Perdimos también, el 16 de febrero de 1743, en Roma, en nuestra casa de los Santos Juan y Pablo, al Sr. Bocca, a los sesenta y ocho años de edad y a los veintitrés meses de su vocación.
Era un sacerdote bueno y virtuoso que, después de ceder, en 1733, todos sus bienes a nuestra casa de Casale, su patria, se había retirado primeramente, en calidad de pensionista, entre nuestros cohermanos de Pavía, con quienes, lleno de celo y de caridad, había trabajado a menudo en misiones. Habiéndose ido a Roma después, para obtener de la Santa Sede, a favor de nuestra casa de Casale, la unión de un beneficio simple que poseía desde hacía tiempo, él había escogido por residencia nuestra casa de Monte Citorio. Vivía allí amado y querido de todo el mundo, por su vida virtuosa y ejemplar, cuando Dios le inspiró el designio de dejar por completo el siglo. Dócil a esta inspiración, pidió con muy vivas instancias y consiguió ser recibido en nuestro seminario interno de Roma, en la casa de los Santos Juan y Pablo.
La noticia de esta resolución causó sorpresa. No se podía comprender cómo un hombre de sesenta y seis años, muy a su satisfacción, cuya salud pedía atenciones, quería sin embargo abrazar la vida sometida de comunidad la cual, propia para formar a jóvenes, parece muy difícil para los que están en edad avanzada. «Dos motivos me han determinado, respondió a los que le preguntaban sobre la razón de un plan tan generoso. En primer lugar, quiero ver si, seriamente convencido de todo lo que he dicho a las personas de comunidad, que yo he dirigido durante varios años, tendré suficiente valor para practicarlo yo mismo. En segundo lugar, deseo tener el consuelo de comparecer en el tribunal de Dios, con el hábito de misionero, ejercitado en las virtudes de los dignos hijos de san Vicente de Paúl».
En efecto, ningún gozo tan sensible como el que experimentó, cuando se vio recibido en el seminario, el 14 de marzo de 1741. Solo entregado a recibir el espíritu de su vocación, se dedicó con completa exactitud a la observancia de las reglas.
Estaba alejado de toda singularidad. Su afabilidad, su cordialidad le hacían querer de todo el mundo, de los seminaristas sobre todo con los que conversaba con la sencillez y el regocijo de un niño.
Alimentaba en su corazón un gran celo por la salvación de las almas. Deseaba ardientemente el fin de su seminario a fin de ir a misiones, al menos, decía él por humildad, para confesar y dar el catecismo a los niños. Es en la práctica de estas virtudes cuando acabó sus días, con el mérito de un sacrificio completo y de una perfecta resignación a la voluntad del Señor. Se le ha concedido el consuelo de hacer los votos, tras los cuales ha recibido los sacramentos de la Iglesia con una edificante piedad.







