Tenía el P. Moisés Bernal, cuando yo le conocí por vez primera, treinta y dos años cumplidos. Fue en noviembre del año 1939. Llamé a las puertas de la Apostólica de Tardajos porque quería, con un querer indeciso, estudiar para Paúl.
Me recibió el P. Bernal, porque el P. Urbano Moral estaba fuera, había salido para Madrid y regresaría una semana más tarde con el cargo de Superior de la Casa.
Pronto se hizo conocer en aquella primera visita. Hombre amable, un poco burlón, acaso para ocultar la falta de un trato fino. Me hizo un pequeño examen de ingreso y definitivamente me quedé allí, después de despedirme de mis familiares.
Yo llevaba una tela chillona colchonera en forma de bolsón, donde había metido todo lo que se pedía en el prospecto. El Padre Bernal, al ver mi sinceridad y sencillez me hizo cargar con aquel bolsón y subí tras él los cuarenta y dos escalones que había hasta arriba.
Y me fue presentando por las tres aulas, que estaban llenas de muchachos. En cada una de ellas tuve que saludar, lleno de sudor y de buena voluntad, y extrañadísimo de lo silenciosos que estaban aquellos estudiantes. Todavía recuerdo que ellos Jo pasaron bien y se reían. Puedo asegurar que fue un rato no desagradable para mí y muy placentero para el P. Bernal, que era el Inspector.
Yo, más o menos, me daba cuenta de las cosas, aunque no buscaba el modo de explicarlas y quedé encantado con la ocurrencia del Padre, sin decir a nadie nada. Por la noche, después de acostarnos, se me acercó y me dijo paternalmente: «Te has portado muy bien. Estamos contentos contigo; pero procura no contar chistes malos». Con esas palabras me abrió un mundo nuevo y me dejó sin dormir hasta más de la media noche. Era el primer sermón bien predicado para mi solito. Y triunfó.
Había una cosa notable en el P. Bernal: su esfuerzo por tratar bien a los demás, su ascética, su sinceridad, dentro de una conducta rara. Pero los santos siempre son raros, en cuanto que se distinguen de los demás y viven otro mundo más exigente.
Solamente traté al P. Bernal dos años o tres y no puedo tejer una biografía. Por eso me limito a contar algunas anécdotas que revelan su manera de ser y que para mí sirvieron de edificación.
Creo no equivocarme si digo que todos sus alumnos o discípulos de entonces tenemos un recuerdo cariñoso para él, un recuerdo duradero, que no se ha borrado con el pasar de los años. Sus enseñanzas, sus lecciones ascéticas, sus buenos ejemplos, penetraban en nuestras almas infantiles y las hacían mucho bien. Sería ridículo medir ahora con nuestros años la pedagogía de entonces. Éramos niños y nos trataba como a niños.
Se veía en él el firme convencimiento de su misión, de que el alma de los niños se modela con cariño, con sacrificio, con paciencia, sin perder ninguna oportunidad para dejarnos una enseñanza, un consejo, una represión bien dada. Era una gran virtud para él vivir aquella vocación de Inspector, entregarse a ella sin pensar en otra cosa, sin esperar otra oportunidad o un cambio de destino para llenar otros programas soñados más atrayentes, porque mientras se sueñan no molestan. Solamente así podía santificarse y comunicarnos su optimismo espiritual. Se conformaba siempre con su suerte. Y esto es una virtud de un valor primordial en los tiempos presentes.
Sus conferencias sobre la Virgen eran famosas. Le veíamos hablar de la Virgen con el mismo cariño y calor con que alguien puede hablar de su madre, defendiéndola. Era un enamorado. Por eso nos cautivaba tanto y esperábamos que le tocase hablarnos. Con aquel estilo romántico, que no sé a quién le había pedido prestado, hacía maravillas en sus oyentes, a quienes llaman niños o niñuelos porque así le salía del alma. Sacar esa para de aquel ambiente y arrancarla del calor con que iba pronunciada, para analizarla ahora a secas y sin vida, es deformar las cosas.
Lleno de un espíritu vicenciano a toda prueba, reflejaba pobreza y limpieza por todas partes. Un compañero me hizo observar en los zapatos que llevaba. Eran grandes, muy grandes, siempre los mismos. Nunca le vimos usar otros. Siempre lustrados, aunque ya comido el color por el tiempo. Con ellos caminaba de prisa, o, al menos, con pasos largos, casi a zancadas. Difícilmente podía a veces disimular la alegría y satisfacción que llevaba dentro, una alegría sobrenatural y pegajosa.
A un hombre que le gustaba poner vida en sus palabras, en las descripciones, en los ejemplos que traía a cuento para confirmar su doctrina e impresionar nuestra imaginación de niño, le tenía que costar muchísimo no hablar de sí mismo, de sus experiencias, de su vida. Solamente en dos ocasiones, una de ellas un tanto privada, le oí contar algo de su vida.
Al aconsejarnos el amor a la Virgen y que procurásemos dormirnos con el pensamiento en ella para soñar únicamente con tan dulce Madre, dijo que él, cuando era apostólico, se propuso hacer una novena a la Virgen Milagrosa, más o menos hacia la media noche. Y que todos los días se despertaba a esa hora. Se vestía y bajaba a la capilla a oscuras. Hacía la novena y regresaba con el mayor silencio posible. Al cuarto día le sorprendió en el camino el Inspector y entablaron un simple diálogo: «¿Dónde vas a estas horas?» «A la capilla, que estoy haciendo una novena a la Milagrosa». «Mira, es mejor que regreses a acostarte’ Y regresó. Asó nos lo contó. Pero añadió: «Continué haciendo la novena desde la cama. Ella sabía que así cumpliría mi promesa, porque no me daban permiso para bajar».
Otra vez venia de dar unas Misiones de no sé dónde. Y dijo: «Cuando predicaba sobre el infierno, el Señor quiso que se convirtiera un gran pecador. Al terminar de hablar vino llorando y arreglamos su conciencia. Siempre que predico del infierno me sucede lo mismo». No puedo asegurar que tuviese voto de nombrar siempre en sus predicaciones a la Virgen, pero lo aconsejaba muy a menudo y siempre lo cumplía.
Una mañana, sin más precedentes, nos anunció que ya no era nuestro Inspector, que le habían nombrado Procurador para alimentar nuestros cuerpos. Pero quedó de Director espiritual. Por lo menos alguna vez a la semana nos hacía la meditación y nos hablaba comentando el Evangelio. En aquella ocasión se le cortó la palabra por la emoción y por el sacrificio que hacía. Pero fue generoso y no comentó más aquel cambio.
Hay otra cosa que me llamó la atención, porque después no volví a verla. Cuando era Inspector cambiaba los oficios de tres en tres meses. Pero para los oficios más humildes de limpieza de baños y excusados no nombraba candidatos. Simplemente nos tenía acostumbrados a un ambiente de sacrificio y pedía voluntarios y siempre le sobraban, a pesar de las malas condiciones en que estaban todos aquellos sanitarios.
Hombre altamente espiritual en sus predicaciones, lograba con facilidad internarse por los caminos de la vida espiritual y recorrer gozoso los episodios más ordinarios para darles un tinte divino que encantaba y obligaba a sus pequeños oyentes a soñar en horizontes nuevos y suscitaba deseos de entrega a Dios y de grandeza y, sobre todo, de un desprecio a lo terreno por contraste con las riquezas que en el cielo se nos prometían.
Antes de ir los de mi curso al Noviciado nos dejó dos recuerdos imborrables para mí. El primero fue una plática que sonaba, a despedida. «Mirad—nos dijo—, cuando salgáis de Tardajos, si queréis ser buenos, si queréis ser felices, no tenéis más que hacer estas tres cosas: Primera, tener devoción siempre a la Virgen, una devoción perseverante, que os obligue a rezarla todas las noches tres avemarías al acostaros. Esa devoción no falla. Además os es completamente necesaria para manteneros puros en medio de las acometidas de los enemigos y de los señuelos fantasmagóricos que el diablo quiera presentaros. Lo segundo: debéis hablar siempre bien de Tardajos, porque aquí habéis recibido muchas cosas buenas; muchos habrán pasado de la muerte del pecado a la vida, y un buen católico debe ser agradecido en todas partes. Lo tercero: no habléis nunca mal de nadie, porque eso es faltar a la caridad. Cuando no podáis disculpar a alguien, lo mejor que podéis hacer es callar. Así los otros comprenderán». Creo que él era modelo a seguir en estos tres consejos.
El otro recuerdo fue más impresionante. Era su última plática Después de hablar del tema correspondiente, recortó sus palabras y comenzó a titubear. Aquellas grandes orejas que Dios le había dado se pusieron coloradas, pero él seguía directo hasta conseguir el objetivo que se había propuesto, en una exigencia
o purificación iluminativa. «Vosotros—dijo—sois los que más tiempo habéis estado conmigo, los que más me habéis sufrido, los que más ejemplos buenos me habéis dado.» Y nos mandó salir de los pupitres y comenzó a besar los pies uno por uno. Era una escena tensa. Alguien quiso resistirse, pero no le valió. Terminó y rápidamente, sin más comentarios, desapareció del salón.
Hay otro hecho que considero salido de aquel mismo caldeado corazón. Unas Navidades se subió al coro y con voz bien timbrada cantó solo aquella saeta de amor, intensamente vivida hacia el Niño Jesús: «Reposaba en linda cuna—un niño que es un tesoro -su boquita era de plata—y sus bucles eran de oro—Ven, ven—a la gloria—a ver de Dios la hermosura», y así seguía. Sencillamente era un hombre enamorado de aquel Niño Jesús. Lo demás no contaba, ni la oportunidad, ni el tono, ni las consecuencias humanas de aquellos actos.
Veíamos feliz a aquel hombre avanzar hacia la entrega al Señor. Nunca fue nuestro Director de música pero en una ocasión aprovechó el final de una conferencia para enseñarnos lo que él vivía. «Aprender este canto niños, que es un canto muy bueno. Y nos dijo la letra: Te adoro con rendimiento—del cielo vivo pan—gran Sacramento.» Eran las exigencias de un alma que había descubierto la grandeza de la religión, de la adoración como el acto superior del culto. Aunque entonces no sabríamos formular en palabras lo que allí pasaba, sí se lograba abrir una brecha y chorro de luz hacia el Corazón de Dios.
Entre su naturaleza y su formación por una parte, y por otra las exigencias de un alma pura que ha descubierto el amor a existió una lucha continua, en la cual terminó venciendo el espíritu. Le encantaban los niños, les amaba, les quería con delirio Y por eso siempre nos llamaba niñuelos. Ya era habitual en él, pero tenía un gran contenido. Había oído repetidas veces que a los niños no se les debe tocar ni por juego. Sabía, porque así había aprendido, los males que pueden traer estas cosas. Pero adivinaba también los males que puede traer una conducta opuesta, una conducta de huida donde el alma del sacerdote se encuevaría para no dejarla amar. Y de ahí se levantaría todo un edificio espiritual basado en el temor, en la ascética, en el renunciamiento, como si eso fuese todo el catolicismo. Adivinó, comprendió y practicó esa profunda verdad de que el catolicismo es amor. Después lo veremos más claro citando sus propias palabras.
Permítaseme hacer una reflexión ante este hecho. San Vicente quiso también reglamentar hasta el último detalle los impulsos de sus hijos. Pero él ponía en sus cartas, dirigidas a Santa Luisa y a Santa Chantal, un tono que era bien afectuoso y lleno de amor. Las almas santas, las que no se detienen en el camino, no tienen otro remedio que sentir en el corazón el amor a todos, y, hasta donde pueden, practicarlo. Es una exigencia de la pureza y de la unión con Dios. Resulta difícil entender la santidad de otro modo. Hace pocos meses salió en nuestra «Milagrosa» de Madrid un artículo hablando de esas manifestaciones de amor que me gustó mucho. No la tengo a mano para dar más información. Claro que ese amor no es el resultado de una búsqueda o de una simpatía, sino más bien un efecto de una entrega al Señor sembrada de sacrificios y nunca buscado.
Podría seguir contando anécdotas, pero como no van marcadas por una completa biografía resultarían deformadas tomadas aisladamente. Cuando nos mandaba recoger ciruelas y ya nos veía con la boca llena aprovechaba el preguntarnos y así descubría nuestra pobre situación de poco obedientes.
Le gustaba describir las cosas: un avión raudo que penetra en los cielos para hacer visita a los nueve coros de ángeles. Un recorrido por las distintas etapas de la vida para hablar de sus peligros. Un cuadro de hojarascas que vuelan alrededor de las tapias para composición de lugar de un retiro de final de año. Un hacer que no entendía para obligarnos a dar una mejor explicación cuando le hablábamos.
Todavía recuerdo con venerable respeto aquella su manera de llevar el bonete, tan sacerdotal para él, aquel ensimismamiento cuando rezaba el breviario, sentado en alguna piedra aislada de la huerta, aquel pasearse por los dormitorios nuestros con las manos metidas en las mangas y con el rosario colgando, aquel silencioso caminar por los pasillos con prisa, aquel arrodillarse en la tarima del salón para hacer los exámenes particulares y la oración con nosotros, aquella cara de hombre de penitencia y de mirada sonriente. Era un buen sacerdote.
Antes de cerrar estas notas con una carta suya, quiero dejar también un recuerdo para el que entonces hacía de Superior, Padre Urbano Moral. El recuerdo se refiere a su estancia en Venezuela como Visitador. Decía en una carta fechada en 22 de Octubre de 1963: «Toda su carta me ha hecho vibrar de gozo purgue no recibo con frecuencia cartas en las que algún misionero me hable de sus ministerios apostólicos, exponiéndome sus inquietudes, sus iniciativas, sus éxitos o sus desfallecimientos.» Y un poco más adelante: «Ayer leía en el P. Crevrot que el mundo moderno sólo iría a Cristo por el testimonio den la pobreza sacerdotal y cristiana, llevada a la vida por sacerdotes y cristianos santos. Esto también es vicenciano y nos toca orientar a untos por ese camino quieran dar testimonio».
Y a un Padre que le dijo que todos rezan mal el breviario, le respondió: «Padre, yo no lo sé de los demás, pero puedo asegurarle que yo le rezo bien, con sosiego y cuidado y busco los tiempos más oportunos.»
Eliseo Villafruela







