Sí, la lucha titánica toca a su fin. ¿Dónde están aquellos vociferadores embusteros, calumniadores, farsantes de Julio, de Agosto, de Septiembre de 1936, que decían a las multitudes reunidas en mítines que los militares no servían para nada, que nunca habían ganado una sola batalla, mintiendo como bellacos? Que vengan ahora, y que lo repitan, que desde Irún a Oviedo, desde Sevilla a Toledo, desde Teruel a Lérida, desde las nieves del Valle de Arán a las playas de Castellón y sobre; todo desde la otra parte del Ebro, en Sierra de Pandols y de Caballs se levantará el eco de una voz aterradora que los apostrofará y les dirá:
—¡ Calla, embustero, que tú mismo no crees lo que dices; no mientas más! Y si no, ¿por qué huyes? ¿Por qué ni tan sólo ‘los esperas?
Sí, señor; este es el hecho, esta es la verdad. Por fin tendremos libertad, ya se acaba nuestra esclavitud. El Ejército Salvador se ha puesto en marcha; ayer estaba en Serós, hoy está Borjas Blancas, mañana en Ull de Molins, tal ella estará en Montblanch. Y los cálculos más optimistas se engañan, quedan cortos, y la gente se pregunta: ¿Cómo es posible que esta gente corra tanto?
Y se hacen apuestas. Unos dicen: A este paso el 10 de Febrero están en Barcelona. Otro dice que a primeros de Marzo, y resulta que el 21 de Enero están en Vendrell, el 22 han entrado en Villafranca del Panadés, el 24 están junto al Llóbregat, en Molins de Rey, ¡oh, oh! ¡ya están a puertas
, Barcelona! La capital catalana queda envuelta en un círculo, las tropas de Franco la rodean desde el mar junto a Montjuich por Cornellá, Esplugas, San Cugat, Horta, San Andrés de Palomar. La artillería prepara el avance, los dirigentes rojos marchan a toda velocidad, la ciudad está sin autoridades, la plebe hambrienta asalta las cooperativas en busca de alimentos que encuentra en abundancia y que pisotea y esparce, los aviones vuelan por encima de la ciudad, fe,, antiaéreos ya han enmudecido, los ojos se dirigen hacia el Tibidabo para ver si distinguen a los nuevos soldados, que pronto, pronto serán nuestros soldados, y con estas ansias pasa el día 25 y la noche, oyendo continuamente el tronar de la artillería, cuyos obuses ya caen sobre la montaña de San Pedro Mártir y todo Sarria tiembla y vibra. Horas de expectación nunca sentida. Y la gente se pregunta: ¿Y por qué no entran? Por la radio se nos anuncia que junto a Barcelona están las tiendas ambulantes, los camiones de «Auxilio Social» repletos de víveres para la ciudad desolada.
Desde el Domingo, 22, las carreteras están llenas de autos que se escapan. Comorera, el sábado, 21, había dado orden (:e cerrar todo el comercio, y todos los hombres hasta 55 años habían de acudir para ir fortificaciones, el miércoles, 25, 300 guardias pretenden romper la maquinaria de «La Vanguardia», otros pegan fuego a varios edificios para destruir documentaciones, entre otros al Hotel Colón de la Plaza de Cataluña; el jueves sólo se vende «El Diluvio» que trae en primera página (consta sólo de dos hojas) esta lamentación: «Esto no acabará en un lamentable epílogo». En la noche del 25 todavía por la radio se hacen cuatro o cinco peroratas en forma de arenga, diciendo que, si es cierto que la hora es grave, aun hay remedio. Que la ciudad aun puede y debe defenderse empezando desde la mañana siguiente las barricadas; todo el mundo a hacer barricadas, hombres, mujeres, niños; cada casa, una fortaleza, cada ventana, una trinchera. A defenderse con agua, con sillas, con mesas; hay que impedir que el militar traidor se apodere de nuestra ciudad, ciudadanos, ¡Viva la República! ¡Viva la libertad! ¡Viva la democracia! ¡Viva Barcelona! !Abajo el fascismo! ¡Mueran los traidores!
Después, dos cantan una letrilla inspirada en la consigna de Negrín: «Resistir, resistir, resistir, resistir es vencer».
¿Será posible tanta frescura, tanto cinismo? Sin duda los que tal hicieron, hablaban y berreaban desde Figueras o tenían el auto preparado para escaparse enseguida. La farsa se mantuvo hasta el último momento.
El lunes, 23, aun pude desempeñar mi ministerio asistiendo a las cinco de la tarde a un enfermo en la Bonanova, n buen muchacho, hijo de muy buena familia, y que mor la víctima de la guerra, habiendo ofrecido su vida a Dios por el bien de España. Se llamaba Antonio Camps.
El Sr. Abella en un intervalo en que la aviación no arrojaba bombas me acompañó en auto en compañía de los padres de la víctima que iban a verle por primera y última vez en aquel estado, y llegamos una hora antes de entregar su alma a Dios. Tenía el pulmón atravesado por un trozo de metralla y respiraba con gran dificultad por la espalda. Le di la absolución, y un poco después llegó un P. Jesuita y le administró la Extrema Unción. Pasados diez minutos se durmió tranquilamente en el Señor mientras los cañones de los Nacionales tronaban detrás de las inmediatas montañas. Parece que Dios le conservaba la vida para que yo llegase a tiempo.
Cuatro días llevaba yo de encierro forzoso en casa del Sr. Abella; ya veía en la portería a muchachos escapados del frente que no se recataban de nada ni de nadie, que referían la desbandada general de los soldados, lo mucho que habían corrido, como tiraban armas y uniformes por los campos y caminos, como los Nacionales avanzaban sin que nadie se lo impidiera. ¡Cuánto gusto daba oír tales noticias!
Por fin, el jueves, 26 de Enero, día memorable e imperecedero, a las cuatro de la tarde, oímos desde la radio, que ya teníamos preparada, estas y otras, parecidas exclamaciones de quien habla jadeante después de haber corrido mucho y casi no puede hablar: «Ya estamos aquí; somos nosotros, los soldados de Franco, ¡arriba España! ¡Barcelona, somos nosotros; ¡viva Franco! ¡españoles, estamos en Barcelona! ¡arriba España! ¡viva Franco! ; Zaragoza, Zaragoza, Conchita, María, soy yo, estamos en Barcelona, ¡arriba España!»
Todos quedamos como petrificados.—¿Qué es eso? ¿Qué dicen I ¿Es verdad? ¿No es un engaño?—Las exclamaciones no cesan; se conoce que son muchos y que se disputan el placer de hablar ante el micrófono. Llega el señor Abella, también jadeante y pálido, y pide a grandes prisas la bandera, preparada de antemano, para colocarla en el balcón, porque quiere ser el primero de la calle en hacerlo, no cede el placer a nadie: pero los demás, que lo deseamos más que él, todavía tememos un engaño, ¿no ha sucedido esto acaso? El señor manda, exige; la señora terne y suplica, él ordena, las niñas lloran, porque temen que nos van a matar si nos ven la bandera española en el balcón; continúa el griterío ante el micrófono; oímos que se ordena adornar los balcones, que salgamos a –tu calle a vitorear al Ejército de Franco que entra en Barcelona. ¡Oh Dios mío, qué impresiones!, y nosotros estamos aquí y los soldados de Franco ya entran, yo los quiero ver, yo los que-, ro aplaudir. Se pide que quien tenga una bandera de España di gran tamaño, cuanto mayor, mejor, que tenga la bondad de presentarla para colocarla en el balcón de la Radio Barcelona; si alguien tiene un disco con el Himno Nacional, se suplica lo presente ; y dentro breves_ momentos se comunica que ya han presentado una grande y hermosa bandera, y un poco después se oyen las alegres y transportadoras notas del Himno la Marcha Real, tantos años enmudecido y añorado, que escuchamos con lágrimas en los ojos y brazo en alto.
Ya no hay duda; esto se ha acabado. ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en Barcelona! ¡Viva la libertad! ¡Ya se acabó la esclavitud! Aperiantur carceres. El Sr. Abella coloca la bandera en el balcón con un enérgico ¡Arriba España! y los Vecinos, al verla exclaman, juntando las manos ante el pecho, ¡Oh, qué bonita! Enseguida el Sr. Abella destapa una botella de champagne, pero antes de beber, nos postramos de rodillas y rezamos con fervor una Salve a la Virgen con la triple invocación lauretana: ¡Reina de la paz! ruega por nosotros. Enseguida la señora Isabel llama a su fiel y diligente sirvienta, la presenta a los concurrentes y, emocionada, nos pide para ella un aplauso para testimoniar la satisfacción y gratitud que siente hacia ella por la buena conducta que ha guardado para con la casa durante el período que terminaba frente a tantas y tantas sirvientas que han causado serios disgustos a sus amos. Se lo tributamos de corazón, especialmente yo, pues lo tenía bien merecido. La buena Feli (Felicidad) no pudo contenerse, y rompió a llorar con lágrimas de satisfacción, de alegría y de agradecimiento. Levantamos la copa en honor de Franco, brindando por una España grande, y por una paz próspera, firme y duradera.
Salgo a la calle, y ya veo un auto con la bandera, y exclamo: ¡Esta es la bandera de España!
«Banderita, tú eres roja,
Banderita, tú eres gualda.
Llevas sangre, llevas oro
en el fondo de tu alma,
y el día que yo me muera,
si estoy lejos de mi Patria,
sólo quiero que me cubran
con la Bandera de España.»
Llego al Paseo de Gracia, y allí estaban los héroes mezclados entre el público que se confunde entre ellos, los aclama y los bendice. Héroes, sí, pues vienen cansados, llevan 35 días de correr para librarnos; ya están aquí, ya somos libres; vienen con el arma al hombro, como quien llega de una romería, por grupos y sin formar, distinguiéndose muchos moros unos montados en sus caballerías y otros guiándolas. A todos saludo con un fuerte: «Bienvenidos los héroes, gracias a Dios que los vemos» y les estrecho las manos, a lo que ellos contestan sonrientes: «Gracias, bien hallados».
La Plaza de Cataluña y las Ramblas son un hervidero de gente entre los soldados que van llegando de todas direcciones y con una gran variedad de tipos, de uniformes. de vestidos, de gorros, pero todos ellos muy guapos, muy simpáticos, muy bien equipados, muy sanotes y sonrientes, y al verlos yo no podía menos de exclamar: «Estos son los soldados de España, no aquello de los rojos» Los gritos de ¡Franco, Franco, Franco! no cesan, y las notas de alegría van sucediéndose y aumentando; autos abarrotados de jóvenes y muchachas llevando sendas banderas y aclamando a Franco van recorriendo las calles y las Ramblas, esparciendo alegría y entusiasma entre el público.
Me acerqué al auto de Radiodifusión y Propaganda en los frentes, provisto de enormes altavoces y supliqué tocasen el himno del Legionario y el Himno Nacional que el público escuchó brazo en alto; muy bien, ya se acabó aquella amenaza levantar el puño cerrado.
Hasta las nueve estuve saturándome de impresiones patrióticas, de aplausos y aclamaciones de gloria y de alegría.
A las once, cena de fiesta en casa del Sr. Mella, a la que acudieron los parientes y amigos, algunos llegados de San Sebastián, como el Sr. Santiago Daurella, el buen hermano de la señora Isabel y D. Carlos de Darramendi, escapado de Barcelona, perseguido por los rojos y ahora llegado hecho todo un señor Teniente del Ejército, de la sección de Investigación o Limpieza, y que promete hacer buen trabajo, empezando por los que le persiguieron a muerte.
El día 27 misa sin reservas ni temores y con las ventanas abiertas. Acto seguido salí disparado para presenciar la solemne Misa de Campaña en la Plaza de Cataluña, la primera que se celebraba después de la libertad. ¡Qué espectáculo! Para observarlo mejor me encaramé a una baranda de la entrada del Metro; toda la Plaza de Cataluña convertida en un jardín de boinas rojas. Si el entusiasta Sr. Binimelis viviera. ¡Cómo disfrutaría! Después, desfile militar por el Paseo de Gracia. Entonces sí que vi bien cuan bizarro es el soldado de Franco.
Inmediatamente fui a visitar las ruinas de nuestra querida casa. No repetiré lo que escribí en carta al Sr. Visitador. Me dirigí a visitar y a felicitar a mis antiguos bienhechores, al Sr. Florenza, que me recibió con un estrecho abrazo y con un efusivo y sonoro beso, a la señora Paquita, que me dio cuenta de las penas pasadas por sus hijos, ahora ya en libertad; de su esposo todavía no sabía nada. Ahora, que escribo, puedo manifestar que ya está otra vez en la Telefónica, y que sus hijos cumplen con el servicio militar, Antonio en Valladolid y Guillermo en Toledo, y que están muy bien. Gracias a Dios han pasado las angustias y todo ha acabado bien. Fui a Sarriá y encontré la casa ocupada por tres compañeros de cárcel del Sr. Sola, de Vich, quienes no podían volver a sus casas hasta que el Ejército hubiera conquistado aquella ciudad. El Sr. Sola me proporcionó otra casa, (se ve que aun no habían acabado mis andanzas) una que el Sr. Castells (mi primer bienhechor) posee en Sarriá, el cual como su esposa DI Rosario, tuvieron una gran satisfacción de introducirme de nuevo en su casa. El Sr. para expresar la alegría que le embargara, no paraba de cantar el «Cara al sol». Por la señora. supe algunos detalles de cómo el Ejército Salvador llegó a Sarriá, entre los cuales me gustó mucho el siguiente: A medida que la gente se animaba y vitoreaba a Franco, un Capitán con boina roja, al llegar a la plaza, detuvo el caballo y extendiendo el brazo, cual otro Constantino, gritó: ¡Viva Cristo Rey! entusiasmando al público. Los rojos que habitaban el convento de los Salesianos, al ver llegar los tanques, volaron con dinamita los hermosos talleres de aquel convento.
Me despedí del buen Sr. Abella y de su familia, en el seno de la cual había vivido nueve meses, (27 Abril-27 Enero) dándoles rendidas gracias por todos los beneficios de ellos recibidos.
Como el Sr. Castells y su esposa tenían que reunirse con los demás de la familia en Llavaneras, el Sr. Solá me proporcionó otra casa, y ésta, la última de mis andanzas, ha venido a ser una sucursal de la Provenza. Es una espaciosa torre, situada en la calle de Pomaret, junto al Paseo de la Bonanova. Estuvo habitada por dirigentes rojos, y al marchar éstos había la sirvienta del Rdo. Doctor Luís Brugada, profesor de alemán en la Universidad de Barcelona que había huido de la persecución roja, quedándose su fiel sirvienta, la señora Josefa García, que tuvo que sufrir muchos insultos de los dirigentes rojos. Esta buena señora pidió que fuésemos a vivir a dicha torre, cuantos más mejor. Yo fui el primero; había muy buena voluntad pero faltaba todo lo demás. Cuando llegó el Sr. Bartolomé, le dije dónde y en qué condiciones estaba, y que si se contentaba, allí había lugar para varios. Él se quedó conmigo, y todos cuantos han pasado por Barcelona, antes de entrar en la casa ‘de Provenza, han ido a la torre del Pomaret.
El día 22 de Marzo murió la buena Josefa, García, bien asistida por nosotros dos, el Sr. Bartolomé y aun servidor, con todos los sacramentos. Entonces una devota persona venía desde el Hospital de San Pablo a arreglarnos la comida, y por la noche se iba a dormir a su casa.
Resultaba muy pesado el subir dos veces diarias al Pomaret después del ministerio en Provenza. El cinco de Febrero dije la primera misa en el refectorio de nuestra casa mientras se trabajaba para habilitar la capilla del Santísimo.
Desde el día 10 de Febrero, en que llegó el Sr. Bartolomé, como Delegado del Sr. Visitador para organizar la apertura de las casas de la Provincia, se empezó a trabajar en la de Barcelona arreglando lo más urgente como es tapar ventanas y puertas con otras puertas para evitar el frío, instalar el agua, la electricidad, pintar algunos aposentos, unos 16 que no han quedado tan destruidos, especialmente los de la parte nueva y algunos del tercer piso.
El día 26 de Marzo se dijo la primera misa en la capilla del Santísimo, después de reconciliarla. Ocho días después se Inauguraron dos sencillos confesionarios. El día 5 de Abril. Miércoles Santo, el Hno. Portí y el que suscribe nos quedarnos por primera vez en casita por la noche. ¡Qué alegría! El 6 se quedó el Sr. Bartolomé y el Hno. Riu, y así dejamos la torre de la calle del Pomaret. Este día, Jueves Santo bendije una devota y preciosa imagen de Cristo Crucificado, regalo que el buen católico Sr. José Voltas hizo a nuestra pobre iglesia. Dicha santa imagen suplió la falta de Monumento siendo expuesta a la piedad de los fieles que en fila interminable y con mucha devoción la adoraron hasta las diez de la noche.
El día 7, Viernes Santo, a las 7 de la mañana, Via-Crucis muy concurrido por las calles de la barriada siendo llevada por los portantes de nuestra iglesia otra preciosa imagen de Cristo en Cruz, también regalada por el piadoso Sr. Manen.
El 9 de Abril llegó enfermo el Hno. Irigoyen y el 14 murió. Pocas horas antes había llegado el Superior Sr. Ramis, tan esperado.
El día tres de Mayo llegó el Sr. Visitador y el día 21 el 112 Salas.
El día 31 de Mayo llegó el Sr. Civit.
Después, vinieron el Sr. L. Pérez y el Sr. Navarro.
Durante la corta estancia en nuestra amada casa hemos tenido el consuelo de ver y abrazar a nuestros amados hermanos. sacerdotes y estudiantes que cumplen con el servicio militar y que han tomado parte activa en la Cruzada empezada y terminada felizmente por el Caudillo, al que Dios continúe bendiciendo, nos lo conserve muchos años y le libre de las manos de sus enemigos. Últimamente, hemos tenido el gusto de abrazar a los cohermanos diputados de la América que vienen para asistir a la Asamblea Provincial, que este año se celebrará en Palma de Mallorca.
Dichos Sres. son:
El Sr. Juan Payeras; el Sr. Pablo Ramis; el Sr. Andrés Calderó, el. Sr. Juan Clot y el Sr. Cayetano Figuerola. También ha venido el Sr. Luís Bosch pero no ha pasado por Barcelona.
Al llegar al final de esta crónica he de renovar mi accidu de gracias a todos mis bienhechores, y no sólo a los que me han favorecido a mí sino a mis cohermanos necesitados. Algunos ya figuran en esta crónica, otros no. Para todos deseo que Dios los tenga escritos en el libro de la vida y que él sea su premio aquí y en el cielo. Y a nuestros cohermanos les pido repitan conmigo: Retribuere dignare Domine, omnibus nobis bona facieintibus propter nomen tuum, vitam aeternam. Amen.
Antonio Ma Tugores, C. M.
Barcelona, 20 de Junio de 1939—Año de la Victoria.
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