, sin clausura, día y noche cuidaban a los enfermos a domicilio.
Instituciones contemporáneas a las Hijas de la Caridad.
En los siglos XVI y XVII, se fundaron muchas congregaciones sin votos solemnes; pero, cuando León X codificó en 1521 las reglas de las órdenes Terceras y Pío V dio la constitución «Circa pastoralis» (29 de mayo de 1566), la mayoría evolucionaron en dirección al claustro. Las que no lo hicieron desaparecieron como institución. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac conocieron muchas de estas congregaciones.
La Ursulinas, fundadas para combatir la herejía por medio de la enseñanza, eliminaron los cuatro elementos distintivos de la vida religiosa: clausura, hábito diferenciador, vida común y votos religiosos. A imitación de los jesuitas, buscaban una manera secular de penetración en la gente ignorante. Para enseñar más fácilmente a las niñas a domicilio, se constituyeron en cofradía secular. Vivían en sus familias con una marcada vida interior y podían poseer bienes, como legados y dotes.
A pesar de haber tenido el apoyo de San Carlos Borromeo y del papa Paulo III en 1544 para vivir tal como las había fundado Santa Ángela de Mérici en 1535, varias ramas del Instituto pidieron votos solemnes y enclaustración. Desde 1612, Paulo V obligó a las Ursulinas de París a emitir los votos solemnes y a vivir en la clausura papal. Todas las fundaciones de Francia siguieron la misma forma de vida, a excepción de las Ursulinas de Dole, en el Franco Condado español, que desde 1622 emitían votos simples de castidad, pobreza y obediencia, y los renovaban todos los años.
Las Hijas de la Visitación de Santa María o Visitandinas fueron fundadas en 1610 por San Francisco de Sales y Santa Juana Francisca de Chantal. Los historiadores discuten sobre cuál fue la intención de los santos al fundar la Visitación. Puede ser acertado decir que la intención de los fundadores fue doble: crear una congregación contemplativa con austeridad mitigada para que tuvieran entrada mujeres que por su salud delicada no podían entrar en otras congregaciones, y activa en cierto modo, visitando en sus casas a los pobres enfermos —miembros dolientes de Jesucristo— como lo indica su nombre de Visitación. No tendrían votos solemnes y la clausura sería muy mitigada.
El cardenal de Marquemont, arzobispo de Lyon, logró con facilidad del papa Paulo V, ocho años después de fundadas, una bula por la que se las obligaba a votos solemnes y a clausura total. San Francisco condescendió a disgusto y toda su vida consideró fracasada su primitiva idea.
Vicente de Paúl conocía perfectamente la idea primitiva. Admirador de San Francisco y estimado por éste, había sido nombrado director de la Visitación de París hacia 1622. Muchas veces, había hablado con San Francisco y con Santa Juana Francisca. En las conferencias a las Hijas de la Caridad, les indicó algunas veces que eran la realización de la primitiva idea de San Francisco de Sales; que tenían que ser más virtuosas que las Hijas de Santa María, pues éstas se encierran en clausura, mientras que ellas viven en el mundo; que Dios permitió que unas pobres muchachas ocuparan el lugar de las Hijas de Santa María; que no cambien las casas en claustro y resulten religiosas como ellas; que aspiren a la corona preparada por Dios para las hijas de Santa María».
Ni Vicente de Paúl ni Luisa de Marillac nombraron expresamente a María Ward o a sus hijas. Era peligroso relacionarlas de cualquier manera con las Hijas de la Caridad, ya que todas las dificultades que tuvo con la Santa Sede y con los obispos sucedieron en los años que van de 1625 a 1631. Pero tuvieron que conocer su instituto. No se olvide que por esos arios los misioneros paúles intentaban en Roma la aprobación de la Congregación de la Misión.
La tentativa de María Ward traspasaba en novedad a las dos congregaciones anteriores. Nacida en Inglaterra en 1585, su familia sufrió persecución durante el reinado de Isabel I. María pasó a Francia y en 1613 agrupó en Saint-Omer una pequeña comunidad que respondía a las necesidades de un apostolado en regiones hostiles al catolicismo: sin clausura, ni coro y sin estrechez en el uso del hábito; hacían votos privados como una buena mujer en el mundo. Se simplificaron las estructuras institucionales y permanecieron independientes de los obispos. A pesar de todo, las Damas Inglesas —como se las llamaba— pretendían ser reconocidas como religiosas. Éste fue el pecado que las autoeliminó.
Autorizadas temporalmente por Paulo V, se extendieron por Londres, Lieja, Colonia, Tréveris, Roma… Pero en 1624, Urbano VIII negó la confirmación al instituto y comenzó en la Santa Sede y en las diócesis una desconfianza hacia las Damas Inglesas que terminó en persecución. Se las obligó a enclaustrarse y las que no lo hicieron fueron suprimidas. Al compararlas con las Hijas de la Caridad, es interesante recalcar las fechas de la supresión y las acusaciones contra ellas:
1625: nota oficial para cerrar la casa de Roma,
1628: Urbano VIII ordena cerrar las casas de Flandes y de Alemania,
1629: la Sagrada Congregación de Propaganda pronuncia la supresión de las jesuitinas, también eran llamadas así,
1630: el 16 de febrero María Ward es declarada herética y cismática, y encerrada en las clarisas, de donde había salido para hacer las fundaciones,
1631: el 13 de enero se da una nueva orden de supresión definitiva77.
No es extraño, por todo esto, que ni San Vicente ni Santa Luisa nombraran la obra de María Ward, pero hay muchos puntos comunes en contraposición entre las Hijas de la Caridad y las Damas Inglesas, si analizamos las acusaciones que les hicieron, parecidas, por otro lado, a las que hicieron a las beguinas:
Las dotes de las jesuitinas se empleaban en construir escuelas y casas, pero si la joven abandonaba el instituto, gastada la dote, era gravosa a su familia. [Las Hijas de la Caridad no llevarán dote y permanecerán propietarias de sus bienes personales].
Se las tiene por religiosas y ellas confiesan que lo son, sin embargo ni llevan vida religiosa, ni viven en clausura [Las Hijas de la Caridad serán instruidas, con insistencia, en negar rotundamente que son religiosas].
En el apostolado, debido a su naturaleza de mujer y a la libertad de que gozan, corren serios peligros particularmente en la castidad [Tanto San Vicente como Santa Luisa machacaron a las Hermanas con avisos a este respecto].
Al no llevar hábito, dan muchos escándalos y corren peligros, según lo atestigua San Pablo: 2 Tim. 3,6. [Las Hijas de la Caridad llevarán hábito, pero no el velo distintivo de las religiosas].
El apostolado femenino en público es usurpación de un derecho sacerdotal. A los laicos, especialmente a las mujeres, se les prohibe el apostolado público. [Esta negativa es inculcada frecuentemente a las Hijas de la Caridad por Luisa de Marillac].
Al no estar preparadas en las ciencias sagradas, son fuente de herejías como lo fueron los Valdenses y las Beguinas. [San Vicente insiste en la formación y estudio del catecismo de Belarmino].
Una revolución pacífica
La originalidad de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac residía en la audacia, el tesón y la sagacidad. Gracias a ellos, lograron hacer la gran revolución social en favor de la mujer. No fueron revolucionarios violentos, pero sus ideas fueron pacíficamente subversivas y su actuación cristianamente provocativa.
En el siglo XVII, la mujer era considerada inferior al hombre jurídica y socialmente, siempre sometida al padre o al marido. A la autoridad del padre, que podía casarla a su gusto o meterla en un convento, seguía el poder del marido. La mujer soltera sin el apoyo de un hombre estaba indefensa ante la sociedad masculina y a las habladurías de la gente, que la consideraba una licenciosa; y la casada no era nada más que una parte del patrimonio del marido. Casada o soltera estaba asimilada a un menor; su papel se realizaba en el matrimonio o en el convento. La imbecilidad femenina podía llevarla a cometer muchos disparates —decían los hombres—. Ni las mujeres de la burguesía emprendedora y moderna se libraba de esta dependencia. La burguesía seguía la moral y las costumbres tradicionales, recargada en lo que respecta al papel de la mujer en la familia. Las aristócratas eran las únicas que gozaban de libertad social, pero no jurídica. Solamente, las viudas con dinero en cierto modo se equiparaban en libertad civil a los hombres.
Las reivindicaciones de las preciosas (de precio, valor) fueron la toma de conciencia del valor singular de la mujer; sin conocer el feminismo y sin saberlo, fue el movimiento feminista de aquella época que protestaba solapadamente de la situación humillante de la mujer, poco más que una sirvienta en las clases medias. Fue un movimiento autorizado de rebeldía incipiente que, no obstante, tan sólo se pudo manifestar en la moralidad femenina, en la vida mundana, en la literatura y en el lenguaje, aunque por la afectación terminara en ridículo; así, los salones de Madame de Rambouillet y de Mademoiselle Scudery podrían considerarse como centros de un movimiento contestatario.
La sociedad sufría el peso de la tradición que, a través de santo Tomás de Aquino, venía de Aristóteles: la mujer nace de un fallo de la naturaleza, es un hombre fallido; y por ser imperfecta debe estar sometida al hombre. Ideas consideradas corrientes en todas las capas de la sociedad, desde el mendigo hasta el aristócrata.
Si no en cuanto a la doctrina sobre la naturaleza humana de mujer, sí en sus funciones y comportamiento, la Iglesia era más dura. Que la mujer proceda del hombre lo señala claramente el Génesis. Aquellos eclesiásticos tenían además presentes las recomendaciones de San Pablo: «El jefe de la mujer es el hombre [1 Cor. 11,3]; la mujer lleve velo en la iglesia [1 Cor. 11,4-16]; las mujeres que se callen en la iglesia» [1 Cor. 14,34-35].
La jerarquía de la Iglesia es masculina y suele desconfiar de la mujer a la que frecuentemente cree ocasión de pecado. En aquel siglo, desconfiaban hasta de las religiosas. La escandalosa moralidad de algunos sacerdotes y religiosos encontraban explicación y disculpa en la acusación generalizada de haber sido esclavizados por la maldad femenina.
Vicente de Paúl, sin embargo, se liberó de esta concepción antihumana o mejor dicho, antinatural. No que se atribuya a Vicente de Paúl ideas modernas de la lucha feminista actual; ni se lo planteó. Él seguía un doble principio: los pobres necesitaban a las mujeres y éstas tenían que responder de la misión que les había encomendado Dios. Hizo de la mujer la protagonista de la historia, de la sociedad y de la Iglesia porque supo leer los signos de los tiempos en clave subversiva.
Organizando, a través de las Cofradías de la Caridad, a miles de mujeres de las clases altas y comprometiéndolas en una labor en favor de los pobres, hizo la primera gran revolución social para liberar a los oprimidos. Entonces, se llamaba beneficencia o caridad, hoy lo consideramos una obra social hacia los ciudadanos pobres desatendidos por el Estado. Una organización compuesta exclusivamente por mujeres, dirigida por Vicente de Paúl, se empeñó en solucionar problemas que atañían a todos, pero que los sufrían sólo las familias humildes: niños abandonados, presos condenados a galeras, ancianos, enfermos sin dinero ni seguridad social, inmigrantes y refugiados de las guerras, y hasta ricos venidos a menos y ocultos detrás de su vergüenza: los pobres vergonzantes.
Luisa de Marillac fue una colaboradora fundamental en esta revolución femenina. No es aventurado decir que sin Luisa la obra vicenciana sería muy distinta. A pesar de todo, los sentimientos de Luisa estaban más acordes con la situación tradicional de la mujer. Había sentido duramente el peso de la sociedad por el mero hecho de ser mujer y tener un origen oscuro. Tuvo que asumir sus estructuras sociales y no se atrevió a rebelarse. Es que además le era imposible; su sicología fuertemente cansada la llevaba a buscar apoyo, y lo encontró en Vicente de Paúl.
Podría hacerse una comparación con otra mujer feminista, Luisa Labe, que cien arios atrás había escrito en el prefacio de sus obras: «Habiendo llegado el tiempo, señorita, en que las severas leyes de los hombres no impiden ya a las mujeres dedicarse a las ciencias y a las disciplinas…». También, Luisa tiene un texto parecido que comienza: «Es evidentísimo que en este siglo la divina Providencia se ha querido servir del sexo femenino para que aparezca que era ella sola la que quería socorrer a los pueblos afligidos y dar poderosas ayudas para la salvación» (E 71).
Con este párrafo, Luisa aceptaba la inferioridad femenina: la convicción de ser el momento del sexo débil no indica igualdad sino inferioridad, ya que la divina Providencia la ha elegido por ser inferior al hombre y para manifestar así que es ella sola quien socorre al pobre.
Este sentimiento de inferioridad lo expresó también en 1653. Cuando las Damas soñaban con un hospital general para los mendigos y preparaban su construcción, encargaron a Luisa un proyecto y, como era habitual en ella, lo hizo por escrito. Conservamos el borrador:
«Si se mira la obra como política, parece que la deben emprender los hombres; si se mira como obra de caridad, la pueden emprender las mujeres… Que sean ellas solas, parece que ni se puede ni se debe; por ello, sería de desear que algunos hombres de piedad… se les uniesen, tanto para los consejos, diciendo su parecer como una de ellas, cuanto para actuar en los procesos y actuaciones de la justicia…
Hay que desear… que los hombres ayudantes no se desdeñen de este papel, aunque, hablando humanamente, parece que esta manera de actuar no sea razonable, al no ser lo ordinario» (D 558).
La segunda revolución no parece tan llamativa porque no repercutió en la nobleza. Muchos ni se dieron cuenta que era una revolución más peligrosa para los estamentos nobles, establecidos en sus privilegios religiosos y eclesiales
A causa de la dote que debían llevar, la mayoría de las mujeres pobres tenían cerradas las puertas de los conventos. A lo más que llegaban unas cuantas, era a legas para los trabajos físicos del convento. Y si una religiosa de familia pobre había llevado dote, no podía tener cargo que implicara superioridad sobre las otras de categoría noble.
La Compañía de las Hijas de la Caridad supuso una perturbación silenciosa. Para entrar en la Compañía, no exigían dote; su dote era el trabajo. A todas, ricas o pobres, se les pedía el mismo servicio material y espiritual con los pobres. Y los puestos de autoridad se elegían o se nombraban teniendo en cuenta las cualidades personales y no la categoría social de las familias a las que pertenecían.
Se puede afirmar que, desde los comienzos, los miembros de esta cofradía pertenecían en su totalidad, con raras excepciones, a las clases bajas de la sociedad. Era la razón por la que Luisa se admiraba de que estas pobres mujeres se fueran igualando, según pasaban los años, a las personas de categoría, dedicándose a obras de caridad que en aquel siglo les pertenecía a las familias pudientes79.
No es de extrañar que la nueva Compañía intrigara no sólo a los obispos sino también al mismo Procurador General. Intrigaba a los obispos, porque era cierto que el Concilio de Trento y la Constitución «Quaecumque» de Clemente VIII (7 de diciembre de 1604) daba normas que regulaban la creación y actividades de las cofradías, y también era cierto que entre estas normas había una por la que se otorgaba a los obispos la facultad de autorizar nuevas cofradías y de aprobar los estatutos, pero la cofradía de las Hijas de la Caridad iba tomando el sesgo de una congregación más que de una cofradía. Y preocupaba al Procurador General porque las congregaciones religiosas obligaban a los votos solemnes que eran indisolubles y daban la incapacidad jurídica a las profesas. Al no poder salir del convento, nunca podrían reclamar una parte de la herencia, mientras que las Hijas de la Caridad tenían libertad para abandonar la cofradía y conservaban sus derechos a los bienes familiares.
La tercera revolución, intentaron hacerla otros muchos y no lo lograron. Fue una sublevación pacíficamente religiosa que conmovió desde los cimientos a toda la legislación de la Iglesia y a la naturaleza misma de las congregaciones religiosas. Con la fundación de las Hijas de la Caridad, quedó superado el concepto de «instituto religioso» y comenzó en la Historia de la Iglesia un nuevo estilo de consagración femenina que asume una parte importante en la tarea caritativa de la Iglesia. Después de las Hijas de la Caridad, la Iglesia no tuvo reparos en aprobar nuevas congregaciones seculares de mujeres.
Fue Luisa de Marillac quien logró realizar la maravillosa idea que, de común acuerdo, habían concebido los dos santos en frecuentes conversaciones: una Compañía sin votos solemnes ni clausura, dedicada en su totalidad y exclusivamente al servicio material y espiritual de los pobres y ser admitida así por la Iglesia. Las Hijas de la Caridad no eran religiosas sino seculares. La señorita Le Gras recordaría aquel 4 de junio de 1623, cuando en una Noche mística, el Espíritu Santo le comunicó que llegaría un tiempo en que con otras mujeres estaría en una pequeña comunidad donde, sin guardar clausura, podrían ir y venir. Entonces no lo comprendió (E 3).
Hubo una cuarta revolución que ni entonces ni hoy se la ha tenido en cuenta, a pesar de ser la más cristiana. La misma que inició Jesús de Nazaret: Pusieron al pobre como centro de la sociedad.







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