Obediencia responsable

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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asd«Haced caso a vuestros dirigentes y sed dóciles, pues ­ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables. Que puedan cumplir su tarea con alegría y no suspirando, pues lo contrario no os traería cuenta». (Hb 13,17).

­ «Los miembros de la Congregación con espíritu de corresponsabilidad y recordando las palabras de San Vicente, pondrán empeño, según sus fuerzas, en obedecer a los Superiores con prontitud, alegría y perseverancia. Se esforzarán, por tanto, en secundar las decisiones de los Superiores a la luz de la fe. por más que estimen que el propio parecer es mejor». (C 37,2).

Lo más serio para los Superiores no es el mandar, sino cómo mandar. Deben mandar de tal manera que facilite la obediencia activa y responsable, la que es propia del consagrado a Dios. No es tampoco cuestión de obedecer, sino de cómo obedecer, ya que la obedien­cia debe ser respuesta, un claro signo de la entrega total a Dios y de agradecimiento a los que hacen sus veces.

  1. Los superiores «lugartenientes» de Dios.

No se trata de un honor, sino de una seria respon­sabilidad. Y si se quiere considerarlo como honor, lo será porque el Superior es, de verdad, presencia de Dios en la comunidad, su voz, una mediación de su voluntad.

«Los Superiores que han de dar cuenta a Dios por las almas que se les han confiado (Hb 13,17), dóciles a la voluntad de Dios en el desempeño de su cargo, ejer­zan su autoridad en espíritu de servicio a los hermanos, de suerte que expresen la caridad con que Dios les ama. Rijan a sus súbditos como hijos de Dios y con respeto a la persona humana, promoviendo la subordi­nación voluntaria… Llévenlos a cooperar con obedien­cia activa y responsable en el cumplimiento de sus ofi­cios y en la aceptación de las iniciativas. Así, pues, los Superiores han de escuchar gustosos a los súbditos y promover sus anhelos comunes del bien del Instituto y de la Iglesia, salva, con todo, su autoridad de determi­nar y mandar lo que hay que hacer». (PC 14).

  1. Obedecer en espíritu de fe y de caridad.

«Obedecer es amar» si es una obediencia obsequio­sa y para que lo sea necesita fundamentarse en la fe. Aceptamos lo que nos mandan los Superiores porque vemos a Dios en ellos y a ellos en Dios, como dice San Vicente en las Reglas Comunes (V, 1).

«Movidos por el Espíritu Santo, se someten en fe a los Superiores lugartenientes de Dios, y por ellos son conducidos al servicio de todos los hermanos en Cristo, como el mismo Cristo por su sumisión al Padre sirvió a los hermanos y entregó su vida en la redención de muchos».

«Obedezcan con espíritu de fe y de amor para con la voluntad del Padre, humildemente, según las Reglas y Constituciones, aportando las fuerzas de la inteligen­cia y de la voluntad y los dones de la naturaleza y de la gracia en la ejecución de los preceptos y cumplimiento de los oficios que se les ha encomendado, sabiendo que prestan su colaboración a la edificación del Cuerpo de Cristo según el designio de Dios». (PC 14).

  1. La obediencia que pide San Vicente.

En las Reglas Comunes es fácil ver cómo quiere San Vicente que sea la obediencia de los misioneros:

  1. Obediencia fiel a toda autoridad. (RC V 1).
  2. Obediencia leal y sincera al Papa. (RC V 1).
  3. Obediencia humilde y constante a las obispos en cuyas diócesis trabaja la Congregación.(RC V, 1).
  4. Pronta, de buena gana, perseverante al Superior general, como con una especie de obediencia ciega (RC V 2). Y lo mismo a los demás supe­riores: superior local, visitador y oficiales su­bordinados. (RC V 3).
  5. Obediencia que nazca de la indiferencia (XI 526) y que lleve al misionero a no pedir ni rehusar nada. (RC V 4).
  • ¿Qué sentido tiene para mí el oficio de Supe­rior?
  • ¿Cuáles son las motivaciones por las que acato las disposiciones de los Superiores?
  • ¿Qué experiencia tengo de haber obedecido?

ORACIÓN:

«Oh Señor, que desde toda la eternidad tomaste la re­solución de obedecer, concédenos la gracia de obedecer a las Reglas, a los mandamientos de nuestros Superiores, a su voluntad significada de palabra, incluso mediante una señal, como exigen los santos Padres, que llegan a decir incluso que hay que obedecer a sus intenciones. Pero, sobre todo, concédenos la gracia de cumplir con toda exactitud la obediencia que hemos prometido con voto, entrando cada vez más dentro de los sentimientos de esta virtud. Esto es, hermanos míos, lo que pediremos insistentemente a Dios, entregándonos a su divina Majestad para alcanzar de l l esta gracia tan grande. ¡Oh Señor! ¡Qué será de la pe­queña Compañía de la Misión, si permanece siempre obe­diente al Papa, a los Obispos, a los Párrocos, a sus Supe­riores! ¡Cuántas bendiciones podrá esperar entonces de tu divina Majestad! ¡Que Dios nos conceda esta gracia». Amén. (XI

694).

 

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