Ni ansiar ni desistir

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Ni ansiar

Entre las ansias que pueden determinar la orientación de una vida humana, las más frecuentes son el ansia de di­nero, el ansia de honores y el ansia de poder. Lo primero había contribuido a hacer de san Vicente un sacerdote, un buen sacerdote por lo demás, pero él se lo reprochó siem­pre. Vamos a verle apartar a un religioso del ansia de llegar a ser obispo, pues no piensa que el episcopado sea un honor, sino más bien un humilde y arduo servicio, y sobre todo porque piensa que no podrían asegurar con certeza una res­ponsabilidad semejante más que aquellos que son llamados a ella por Dios.

Formaba parte, entonces, el Señor Vicente del Consejo de Conciencia e incumbíale designar, cerca de la reina re­gente Ana de Austria, a los futuros obispos de Francia, para que Roma los eligiera. Desde ese puesto contribuyó indu­dablemente más que nadie a dotar a la Francia de su tiempo de obispos de calidad. Pero érale asimismo preciso apartar a los candidatos ambiciosos e incapaces. Hízolo con una mezcla de vigor y cortesía. Cuando se dirige a una tercera persona, no arregla sus expresiones. Así, cuando el obispo de Cahors se inquieta por un eventual nombramiento eno­joso en una diócesis vecina: «Se me dijo no ha mucho que os habíais opuesto con fuerza en el Consejo de Conciencia a que se nombrara obispo de Périgueux al abate del cual os escribí… No puedo concebir cómo es posible se piense en dar obispados a personas de esta clase, y un obispado de la importancia del de Périgueux, y en el estado en que está y sabiéndose bien, por haberse declarado tan a menudo, y la necesidad de proveer a él con un varón apostólico».

El candidato al episcopado se dirige en esta ocasión di­rectamente al Señor Vicente. Trátase de un religioso célebre por sus virtudes y sus sermones. Al solicitar un obispado, no tiene otra ambición, dice, que la de entregarse por más tiempo al bien de la Iglesia; el ayuno y las demás austerida­des de su Orden le extenúan; la dignidad episcopal, que le exime de estas penitencias, permitirá que conserve sus fuer­zas. Lejos de dejarse captar por tales pretextos, el santo le responde con una suave y respetuosa ironía para devolverle a unas miras más conformes con lo que Dios espera de él: «No dudo que, si vuestra reverencia fuese convocado por Dios a la prelatura, haría maravillas en ella; pero habiendo él dado a entender que os quiere en el cargo que ocupáis, por el buen éxito que ha dado a vuestros ministerios y a vuestros métodos, no hay indicio de que os quiera retirar de él; pues si la Providencia os llamase al episcopado, no se dirigiría a vos para hacéroslo buscar; inspiraría más bien a aquellos en quie­nes reside el poder de nombrar para los cargos y digni­dades eclesiásticas, escogeros para ellos, sin hacer vos instancia alguna, y vuestra llamada sería entonces pu­ra y cierta; pero al brindaros vos mismo, parece que habría en ello algo que decir, y que no tendríais mo­tivo de esperar las bendiciones de Dios en un cambio semejante, que un alma verdaderamente humilde como la vuestra no puede desear ni promover».

Como conclusión le da un consejo muy sencillo para que cuide esa salud que le preocupa: «Si me creyerais, dejaríais por algún tiempo los traba­jos de la predicación para que se restableciera vuestra salud».

Para el Señor Vicente, quien vaya a ser obispo, ha de ser un hombre apostólico. Es asunto de Dios proveer a ello por quienes tienen esa responsabilidad: «No compete más que a Dios escoger a los que quiere llamar, y estamos ciertos de que un misionero dado por su mano paternal, hará él solo más bien que muchos otros que no tuvieran una vocación pura».

El Señor Vicente halla el ansia de poder hasta en la vida religiosa, entre los sacerdotes, que le manifiestan su deseo de verse nombrados superiores.

«En cuanto a decir que tenéis cierto apego al superiorato, responde el Señor Vicente a uno de ellos, yo no osaría pensarlo».

Comienza por desengañarles de la ilusión que se escon­de tras una petición semejante: «¡Ay! No es ese el medio de estar contento; los que están cargados de ese peso gimen bajo él, pues se sien­ten débiles para llevarlo y se creen incapaces de guiar a los demás. De otro lado, si alguien presumiese de lo contrario, haría gemir a sus inferiores, pues carecería de humildad y de otras gracias necesarias para servir­les de consuelo y de buen ejemplo».

El mismo invoca a menudo su propia experiencia de las dificultades de una responsabilidad semejante.

Dos argumentos, sin embargo, parécenle tener un peso mayor: el ansia de poder es incompatible con el espíritu del Evangelio, el cual invita a mirar el ejercicio de la autoridad como un humilde servicio; y sobre todo, si el Señor nos llama a una responsabilidad semejante, saberlo es la única cuestión definitiva: «Sabéis, Señor, que los dones de Dios son diferentes y que él los imparte como bien le parece; hay quien es sabio y no sirve para gobernar; otro avanza hacia la santidad y no es apto para la dirección; y por consi­guiente es cosa de su divina Providencia llamarnos a los ministerios para los que nos ha dado algún talento, y no que nosotros nos irgamos con ellos».

Tanto más cuanto que nadie es el mejor juez en causa propia, y que otros están a menudo mejor situados para discernir nuestras aptitudes: «Nuestro Señor, que había destinado a los Apóstoles para que fueran los jefes de todas las Iglesias del mun­do, díjoles que era él quien los había elegido; y en otra ocasión, viendo en ellos cierta emulación por la prima­cía, dióles este buen precepto, que el que quisiera ser el primero fuera el servidor de los demás, para ense­ñarnos que, por nosotros mismos, no debemos tender más que a la sumisión. Es también lo que nos enseñó con su ejemplo, habiendo venido para servir y tomado forma de siervo».

Si triunfa la ambición, son de temer las más graves con­secuencias: «El hombre miserable que va contra esta regla, que­riéndose alzar sobre los demás, renuncia a las máximas del Hijo de Dios, toma otro partido y se entrega al orgullo, que es una fuente de desórdenes; y si llega a lo que pretende, si por desgracia su ambición le empuja hasta el superiorato, no hace sino mal… La experiencia que tenemos de estas verdades nos induce a guardarnos mucho de confiar la incumbencia principal de un ofi­cio a quien haya dado indicios de inclinación al poder».

Ni desistir

Quienes tienen una responsabilidad a la que han sido llamados por Dios, pueden inversamente verse tentados a re­tirarse de ella sin motivo proporcionado. Vemos al Señor Vicente emitir propuestas aparentemente inversas a aque­llas que dirigía a los ambiciosos. Le inspira en realidad la misma convicción fundamental: dejar que Dios se sirva de nosotros a su albedrío: «Dios no es variable; quiere que cada cual se mantenga en el estado en que él le ha puesto; y quien lo abando­na no está en la certidumbre».

A un obispo que quería liberarse de su diócesis, por repugnarle las dificultades que en ella encontraba, le decla­ra con fuerza: «Monseñor, no tenéis en vuestro episcopado más difi­cultades que las que san Pedro tenía en el suyo, y sin embargo, sostuvo su peso hasta la muerte; y ninguno de los Apóstoles dimitió de su apostolado ni dejó su ejercicio y sus fatigas más que para ir a recibir la coro­na en el cielo».

Por eso insiste: «Plega a Dios, Monseñor, conservaros para el bien de vuestra diócesis, que he sabido teníais algún pensa­miento de abandonar. Mas si fuese digno de exponer el mío, me tomaría la libertad de deciros que me parece haréis bien dejando las cosas como están, por miedo a que Dios no haga sus cuentas en descargo vuestro. Pues ¿dónde encontraréis un hombre que dé los pasos que vos dais y que se aproxime a la forma en que vos os conducís? Si pudiese hallarse alguno, enhorabuena; pero no veo cómo pueda esperarse eso en los tiempos que corremos».

Esa misma argumentación es la que reitera a un párroco que pensaba abandonar su parroquia: «¿Es hombre de bien aquel en quien deleguéis vuestro curato? Podrá él hacer en vuestra feligresía el bien que vos hacéis en ella? Comoquiera que sea, os ruego no os apresuréis; es asunto de mucha consideración; y os diría que me causaría pena el que tomáseis esa resolu­ción sin haber procurado se rogase a Dios por ella ni consultado al Señor Duval, o al Señor Coqueret, o a ambos; pues se trata de saber si Dios quiere que dejéis la esposa que tomásteis, o mejor dicho, que él mismo os dio.»

Ni ansiar ni desistir. Para entender bien los juicios del Señor Vicente, es sin duda bueno saber con quién se las ha uno, y no tomar palabras dirigidas a otros como si lo fueran a uno. Se notará por lo demás que, si es tajante en proscribir la ambición, mira de manera más matizada la eventuali­dad de una dimisión, deseando simplemente que la cosa se haga sin precipitación, previendo sus consecuencias y cer­ciorándose por la oración y los consejos de los sabios de que esa es por cierto la voluntad de Dios.

Así es como se comporta en su propia congregación. Y tenemos de él varias cartas sucesivas a un superior que pedía se le descargase de su responsabilidad. Primero le anima: «Teniendo la llamada de Dios al superiorato que ejer­céis, debéis llevarlo con valentía y confiar en él en las dificultades; es lo que os ruego, en espera de que su divina bondad disponga otra cosa».

Idéntica exhortación ocho días más tarde: «Las dificultades que halláis en esa dirección no indi­can que no sea buena; al contrario, Nuestro Señor quiere dar a entender que lo es, pues la somete a prue­ba. No es maravilla que una buena embarcación se conserve en la calma, ya que una mala tampoco ahí se iría a pique; pero se juzga de su calidad cuando se ex­pone a la borrasca y resiste la tempestad. Seríais dicho­so si nada hubiese que sufrir en vuestro superiorato, pero lo seréis aún más si permanecéis firme en medio de los vaivenes, por el amor de Nuestro Señor, que os lo encomendó; y si vuestra humildad os hace estimar que otro se defendería mejor que vos, vuestra caridad debe persuadiros de que os toca a vos sufrir esa pena, y no descargarla sobre otro. Os he rogado tengáis pa­ciencia, y os lo ruego de nuevo».

Al cabo de varios meses, el interesado vuelve a la carga, invocando un motivo de salud y aduciendo una prescripción médica: «Mucho me consolaría descargaros de esa dirección, ya que lo deseáis; pero no puedo hacerlo sin causar gran perjuicio a la casa y a los asuntos a que atendéis. No hay que parar mientes demasiado en el consejo de los médicos, que tan complacientes son y no miran otro bien que el de la salud del cuerpo. Las enfermedades sobrevienen por doquier cuando Dios las envía, y no veo que, para evitarlas, los grandes del mundo dejen sus ciudades y sus provincias, ni más ni menos que los prelados sus diócesis, ni los sacerdotes sus beneficios. Por eso os ruego, Señor, en el nombre de Nuestro Se­ñor, tengáis paciencia al menos durante algún tiempo, sobre todo mientras no hayamos puesto algún orden en los asuntos de Berbería; y entonces, si lo queréis a toda costa, nos ocuparemos de enviar a alguien que os sustituya».

No lo hará más que pasados dos años.

El desistir puede asimismo ser un hecho colectivo, por ejemplo en una congregación. Notando cómo se acercaba mi fin, teme el santo ese peligro en los que le sucedan: «Yo no puedo durar mucho; muy pronto me iré, mi edad, mis achaques y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me sufra más sobre la tierra. Y puede que una vez muerto yo, vengan espíritus de con­tradicción y personas laxas que digan: ¿A qué objeto lastrarse con el cuidado de los hospitales? ¿Con qué medios asistir a tanta gente arruinada por las gue­rras e irla a ver a casa? ¿De qué sirve encargarse de tantos asuntos y de tantos pobres? ¿Para qué dirigir a las hermanas que cuidan a los enfermos, y para qué perder el tiempo entre dementes?».

A esos hay que resistirles. «¡Manteneos firmes!».

El mismo, al declinar su vida, teme dar un enojoso ejem­plo de semejante abdicación: «¡Oh miserable, tú eres un viejo parecido a esa gente; las cosas pequeñas te parecen grandes, y las dificulta­des te cohiben! Sí, Señores, hasta la hora de levantarse me parece un grave asunto, y las menores cosas me parecen insuperables. Serán, pues, espíritus mezquinos, gente como yo, los que quieran recortar las prácticas y ocupaciones de la Compañía.

Démonos a Dios, Señores, para que nos conceda la gra­cia de mantenernos firmes. Aguantemos bien, herma­nos míos, aguantemos bien, por el amor de Dios; él será fiel a sus promesas; nunca nos abandonará mien­tras le estemos bien sujetos en el cumplimiento de sus designios. Mantengámonos dentro del cerco de nuestra vocación; trabajemos en hacernos interiores, en conce­bir grandes y santas aficiones en servicio de Dios; ha­gamos el bien que se nos brinde. No digo que haga falta ir hasta el infinito y abarcarlo todo indiferente­mente, sino lo que Dios nos haga saber que pide de nosotros. De él somos y no nuestros; si aumenta nues­tro trabajo aumentará asimismo nuestras fuerzas. ¡Oh Salvador! ¡Qué dicha!».

El Señor Vicente no debía morir sino dos años más tarde. Está íntegramente en este testamento espiritual. Lo que entonces apareció como un exceso de prudencia, se ma­nifiesta hoy como un celo que nada podría detener. La regla permanece idéntica: hacer lo que Dios espera de nosotros. Y asimismo la justa medida: no se trata de llegar al infinito Pero sabe ahora que, si es relativamente fácil comenzar con un hermoso ardor, mucho más difícil es perseverar, sobre todo cuando, como es de esperar al consagrarse uno a la obra de Dios, encuentra uno la cruz. Para él, saberse ins­trumento de Dios, es confiar plenamente en él, cualesquiera que sean las dificultades de la empresa a la que nos aplica.

 

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