Nicolas Étienne (1634-1664)

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CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices, III.
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Collet, en su Vida de san Vicente de Paúl, menciona en el número de las vidas manuscritas de misioneros conservadas en San Lázaro y que miraba como un tesoro la del Sr. Nicolás Étienne. Esta biografía ha desaparecido en el pillaje de la Revolución, y nosotros debemos sentirlo vivamente. El tomo XI de las Memorias de la Congregación, dedicado por entero a la misión de Madagascar, da afortunadamente numerosos detalles; nosotros recogeremos algunos, que nos ayudarán a reconstruir, aunque sea de forma menos completa, la vida del generoso misionero, masacrado en Madagascar el 4 de marzo de 1634.

1. Antes de partir para Madagascar.

El Sr.Nicolás Étienne, nacido en París el -7 de octubre de 1634 de una familia rica, había pedido y obtenido, el 8 de agosto de 1653, después de muchas insistencias, el favor de ser recibido en el seminario interno. El Sr. Étienne tenía una gran debilidad que parecía alejarle para siempre del sacerdocio, era el estado débil y deforme de su mano izquierda. San Vicente de Paúl le admitió después de todo en la comunidad entre los clérigos, a condición de que no podría nunca aspirar al sacerdocio; le autorizó incluso a seguir sus estudios teológicos. El Sr. Étienne, que había pronunciado sus votos en 1655, se destacó por su piedad y por su entrega a su Congregación, dedicando a las obras que había emprendido una gran parte de su propia fortuna. Todavía estudiante en teología, había solicitado desde entonces el favor de ir a Madagascar en calidad de catequista. Durante tres años, san Vicente de Paúl no dio esperanzas a este proyecto; por último, viendo en el Sr. Étienne las cualidades requeridas para esta difícil misión, resolvió enviarle a Fort-Dauphin, y pidió al Soberano Pontífice las dispensas necesarias  para elevarle al sacerdocio. Pedía para el Sr. Étienne, si no se podía ordenarle sacerdote, el permiso 1º de  bautizar en la iglesia  con ceremonia en la ausencia de los sacerdotes; 2º tocar los vasos sagrados; 3º leer todos los libros prohibidos; exorcizar a los poseídos; 5º recibir las cuatro Órdenes menores; 6º predicar en la iglesia; 7º poder llegar consigo la santa Hostia, como se llevaba en la primitiva Iglesia, a fin de a fin de comulgar en la ausencia de los sacerdotes. -La dispensa para el sacerdocio fue otorgada, y el joven apóstol, que debía encontrar una muerte gloriosa en Madagascar, fue ordenado subdiácono el 24 de agosto de 1659, diácono al día siguiente, y sacerdote el domingo siguiente.

2.  Primer embarque del Sr. Étienne.

El navío la Maréchale, armado por el duque de la Meilleraye [352] para Madagascar, debía partir de la Rochelle el 18 de enero de 1660. Cuatro sacerdotes de la Misión, los Srs. Étienne, d’Averroult, Desfontaines, Feydin y el hermano coadjutor Patte, eran designados por san Vicente para embarcarse en él. Mientras que los demás misioneros se dirigían por tierra al puerto de la Rochelle, el Sr. Éienne y el hermano coadjutor se embarcaron en Nantes para llegar allí por vía marítima. Allí fue donde por poco perecen; su muerte fue incluso anunciada a san Vicente que estaba a punto de comunicárselo a la Comunidad cuando le entregaron una carta cuya escritura se parecía extrañamente a la del Sr. Étienne. San Vicente la abrió temblando: era en efecto del ferviente misionero y contaba cómo sobrevivió al naufragio. Éstos son los principales detalles:

«En Nantes nos embarcamos el 6 de diciembre, día de san Nicolás, patrón de navegantes y mío, a quien pedí en la santa Misa que nos sirviera de piloto y de guía. Dos días después, octavo del mes, consagrado a la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María, echamos el ancla en la rada de Paimboeuf y, después de celebrar la santa Misa, fuimos al puerto de Saint-Nazaire, donde nos quedamos cinco días. De allí salimos un sábado, 13 del mes, con viento en popa, lo que nos hizo esperar  estar en la Rochelle en menos de veintinueve horas. Pero Dios lo dispuso de otra manera; ya que cuando nosotros queríamos doblar las Araignes de Burdeos, porque nuestro maestre de embarcación nos había alejado de la ruta, unas diez leguas, el Señor de los vientos permitió que se levantara un viento del noroeste que rompió nuestro mástil mayor en dos trozos, que cayeron al mar con la vela mayor.

Pero, lo peor era que nos llevaba sobre un banco de arena, llamado Soulac, lo que hacía que todos perdieran la esperanza de sobrevivir. Yo me sentía entonces bastante mareado, vomitando noche y día, sin poder tomar nada, cuando el hermano Patte, el maestre y el piloto vinieron  a decir, llorando a lágrima viva, que no había ya esperanza de salvarse, y que me diera prisa en dar la absolución.  Me hice pues levantar rápidamente de mi colchón y proferí, lo mejor que pude, una absolución general; después de lo cual pedí que me llevaran a la escotilla, no tanto para ver la impetuosidad de la mar alborotada como para tratar de consolar a la tripulación que lanzaba gritos lamentables. Apenas había llegado a ese lugar cuando me sentí con nuevas fuerzas  y una seguridad de vida, lo que me llevó a asegurarles que no morirían, sino que tan sólo tuvieran confianza en la bondad y en la misericordia de Dios. Cosa sorprendente y admirable a la vez! Apenas les había exhortado a esperar en Dios, cuando al mismo instante el viento del noroeste  pasó al norte.

El brusco cambio nos hizo evitar el banco de Soulac, fuimos transportados  con nuestro mástil de mesana y su vela, que no valía nada, a las costas de España, donde de repente, por un viento contrario, nosotros fuimos rechazados a la embocadura del río de Burdeos. Anduvimos dos o tres días a la deriva y a merced de las olas; nadie se atrevía a parecer sobre el puente. Las olas le cubrían de agua; y si nuestra barca no hubiera sido fuerte y bien construida, y hubiera hecho agua, estábamos perdidos.

En este peligro, propuse a toda la compañía, soldados y marineros, hacer un voto en honor de la inmaculada Virgen María , más o menos a medianoche, el día consagrado a la fiesta de la Concepción; lo que todos aceptaron de buena gana. Este voto fue de decir doce misas en su honor, lo que cumplí por la gracia de Dios;  de confesarnos todos y comulgar, lo que hemos hecho también igualmente; y por último de vestir a doce pobres. Les ruego que ejecuten esta última cláusula, no teniendo aquí a pobres que necesiten ropas, ya que estamos en un país cálido. La mayor parte de los que habían hecho el voto se marcharon y son pobres artesanos.

Lo que aumentaba nuestro dolor era ver a treinta y seis personas sin pan, sin carne, sin agua que gritaban por hambre y por sed. En esta extremidad, hicimos lo posible para fracasar, el espacio de cuatro o cinco días, prefiriendo nuestras vidas a nuestros trapos y a nuestras mercancías; pero nos fue imposible de conseguir. Por último, en estos apuros, Dios quiso consolarnos, el 21 de diciembre, día en que se solemniza la fiesta del glorioso apóstol de las Indias, santo Tomás; habíamos estado en la mayor de las necesidades y de las angustias durante quince días, en este vasto y terrible océano.

Él nos envió pues a un ángel hacia San Sebastián, que nos salvó, con la ayuda de diecisiete hombres, y nos llevó hasta San Juan de Luz.

Este ángel era un venerable piloto, muy buena persona, que iba a la pesca, en su chalupa con sus camaradas. Ataron su chalupa a nuestra barca y, a fuerza de remar, condujeron nuestra embarcación al puerto, al despuntar el día».

Cuando el 29 de diciembre por la tarde, el Sr. Étienne pudo regresar a a la Rochelle, después de un viaje tan penoso, en medio de las nieves que llenaban los caminos, su aparición causó tanta sorpresa como regocijo. Todos creían que había perecido  durante la tempestad que se había desencadenado en el litoral, y la mayor parte de las comunidades de la ciudad había ya cantado por el descanso de su alma misas de Requiem.

3. Partida del Sr. Étienne. –Misión improvisada en el Cabo Verde.

El 18 de enero de 1660, la Maréchale levó anclas; favorecida por el viento, hizo primero un feliz viaje. El jueves, 5 de febrero, fondeaba en la rada de Sainte-Croix, cerca de la isla de Tenerife; el 18 de, doblaba el cabo Verde; el 20 por la noche, fondeaba en la rada de Rufisque.

«Rufisque, dice el Sr. Étienne, es una tierra firme a dos leguas de cabo Verde. Su situación es bastante agradable. Es un país llano, lleno de cantidad de bosques, siempre verdes, que se extienden a lo lejos. Hay muy bien seis o siete mil personas que lo habitan. Sus casas son cabañas cubiertas de juncos. Son negros y casi desnudos. Su religión es  conforme en su mayor parte con la de Mahoma. Su empleo es hacer tela de algodón, ir a la pesca en pequeñas canoas hechas de troncos de árbol, y cazar con flechas y dardos. El agua es salobre, y no se encuentra dulce más que a una o dos leguas… Hay un rey en el país que hace la residencia a unas leguas del cabo. Este rey es muy poderoso, y tiene siempre tres o cuatro mil caballos en sus cuadras.

Los de Dieppe vienen a menudo aquí. Una de sus barcas arribó aquí durante nuestra estancia. Los Portugueses tenían gran comercio con la región, los años anteriores, pero ahora los Holandeses y los Flamencos ocupan la mayor parte de sus Fuertes; de tal forma que en el Rufisque, donde eran en gran número, son ahora diez o doce, y sin sacerdote desde hace dos años. Nos rogaron que fuéramos a decir la santa Misa.

Al día siguiente fuimos pues, el Sr. Feydin y yo, a decir la misa en tierra. La mar estaba alborotada y se llevó nuestra chalupa contra una roca que debía ser el lugar de nuestra sepultura, si Dios, por medio de otra ola, no nos hubiera rechazado, y preservado por este medio.

Luego nos fuimos con nuestro capitán a saludar al gobernador de este lugar, y de allí a los Portugueses donde celebramos el santísimo sacrificio, y bendijimos el agua. Nos expusieron sus miserias, y nos rogaron que volviéramos todos los días a decir la misa en su capilla, bastante limpia pero sin ornamentos sacerdotales, y les oyéramos en confesión durante  nuestra estancia en rada. Como poníamos nuestras dificultades, nos dieron tantas razones que nos hubiéramos sentido culpables deberíamos responder ante Dios, si no hubiéremos accedido a su demanda. Después de comer fuimos mi compañero y yo a  decir el oficio en los bosques. Habiéndonos rodeado un grupo de niños, yo les mostré nuestro crucifijo y la estampa de la santísima e Inmaculada Virgen María, que admiraron y besaron todos. Yo les imprimí incluso con una tiza roja una crucecita en el pecho y dieron señales de una gran alegría. Creen en un solo Dios, en un paraíso, en un infierno y estiman mucho al Cristo que tienen por un gran profeta; pero no mencionan nunca a la Virgen su madre. Se habrían sentido muy contentos de venir con nosotros si hubiéramos tomado la ruta de Francia. La mayor parte hablan pasablemente el Francés, que se lo deben a los Dieppe.

Por la noche, ya a bordo, decidimos  que el Sr. d’Averoult, que entendía el portugués, iría todos los días con uno de nosotros para celebrar allí la misa y hacer mañana y tarde alguna instrucción en lengua portuguesa. Oyó a continuación las confesiones, durante cinco o seis días, desde la mañana hasta la tarde y confesó así a treinta y nueve o cuarenta personas; pues, aunque no hubiera en ese lugar más que diez personas, venían de otros a cinco o seis leguas de distancia. Estos católicos ocupan alquerías. Tienen esclavos convertidos a nuestra fe.

El día de san Matías, el Sr, d’Averoult, asistido del Sr. Feydin, bautizó solemnemente a dos niños, y al día siguiente otros cuatro sin ceremonia, porque no nos habían avisado de antemano. Fue de este modo, Señor y muy querido Padre, continúa el Sr. Étienne dirigiéndose a san Vicente de Paúl, una gran alegría para ellos engendrar hijos para Nuestro Señor en un país bárbaro, y reconciliar a los que se habían separado por el pecado. Una sola cosa nos daba pena, y era dejarlos sin ayuda ni asistencia. Oh, quiera Dios que vuestra caridad obtenga de Su Santidad una misión para este país! Los obreros harían una buena cosecha, en razón del número de los habitantes y del afecto del rey por los franceses. Y además, sería un lugar de reposo y de alta muy agradable para los misioneros que fueran a Madagascar.«

4.  Tempestad. –Estancia en el cabo de Buena-Esperanza.

El 28 de febrero, la Marécahale levaba anclas; el 22 de marzo, atravesaba la línea equinocial. El mes de mayo, una tempestad la arrojó contra las costas del cabo de Buena-Esperanza.

He aquí cómo lo cuenta el Sr. Étienne:

«El martes, el tiempo se puso borrascoso y, para colmo de males, al fondear la segunda ancla, se cortó nuestro cable. Le reemplazamos por otro; pero siguió aumentando el tiempo, y el ancla maestra se rompió y el cable  de la otra se rompió, lo que nos llevó a la costa, el miércoles 19 de mayo. Durante toda la noche, confesamos a nuestra gente, que se preparaban a la muerte. Pero llegado el día, nos vimos otra vez preservados, por la Providencia, a dos pasos de las rocas. El mar estaba tan agitado, que no hubo más que tres o cuatro personas que se pudieron salvar a nado en ese día. El Sr. gobernador nos había enviado una chalupa, pero no pudieron echarla al mar a causa de la furia de los elementos. Nuestra embarcación había perdido la suya. Nos embarcamos pues, el Sr. capitán y yo, no sin peligro, ya que nuestra chalupa se llenó de agua [358] de un golpe de mar.  Lo que le impidió que se rompiera fue que estaba ya averiada. Pero Dios nos conservó aún esta vez, y no permitió que tuviésemos otro mal que el miedo ni otro daño que salimos algo húmedos».

La tripulación estaba a salvo, pero el navío, metido en la arena, había roto la quilla. Los carpinteros holandeses declararon que no se podía ni reflotarlo ni repararlo.  Marineros y pasajeros estaban obligados a establecerse en esta colonia holandesa. Y allí se quedaron por diez meses.

Los misioneros se alojaron en una alquería a una legua del Fuerte. «Como necesitábamos un permiso del gobernador, dice el Sr. Étienne, yo le elevé una muy humilde súplica a la que en un principio pareció ser contrario, sea porque temiera algún complot con los oficiales y soldados del navío, acampados a escasa distancia, sea que se temiera que los soldados, en su mayor parte católicos, vinieran a la misa, cosa que no le gusta a la Compañía holandesa y hasta prohíbe expresamente. Pero como yo no cesaba de presionarle sobre este punto, diciéndole que nos veríamos obligados a dormir afuera, acabó por consentir».

5. –El gobernador del Cabo y los misioneros.

En un principio los misioneros tuvieron que pasar muchas dificultades. «El gobernador quería imponernos, dice el Sr. Étienne, hacer las oraciones a puertas cerradas, y no abrirlas, ni a sus soldados, ni a los nuestros. Yo no quise prometérselo, diciendo que yo era pastor de toda la gente de la Maréchale, que por eso los que se presentaran serían bienvenidos. El gobernador renovó sus insistencias y sus amenazas, pero el Sr. Étienne le respondió que nada le impediría cumplir con su deber y, a ejemplo de Nuestro Señor, estaba preparado a derramar hasta la última gota de su sangre.

El misionero continúa así su relato:

«Como el gobernador vio mi resolución bien firme, comenzó a amansarse, y por fin a concederme la casa, sin exigir ninguna condición que me impidiera administrar los sacramentos a los que los pidieran. Solamente me dijo que prohibiría a los católicos ir, y para ello todos los domingos, durante seis o siete meses, nos ha enviado a un guarda para impedir a los soldados católicos que vayan. Dos de entre ellos han sido golpeados por haber oído la misa, lo que, no obstante, no ha impedido que hayamos confesado y dado la comunión a algunos. El guarda, muchas veces, los dejaba entrar sin obstáculos. El Sr. gobernador nos mandó a decir varias veces, y nos lo repitió en presencia de mucha gente, que tuviéramos mucho cuidado; que el procurador fiscal pasaría la visita cuidadosamente, y que si nos encontraba diciendo misa, confiscaría todo lo que tuviéramos, y que él, el gobernador, no le negaría mano fuerte a este oficial civil. Hemos sabido después que estas medidas no eran sino una pura política, y para salvaguardar su propia responsabilidad.

Él mismo lo ha confesado, diciéndome varias veces que la religión debía ser libre. Por eso, cuando nos hacía el honor de venir a visitarnos, tenía cuidado de no venir más que a la hora en que nuestras misas estaban dichas. Él enviaba siempre con anterioridad para saber si no nos incomodaría. Le recibíamos en la habitación donde celebrábamos la misa, no teniendo otra más propia. Esta habitación estaba adornada con un gran crucifijo, de seis a siete pies, que la Sra. duquesa de Aiguillon nos había dado. La Sra. gobernanta le encontraba muy expresivo, lo que la llevó a decir a su marido que ella no había visto nunca pintura más hermosa ni más impresionante que la dela Madeleine al pie de la cruz».

Durante su estancia en el cabo, los misioneros no tuvieron más que mostrarse satisfechos del gobernador protestante. Su mujer estaba más dispuesta aún que su marido.

«En su falsa religión, escribía el Sr. Étienne a san Vicente de Paúl, ella no deja  de ser una de las mujeres más cumplidas que yo haya visto, por eso es querida de todo el mundo. Nunca he encontrado en ella la menor rareza de humor. Sea cual fuere el asunto o la ocupación que tuviera, se dominaba a maravilla, hasta en las discusiones religiosas. No es cabezona, lo que es raro, y creo que no sería difícil convertirla, si estuviera libre».

Al final,  el Sr. Étienne, viendo que no había ninguna esperanza de ver pasar ningún barco que tomara a los misioneros y los llevara a Madagascar, tomó la decisión de embarcarse con sus Hermanos en una flota holandesa de siete navíos que venía de Batavia y regresaba a Amsterdam. Antes de dejar el cabo de Buena-Esperanza,  os hijos de san Vicente de Paúl reunieron por última vez a los que evangelizaban desde hacía diez meses.

«El 6 de marzo, primer domingo de cuaresma, cuenta el Sr. Étienne, todos nuestros franceses hicieron su Pascua, y no solamente ellos, sino varios Portugueses, Españoles, Irlandeses y holandeses. Prediqué por la tarde sobre la perseverancia. Para despedirme de todos, tanto de los nuestros como de los otros, y recomendarles a Nuestro Señor Jesucristo y a su santísima e inmaculada Madre, a fin de que por los méritos de uno y la intercesión de la otra, pudieran mantenerse puros y sin tacha en medio de los herejes, como los rayos del sol que caen sobre el fango».

Después de un feliz viaje, los misioneros que se habían repartido por los diferentes barcos llegaron el 1º de julio a Amsterdam. Perdidos en medio de los herejes, no pudieron celebrar ni una sola vez la misa durante esta larga travesía. No tuvieron el gozo de volver a ver a san Vicente de Paúl en París. El santo había muerto hacía un año ya, y el Sr. Alméras había sido nombrado Superior general de la Congregación.

6. Segunda partida del Sr. Étienne. Su llegada a Fort-Dauphin.

El suceso de estas últimas tentativas, la pérdida de tres embarcaciones no habían desanimado al mariscal de la Meilleraye quien, comprendiendo la importancia de Madagascar, no quería a ningún precio abandonar su colonización. Se disponía a tomar un nuevo navío a finales de 1661, pero la partida fue diferida hasta el mes de mayo de 1663. El Sr. Étienne, por la petición dirigida a Roma por el Sr. Alméras, había sido investido, por siete años, con los poderes de prefecto apostólico en Madagascar. Se embarcó en Paimboeuf con otro sacerdote de la Misión, el Sr. Manié, un sacerdote secular, el Sr. Frachey y los HH. Patte y Lebrun, y Nicolás, uno de los pequeños negros llevados a Francia por el Sr. de Flacourt, y confiados a san Vicente de Paúl.

Salidos de Saint-Nazaire el 29 de mayo, los misioneros llegaron el 29 de septiembre a la ensenada de los Gallions, a dieciocho leguas de Fort-Dauphin.

«Fue para nosotros, cuenta el Sr. Étienne en su carta al Sr. Alméras, una gran contrariedad no poder ir a Fort-Dauphin, por los vientos contrarios que nos impedían acercarnos. Habríamos tenido que volver hasta la altura del cabo de Buena-Esperanza, pero corríamos riesgo de quedarnos sin agua. Además teníamos a casi la mitad de nuestra gente enferma. Teníamos incluso miedo a ser arrojados a la costa o ser llevados muy mar adentro.

En estas condiciones,  propuse a los Srs. oficiales irme yo a dar un aviso por tierra al Sr. gobernador de la llegada del navío, a fin de disponer todas las cosas para la subsistencia de 180 personas que estaban a bordo. Habiendo aprobado estos señores mi proyecto, partí con el Sr. Manié, el hermano Patte y algunos criados y soldados.

Allí estábamos en tierra diecisiete personas, sin otro guía, después de Dios,  que una brújula en una tierra sin caminos, ya que nos veíamos en la precisión de abrirnos paso cortando las ramas de los árboles y la maleza. Todas nuestras precauciones no pudieron impedir que nuestras ropas  estuvieran hechas trizas y que nuestro cuerpo se sintiera a menudo magullado.  La arena y las montañas no ofrecían menores dificultades, de suerte que nos vimos obligados, tras un cuarto de legua, a despedir a dos hombres que no podían más. Una hora después otros más pidieron confesarse. Nos faltaba el agua.

Estábamos expuestos a morir de hambre y de sed, cuando tres días después, el buen Dios permitió que nos encontráramos con unos negros, que nos dijeron que el Sr. de Chamargou, el gobernador, vivía todavía con unos cincuenta y cinco Franceses; que su lugarteniente, habiendo recibido aviso de la llegada del navío, había ido a bordo. En cuanto a nosotros, agotados de fatiga, de hambre, de sed, fuimos conducidos a un pueblo llamado Estaly, distante siete leguas de Fort-Dauphin. El jefe más poderoso del país de Anosse, y el único amigo de los Franceses, prevenido de nuestra llegada, vino a nuestro encuentro, y nos recibió con el mayor entusiasmo. Quiso acompañarnos con un gran número de negros. Después de una legua, oímos algunos disparos. Nos dijeron que eran los Franceses que se encontraban en el pueblo de Ramoussé. Estos dos Franceses, al saber que éramos dos sacerdotes de la Misión, vinieron a saludarnos y quisieron acompañarnos. Uno de ellos era criado del Sr. Bourdaise, y se ocupaba de los efectos dejados por nuestro cohermano. Tenía consigo a dos negros, uno de los cuales era el hermano de Nicolás que traíamos de Francia. Esta coincidencia contribuyó a aumentar nuestro alborozo.

Por fin, llegamos por la tarde al fuerte de Imours, donde el Sr. gobernador, acompañado de una partida de franceses, nos recibió con todas las demostraciones de alegría y contento. Se sentían felices sobre todo por tener a unos sacerdotes,  después de estar privados de ellos desde hacía seis años. Ah, decían,  la muerte no es nada para nosotros, ahora que os tenemos, y ya no dudamos que el Señor no quiera devolver a esta tierra su estado primero…

Al entrar en Fort-Dauphin, nos dirigimos  a la capilla, para hacer nuestras oraciones. Después de colocarme el roquete, abrí el sagrario y encontré en un copón cuatro hostias que me parecieron  bien conservadas. Temblé de alegría, y aproveché la ocasión de lo que acababa de ver para decir a los asistentes que no me sorprendía si, aunque reducidos  a un pequeño puñado de franceses, habían podido aguantar contra todos los esfuerzos de los nativos de la isla y deshacer todos sus intentos homicidas.

Durante seis años y medio que se han visto privados de sacerdotes, mañana y tarde habían sido constantes en venir a hacer sus oraciones  en la presencia del divino Salvador y, día y noche, mantenían un cirio encendido en un lado del altar. Fue también la presencia del mismo Salvador la que los ha retenido constantemente en Fort-Dauphin y ha hecho que se quedaran y no se marcharan a la bahía de San Agustín para esperar la ocasión de dirigirse a Francia. Los que lo intentaron, por lo demás bien pocos, cayeron en las manos de los nativos que los masacraron«.

7. El estado de Madagascar a la llegada de los misioneros. Una misión. Las esperanzas del Sr. Étienne.

El Sr, Étienne daba detalles agobiantes sobre el estado en que había encontrado el país. Después de la muerte del Sr. Bourdaise, los indígenas, llevados al extremo por las violencias de los franceses, se habían sublevado. En una sola noche, cincuenta y cinco colonos habían sido asesinados en sus casas. Para vengarlos, la pequeña guarnición de Fort-Dauphin había hecho a los indígenas una guerra sin cuartel.

En este estado de cosas, es evidente que los asuntos de la religión no habían adelantado. La obra del Sr. Bourdaise y de todos sus predecesores se había arruinado, y había que volver a empezar. En el número de las víctimas había que colocar a unos sesenta neófitos adultos, masacrados, y a otros tantos niños que el Sr. Bourdaise, siempre muy llorado y en veneración, había bautizado.

Los misioneros  todavía sin instalarse comenzaban a evangelizar a los franceses, sin sacerdotes desde hacía tantos años.  «Una vez que llegamos al lugar de nuestro alojamiento, dice el Sr. Étienne, tratamos de encontrar un lugar para los enfermos del barco. Eran treinta. La capilla donde residía el Santísimo Sacramento no podía contener a más de tres o cuatro personas. Los franceses se habían visto obligados a abandonar la grande, que después se cayó en ruinas. Empleamos ocho días en construir una iglesia bastante hermosa  en la que caben de ciento a ciento días personas, a fin de comenzar la misión para los antiguos habitantes que no se habían confesado durante seis o siete años.

«Inauguramos los ejercicios con una procesión bien solemne para dar gracias a Dios por sus bendiciones.

La iglesia estaba  bien adornada y los caminos llenos de flores. La bandera marchaba en cabeza con dos mosqueteros, luego seguían la cruz con dos acólitos, otros seis revestidos de capas, seis jóvenes vestidos como ángeles, con dos jarrones de flores y dos turiferarios. Por último, el celebrante, acompañado del diácono y del subdiácono, venía bajo el dosel, llevado por los Srs. de Saint-Germain y por Maison-Blanche; el primero, lugarteniente del Sr. Chamargou y gobernador de Imours; el segundo, su alférez. A sus costados estaban siete portacirios y cuatro mosqueteros.

El Sr. gobernador, acompañado de sus oficiales, de los voluntarios y de algunos mosqueteros, marchaba detrás, y tras sus pasos iban los antiguos habitantes, los nuevos colonos y los nativos del país, asombrados y encantados con esta solemnidad. Hubo salvas de artillería y, al regreso de la procesión, yo prediqué sobre la perseverancia».

Los misioneros se pusieron inmediatamente a la obra. Desde el primer domingo del Adviento, el Sr. Manié comenzaba a dar a los insulares el catecismo en lengua malgache, el Sr. Frachey se instalaba en el fuerte de Imours y se aprestaba a llevar la palabra de Dios a diez o doce pueblos circunvecinos; el Sr. Étienne, que trazaba el plan de una iglesia capaz de contener a ochocientas personas, bautizaba a adultos y a un gran número de niños. El negro Nicolás, traído por los misioneros, estaba casado con una negra bautizada por el Sr. Bourdaise. Acumulaba las funciones de alcalde, de chantre, albañil, jardinero. Se ocupaba a veces de cocina. El Sr. Étienne refiere que, por haber estado en París, no le gustaban los usos de su país, y que vivía a la francesa.

Desde la llegada de los hijos de san Vicente de Paúl a esta tierra por tanto tiempo abandonada, se constataba entre los indígenas  un retorno pronunciado  hacia los franceses. El Sr. Étienne que se había puesto en contacto con varios jefes malgaches, abrigaba las mayores esperanzas; entreveía ya una hermosa cosecha. Le daba las razones al Sr. Alméras para probarle que sus esperanzas no eran vanas.

«Una de las principales, decía, es el buen ejemplo del Sr. gobernador que nos apoya en todo lo que hacemos por el progreso de la religión; su celo le lleva a llegar siempre el primero a todos los ejercicios de piedad. Él pasa con frecuencia varias horas de la noche en oración delante del Santísimo Sacramento. La primera vez que recibió la sagrada Comunión, pidió perdón a todos los franceses por el mal ejemplo que había dado anteriormente y prometió que, en adelante, con la gracia de Dios, preferiría morir antes que escandalizar; que así no encontraran malo si castigaba los desórdenes hasta entonces impunes».

8. Asesinato del Sr. Étienne.

El Sr. Étienne fundó grandes esperanzas  en un jefe indígena, Dian-Manangue, cuyo hijo había sido bautizado. Este jefe taimado que había acogido bien siempre a los misioneros, había sabido captarse la confianza del Sr. Chamargou, que le había prestado su apoyo para combatir a los demás jefes malgaches. Pero una vez que se consolidó su poder, gracias al socorro de nuestras armas, se quitó la máscara y se negó a pagar el tributo a los franceses.

Pero el Sr. Chamargou le presionó tan vivamente que el Malgache, juzgando que la resistencia era en este momento imposible, fingió someterse.

Vino a Fort-Dauphin. Allá, el Sr Étienne y el Sr. de Chamargou le presionaron a fin de que abrazara la religión católica. El negro pidió algunos días de reflexión. Después de hacerse esperar mucho, volvió al fuerte. No queriendo a ningún precio renunciar a la poligamia, se mostró menos dispuesto que nunca.

«El Sr. de Chamargou, cuentan las Memorias de la Congregación de la Misión, de donde hemos tomado este relato, viendo su obstinación, llevó al misionero aparte y le dijo, pero con un tono de voz que permitió a Dian-Manangue oírlo: «Es un cabezón  de quien no sacaréis ningún partido, voy a levantarle la tapa de los sesos, ya que no se quiere rendir», y acompañó estas palabras con un gesto significativo. El Sr. Étienne rechazó de plano un medio tan contrario a la caridad cristiana y de pidió que dejara actuar sola a la gracia sobre aquel corazón rebelde.

Durante ese tiempo, el taimado Malgache, que veía su vida en peligro, trató de salir astutamente de este mal paso. Escuchó con atención las razones del misionero y fingió sentirse impresionado. Para parecer ceder a sus argumentos, puso algunas objeciones que fueron fácilmente rechazadas. Luego se declaró preparado para recibir el bautismo y convino incluso con el misionero en el día en que vendría a bautizarle con gran solemnidad en medio de su pueblo.

«Dian-Manangue, en sus idas y venidas al Fuerte, había visto que muchos franceses estaban ocupados en diferentes expediciones. Veinte soldados habían sido confiados a La Case para un reconocimiento de la isla, llevado hasta ochenta leguas más allá de los Matatanes. Otros cuarenta habían ido a explorar la costa occidental, más allá de las provincias conocidas hasta entonces. De manera que no quedaban apenas en el centro de la colonia un centenar de hombres, la mayor parte inválidos y dispersados  por los alrededores. Dian-Manangue formó pues proyectos siniestros. Su hijo, que había sido bautizado, se dio cuenta de la confusión y la agitación de su padre y, temiendo que se dejara llevar a algún exceso contra la persona del misionero, le avisó a éste y le rogó que dejara el viaje. El Sr. Étienne no hizo caso del aviso. Su palabra estaba dada y no podía ni creer en la perfidia del jefe, ni perder la ocasión de bautizarle en el día convenido. Dian-Manangue habría podido aprovecharse para seguir en su infidelidad.

Demasiado confiado pues en su lealtad, el misionero partió, en el transcurso de la primera semana de la Cuaresma de 1664, acompañado del Hermano Patte, del Malgache Nicolás, y de seis negros. Dian-Manangue le recibió con muestras de una cordialidad hipócrita y de mil atenciones afectadas, pero rechazando siempre el bautismo. En vano, el Sr. Étienne hizo valer las razones espirituales y hasta políticas de su conversión. Dian-Manangue respondió que apreciaba el valor de la amistad de los franceses, pero que no podía corresponder a sus deseos. El misionero, con pleno respeto a su libertad, no insistió más y preparó las cosas para la partida.  Dian-Manangue no queriendo dejar escapar a su presa, ofreció una comida de adiós al Sr Étienne y a sus compañeros. Y mientras les prodigaba los testimonios de honor y de respeto, derramaba furtivamente  en los platos el veneno que debía dar la muerte a sus huéspedes.

«Acabada la comida, Manangue, conservando su máscara hasta el final de esta escena trágica no quiso dejar partir al misionero solo, por honor a su doble carácter de sacerdote y de francés. Le acompañó hasta los límites de sus tierras. Ya habían recorrido tres leguas, y el veneno no actuaba todavía: Dian-Manangue comenzaba a dudar de su eficacia, cuando de repente el hermano Patte sucumbió. Sin embargo, los Srs. Étienne y Nicolás  resistían a la acción del veneno, y Mnangue se impacientaba con esta lentitud, mientras escuchaba las exhortaciones del misionero con un respeto hipócrita.

«Han franqueado una gran distancia; es preciso separarse y Manangue teme que el santo misionero se le escape. Entonces, a una señal convenida, los esclavos de su escolta se precipitan sobre el Sr. Étienne y su compañero y los matan a bastonazos. Así murieron, mártires de la caridad, el Sr. Étienne, sacerdote de la Misión, el Hno. Patte y Nicolás, empleado en su servicio, uno de los Malgaches  conducidos a Francia por el Sr. de Flancourt y confiados a san Vicente de Paúl».

En una carta que escribía a san Vicente de Paúl antes de llegar a Madagascar, el Sr. Étienne había dicho: «Os confieso ingenuamente, Padre mío, le decía, que no tengo nada mejor meditado que morir por Nuestro Señor Jesucristo en los países extranjeros. Es lo que le pido con mucha frecuencia todos los días y no cesaré de importunarle hasta que me lo conceda. Espero pues  de vuestra bondad que le haréis la misma súplica«. Había sido escuchado. Historia de la Misión de Madagascar, fundada por san Vicente de Paúl. (París, calle François Iº, 8.)

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