Orígenes del Beato Federico Ozanam

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Author: Fausto Leonardo, C.M. · Year of first publication: 2013 · Source: Web Sociedad de San Vicente de Paúl (España).
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Frederico_OzanamTal palo, tal astilla, dice el adagio. Este dicho se puede aplicar perfectamente a los padres del beato Ozanam, de los cuales querría enunciar algo de sus vidas porque ellos son la fuente más genuina de la que bebió Ozanam.

Juan Antonio Ozanam y María Nantas, habiendo emigrado de Lyon a Milán, Italia, concibieron y dieron a luz al quinto de sus hijos el 23 de abril de 1813, al que pusieron por nombre Federico Antonio.

En la intimidad familiar, este es un hecho simpático, su padre le llamaba Fred y su madre Deric. Nosotros también, que somos de la Familia Vicenciana, lo llamaremos Fred, al menos aquí, así lo sentimos también parte nuestra.

Juan Antonio, después de su experiencia militar y comercial, se recibió de doctor en medicina en Pavia, Italia, en 1810, a los 37 años de edad. Durante su estancia ayudó como profesional sanitario a los enfermos y heridos de la guerra de Rusia, así como a los franceses y a los austríacos. Brilló por su generosidad y cuidados a los heridos y enfermos.

En 1816, Juan Antonio, regresó con su esposa e hijos nuevamente a Lyon. Él fue un hombre tenaz, decidido, estudioso, íntegro, cabal y de una profunda vida religiosa. Leía la Biblia en latín y oraba en familia. Perteneció a la Cofradía del Santo Sacramento. Cuidaba a los enfermos y avisaba a los sacerdotes cuando estaban graves de muerte. Durante quince años fue médico voluntario en la parroquia san Pedro de Lyon. Socorría con sus dineros y recursos a los pobres al salir del hospicio. El 12 de mayo de 1837, mientras prestaba sus servicios en una cueva, se cayó golpeándose la cabeza. Cuatro días más tarde fallecía a consecuencia del accidente.

María Nantas era natural de Lyon. Sufrió el horror de la revolución. Vio aprisionar a sus padres, los cuales escaparon de la guillotina y huyeron a Echalons, Suiza. Allí hizo su primera comunión. Estuvo casada 37 años con Oza, como le decía cariñosamente a su marido, Juan Antonio.

María era de un natural muy sensible y delicado. Su carácter era dulce y amable, vivaz y de buen humor, no obstante su frágil salud. Compartía la vida laboriosa de Juan Antonio. No se permitía lujos, cuidaba de la ropa, cosía y hacía los vestidos. Trabajaba todo el día hasta la hora de cenar. Se encargaba de alimentar a sus hijos, aunque tenía una empleada doméstica. Enseñó a leer a sus hijos y les dio las primeras lecciones de religión; les enseñaba a estudiar y los llevaba a la iglesia los domingos. Cada quince días iba de voluntaria a la Sociedad de Buenas Obras para dar formación e instrucción a los ancianos de la parroquia san Pedro. Anualmente les daba un retiro, que preparaba minuciosamente. Murió el 14 de octubre de 1839, dos años más tarde que su marido.

Fred nació con una constitución física delicada, en esto se parecía a su madre, y a los seis años sufrió una fiebre tifoidea que lo llevó al borde de la muerte, se salvó milagrosamente. Desde muy temprana edad comprendió el sentido moral, esto es, de la rectitud, de la sinceridad y del sentido del honor, en esto se parecía a su padre. Se despertó en él la sensibilidad por los que sufren y por los pobres, en esto se parecía a ambos.

Inició, como alumno externo, sus estudios en el Colegio Real de Lyon, dirigido por el Padre Rouseau. Muy pronto Fred brilló por la rectitud de espíritu, la claridad, la precisión y concisión de estilo en el análisis y en sus lecciones verbales. El Sr. Legeay conservó los deberes y composiciones del chico.

A los trece años escribió en latín, ¡atención!, el «Sermón sobre la conversión» en el cual se lee: «No tardéis en convertiros al Señor […] ¿Qué es la ley de Cristo? Es una ley de amor y de caridad; ella ha civilizado el mundo. Comparad lo que era el mundo antes de Jesucristo, y lo que ha sido después. Esta ley santa es el mayor bien que la creatura ha recibido del Creador».

Siendo aún chaval, Fred traducía y analizaba textos de los clásicos y hacía versiones de Tucídides, Tácito, Homero o Virgilio. ¿No es esto asombroso para un crío? Pues, sí. Y si sobresalía en los ejercicios literarios, y en la composición poética latina, no lo será menos en religión y en los temas patrióticos.

Entre los trece y quince años Fred se perfila como poeta, pensador profundo y filósofo cristiano. Brilla en él el entusiasmo por la religión y la libertad. «En medio de un siglo de escepticismo, Dios me ha hecho la gracia de nacer en la fe». El Padre Noirot, en los momentos de duda, le reafirmó en la fe. Entonces, iluminado por la gracia divina, el joven Fred se comprometió con Dios: «Yo prometí a Dios consagrar mi vida al servicio de la verdad». Y lo cumplió.

Fred se graduó de bachillerato a los dieciséis años y medio. Su padre quería para él una carrera honorable, la de abogado, la cual cursará, más por obediencia que por gusto, hasta doctorarse como jurista. Mientras tanto, aprende alemán, hebreo y sánscrito, el latín lo había aprendido de niño con su padre y su hermano mayor. Para cuando saca la carrera de literatura extranjera sabe inglés, italiano y español.

Juan Antonio y María, le dieron a su querido hijo Fred-Deric, una educación cristiana sólida. Su brillante inteligencia y sus dotes para el estudio, avivados en el Colegio Real de Lyon, darían a la Iglesia y a la sociedad francesa a un insigne hombre de luces cuya huella aún perdura doscientos años después.

Él será la aguja que pasará el hilo de la fe y la caridad a una generación de jóvenes de su tiempo.

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