Organización que las Hijas de la Caridad recibieron de sus fundadores

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  • I. Reglas del Instituto

Es sabido que las Hijas de la Caridad no formaron al principio una asociación distinta de la Cofradía de su mismo nombre; era, sin embargo, el término natural de sus pasos; y gradualmente fueron adquiriendo de día en día esta independencia y moviéndose en su órbita pro­pia y particular. Durante los ocho o diez años que duró el proceso de esta evolución, vivieron sucesivamente en la parroquia o barriada de San Nicolás del Chardonnet (1633-1636); en la Chapelle, aldea próxima a Pa­rís entonces y hoy parte de la capital (1636-1641); y por fin, en el barrio San Dionisio, cerca de la residencia de San Vicente y su otra Congregación de los PP. Paules, adonde se trasladaron en la primavera de dicho ario de 1641. Esta última casa fue realmente la casa madre de las Hijas de la. Caridad y donde el nuevo instituto recibió su forma definitiva. En ella hicieron los votos las pri­meras Hermanas con la Beata Luisa de Marillac, en ella las dio San Vicente las reglas o constituciones y en ella, por fin, pronunció el Santo aquella serie de alocuciones o conferencias, con que fue formando el corazón de sus Hijas en la práctica de todas las virtudes, especial­mente de aquellas que habían de ser el alma y al mismo tiempo el ideal y la aspiración de la Hija de la Caridad de todos los siglos.

Resumen y síntesis de este ideal son las Reglas. San Vicente se las dio en varias ocasiones, modificando su­cesivamente alguna que otra prescripción con arreglo a las nuevas luces y dictámenes de la experiencia. Base y principio de las mismas fueron los reglamentos de cada una de las fundaciones del Instituto que San Vicente y la Beata Luisa de Marillac habían ido redactando y he­cho practicar a las Hermanas en su labor caritativa de todos los instantes. De suerte, que en 1643, bien puede asegurarse que apenas si había una sola circunstancia de la vida espiritual o una manifestación la más mínima de la actividad benéfica del Instituto que no estuviesen previstas y reguladas por los Fundadores. Así la com­posición de las Reglas comunes no fue difícil. El Santo se las dio por primera vez a sus hijas el 30 de mayo de 1647. Pocos años antes, al menos en 1643, las tenía ya compuestas. «Están divididas en dos partes—decía a las Hermanas el 14 de junio de dicho año—: la primera señala en quince artículos lo que debéis hacer cada ho­ra; la segunda os da algunos avisos para ayudaros a practicarlas bien». Con todo, no se habían hecho co­pias de ellas ni repartido a las Hermanas. Como en to­das las cosas, San Vicente procedió en esto sin prisas, con reposada lentitud. Cuanto menos hubiera en ello del hombre—pensaba—más habría de Dios, garantía supre­ma de acierto y estabilidad. En 1645 se decidió a dár­selas en toda forma y redactó una solicitud para el se­ñor Arzobispo de París, pidiéndole tuviese a bien erigir en cofradía o Asociación aparte a las Hijas de la Ca­ridad y aprobar las Reglas por las que hasta entonces se habían dirigido. La solicitud no fue a su destino has­ta el año siguiente, después de haberla visto la Beata Luisa de Marillac y sufrido algunas modificaciones. El Arzobispo de París, Ilmo. Sr. D. Juan Francisco de Gondi, no tuvo dificultad en acceder a cuanto San Vi­cente le pedía, y por medio de su sobrino y coadjutor, el más tarde famoso Cardenal de Retz, hizo expedir un decreto por el que establecía en asociación canónica a las Hijas de la Caridad y aprobaba las Reglas que el Santo las había dado, pero añadiendo—de conformidad con los términos de la instancia de San Vicente y en ra­zón a que se trataba de una corporación extendida sólo por algunos puntos de Francia—que el nuevo instituto «debería estar siempre bajo la autoridad y dependencia» de los Arzobispos de París.

TaI disposición alarmó grandemente, y con motivo, a la Beata Luisa de Marillac. «Esta dependencia de Su ilustrísima, escribió a San Vicente  expuesta en términos de tan absoluta determinación, ¿no podría perjudi­carnos algún día, dada la libertad que se le concede para sacarnos del gobierno del Superior general de la Mi­sión? En nombre de Dios, señor, no paséis por nada que en adelante pueda dar pie a alguno para apartar a’ la Compañía de la dirección que Dios la ha dado; pues no ignoráis que desde el momento en que tal sucediese, ni las Hijas de la Caridad serían lo que son, ni los pobres serían socorridos, con lo que ‘es fácil comprender’ que nos hallaríamos fuera de los términos de la voluntad de Dios, en la cual soy, etc.». San Vicente vio, sin du­da, los peligros que podían seguirse de dicha cláusula y que tales y tan santas inquietudes habían levantado en el alma de Luisa de Marillac; pero la devoción que siem­pre tuyo. a la más mínima determinación de los señores Obispos, le hizo cerrar los ojos a toda contingencia del porvenir y, reconocido, comunicó a sus Hijas, en la fe­cha va mencionada del 30 de mayo de 1647, el decreto en cuestión, junto con las Reglas.

Fue éste uno de los actos más importantes en la historia de la formación y de los orígenes del Instituto.

Más tarde, a instancias, repetidas de la Beata Luisa de Marillac, solicitó San Vicente de la Autoridad eclesiás­tica lleva aprobación de las Reglas y del Instituto, pidiendo, expresamente que el gobierno superior de las Hijas de la Caridad estuviese siempre a cargo del Supe­rior general de la Congregación de la Misión. El Carde­nal de Retz, ya Arzobispo de París, accedió, con fecha 18 de enero de 1655, a nueva súplica del Santo, bien que en forma algo restringida, motivada por la razón que anteriormente adujimos, y después de firmarle a él «por toda la vida» en el gobierno y dirección de dicho instituto, hizo extensiva la autorización, como se pedía, para después de la muerte del Santo, «a los Superiores generales de la Congregación de la Misión.

Modificación tan legítima y esencial en el gobierno del Instituto, exigía otras modificaciones en las Reglas, las que en tal sentido enmendadas, dio el Santo nuevamen­te a sus Hijas el 8 de agosto de 1655. A juicio del mismo San Vicente, representaban la forma definitiva y en que podían «transmitirlas a la posteridad». Cons­taban de cuarenta y tres números, uniformemente se­guidos, sin separación de materias ni distribución de éstas en capítulos.

A su luz, lo propio que a la luz de las conferencias del Santo a las Hermanas, podemos examinar la consti­tución del nuevo Instituto. En él, como en todo organis­mo, se echan de ver dos clases de elementos esenciales y permanentes unos, accidentales y secundarios los demás, En el número de los primeros, deben contarse: a), la práctica  de los consejos evangélicos como medio de santificación personal de las Hermanas  b) la vida de comunidad, conforme a las Reglas; y c), el ejercicio de la caridad con los pobres en medio del mundo.

Brevemente, como lo pide el, carácter del estudio que nos ocupa, vamos a hablar de unos y otros. Es la única manera de dar idea cabal del Instituto.

 

  • II. Elementos esenciales de la congregación de las Hijas de la Caridad
  1. a) Santificación personal de las Hermanas.

En este empeño deben sobresalir los cristianos, y entre los cristianos, los llamados especialmente a dejar todas las cosas por El y a seguirle con la práctica santificadora de los consejos evangélicos. Tales son las Hijas de la Cari­dad. De aquí su obligación ineludible de procurar la san­tificación de sus almas. Así se lo recomendaba un día y otro San Vicente. Cuanto más grande era el beneficio que Dios las hacía llamándolas al ejercicio de la prime­ra de todas las virtudes, de la caridad, y más expuesto a distracciones el ministerio de su vocación, mayor de­bía ser el ansia de su perfeccionamiento y unión con Dios. Su virtud debía exceder a la virtud misma de las religiosas. En especial debían darse a la práctica de la caridad, de la humildad y de la sencillez. Estas tres virtu­des debían ser el alma y el distintivo de su Congrega­ción. «Sabed, mis queridas Hermanas, las decía San Vi­cente en la conferencia del 9 de febrero de 1653, que el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: en amar a Nuestro Señor y en servirle con espíritu de hu­mildad y de sencillez. Mientras la caridad, la humildad y la sencillez se conserven en vosotras, se podrá decir: la Compañía de las Hijas de la Caridad vive aún… Mal el día en que la caridad, la humildad y la sencillez desaparezcan de la Compañía, ésta habrá muerto, sí, habrá muerto… Como un cuerpo desde el instante en que es abandonado del espíritu, muere, así una Hija de la Ca­ridad que no tiene su espíritu, está muerta. ¿Dónde está la caridad de aquella Hermana que carece de humildad y de sencillez y que no sirve a los pobres buenamente, con amor? Está muerta. Mas si posee estas virtudes, vive; porque ellas son la vida de su espíritu.

«Comprendéislo así? Me entendéis bien, hijas mías? «Muchas Hermanas respondieron: «Sí, Padre mío.

«Nuestro muy respetable Padre añadió: «Una vez más os repito, Hermanas mías, que- el es­píritu de vuestra Compañía consiste en el amor a Nues­tro Señor, en el amor a los pobres, en vuestro mutuo amor, en la humildad y en la sencillez. De no poseer estas virtudes, valdría más que no existiesen Hijas de la Caridad».

Principio de esta santificación debía ser el tiempo de formación en el Noviciado. Por esta puerta debían entrar todas en el Instituto, no sólo las jóvenes, sino las mis­mas señoras que aspirasen a formar parte de él. «Por lo que hace a la Sra. Turgis, escribía San Vicente a la Bea­ta Luisa de Marillac en 1636, será bueno que desde el principio la tratéis como a una de las Hermanas y que se disponga a hacer un noviciado de algunos meses…»Directora de este Noviciado, o Seminario, como al fin lo llamó San Vicente, fue la misma Luisa de Marillac hasta 1647, en que la sustituyó otra Hermana, Sor Juliana Loret. La separación entre seminaristas, o novicias, Hermanas antiguas, en la Casa de formación, no se llevó a efecto hasta después de la muerte de los fundadores en tiempo del inmediato sucesor de San Vicente. La duración del Seminario debía ser de seis meses.

Consecuencia de estos anhelos de perfección fue la idea de los votos, acariciada desde muy temprano en el Instituto. No se puso, con todo, en práctica hasta el 25 de marzo de 1642, fecha memorable, en que la Fundado­ra y cuatro de sus Hijas hicieron para siempre los de pobreza, castidad, obediencia y perseverancia en el servi­cio de los pobres. Más tarde fueron haciéndolos otras Hermanas, ya perpetuos (?), ya temporales, de un año. En tiempo ‘de los fundadores no se estableció sobre este punto ninguna obligación. La Hermana que se sentía movida a hacerlos–y pocas dejaban de experimentar este impulso—, los hacían después de tres, cinco, seis y aun siete y nueve años de prueba, y obtenido el permiso de San Vicente o del sacerdote de, la Misión nombrado Director de las Hijas de la Caridad por el Santo. De ordinario, antes de hacer los votos perpetuos los hacían por algún tiempo anuales. Al fin, se hizo exclusiva esta práctica de los votos anuales, y el señor Almerás, inmediato sucesor de San Vicente, la convirtió en regla del instituto. Desde entonces las Hijas de la Caridad que han cumplido los cincos años de noviciado, son admitidas a los santos votos, duraderos hasta la fies­ta de la Anunciación, en cuyo día—y de año en año—los hacen y renuevan todas.

Vida de Comunidad conforme a las Reglas.    

Esta condición de la vida común es tan de la esencia de las Hi­jas de la Caridad, que sin ella ni siquiera se concebiría el Instituto. Las Hijas de la Caridad no son estrictamente ni se llaman religiosas, porque en el siglo XVII no se conocía, o al menos no se había vulgarizado para la mujer, otra forma de institución de esta clase que la del claustro; pero, sustancialmente, en nada se distinguen de muchas de ellas. Son verdadera comunidad. Ocho meses después de reunirse para dar comienzo a su Corporación, las decía San Vicente: «Hace algún tiempo que habéis juntado para vivir en un común propósito… qué ventaja la de vivir en Comunidad; pues cada una las particulares participa del bien que hace todo el cuerpo!».

Y esta vida de Comunidad quería el Santo que fue verdaderamente íntima, de familia. Pasando adelante en la perfección de este ideal, hasta las ponía ante los ojos la unión de las tres personas de la Santísima Trinidad como espejo en que debían mirarse. «Hame parecido, clamaba la Beata Luisa de Marillac, repitiendo a San Vicente, que para ser fieles a Dios debemos conservar entre nosotras una unión parecida a la que el Espíritu Santo establece entre el Padre y el Hijo».

Coronamiento, a la vez que garantía y apoyo de esa vida común, es la perpetuidad de la misma. La Hija de la Caridad, al dar su nombre al Instituto, lo hace—con las religiosas- sin limitación de plazo, para siempre. Sin ese propósito no sería admitida en él. Sus votos son por un año, pero este límite no indica el fin de sus obligaciones para con Dios, en el llamamiento que de él ha hecho, ni con la Compañía: es solamente el término de uno de los plazos temporales en que, para más suavidad, ha dividido la Congregación el ofrecimiento perpetuo que sus hijas hacen a Dios al entrar en ella. Refiriéndose a la fórmula de estos mismos votos, escribía uno de los Superiores generales del Instituto : «Veis  claramente, mis queridas Hermanas, que en esta fórmula que pronunciáis en la santa Misa, pero antes de comunión, hacéis los cuatro votos simples de pobreza, castidad, de obediencia al Superior general de la Congregación de la Misión, que lo es igualmente de vuestra Compañía, y de estabilidad en ella, para aplicaros al servicio corporal y espiritual de los enfermos, vuestros queridos señores, por toda la vida, en cuanto de vosotras penda. Y si la Congregación, por prudentes motivos, os permite hacerlo cada vez más que por un año, es condición de renovarlos anualmente, el día y fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen…».

Así y no de otra manera hay que entender las frases poco precisas y ocasionadas a error con que ciertos his­toriadores y panegiristas de San Vicente de Paúl comen­tan retóricamente el carácter de los votos de las Hijas de la Caridad.

  1. c) El ejercicio de la caridad con los pobres en medio del mundo.—Antes de las Hijas de la Caridad había re­ligiosas que se dedicaban al servicio de los enfermos, pero sin salir de sus casas, en los hospitales que estaban a su cargo. San Vicente encomendó también a sus hijas, según queda indicado, el servicio de estos y otros esta­blecimientos de caridad, pero públicos y de los que ellas mismas podían y debían salir en ocasiones, cuando sus deberes las llamasen a otro lado. Esto, además de la obli­gación en que las puso de acudir en auxilio de los po­bres enfermos en las casas de ellos mismos y dondequie­ra que la necesidad o el desconsuelo las llamase. Este ejercicio de la caridad a puertas abiertas, en medio del mundo, es su distintivo, el sello inconfundible de su Ins­tituto. Para no renunciar a él, como hubieron de renun­ciar a él, poco antes, las Salesas, fue por lo que tanto em­peño puso San Vicente en que las Hijas de la Caridad no fuesen religiosas. Así debían prevenírselo a las jó­venes que pretendían ingresar en su Congregación. Ad­vertid a esas postulantes, escribía a una Superiora en 1658, «que vuestra Compañía no es una religión ni vues­tra casa un hospital de donde no haya de moverse, sino una asociación de doncellas que acuden continuamente, para la asistencia de los pobres enfermos, a diversos pun­tos y en horas precisas. cualquiera que sea el tiempo que haga».
  • III. Constitución jerárquica

La dirección suprema del Instituto permaneció siem­pre, hasta 1660, en manos de San Vicente de Paúl, como fundador de las Hijas de la Caridad. A petición del San­to, según queda dicho, y conforme a los vehementes de­seos de la Beata Luisa de Marillac, dispuso el Cardenal de Retz, al aprobar segunda vez las Reglas del Institu­to, en 1655, que a la muerte de San Vicente pasase dicha autoridad, en todo tiempo, a los Superiores generales de la Congregación de la Misión, falló que el 8 de junio de 1668 aprobó la Santa Sede por su legado en Francia, Cardenal Vendome, y confirmaron más tarde, en una u otra forma, los Sumos Pontífices Pío VII, en sus breves de 1804 y de 12 de junio y 27 de noviembre de 1818; León XII en 1827; Pío 1X en 1878, y León XIII el 8 de julio de 1882.

Por lo que hace a la determinación de la Superiora, primero de la Casa de Formación, y después de todos los establecimientos de la Compañía, no fue cosa difícil. La diferencia de clase que mediaba entre las primeras Her­manas y Luisa de Marillac hizo que todas la rindieran natural e indiscutible obediencia. A resaltar más esta di­ferencia en favor de la Bienaventurada contribuían la mayor ilustración, prudencia y virtud que las Hermanas veían en ella, y sobre todo la abnegación y cariño que evi­dentemente las profesaba y con que las que iba formando en los deberes y ministerios de su común vocación. Más que Superiora de las Hermanas, era su inteligente directora y su madre. En la vida de. trabajo y abatimiento de las caridades, puede decirse que el principal sostén de las que perseveraban, era el ejemplo, amor y dulzura que veían en ella. Al revés de otras señoras y presidentas de las Caridades, que no salieron de su papel de tales, 12 Beata Luisa de Marillac se fundió desde un principio con las aspiraciones y deseos de aquellas jóvenes que, por consejo de San Vicente, habían venido a su lado para incorporarse en el servicio de los pobres. socorridos por la Aso­ciación. Realmente, ella fue, no sólo la fundadora del instituto con San Vicente, sino la primera de las Hijas de la Caridad. Con estos antecedentes, se explica sin vio­lencia la natural y espontánea sumisión en que las Her­manas estuvieron siempre respecto de la Beata Luisa de Marillac. Para sucederla en el cargo de Superiora de la Congregación, se determinó, después de algunas vacila­ciones, que fuera una de las mismas Hermanas, elegida por ellas, de tres en tres años, a mayoría de votos.

Con el Superior y la Superiora debían formar parte del Consejo tres Hermanas más, elegidas igualmente por la Comunidad, como se efectuó por primera vez el 28 de mayo de 1657. La duración de las consejeras, llama­das también oficiales, fue primeramente de un año. Des­pués, desde 1651, se extendió a tres. Las Hermanas del Consejo—lo propio que la Superiora—podían ser tan­to de París como de fuera de París. En vida de los fundadores se fijó también la cláusula de que sólo podían ser electoras las Hermanas que contasen seis años de vo­cación. Para ser elegida Superiora quería asimismo San Vicente que tuviera al menos treinta años de edad y diez de vocación: las oficialas; o consejeras, bastaba que tuviesen veintiocho de edad y ocho de existencia en la Compañía. Al frente de las casas particulares estaba una Hermana, a quien se daba el título de Superiora o Hermana Sirviente, título este último que San Vi­cente dio alguna vez a la propia Luisa de Marillac, y ella a sí misma por humildad.

Otros órganos o formas de gobierno, como Visitadoras, etcétera, no tuvo la Congregación en tiempo de los fun­dadores, lo cual se explica atendiendo al limitado, bien que importante desarrollo de la misma hasta 1660.

PONCIANO NIETO.

 

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