El hombre al que nada le falta
El hombre moderno vive pendiente de la comodidad, de que no le falte nada, y su ideal es tener de todo sin sacrificarse en nada de lo que apetece, si no daña a los demás. Esta característica influye en las Hijas de la Caridad. Aunque asuman sin quejarse los sacrificios que entraña el servicio a los pobres, están pendientes de los bienes materiales en bien de los pobres, gozando también ellas del progreso que da comodidad personal y comunitaria. No es un reproche y, en lo que toca al servicio, merecen ser felicitadas. Sin embargo, hay peligro de destrozar la entrega a Dios que siempre encierra un sentido de sacrificio, de tomar la cruz. Ciertamente hay que alabar una espiritualidad de la felicidad aquí en la tierra para todos, aún para las Hijas de la Caridad, pero sin poner los goces materiales como lo “absoluto” de la vida. Una Hija de la Caridad tiene que plantearse por qué se entrega a Dios abandonando muchos placeres materiales, entre ellos el placer del matrimonio, el contento de usar libremente de sus bienes y la libertad de decidir por ella.
No resistir al Espíritu Santo
Santa Luisa siente que “las almas verdaderamente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resistencia alguna, las pondrá en disposición conveniente para hacer la santísima voluntad de Dios, que debe ser su único deseo” (E 87). En este escrito, que dirige a las Hermanas verdaderamente pobres y deseosas de servir a Dios, santa Luisa declara, primero, que cumplir la voluntad de Dios hasta el puro amor es lo único que debe buscar la Hija de la Caridad, y segundo, que la vida interior es obra del Espíritu Santo y de la Hermana.
Santa Luisa identifica santidad con hacer la voluntad de Dios1. Y es que cumplir la voluntad de Dios debe ser el único objetivo del hombre, ya que Dios es su creador y el fundamento de su vida. Cada Hija de la Caridad, debe saber qué quiere Dios de ella.
El punto segundo es intocable: el Espíritu Santo es el actor principal de nuestra vida espiritual. Es la misión que tiene en la tierra: asumir el relevo de Cristo en la salvación de los hombres, como se lo dijo Jesús a los apóstoles en la última cena que pasó con ellos: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir” (Jn 16, 13s). El Espíritu de Jesús ilumina la mente sobre el bien y el mal y fortalece la voluntad para hacer lo bueno. Nuestro deber es colaborar con él y no ponerle resistencia.
La no resistencia es anonadarse y desprenderse
Luisa de Marillac sigue diciendo que “para estar en estado de no-resistencia, es preciso estar, como los Apóstoles, en la obediencia, en un reconocimiento sincero de nuestra impotencia y enteramente desprendida de toda criatura, y de Dios mismo en cuanto a los sentidos, puesto que el mismo Hijo de Dios, que los preparó para recibir al Espíritu Santo, los puso en ese estado privándolos de su santa y divina presencia con su Ascensión. Y sin duda alguna, al bajar el Espíritu Santo a las almas así dispuestas, el ardor de su amor, consumiendo todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa caridad y les dará fortaleza para obrar por encima del poder humano, con tal de que esas almas permanezcan en la desnudez que se ha dicho” (E 87).
Es decir, no resistir al Espíritu Santo, según santa Luisa, consiste en desprenderse de las cosas creadas. Pero ¿la Hija de la Caridad, que anda por la calle y visita las habitaciones de los enfermos (IX, 750-751), debe llevar la vida interior del desasimiento?
Santa Luisa, dominada por la espiritualidad nórdica confiesa su debilidad y su impotencia hasta el anonadamiento. Es la humildad que lleva al hombre a reconocer y a confesar que es pecador, débil y está necesitado; que es hombre y no es Dios. Esta humildad la puso como manifestación del espíritu de la Hija de la Caridad, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (1P 5,5).
Igualmente pide a las Hermanas el desprendimiento total. Conviene recordar que el siglo XVII rechazaba como malo todo lo que fuera material y había que desprenderse de todo lo referente a los sentidos, hasta del mismo Dios en cuanto a los sentidos, escribe la santa Luisa. El dualismo maniqueo y el anti-pelagianismo del siglo V, había llegado al siglo XVII a través de las ideas pesimistas, en cuanto al hombre, de san Agustín. Sin embargo, en la práctica lo que santa Luisa aconsejaba, siguiendo a Jesús, es que arranquemos de nosotros todo lo que impida al Espíritu Santo llevarnos a la unión con Jesucristo. Las grandes dificultades que encontramos las solventa el Espíritu Santo con sus dones que nos dan la fortaleza para obrar por encima del poder humano, dice ella. Este poder por encima del humano es lo que los místicos llaman operaciones sobrehumanas.
El puro amor
Santa Luisa continúa: “El amor que debemos tener a Dios ha de ser tan puro que no debemos pretender en la recepción de sus gracias más particulares nada más que la gloria de su Hijo, puesto que Nuestro Señor nos lo enseñó en la persona de los Apóstoles a quienes, al prometerles el Espíritu Santo, les aseguró que por El sería glorificado.
Esto es todo lo que ha de pretender el alma que ama a Dios, y la mayor dicha que puede obtener es la de cooperar a dar testimonio de la gloria de aquel cuya ignominiosa muerte llenó de asombro al mundo. Si como Dios no mereciera ya la pureza de ese amor y de ser el único objeto de todos nuestros afectos, habría que rendir a su humanidad santa los deberes de gratitud a la fuerza de su amor” (E 87).
Es el punto final de su espiritualidad, el puro amor. Meditando el trozo del evangelio de san Juan, en el que Jesús dice que cuando fuera levantado de la tierra, atraería todo a Él (12, 28-34), Luisa de Marillac reza: “Quieres atraernos a ti. Haznos comprender profundamente estas palabras: si somos tuyas, ya no seremos de nosotras, y si creemos que somos tuyas, ¿no será un latrocinio hacer uso de nosotras y vivir, por poco que sea, alejadas de los preceptos del puro amor que nos has enseñado en la tierra?” (E 105). Y señala a todas las Hermanas que aspiran a la perfección del puro amor el camino para adentrarse en él: “Demos, pues, el primer paso para seguirle que es decir con todo nuestro corazón: yo lo quiero, amado Esposo, yo lo quiero y para probártelo te sigo hasta el pie de la cruz que escojo por mi claustro; y ahí quiero dejar a la tierra todos los afectos terrenos, puesto que tu voz me convida a ello, hablándome al corazón, a que incline el oído y olvide mi pueblo y la casa de mi padre para ser codiciada por la grandeza de tu amor. Al pie de esta Cruz santa y sagrada te adoro, y sacrifico todo lo que pudiera impedir la pureza del amor que quieres de mí, sin pretender nunca más otro gozo que el de estar sometida a tu divino agrado y a las leyes de la pureza que tu Amor me propone. No se espanten, queridas hermanas, aun cuando con esta palabra todo no pretenda exceptuar nada”.
El puro amor consiste en amar a Dios de una manera desinteresada, buscando tan solo su gloria, y para ello hay que desprenderse de todas las cosas creadas que no sean Dios, si se oponen a sus planes2. ¿Pero manda Dios que lo amemos de tal manera que debamos rechazar todo lo creado porque causa placer sensible?
El Espíritu Santo nos dirige en el desprendimiento de las cosas creadas que causan injusticia a los demás, los humilla, margina o daña; y a dominar las ansias de poder pasando por encima de cualquiera sin tener en cuenta su dignidad y sus derechos. Es Él el que ilumina a las Hijas de la Caridad en la ascesis como una exigencia del amor y una manera más clara de demostrarlo en las cosas que cuestan que en las comodidades. Lo asumen a imitación de Jesús crucificado, porque las acerca a los que sufren3. Sin embargo, a menudo hemos considerado la ascesis como un rechazo de las realidades terrenas a pesar de ser todas creadas por Dios que las valora como cosas buenas. Acaso porque hemos olvidado la presencia del Espíritu Santo como luz y fuerza en nuestra vida.
Simplicidad y amor
Esta ascesis un tanto destructiva era la que vivían los espirituales del entorno de Luisa de Marillac y ella misma. Sin embargo, santa Luisa ya proponía el desprendimiento, no como un desprecio de las cosas materiales, sino como una exigencia del doble mandamiento de “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27).
El Espíritu Santo había inspirado a Luisa de Marillac fundar las Hijas de la Caridad para instaurar el Reino de Dios entre los pobres. Y también que esta empresa no se realizaría si las Hermanas no estaban dispuestas a una renuncia total y radical de todo lo que poseen y de la misma persona, para servir mejor a los pobres.
Los votos en la Compañía
Luisa de Marillac descubre que a una renuncia total y radical se le resisten los tres instintos de todo hombre: no morir, que entorpece universalizar el amor. Su objetivo es uno mismo. Resistir al Espíritu Santo es rehuir la castidad como fruto del amor, es vivir la sexualidad sin control. Otro instinto es querer alcanzar la pervivencia gozando en la vida de las riquezas y rechazando cualquier sacrificio que imponga la pobreza. Y el tercer instinto es querer dominar a los demás, mantener el propio juicio sin ceder ante nadie. Resistir al Espíritu Santo es querer imponer.
Las Hijas de la Caridad que buscan el puro amor con la fuerza del Espíritu Santo, intentan controlar los tres instintos viviendo los consejos evangélicos que confirman por medio de los votos de castidad, pobreza y obediencia, o mejor, por lo que ellos expresan.
La castidad
No se puede negar que las Hijas de la Caridad hacen voto de castidad por amor a Dios y para seguir a Jesucristo más radicalmente o, como Él mismo dijo, por el Reino de los Cielos (Mt 19, 12), pero siempre pensando en los pobres. Por eso, su voto no es sencillamente un voto de castidad perfecta, sino de castidad perfecta en el celibato. Y estas dos cosas, castidad perfecta y celibato, que se comprometen a “guardar”, suponen que la Hija de la Caridad renuncia a la pervivencia en los hijos. Es como un dejar de existir para que vivan los pobres. Con el instinto de sobrevivir que entrega a Dios se desprende de su persona y de su vida por amor a él y a los pobres. Hace el voto de castidad no solo para dominar el instinto sexual o renunciar a los placeres sexuales, sino también para entregar su persona y su vida a Dios y a los pobres (C 2. 6). La castidad “libera el corazón” para realizar una Alianza con Dios y el celibato la hace disponible para servir en cualquier momento a cualquier pobre de cualquier lugar. Ahí está el puro amor, difícil de cumplir si no se lo inspira el Espíritu divino: desprenderse de un tercio de su persona, del ansia de sobrevivir en los hijos. Es desprenderse del amor a sí mismo y a los hijos, para hacerse universal hacia todos por el amor del Espíritu de Jesucristo (E 82).
La pobreza
Son muy variados los frutos que las riquezas aportan a quienes las poseen, como son comodidad para vivir y seguridad para el presente y para el futuro. Hoy día el fruto más apetecido y que más unifica los instintos de cada hombre es el poder que le otorga el dinero a quien lo posee. Las pocas personas que controlan la economía mundial se han convertido en un gobierno que dirige un Estado extendido por toda la tierra. Los poseedores del dinero tienen poder para controlar las legislaciones nacionales y para cambiar los gobiernos. El afán de poder es insaciable, llevando a no contentarse con el poder que se posee y a ambicionar cada vez más. Es resistir al Espíritu Santo por amor material.
En este punto se centra el voto de pobreza de las Hijas de la Caridad de acuerdo el envite de Jesús, cuando le dijo a aquel acaudalado: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme” (Lc 18, 22). Las Hijas de la Caridad no hacen voto de no poseer, sino de no tener poder, de no poder usar sus bienes sin permiso. Su voto de pobreza no va tanto a vivir pobremente -que va- cuanto a no poder disponer de los frutos de sus bienes sin permiso. Las Hermanas saben que sus bienes no les dan ni comodidades ni poder, pues los superiores no les pueden autorizar el uso de sus bienes si no es en favor de los pobres. La superioridad que les podría dar el dinero sobre otras Hermanas que carecen de él, queda anulado. Todas son iguales. La comunidad provee a todas por igual. Es un voto que “las abre al amor de todos y las impulsa a poner al servicio de sus hermanos su persona” (C 2. 7). Conducidas por el puro amor del Espíritu Santo se desprenden de otro tercio de su persona, del ansia de poder usar.
Obediencia
Este voto envuelve todas las actuaciones de las Hijas de la Caridad para elegir libremente en favor de los pobres. Opción que provocará un sacrificio duro al verse obligadas interiormente a desprenderse de infinidad de apetencias personales totalmente buenas y permitidas por otras mejores para los pobres. Obedecer (ob-audire) significa que uno escucha al Espíritu divino. Obedecer no es someterse a la voluntad de la Hermana Sirviente sino ponerse con la Hermana Sirviente a buscar la voluntad de Dios para instaurar su Reino entre los pobres, viviendo en justicia, amor y paz. Ahí está la originalidad del voto de obediencia de las Hijas de la Caridad: “obediencia al Superior General de la Congregación de la Misión, conforme a sus Constituciones y Estatutos” (C 2. 5). Es el voto de obedecer no a una persona de la comunidad o de la Provincia, sino a la autoridad que le viene de Dios al Superior General. El voto al Superior General le da libertad para optar, guiada por el Espíritu Santo, al puro amor desinteresado y a desprenderse del último tercio que le quedaba de su persona, de la libertad de elegir en provecho propio. Es desprenderse del propio juicio para saber acoger el parecer de las compañeras y de los pobres como una parte integrante de su ser. Porque el juicio es lo que la afianza en ser ella misma y la convence de que es ella y no otra. Por eso mismo, santa Luisa concreta que para entregar el juicio propio es necesario saber ceder ante el parecer de los otros. De esta forma deja de hacer resistencia a la dirección del Espíritu Santo y alcanza el puro amor.
Santa Luisa termina así su enseñanza: “Amemos, pues, este amor y comprendamos su duración que no depende en manera alguna de nosotros, y para ello traigamos con frecuencia a la memoria todas las acciones de la vida de nuestro Amante para imitarle; quien no contento del amor general de todas las almas llamadas, quiere tener otras predilectas, elevadas por la pureza de su Amor. Y antes de entrar en la práctica de esta alta proposición, admiremos la bondad de nuestro Amante y con esa sencillez de la paloma que Él nos pide, preguntémosle si nos ama y si quiere ser amado por nosotras.
¡Señor mío! he recibido no sé qué luz nueva acerca de un amor no común que deseas de las criaturas a las que escoges para que ejerzan en la tierra la pureza de tu amor. Aquí tienes un pequeño grupo, ¿podríamos pretenderlo? Me parece que tenemos ese deseo en el corazón, pero el conocimiento de nuestra flaqueza que se manifiesta en nuestras infidelidades pasadas, nos hace temer que nos rechaces. No obstante, el recordar que no has limitado el número de veces en que hemos de perdonar a nuestros enemigos, nos hace creer que tú harás con nosotras lo mismo, y puesto que es así, creemos que nos amas.
Verdaderamente nos amas, puesto que eres uno con tu Padre que ha querido testimoniarnos su amor dándonos a su Hijo, que eres tú. Y tenemos la seguridad de que quieres que te amemos, puesto que tu Ley antigua y nueva nos lo manda y que nos prometes que seremos amadas por tu Padre, que vendrás a nosotros con tu Padre y permaneceréis en nosotros si os amamos. ¡Poder del amor!… ¡Admirable tesoro oculto en lo más íntimo del alma!… ¡Excelencia del hombre! ¿Quién pudiera conocerte?; todos los hombres quedarían cautivados. Tú eres el objeto de la eternidad gloriosa de las almas elevadas al cielo, pues estando en el alma, Dios quiere habitar en ella. ¡Oh Amor puro, cuánto te amo! Pues eres fuerte como la muerte, aparta de mi cuanto te sea contrario” (E 105).
- Benoit de CANFIELD, La Règles de perfection. Éd. critique par Jean Orcibal, PUF, Paris 1982 ; SV. 97, 107, 108, 126, 131-133, 149… SL. c. 429, 723…
- Ved Benito Martínez, “Santa Luisa de Marillac, ¿mística? en Santa Luisa ayer y hoy. 34 Semana de estudios Vicencianos CEME, Salamanca 2010, p. 363ss.
- C 2. 13; SL. E 82.







